(Sustantivo. Del latín plus = más, adición y morbus = enfermedad)
Defecto físico que aumenta la belleza de una persona.
Una mujer moderadamente bonita se ve mucho más hermosa si padece renguera, si le falta un brazo o si tiene asma. Es posible que estos defectos despierten una perversa ternura: al atractivo físico de su belleza moderada se le suma la necesidad de protegerla y ayudarla. Sin embargo, la plusmorbía deja de funcionar si la persona debe recurrir a sillas de rueda, o sueros intravenosos: la enfermedad sólo acrecienta la belleza si la persona afectada trata de valerse por sus propios medios (es decir, si trata de apoyarse sobre sus piernas, aunque le falte un pie; o si trata de cortar el pollo con el cuchillo, a pesar de que no tenga brazos) Es necesario que la apariencia general no se vea opacada por prótesis, andadores o medicamentos visualmente distractivos o que generen rechazo.
A veces un bastón puede funcionar como incentivador de la plusmorbía, tal como ocurre con el Doctor House, cuyo atractivo parece aumentar gracias al contraste entre su personalidad intratable y su fragilidad para caminar.
Definiciones y términos que no figuran en el diccionario ("Exonario" no figura en el diccionario, pero sí figura en Exonario)
lunes, 30 de mayo de 2011
viernes, 27 de mayo de 2011
Narcomedia
(Sustantivo)
1. (Del griego narké = adormecimiento y kommoedia = obra dramática)
Representación teatral en la cual cada uno de los actores está dormido y ejecuta sus intervenciones en un estado de sonambulismo.
Por extensión, se llama narcomedia a cualquier interacción entre sonámbulos: si dos o más personas que padecen sonambulismo se encuentran en una plaza durante la madrugada, se sientan en un banco, se convidan caramelos, y mantienen un diálogo coherente y prolongado, se dice que han interpretado una narcomedia.
Las narcomedias tienen un curioso efecto: ninguno de sus protagonistas tiene conciencia de haber participado de ellas.
De manera derivada, también, puede llamarse narcomedia a la obra de teatro intencionadamente aburrida y monótona que provoca el sueño de la mayoría de su público.
2. (Del griego narké = adormecimiento y del latín media = medios de expresión. Úsase como sustantivo colectivo)
Sistemas de comunicación que dejan sus mensajes mientras sus destinatarios duermen.
Canales de televisión cuyos televidentes son personas que están dormidas serían ejemplos de narcomedia. Se puede justificar la necesidad de narcomedia apelando a esa dudosa y no corroborada hipótesis según la cual, mientras se duerme, se aprende (o se adoctrina) mejor porque la información se almacena sin filtros en el inconsciente.
1. (Del griego narké = adormecimiento y kommoedia = obra dramática)
Representación teatral en la cual cada uno de los actores está dormido y ejecuta sus intervenciones en un estado de sonambulismo.
Por extensión, se llama narcomedia a cualquier interacción entre sonámbulos: si dos o más personas que padecen sonambulismo se encuentran en una plaza durante la madrugada, se sientan en un banco, se convidan caramelos, y mantienen un diálogo coherente y prolongado, se dice que han interpretado una narcomedia.
Las narcomedias tienen un curioso efecto: ninguno de sus protagonistas tiene conciencia de haber participado de ellas.
De manera derivada, también, puede llamarse narcomedia a la obra de teatro intencionadamente aburrida y monótona que provoca el sueño de la mayoría de su público.
2. (Del griego narké = adormecimiento y del latín media = medios de expresión. Úsase como sustantivo colectivo)
Sistemas de comunicación que dejan sus mensajes mientras sus destinatarios duermen.
Canales de televisión cuyos televidentes son personas que están dormidas serían ejemplos de narcomedia. Se puede justificar la necesidad de narcomedia apelando a esa dudosa y no corroborada hipótesis según la cual, mientras se duerme, se aprende (o se adoctrina) mejor porque la información se almacena sin filtros en el inconsciente.
jueves, 26 de mayo de 2011
Palinhedonia
(Sustantivo. Del griego palin = de nuevo, hacia atrás y hedoné = placer)
Capacidad de sentir alternativamente placer y displacer por el mismo estímulo.
Si a una persona le fascina comer caramelos de menta a las dos de la tarde; a las seis los rechaza con violencia y a las ocho una vez más los desea fervientemente; si los martes ama las pinturas de Joan Miró; los miércoles aborrece los contrastes de color y las figuras casi abstractas, los miércoles siente una renovada sed por contemplar El Jardín; si a la mañana adora las noches, si a la noche odia la noche y a la mañana siguiente vuelve a adorarla: en todos estos casos se manifiesta palinhedonia.
A veces basta con que el estímulo esté ausente para que se lo desee, y basta con que esté presente para que sea rechazado: esta clase de palinhedonia se conoce vulgarmente como "síndrome de la Gata Flora".
Capacidad de sentir alternativamente placer y displacer por el mismo estímulo.
Si a una persona le fascina comer caramelos de menta a las dos de la tarde; a las seis los rechaza con violencia y a las ocho una vez más los desea fervientemente; si los martes ama las pinturas de Joan Miró; los miércoles aborrece los contrastes de color y las figuras casi abstractas, los miércoles siente una renovada sed por contemplar El Jardín; si a la mañana adora las noches, si a la noche odia la noche y a la mañana siguiente vuelve a adorarla: en todos estos casos se manifiesta palinhedonia.
A veces basta con que el estímulo esté ausente para que se lo desee, y basta con que esté presente para que sea rechazado: esta clase de palinhedonia se conoce vulgarmente como "síndrome de la Gata Flora".
lunes, 23 de mayo de 2011
Noticia
En este momento estoy firmando el contrato con Editorial Sudamericana.
Exonario se convierte en libro.
viernes, 20 de mayo de 2011
Proltracción
(Sustantivo. Del latín procul = lejos de, y tractione = ablativo de "tractio": tracción )
Acción de mover, tironear o agitar el extremo de algo para encontrar una cosa en el otro extremo.
Cuando las llaves, el documento o la cartera se han extraviado entre los colocios de nuestra casa, podemos buscarlos revisando uno por uno los vericuetos y los recipientes. Entre las técnicas que incluimos en nuestras búsquedas, puede estar la proltracción : si hay una manta o un cobertor sobre la mesa o la estantería, tiramos de un extremo del cobertor para ver si, desde el otro extremo, se descubre el objeto extraviado. La proltracción funciona como una "búsqueda a distancia": la acción que ejecutamos aquí (en el extremo A de una cosa) repercute en el otro lado (el extremo B), y podría ocurrir que, incidentalmente, al descubrirse el otro extremo se muevan y reacomoden los objetos y aparezcan por fin las llaves.
La proltracción es la táctica que solemos emplear cuando queremos hacer salir a un animal o un insecto escondido bajo una manta. Si sabemos que hay una araña debajo del extremo superior de la sábana, lo mejor será tironear del extremo inferior para que salga.
Tirar de un hilo que está enredado entre un sinfín de otros objetos es también una modalidad de proltracción.
Acción de mover, tironear o agitar el extremo de algo para encontrar una cosa en el otro extremo.
Cuando las llaves, el documento o la cartera se han extraviado entre los colocios de nuestra casa, podemos buscarlos revisando uno por uno los vericuetos y los recipientes. Entre las técnicas que incluimos en nuestras búsquedas, puede estar la proltracción : si hay una manta o un cobertor sobre la mesa o la estantería, tiramos de un extremo del cobertor para ver si, desde el otro extremo, se descubre el objeto extraviado. La proltracción funciona como una "búsqueda a distancia": la acción que ejecutamos aquí (en el extremo A de una cosa) repercute en el otro lado (el extremo B), y podría ocurrir que, incidentalmente, al descubrirse el otro extremo se muevan y reacomoden los objetos y aparezcan por fin las llaves.
La proltracción es la táctica que solemos emplear cuando queremos hacer salir a un animal o un insecto escondido bajo una manta. Si sabemos que hay una araña debajo del extremo superior de la sábana, lo mejor será tironear del extremo inferior para que salga.
Tirar de un hilo que está enredado entre un sinfín de otros objetos es también una modalidad de proltracción.
miércoles, 18 de mayo de 2011
Pericúlico
(Adjetivo. Del latín periculum = peligro)
Quien encuentra situaciones potencialmente peligrosas para nuestra vida en cada una de las acciones que ejecutamos.
El pericúlico señala cada una de las (a su juicio) peligrosas consecuencias de nuestros actos, aun cuando algunos de esos actos tiendan a reparar la posible consecuencia peligrosa de otros actos: "Si no cambiás el antivirus, seguro que te entra un troyano y te van a espiar la computadora y un día te roban todo". "Cambiaste el antivirus; bueno, no es garantía de nada, igual un día te vas a levantar y seguro que un virus te comió todos los archivos". "Si tenés la piel muy blanca y no te hacés un tratamiento, casi seguro que vas a envejecer más pronto". "Ah, empezaste el tratamiento para la piel blanca. Sí, bueno, de todos modos por más tratamiento que hagas, si la piel es demasiado blanca, te vas a arrugar como una pasa de uva". "Si dejás el auto estacionado en la vereda, en tu barrio, te lo roban. Seguro que te lo roban". "¿Guardaste el auto en el garaje? Bueno, viste cómo es, si te lo quieren robar, te lo sacan del garaje. En tu barrio, seguro que te abren el garaje para robarlo". "Si no hacés ejercicios todos los días, los músculos se van debilitando y vas a morir joven". "Si hacés tanto ejercicio, los músculos se tensan demasiado, las células se dividen mucho, van perdiendo telómero y te morís joven". Sus señalamientos no sólo se hacen con mala voluntad: además, el pericúlico no habla como si esa catarata de peligros fuese sólo una posibilidad. Para él, la catástrofe es segura y no se puede detener. Es curioso, sin embargo, que sólo encuentre consecuencias negativas en las acciones ajenas y nunca (o rara vez) en las propias.
Quien encuentra situaciones potencialmente peligrosas para nuestra vida en cada una de las acciones que ejecutamos.
El pericúlico señala cada una de las (a su juicio) peligrosas consecuencias de nuestros actos, aun cuando algunos de esos actos tiendan a reparar la posible consecuencia peligrosa de otros actos: "Si no cambiás el antivirus, seguro que te entra un troyano y te van a espiar la computadora y un día te roban todo". "Cambiaste el antivirus; bueno, no es garantía de nada, igual un día te vas a levantar y seguro que un virus te comió todos los archivos". "Si tenés la piel muy blanca y no te hacés un tratamiento, casi seguro que vas a envejecer más pronto". "Ah, empezaste el tratamiento para la piel blanca. Sí, bueno, de todos modos por más tratamiento que hagas, si la piel es demasiado blanca, te vas a arrugar como una pasa de uva". "Si dejás el auto estacionado en la vereda, en tu barrio, te lo roban. Seguro que te lo roban". "¿Guardaste el auto en el garaje? Bueno, viste cómo es, si te lo quieren robar, te lo sacan del garaje. En tu barrio, seguro que te abren el garaje para robarlo". "Si no hacés ejercicios todos los días, los músculos se van debilitando y vas a morir joven". "Si hacés tanto ejercicio, los músculos se tensan demasiado, las células se dividen mucho, van perdiendo telómero y te morís joven". Sus señalamientos no sólo se hacen con mala voluntad: además, el pericúlico no habla como si esa catarata de peligros fuese sólo una posibilidad. Para él, la catástrofe es segura y no se puede detener. Es curioso, sin embargo, que sólo encuentre consecuencias negativas en las acciones ajenas y nunca (o rara vez) en las propias.
Monosiamés
(Sustantivo. De monos = uno y siamés = gemelo unido por alguna parte del cuerpo)
Persona que es hermana gemela siamés de sí misma.
El monosiamés tiene el cuerpo compartido por dos personas, y esas dos personas son él mismo. Cada parte de su cuerpo está unida a la parte del cuerpo de la otra persona que es ella misma. El ensamblaje de ambos es tan perfecto que se conforma una unidad física y psíquica, y en ningún momento (ni antes, ni después de nacer) puede manifestarse la dualidad.
Podría pensarse, también que un monosiamés es una persona que está unida a otra a través de su propio cuerpo. Pero esa otra persona a la que se une es idéntica a la persona inicial: comparte su cuerpo y su estructura psíquica. Todo lo que haga la persona A, lo hará la B. Todo lo que padezca, piense o desee la persona A, también lo padecerá, pensará o deseará la B. El sabor del helado, el aroma del té, la visión del color amarillo: todo ello lo disfrutarán ambos por igual, con las mismas cualidades e intensidades. Con una salvedad: tanto A como B vivenciarán cada cosa no como si fueran dos personas, sino una sola.
Persona que es hermana gemela siamés de sí misma.
El monosiamés tiene el cuerpo compartido por dos personas, y esas dos personas son él mismo. Cada parte de su cuerpo está unida a la parte del cuerpo de la otra persona que es ella misma. El ensamblaje de ambos es tan perfecto que se conforma una unidad física y psíquica, y en ningún momento (ni antes, ni después de nacer) puede manifestarse la dualidad.
Podría pensarse, también que un monosiamés es una persona que está unida a otra a través de su propio cuerpo. Pero esa otra persona a la que se une es idéntica a la persona inicial: comparte su cuerpo y su estructura psíquica. Todo lo que haga la persona A, lo hará la B. Todo lo que padezca, piense o desee la persona A, también lo padecerá, pensará o deseará la B. El sabor del helado, el aroma del té, la visión del color amarillo: todo ello lo disfrutarán ambos por igual, con las mismas cualidades e intensidades. Con una salvedad: tanto A como B vivenciarán cada cosa no como si fueran dos personas, sino una sola.
martes, 17 de mayo de 2011
Chucado
(Adjetivo. De Chucky: nombre de un muñeco de ficción poseído por el alma de un asesino)
Quien posee un continuo rictus de amargura y enojo en su rostro, especialmente cuando desea manifestar una emoción de alegría y placer.
El chucado tiene los labios muy tensos, como si estuviera disimulando un intenso dolor. No es responsable de la rigidez de su cara; sus cejas se curvan naturalmente; la boca se le aprieta y el entrecejo se le arruga como si las preocupaciones lo abrumaran. Todo esto puede ocurrirle aunque se esté riendo y, en rigor, el término se aplica precisamente cuando nos damos cuenta de que su emoción es contraria a la que manifiesta su rostro prima facie.
Quien posee un continuo rictus de amargura y enojo en su rostro, especialmente cuando desea manifestar una emoción de alegría y placer.
El chucado tiene los labios muy tensos, como si estuviera disimulando un intenso dolor. No es responsable de la rigidez de su cara; sus cejas se curvan naturalmente; la boca se le aprieta y el entrecejo se le arruga como si las preocupaciones lo abrumaran. Todo esto puede ocurrirle aunque se esté riendo y, en rigor, el término se aplica precisamente cuando nos damos cuenta de que su emoción es contraria a la que manifiesta su rostro prima facie.
martes, 10 de mayo de 2011
Calalocos
(Adjetivo. De calar, en su acepción de 'comprender un motivo secreto' y loco)
Quien aparenta tener una gran intuición para descubrir si una persona padece algún desequilibrio mental.
El calalocos manifiesta que es capaz de darse cuenta, mucho antes de tener un diálogo o un indicio revelador, si el almacenero, el plomero, un desconocido que cruza a lo lejos por la calle o su propia esposa, han enloquecido. A través de señales discutibles y poco concluyentes, el calalocos expone con certeza su impresión de que Carlitos está muy perturbado, y que esa locura "ya estaba presente" desde muchas décadas atrás, aun cuando no se había manifestado de manera pública. En rigor, para el calalocos, dos o tres indicios de excentricidad (mover mucho los ojos, hablar en voz baja, mirar el cielo, respirar profundo o comer lechuga sin vinagre) le bastan para extraer su apurada conclusión: "A esta mina ya la tengo calada, y está rayadísima. Toma café sin azúcar y se ducha durante casi una hora. Pero esto no es de ahora, ¿eh? Hace diez años fue mi compañera en el instituto, y ya en ese momento tomaba leche sin azúcar"
A veces el calalocos se siente en la obligación de confrontar al supuesto desequilibrado, haciéndole ver que sus ideas o acciones no son propias de una persona normal. Cuando hace esto, cree que está cumpliendo un rol social inestimable: "Le tuve que decir a María que está cada día más loca, que no puede andar haciendo gimnasia aeróbica a las seis de la mañana. Le recomendé que vaya a ver a un psiquiatra. Si no se lo decía, un día va a ser peor, va a agarrar un hacha y nos va a matar a todos"
Quien aparenta tener una gran intuición para descubrir si una persona padece algún desequilibrio mental.
El calalocos manifiesta que es capaz de darse cuenta, mucho antes de tener un diálogo o un indicio revelador, si el almacenero, el plomero, un desconocido que cruza a lo lejos por la calle o su propia esposa, han enloquecido. A través de señales discutibles y poco concluyentes, el calalocos expone con certeza su impresión de que Carlitos está muy perturbado, y que esa locura "ya estaba presente" desde muchas décadas atrás, aun cuando no se había manifestado de manera pública. En rigor, para el calalocos, dos o tres indicios de excentricidad (mover mucho los ojos, hablar en voz baja, mirar el cielo, respirar profundo o comer lechuga sin vinagre) le bastan para extraer su apurada conclusión: "A esta mina ya la tengo calada, y está rayadísima. Toma café sin azúcar y se ducha durante casi una hora. Pero esto no es de ahora, ¿eh? Hace diez años fue mi compañera en el instituto, y ya en ese momento tomaba leche sin azúcar"
A veces el calalocos se siente en la obligación de confrontar al supuesto desequilibrado, haciéndole ver que sus ideas o acciones no son propias de una persona normal. Cuando hace esto, cree que está cumpliendo un rol social inestimable: "Le tuve que decir a María que está cada día más loca, que no puede andar haciendo gimnasia aeróbica a las seis de la mañana. Le recomendé que vaya a ver a un psiquiatra. Si no se lo decía, un día va a ser peor, va a agarrar un hacha y nos va a matar a todos"
lunes, 9 de mayo de 2011
Sinasa
(Adjetivo. De "sin asa")
1. Objeto que resulta difícil de asir debido a que no tiene alguna parte que sobresale.
Los objetos esferoides son propiamente sinasa. Puede utilizarse el término para referirse a algo que es uniformemente resbaloso o caliente: aunque tuviera asas, el hecho de que la temperatura o o su carácter escurridizo estén distribuidos de manera uniforme en todo el objeto (incluidas las eventuales asas), hacen que sea sinasa. No es una contradicción hablar de un asa sinasa, si el asa comparte las propiedades de calor o viscosidad del resto del objeto. Si las asas de una taza se calientan al igual que la taza, entonces tanto la taza como las asas son sinasas.
2. Persona o animal a la que le falta alguna de las extremidades, o todas.
Se lo puede utilizar en sentido figurado para referirse a la falta de vigor masculino o de autoridad, en referencia a una supuesta falta de pene. También, como término despectivo o insultante, refiere a una supuesta impotencia sexual masculina: "No te acuestes con Roberto, es un sinasa"
3. Dícese de la argumentación tan clara, completa y convincente que resulta imposible de refutar, ya sea en conjunto o en sus partes.
En esta acepción, también, se refiere a la persona que es capaz de defender de manera impecable un discurso, o cuyo pasado es limpio y libre de cualquier reproche. Cuando se discute con un sinasa, se suele decir: "Estuve discutiendo con Hernán y revolviendo en su pasado. Pero es un sinasa, nunca encuentro algo con qué agarrarlo".
1. Objeto que resulta difícil de asir debido a que no tiene alguna parte que sobresale.
Los objetos esferoides son propiamente sinasa. Puede utilizarse el término para referirse a algo que es uniformemente resbaloso o caliente: aunque tuviera asas, el hecho de que la temperatura o o su carácter escurridizo estén distribuidos de manera uniforme en todo el objeto (incluidas las eventuales asas), hacen que sea sinasa. No es una contradicción hablar de un asa sinasa, si el asa comparte las propiedades de calor o viscosidad del resto del objeto. Si las asas de una taza se calientan al igual que la taza, entonces tanto la taza como las asas son sinasas.
2. Persona o animal a la que le falta alguna de las extremidades, o todas.
Se lo puede utilizar en sentido figurado para referirse a la falta de vigor masculino o de autoridad, en referencia a una supuesta falta de pene. También, como término despectivo o insultante, refiere a una supuesta impotencia sexual masculina: "No te acuestes con Roberto, es un sinasa"
3. Dícese de la argumentación tan clara, completa y convincente que resulta imposible de refutar, ya sea en conjunto o en sus partes.
En esta acepción, también, se refiere a la persona que es capaz de defender de manera impecable un discurso, o cuyo pasado es limpio y libre de cualquier reproche. Cuando se discute con un sinasa, se suele decir: "Estuve discutiendo con Hernán y revolviendo en su pasado. Pero es un sinasa, nunca encuentro algo con qué agarrarlo".
viernes, 6 de mayo de 2011
Alomémesis
(Sustantivo. Del griego allos = otro y mnéme = recuerdo)
Variación que van sufriendo los recuerdos cada vez que son recordados.
¿Es posible que el solo acto de recordar modifique los recuerdos?
Quizás esas evocaciones de la infancia que rememoramos a menudo hayan ido sufriendo graduales e imperceptibles mutaciones en cada evocación, y no hay manera de darnos cuenta porque no tenemos con qué compararlas. Probablemente, cada vez que se recuerda el día en que comenzamos la escuela, nuestra imaginación agregue sensaciones, colores, destellos, personajes y sentimientos que jamás estuvieron presentes. Tal vez, en cada nuevo acto de rememoración nos venga a la memoria no sólo el recuerdo original, sino también -de manera subrepticia- el recuerdo de todas las veces que trajimos a la memoria ese recuerdo, más una serie creciente de efectos mnémicos ilusorios, teñidos con un regusto a nostalgia y lejanía borrosa.
Según la hipótesis que da origen a esta palabra, los tafómemos habrán de ser los únicos recuerdos que no pueden ser modificados por la memoria. Pero, precisamente por ello, por desgracia no los podemos recordar.
Variación que van sufriendo los recuerdos cada vez que son recordados.
¿Es posible que el solo acto de recordar modifique los recuerdos?
Quizás esas evocaciones de la infancia que rememoramos a menudo hayan ido sufriendo graduales e imperceptibles mutaciones en cada evocación, y no hay manera de darnos cuenta porque no tenemos con qué compararlas. Probablemente, cada vez que se recuerda el día en que comenzamos la escuela, nuestra imaginación agregue sensaciones, colores, destellos, personajes y sentimientos que jamás estuvieron presentes. Tal vez, en cada nuevo acto de rememoración nos venga a la memoria no sólo el recuerdo original, sino también -de manera subrepticia- el recuerdo de todas las veces que trajimos a la memoria ese recuerdo, más una serie creciente de efectos mnémicos ilusorios, teñidos con un regusto a nostalgia y lejanía borrosa.
Según la hipótesis que da origen a esta palabra, los tafómemos habrán de ser los únicos recuerdos que no pueden ser modificados por la memoria. Pero, precisamente por ello, por desgracia no los podemos recordar.
miércoles, 4 de mayo de 2011
Afiolarse
(Verbo. De fiolo, apócope de "cafiolo", argentinismo por 'proxeneta', y "apiolarse": argentinismo por 'sacar ventaja'. Adjetivo: afiolado)
Convertirse en un aprovechador de las mujeres.
Este término sólo puede emplearse para describir un proceso en el cual el aprovechador o la aprovechadora se han mostrado, inicialmente, como personas cordiales y bondadosas, pero con el tiempo fueron mostrando actitudes machistas, autoritarias y groseras hasta hacer de ellas un hábito.
A diferencia de los proxenetas o cafiolos, el afiolado normalmente no espera obtener un rédito económico de las mujeres a las cuales va sometiendo. Sólo desea que le dispensen una existencia absolutamente cómoda a cambio de palabras soeces y denigraciones.
Convertirse en un aprovechador de las mujeres.
Este término sólo puede emplearse para describir un proceso en el cual el aprovechador o la aprovechadora se han mostrado, inicialmente, como personas cordiales y bondadosas, pero con el tiempo fueron mostrando actitudes machistas, autoritarias y groseras hasta hacer de ellas un hábito.
A diferencia de los proxenetas o cafiolos, el afiolado normalmente no espera obtener un rédito económico de las mujeres a las cuales va sometiendo. Sólo desea que le dispensen una existencia absolutamente cómoda a cambio de palabras soeces y denigraciones.
martes, 3 de mayo de 2011
Procurenuvia
(Sustantivo. Del latín pro = en favor de; cura = cuidado y res nova = novedades, cosas nuevas)
Cuidado especial que se tiene con las cosas cuando son nuevas.
Le dispensamos un trato diferencial a los objetos que hemos adquirido hace poco tiempo. Limpiamos concienzudamente el monitor y el teclado de la nueva computadora, los protegemos con una funda, apagamos el equipo cuando no lo estamos usando; todo eso con el fin de que su brillo, su aroma, su color y sus cualidades de recién comprada se conserven para siempre. El suéter de hilo que nos regalaron se dobla, se guarda con esmero en el cajón de los suéters y casi no se usa para evitar que se estropee o se ensucie. El juego de tazas nuevo se exhibe con orgullo en una vitrina y se lustra a diario. La procurenuvia, sin embargo, va desapareciendo de modo inexorable: un par de semanas después comenzamos a desatender lo que tanto habíamos atendido. En el monitor de la computadora comienza a acumularse polvo (y no lo vemos, o no nos interesa); el suéter no está bien doblado en el cajón (y tiene una mancha), y el juego de tazas ya es sólo un adorno más, miriatizado en la vitrina. El aroma, la viveza de colores y la imponencia de los objetos nuevos despiertan un enamoramiento fugaz que se va apagando tras descubrir que aun lo más vistoso y reluciente está condenado a volverse viejo, rayado, polvoriento, mutilado y apestoso.
Cuidado especial que se tiene con las cosas cuando son nuevas.
Le dispensamos un trato diferencial a los objetos que hemos adquirido hace poco tiempo. Limpiamos concienzudamente el monitor y el teclado de la nueva computadora, los protegemos con una funda, apagamos el equipo cuando no lo estamos usando; todo eso con el fin de que su brillo, su aroma, su color y sus cualidades de recién comprada se conserven para siempre. El suéter de hilo que nos regalaron se dobla, se guarda con esmero en el cajón de los suéters y casi no se usa para evitar que se estropee o se ensucie. El juego de tazas nuevo se exhibe con orgullo en una vitrina y se lustra a diario. La procurenuvia, sin embargo, va desapareciendo de modo inexorable: un par de semanas después comenzamos a desatender lo que tanto habíamos atendido. En el monitor de la computadora comienza a acumularse polvo (y no lo vemos, o no nos interesa); el suéter no está bien doblado en el cajón (y tiene una mancha), y el juego de tazas ya es sólo un adorno más, miriatizado en la vitrina. El aroma, la viveza de colores y la imponencia de los objetos nuevos despiertan un enamoramiento fugaz que se va apagando tras descubrir que aun lo más vistoso y reluciente está condenado a volverse viejo, rayado, polvoriento, mutilado y apestoso.
jueves, 28 de abril de 2011
Isidebio
(Sustantivo masculino. Del latín ipsi [dativo de ipse] = a sí mismo y debitio = deuda)
Deuda que se contrae con uno mismo.
Hay personas que dividen su dinero de acuerdo a varios tipos de objetivos: está el dinero que se ahorra para comprar el auto, el que se guarda para irse de vacaciones y el que se utiliza para gastos cotidianos. A su vez, este último rubro puede tener más subdivisiones: para alimentos, para artículos de limpieza, para mantener el auto y para medicamentos. ¿Qué pasa si gastamos más de lo que habíamos estipulado en un rubro, por ejemplo, si nos vamos de vacaciones a un lugar carísimo, restándole fondos al ahorro para comprar el automóvil? En ese caso, hemos contraído un isidebio: en algún momento deberemos ser más frugales en los otros rubros para reponer la cifra excedente del dinero gastado. Nadie nos va a reclamar si no lo hacemos: podríamos no comprar el auto, o ahorrar a un ritmo más lento. Pero si hacemos así nos sentimos traicionados por nuestras propias metas. En rigor, estamos traicionando a aquel que fuimos cuando decidimos guardar peso a peso para comprar el auto. Ese que tomó la decisión de ahorrar es otro, distinto del que decidió gastar para vacaciones. En cierto modo, el isidebio es un conflicto entre los proyectos económicos que tuvimos en un pasado inmediato y nuestros intereses presentes.
Deuda que se contrae con uno mismo.
Hay personas que dividen su dinero de acuerdo a varios tipos de objetivos: está el dinero que se ahorra para comprar el auto, el que se guarda para irse de vacaciones y el que se utiliza para gastos cotidianos. A su vez, este último rubro puede tener más subdivisiones: para alimentos, para artículos de limpieza, para mantener el auto y para medicamentos. ¿Qué pasa si gastamos más de lo que habíamos estipulado en un rubro, por ejemplo, si nos vamos de vacaciones a un lugar carísimo, restándole fondos al ahorro para comprar el automóvil? En ese caso, hemos contraído un isidebio: en algún momento deberemos ser más frugales en los otros rubros para reponer la cifra excedente del dinero gastado. Nadie nos va a reclamar si no lo hacemos: podríamos no comprar el auto, o ahorrar a un ritmo más lento. Pero si hacemos así nos sentimos traicionados por nuestras propias metas. En rigor, estamos traicionando a aquel que fuimos cuando decidimos guardar peso a peso para comprar el auto. Ese que tomó la decisión de ahorrar es otro, distinto del que decidió gastar para vacaciones. En cierto modo, el isidebio es un conflicto entre los proyectos económicos que tuvimos en un pasado inmediato y nuestros intereses presentes.
miércoles, 27 de abril de 2011
Morjocar
(Verbo. Del latín mors = muerte y iocus = broma)
Hablar del acto de morirse como de algo humillante y gracioso.
Se morjoca, por lo general, refiriéndose personas con las que uno no se lleva bien. Cuando muere un conocido muy querido, tratamos de evitar las referencias al proceso de agonía y al momento la muerte. Sin embargo, si hablamos de una persona a la que despreciamos, podemos utilizar frases como "espichó", "palmó", "salió con los pies para adelante" o "está contando las flores desde abajo". En contextos más retorcidos, se pueden inventar frases casi sin sentido con el solo propósito de hacer de la muerte un acto humillante: "Fumó tanto monóxido de carbono que se quedó tieso"; "Le acomodaron el marulo con un martillazo y lo llevaron al cajón" o "Le explotó la chimba y chufló"
Hablar del acto de morirse como de algo humillante y gracioso.
Se morjoca, por lo general, refiriéndose personas con las que uno no se lleva bien. Cuando muere un conocido muy querido, tratamos de evitar las referencias al proceso de agonía y al momento la muerte. Sin embargo, si hablamos de una persona a la que despreciamos, podemos utilizar frases como "espichó", "palmó", "salió con los pies para adelante" o "está contando las flores desde abajo". En contextos más retorcidos, se pueden inventar frases casi sin sentido con el solo propósito de hacer de la muerte un acto humillante: "Fumó tanto monóxido de carbono que se quedó tieso"; "Le acomodaron el marulo con un martillazo y lo llevaron al cajón" o "Le explotó la chimba y chufló"
martes, 26 de abril de 2011
Averracante
(Adjetivo. De verraco, cerdo destinado a la reproducción y aberrante)
Dícese del hecho aberrante que provoca alguna involuntaria respuesta de adhesión.
Si le ofrecen una comida asquerosa y usted a pesar de las arcadas se siente tentado a comerla, está teniendo una experiencia averracante. Si a pesar del horrible asesinato a cuchilladas que tuvo su vecino a usted le gustaría ser asesinado de la misma forma, está teniendo un pensamiento averracante. Cuando alguien se enfrenta con un hecho averracante, una parte de su voluntad y sus deseos se manifiesta en contra de ese hecho, pero otra parte se siente seducida e intrigada.
En muchos casos, lo averracante dependerá de qué se considere aberrante en cada caso. Para algunas personas, es aberrante comer carnes rojas durante semana santa. Por lo tanto, será partícipe de un hecho averracante si, a pesar de manifestarse en contra de ello, decide comer asado, embutidos y menudencias. Por supuesto, este hecho no será averracante para quien no mantenga tal costumbre religiosa.
Dícese del hecho aberrante que provoca alguna involuntaria respuesta de adhesión.
Si le ofrecen una comida asquerosa y usted a pesar de las arcadas se siente tentado a comerla, está teniendo una experiencia averracante. Si a pesar del horrible asesinato a cuchilladas que tuvo su vecino a usted le gustaría ser asesinado de la misma forma, está teniendo un pensamiento averracante. Cuando alguien se enfrenta con un hecho averracante, una parte de su voluntad y sus deseos se manifiesta en contra de ese hecho, pero otra parte se siente seducida e intrigada.
En muchos casos, lo averracante dependerá de qué se considere aberrante en cada caso. Para algunas personas, es aberrante comer carnes rojas durante semana santa. Por lo tanto, será partícipe de un hecho averracante si, a pesar de manifestarse en contra de ello, decide comer asado, embutidos y menudencias. Por supuesto, este hecho no será averracante para quien no mantenga tal costumbre religiosa.
lunes, 25 de abril de 2011
Escautóquino
(Sustantivo. Del griego skiá = sombra; autós = por sí mismo y kínesis = movimiento)
Sombra que se mueve de manera independiente.
Es natural y esperable que la sombra imite los movimientos del objeto del cual depende. Sin embargo, no siempre ocurre esto: a veces las siluetas se agitan o se desplazan de manera autónoma, anómala y azarosa. En algunos casos, sólo una parte de la sombra se comporta de modo inesperado. En otros casos, la completa sombra se rebela y marca un contorno imposible e incongruente con el movimiento de su objeto.
Los escautóquinos pueden provocar escófenos.
Sombra que se mueve de manera independiente.
Es natural y esperable que la sombra imite los movimientos del objeto del cual depende. Sin embargo, no siempre ocurre esto: a veces las siluetas se agitan o se desplazan de manera autónoma, anómala y azarosa. En algunos casos, sólo una parte de la sombra se comporta de modo inesperado. En otros casos, la completa sombra se rebela y marca un contorno imposible e incongruente con el movimiento de su objeto.
Los escautóquinos pueden provocar escófenos.
miércoles, 20 de abril de 2011
Esquizonomizar
(Verbo transitivo. Del griego skízein = dividir y ónoma = nombre)
Dividir erróneamente una única palabra en un grupo de palabras.
Cuando se esquizonomiza se cortan las palabras en lugares inadecuados y se les asigna grafías erróneas: Ocurre, por ejemplo, cuando se interpreta que la palabra "espolvorear" se escribe "es por boreal"; que "pervertir" se escribe "per bertín", que "adelgazar" se escribe "a der gazar"; que "significa" se escribe "se ignifica" y que "esquizonomizar" se escribe "él quiso domizar".
Al esquizonomizar, un hablante no sólo divide la palabra en otras, como si en lugar de una palabra hubiera una frase compuesta, sino que incluso inventa las palabras de las que se compone la frase, como puede verse en los ejemplos de arriba: "bertín", "der", "gazar" y "domizar".
Dividir erróneamente una única palabra en un grupo de palabras.
Cuando se esquizonomiza se cortan las palabras en lugares inadecuados y se les asigna grafías erróneas: Ocurre, por ejemplo, cuando se interpreta que la palabra "espolvorear" se escribe "es por boreal"; que "pervertir" se escribe "per bertín", que "adelgazar" se escribe "a der gazar"; que "significa" se escribe "se ignifica" y que "esquizonomizar" se escribe "él quiso domizar".
Al esquizonomizar, un hablante no sólo divide la palabra en otras, como si en lugar de una palabra hubiera una frase compuesta, sino que incluso inventa las palabras de las que se compone la frase, como puede verse en los ejemplos de arriba: "bertín", "der", "gazar" y "domizar".
martes, 19 de abril de 2011
Exchanjero
(Adjetivo. Del inglés exchange= cambio de un bien por otro equivalente)
Quien piensa en cambiar o deshacerse de algo inmediatamente después de haberlo adquirido.
El exchanjero exhibe orgulloso el auto cero kilómetro que acaba de comprarse. Pero, en lugar de contarnos acerca de la facilidad para trasladarse hacia el trabajo, de los viajes que hará con su familia por todo el país, o de la comodidad de los asientos recinables, prefiere adelantarnos cómo se deshará de su nueva adquisición: "Lo uso dos años, le cambio las cubiertas y lo vendo a veinte mil dólares". El exchanjero no concibe que los bienes de uso son para disfrutarlos. Su automóvil es su primer automóvil: él ya está pensando en el segundo, el tercero, el cuarto. El juego de dormitorio, las sillas de la cocina y la sombrilla que ha comprado ya tienen un destino futuro en una compraventa o un plan canje. Si alguno de sus hijos escribe un mueble con bolígrafo o algún pariente corpulento le destruye una silla, el exchanjero se lamenta porque sus potenciales compradores le señalarán esos desperfectos y no le harán una buena oferta. En rigor, el exchanjero no se siente dueño de sus propios bienes, ni siquiera su casa, pues vive pensando en el juicio de los próximos dueños. Por eso, no es casual la similitud fonética entre exchanjero y extranjero: de algún modo, el exchanjero vive alienado, como si fuera un extranjero de sus propios bienes.
Cuando el exchanjero pinta su casa, embellece el jardín, pone baldosas en la terraza, arregla el tejado y pasa dos capas de pintura, puede que se sienta satisfecho y exclame: "¡Por fin tengo la casa que siempre soñé! Ahora la puedo vender"
Quien piensa en cambiar o deshacerse de algo inmediatamente después de haberlo adquirido.
El exchanjero exhibe orgulloso el auto cero kilómetro que acaba de comprarse. Pero, en lugar de contarnos acerca de la facilidad para trasladarse hacia el trabajo, de los viajes que hará con su familia por todo el país, o de la comodidad de los asientos recinables, prefiere adelantarnos cómo se deshará de su nueva adquisición: "Lo uso dos años, le cambio las cubiertas y lo vendo a veinte mil dólares". El exchanjero no concibe que los bienes de uso son para disfrutarlos. Su automóvil es su primer automóvil: él ya está pensando en el segundo, el tercero, el cuarto. El juego de dormitorio, las sillas de la cocina y la sombrilla que ha comprado ya tienen un destino futuro en una compraventa o un plan canje. Si alguno de sus hijos escribe un mueble con bolígrafo o algún pariente corpulento le destruye una silla, el exchanjero se lamenta porque sus potenciales compradores le señalarán esos desperfectos y no le harán una buena oferta. En rigor, el exchanjero no se siente dueño de sus propios bienes, ni siquiera su casa, pues vive pensando en el juicio de los próximos dueños. Por eso, no es casual la similitud fonética entre exchanjero y extranjero: de algún modo, el exchanjero vive alienado, como si fuera un extranjero de sus propios bienes.
Cuando el exchanjero pinta su casa, embellece el jardín, pone baldosas en la terraza, arregla el tejado y pasa dos capas de pintura, puede que se sienta satisfecho y exclame: "¡Por fin tengo la casa que siempre soñé! Ahora la puedo vender"
viernes, 15 de abril de 2011
Cronodoro
(Sustantivo y adjetivo. Del griego chrónos = tiempo y dóron = regalo)
Bien que deja el paso del tiempo.
Los cronodoros no son necesariamente herencias, sino bondades concomitantes a una actividad o un proceso. Si una persona está durante mucho tiempo como empleada de una dependencia estatal, es casi seguro que ascenderá en su puesto (aunque su actividad siga siendo la misma) y cobrará mejor sueldo. Un docente sabe que su curriculum aumenta con solo ocupar su cargo: cuantos más años dure, más años le serán computados en el haber de su legajo y menos vulnerable se hará a que otros colegas le disputen su cargo.
Como adjetivo, el término se refiere despectivamente a las personas que obtienen inesperados cronodoros: "A Alberto lo pusieron como jefe de personal. Su único mérito fue haberse aferrado al puestito de ayudante durante treinta y cinco años. Es un perfecto cronodoro"
Bien que deja el paso del tiempo.
Los cronodoros no son necesariamente herencias, sino bondades concomitantes a una actividad o un proceso. Si una persona está durante mucho tiempo como empleada de una dependencia estatal, es casi seguro que ascenderá en su puesto (aunque su actividad siga siendo la misma) y cobrará mejor sueldo. Un docente sabe que su curriculum aumenta con solo ocupar su cargo: cuantos más años dure, más años le serán computados en el haber de su legajo y menos vulnerable se hará a que otros colegas le disputen su cargo.
Como adjetivo, el término se refiere despectivamente a las personas que obtienen inesperados cronodoros: "A Alberto lo pusieron como jefe de personal. Su único mérito fue haberse aferrado al puestito de ayudante durante treinta y cinco años. Es un perfecto cronodoro"
jueves, 14 de abril de 2011
Babatáiay
(Sustantivo. De la expresión en inglés "But... but... I... I...: pero... pero... yo... yo...")
Balbuceo de una persona que es sorprendida en una actitud sospechosa.
El babatáiay es como un ensayo vocal que permite ganar tiempo mientras se inventa una excusa. Sin embargo, ese evidente intento por demorar la respuesta termina destruyendo la posibilidad de que tal respuesta resulte aceptable. En el fondo, el babatáiay le sirve al interlocutor como una corroboración de un intento por mentir; y finalmente el balbuceo se convierte en una vacilación ruinosa cuya articulación llena un inocultable vacío explicativo.
Ejemplo de uso: "Lo encontré encerrado en el baño contando billetes de cien dólares. ¿De dónde salieron?, le pregunté. Y me respondió con un largo babatáiay"
Hay personas que se especializan en inventar excusas con rapidez para no delatarse mediante babatáiays. Independientemente de la verosimilitud de la excusa, el hecho de dar una respuesta rápida produce un efecto de duda en el interrogador, y esto puede dar más tiempo para mejorar la respuesta.
Balbuceo de una persona que es sorprendida en una actitud sospechosa.
El babatáiay es como un ensayo vocal que permite ganar tiempo mientras se inventa una excusa. Sin embargo, ese evidente intento por demorar la respuesta termina destruyendo la posibilidad de que tal respuesta resulte aceptable. En el fondo, el babatáiay le sirve al interlocutor como una corroboración de un intento por mentir; y finalmente el balbuceo se convierte en una vacilación ruinosa cuya articulación llena un inocultable vacío explicativo.
Ejemplo de uso: "Lo encontré encerrado en el baño contando billetes de cien dólares. ¿De dónde salieron?, le pregunté. Y me respondió con un largo babatáiay"
Hay personas que se especializan en inventar excusas con rapidez para no delatarse mediante babatáiays. Independientemente de la verosimilitud de la excusa, el hecho de dar una respuesta rápida produce un efecto de duda en el interrogador, y esto puede dar más tiempo para mejorar la respuesta.
miércoles, 13 de abril de 2011
Afolotecno
(Sustantivo y adjetivo. Del griego a = negación; phaulós = defectuoso y technikós = técnico)
Artefacto que funciona a la perfección sólo cuando lo prueba el representante del servicio técnico.
Es muy común que la computadora, la estufa o el televisor tengan algún desperfecto que no se manifiesta cuando llega el especialista a revisarlos. "Enciende sin problemas. Funciona", dice ante nuestro desconcierto. El técnico hace algunas comprobaciones y limpiezas parciales; cambia piezas menores y casi sin importancia. Especula: "Puede ser la termocupla", "Tal vez el botón de encendido", "Quizás le están faltando algunos drivers". Como en los casos de asintomiatra, basta con que el especialista se retire para que el artefacto vuelva a fallar. Este proceso puede repetirse incontables veces, hasta que decidimos comprar un nuevo aparato, o bien hasta que el técnico se harta de las imaginarias fallas de nuestros artefactos.
Artefacto que funciona a la perfección sólo cuando lo prueba el representante del servicio técnico.
Es muy común que la computadora, la estufa o el televisor tengan algún desperfecto que no se manifiesta cuando llega el especialista a revisarlos. "Enciende sin problemas. Funciona", dice ante nuestro desconcierto. El técnico hace algunas comprobaciones y limpiezas parciales; cambia piezas menores y casi sin importancia. Especula: "Puede ser la termocupla", "Tal vez el botón de encendido", "Quizás le están faltando algunos drivers". Como en los casos de asintomiatra, basta con que el especialista se retire para que el artefacto vuelva a fallar. Este proceso puede repetirse incontables veces, hasta que decidimos comprar un nuevo aparato, o bien hasta que el técnico se harta de las imaginarias fallas de nuestros artefactos.
lunes, 11 de abril de 2011
Omniriciar
(Verbo. Del latín omni = que abarca todo y reicio = desechar)
Reemplazar o descartar drásticamente la totalidad de un sistema ante el defecto de una de sus partes.
Quien compra una nueva bicicleta cuando se rompe una cubierta; o abjura de la totalidad de su carrera académica porque no le gusta una determinada asignatura, o abandona a su amada porque le encuentra un defecto inesperado, está omniriciando.
En rigor el término debería aplicarse a aquellas acciones de desechar algo cuya parte defectuosa podría cambiarse. En este sentido riguroso quizás se aplique con más propiedad al ejemplo de la bicicleta, un poco menos a la carrera académica y tal vez menos aun a la amada con defectos. Es patente que una cubierta de bicicleta puede fácilmente reemplazarse por otra; no es tan fácil (o es a veces imposible en la práctica) modificar el contenido de una carrera o lograr que la amada mejore sus defectos. En este último caso, en parte, porque los defectos de carácter están sujetos a consideraciones puramente subjetivas; en parte porque no es bueno que una persona se sienta obligada a cambiar para que su amante la acepte, y en parte porque quien da demasiada importancia a un defecto sin duda ya no está enamorado.
Reemplazar o descartar drásticamente la totalidad de un sistema ante el defecto de una de sus partes.
Quien compra una nueva bicicleta cuando se rompe una cubierta; o abjura de la totalidad de su carrera académica porque no le gusta una determinada asignatura, o abandona a su amada porque le encuentra un defecto inesperado, está omniriciando.
En rigor el término debería aplicarse a aquellas acciones de desechar algo cuya parte defectuosa podría cambiarse. En este sentido riguroso quizás se aplique con más propiedad al ejemplo de la bicicleta, un poco menos a la carrera académica y tal vez menos aun a la amada con defectos. Es patente que una cubierta de bicicleta puede fácilmente reemplazarse por otra; no es tan fácil (o es a veces imposible en la práctica) modificar el contenido de una carrera o lograr que la amada mejore sus defectos. En este último caso, en parte, porque los defectos de carácter están sujetos a consideraciones puramente subjetivas; en parte porque no es bueno que una persona se sienta obligada a cambiar para que su amante la acepte, y en parte porque quien da demasiada importancia a un defecto sin duda ya no está enamorado.
viernes, 8 de abril de 2011
Asintomiatra
(Sustantivo y adjetivo. Del griego a = negación; sýmptoma = fenómeno que acontece en simultáneo y iatros = médico)
Enfermedad cuyos síntomas desaparecen cuando está presente el médico.
"Tengo un terrible dolor en la espalda. ¡No puedo siquiera tocarme!" dice el paciente frente al médico. Cuando el profesional le toca la espalda y le aprieta fuertemente, el paciente afirma que ya no le duele; que el padecimiento había sido insoportable hasta unos minutos antes de haber ingresado al consultorio, pero que ahora, justo ahora, no está ahí. El médico apenas prescribe una aspirina o unos leves masajes. Pero basta con que el paciente salga de la sala para que el dolor ataque con toda su fuerza. Este proceso puede ocurrir decenas de veces hasta que el doctor debe optar por el desconcierto o (más probablemente) por el enojo o el diagnóstico de histeria.
Enfermedad cuyos síntomas desaparecen cuando está presente el médico.
"Tengo un terrible dolor en la espalda. ¡No puedo siquiera tocarme!" dice el paciente frente al médico. Cuando el profesional le toca la espalda y le aprieta fuertemente, el paciente afirma que ya no le duele; que el padecimiento había sido insoportable hasta unos minutos antes de haber ingresado al consultorio, pero que ahora, justo ahora, no está ahí. El médico apenas prescribe una aspirina o unos leves masajes. Pero basta con que el paciente salga de la sala para que el dolor ataque con toda su fuerza. Este proceso puede ocurrir decenas de veces hasta que el doctor debe optar por el desconcierto o (más probablemente) por el enojo o el diagnóstico de histeria.
miércoles, 6 de abril de 2011
Metafiaca
(Sustantivo. De metá = más allá y fiaca = argentinismo por pereza. Adjetivo: metafiacoso)
1. Sensación de cansancio generada por la posibilidad de la realización de futuras actividades que provocan cansancio.
La metafiaca se origina a partir de una hipótesis imaginaria: se puede sentir una honda extenuación de solo pensar en tener que levantar bolsas de cal y cemento para construir la habitación del fondo. Es un agotamiento mental que se anticipa a agotamientos puramente contrafácticos: de sólo pensar en el sueño que tendríamos si estuviéramos tres noches estudiando sin dormir, nos invade un sueño pesado e ineludible. Como si a través de esa anticipación luego, cuando de verdad se consuman los hechos imaginados, quizás no estemos tan agotados gracias al descanso que hicimos tres meses atrás.
2. Capacidad de pensar en los posibles momentos de descanso cuando se anticipa una actividad intensa.
Si el jefe nos está explicando que al día siguiente debemos trabajar dieciocho horas y nos detalla con obsesión sus directivas, el metafiacoso sólo está atento a la posibilidad de relajarse, tomar café, almorzar, dormitar o distraerse durante esas dieciocho horas. "¿Tendré tiempo de jugar al Solitario en la computadora? ¿Podré sentarme y sacarme los zapatos unos minutos? ¿Me dejarán salir al balcón a respirar y fumarme un cigarrillo?". Su actitud es la de alguien que, de manera disimulada, intenta escaparse o evadirse de algo crucial para ganar pequeños tiempos en los que recrearse en inocentes placeres
1. Sensación de cansancio generada por la posibilidad de la realización de futuras actividades que provocan cansancio.
La metafiaca se origina a partir de una hipótesis imaginaria: se puede sentir una honda extenuación de solo pensar en tener que levantar bolsas de cal y cemento para construir la habitación del fondo. Es un agotamiento mental que se anticipa a agotamientos puramente contrafácticos: de sólo pensar en el sueño que tendríamos si estuviéramos tres noches estudiando sin dormir, nos invade un sueño pesado e ineludible. Como si a través de esa anticipación luego, cuando de verdad se consuman los hechos imaginados, quizás no estemos tan agotados gracias al descanso que hicimos tres meses atrás.
2. Capacidad de pensar en los posibles momentos de descanso cuando se anticipa una actividad intensa.
Si el jefe nos está explicando que al día siguiente debemos trabajar dieciocho horas y nos detalla con obsesión sus directivas, el metafiacoso sólo está atento a la posibilidad de relajarse, tomar café, almorzar, dormitar o distraerse durante esas dieciocho horas. "¿Tendré tiempo de jugar al Solitario en la computadora? ¿Podré sentarme y sacarme los zapatos unos minutos? ¿Me dejarán salir al balcón a respirar y fumarme un cigarrillo?". Su actitud es la de alguien que, de manera disimulada, intenta escaparse o evadirse de algo crucial para ganar pequeños tiempos en los que recrearse en inocentes placeres
martes, 5 de abril de 2011
Gelotocracia
(Sustantivo. Del griego geláo = reír y krátos = poder. Adjetivo: gelotócrata)
Capacidad de imponer la voluntad mediante la risa.
Quien suelta una risa malévola y cacogelótica puede intimidar a una audiencia y hacerla sentir subyugada y sometida. Aquel de quien se está riendo el gelotócrata tal vez haga todo lo posible por evitar la burla: su único objetivo consistirá en escapar de la interminable y aterradora carcajada.
La voluntad no sólo puede imponerse por la aversión a la risa ajena. A veces es justamente por la razón contraria: queremos complacer a un niño o una mujer, y deseamos cumplirles todos sus caprichos sólo para escucharlos reír una vez más.
Capacidad de imponer la voluntad mediante la risa.
Quien suelta una risa malévola y cacogelótica puede intimidar a una audiencia y hacerla sentir subyugada y sometida. Aquel de quien se está riendo el gelotócrata tal vez haga todo lo posible por evitar la burla: su único objetivo consistirá en escapar de la interminable y aterradora carcajada.
La voluntad no sólo puede imponerse por la aversión a la risa ajena. A veces es justamente por la razón contraria: queremos complacer a un niño o una mujer, y deseamos cumplirles todos sus caprichos sólo para escucharlos reír una vez más.
lunes, 4 de abril de 2011
Temporaquizar
(Verbo intransitivo. Del latín tempus = tiempo y acus =a guja, aguijón)
1. Tener muy en cuenta el paso de los minutos.
A veces no estamos muy pendientes del reloj y el paso del tiempo; otras veces, en cambio, hay que vigilar que cada minuto no se vaya sin que hayamos hecho una sucesión de cosas urgentes. Una hora antes de viajar o de ir al trabajo suelen ser cruciales para resolver acciones de último momento: es en esas situaciones y otras similares en las que calculamos, corremos y apretamos los sucesos para que quepan en pocos segundos.
Dejamos de temporaquizar cuando descronamos. Descronar no sólo es dejar de mirar el reloj: es también dejar de marcar el tiempo. Cuando temporaquizamos, en cambio, sentimos cronorexia y cronodulia. En rigor, la acepción que estamos definiendo aquí no difiere demasiado de esta última, pero hay un pequeño matiz: la cronodulia consiste en una sujeción continua y obliterante del horario, impuesta a partir de obligaciones externas (por lo general, laborales). Cuando se temporaquiza, en cambio, hay una necesidad ininterrumpida de contar los minutos, y por lo general esto ocurre previamente a una actividad importante. Un cronodúlico puede estar pendiente del horario, pero sólo para que no se le haga tarde para un hecho puntual (acostarse, levantarse o tomar un medicamento). El que temporaquiza, en cambio, observa cada minuto para obligarse a hacer cosas más rápido y con más eficacia antes de que se cumpla cierto plazo.
2. Sentir que es tarde para algo.
Etimológicamente, "temporaquizar" puede parafrasearse como "sentir el aguijón del tiempo". Por ello, la sensación de que el tiempo para hacer algo ya se acabó (o está por acabarse) merece ser abarcada por este término. Según esta segunda acepción, se puede temporaquizar aun cuando se tenga tiempo libre: puede que en nuestras vacaciones de marzo sintamos que ya es muy tarde para ir a la playa; puede que a pesar de que compramos bizcochos y facturas para el mate, nos demos cuenta de que ya pasó el momento para la merienda y conviene ir pensando en la cena; puede que nos sintamos viejos para hacer una carrera o tener hijos. Esta sensación suele venir acompañada de una gran modulancia.
1. Tener muy en cuenta el paso de los minutos.
A veces no estamos muy pendientes del reloj y el paso del tiempo; otras veces, en cambio, hay que vigilar que cada minuto no se vaya sin que hayamos hecho una sucesión de cosas urgentes. Una hora antes de viajar o de ir al trabajo suelen ser cruciales para resolver acciones de último momento: es en esas situaciones y otras similares en las que calculamos, corremos y apretamos los sucesos para que quepan en pocos segundos.
Dejamos de temporaquizar cuando descronamos. Descronar no sólo es dejar de mirar el reloj: es también dejar de marcar el tiempo. Cuando temporaquizamos, en cambio, sentimos cronorexia y cronodulia. En rigor, la acepción que estamos definiendo aquí no difiere demasiado de esta última, pero hay un pequeño matiz: la cronodulia consiste en una sujeción continua y obliterante del horario, impuesta a partir de obligaciones externas (por lo general, laborales). Cuando se temporaquiza, en cambio, hay una necesidad ininterrumpida de contar los minutos, y por lo general esto ocurre previamente a una actividad importante. Un cronodúlico puede estar pendiente del horario, pero sólo para que no se le haga tarde para un hecho puntual (acostarse, levantarse o tomar un medicamento). El que temporaquiza, en cambio, observa cada minuto para obligarse a hacer cosas más rápido y con más eficacia antes de que se cumpla cierto plazo.
2. Sentir que es tarde para algo.
Etimológicamente, "temporaquizar" puede parafrasearse como "sentir el aguijón del tiempo". Por ello, la sensación de que el tiempo para hacer algo ya se acabó (o está por acabarse) merece ser abarcada por este término. Según esta segunda acepción, se puede temporaquizar aun cuando se tenga tiempo libre: puede que en nuestras vacaciones de marzo sintamos que ya es muy tarde para ir a la playa; puede que a pesar de que compramos bizcochos y facturas para el mate, nos demos cuenta de que ya pasó el momento para la merienda y conviene ir pensando en la cena; puede que nos sintamos viejos para hacer una carrera o tener hijos. Esta sensación suele venir acompañada de una gran modulancia.
lunes, 28 de marzo de 2011
Pequeño descanso
Debido a otras ocupaciones, Exonario se tomará un descanso por esta semana.
Muchas gracias por pasar.
Muchas gracias por pasar.
jueves, 24 de marzo de 2011
Entrequete
(Sustantivo)
Actividad que se realiza a las apuradas y que demora alguna otra actividad más importante.
Es famosa la queja de los maridos por los entrequetes de sus esposas: "Marta, la función en el teatro empieza a las nueve. Entre que te bañas, te peinas, te maquillas, te pruebas un vestido y otro, llegaremos tarde"
Las comprobaciones de último momento antes de salir de casa o acostarse, también forman parte de los entrequetes: "Ya estoy saliendo, pero entre que cierro la llave del gas; compruebo que el gato tenga comida, me fijo si llevo los libros que necesito, si tengo pañuelo y papel higiénico, si llueve o hay sol; entre que confirmo todas esas cosas, me demoro más de lo esperado"
A veces los entrequetes nos abruman y se vuelven recursivos: pueden aparecer nuevos entrequetes dentro de un entrequete. Puede que, al momento de comprobar si la puerta del patio quedó cerrada con llave, descubramos que se ha roto la cerradura y debamos improvisar algún desesperado y grosero mecanismo para mantenerla cerrada.
Actividad que se realiza a las apuradas y que demora alguna otra actividad más importante.
Es famosa la queja de los maridos por los entrequetes de sus esposas: "Marta, la función en el teatro empieza a las nueve. Entre que te bañas, te peinas, te maquillas, te pruebas un vestido y otro, llegaremos tarde"
Las comprobaciones de último momento antes de salir de casa o acostarse, también forman parte de los entrequetes: "Ya estoy saliendo, pero entre que cierro la llave del gas; compruebo que el gato tenga comida, me fijo si llevo los libros que necesito, si tengo pañuelo y papel higiénico, si llueve o hay sol; entre que confirmo todas esas cosas, me demoro más de lo esperado"
A veces los entrequetes nos abruman y se vuelven recursivos: pueden aparecer nuevos entrequetes dentro de un entrequete. Puede que, al momento de comprobar si la puerta del patio quedó cerrada con llave, descubramos que se ha roto la cerradura y debamos improvisar algún desesperado y grosero mecanismo para mantenerla cerrada.
miércoles, 23 de marzo de 2011
Tafómemo
(Sustantivo. Del griego tafros = pozo, trinchera, lugar oculto y mnéme = memoria, recuerdo)
Recuerdo que se guarda en la memoria y que nunca ha sido rememorado
Existen recuerdos muy alejados en el tiempo que, sin embargo, de vez en cuando se nos presentan con espontaneidad y viveza: una noche de verano a los siete años jugando a la generala en casa de un amigo; el día en que un compañero de jardín de infantes lloraba porque había perdido su corazón; una mañana de fecha incierta en la que comí por primera vez un Conogol; la bisabuela Magdalena recostada en una reposera en el patio de una casa que fue vendida hace treinta y cinco años; un frasco de yogur Gandara en la puerta de la heladera, el chicle que fue pegado debajo de un pupitre en el año mil novecientos ochenta y nueve. Cuando jugamos con la memoria, por lo general sale a flote una cierta cantidad de recuerdos, algunos recurrentes y otros no tanto. Sin embargo, es factible creer que existen otros recuerdos que están ahí, en potencia de ser recordados, pero a los que jamás damos luz; ya sea por pereza o por alguna clase de bloqueo. A veces basta con que un conocido rememore una parte crucial de un suceso para que finalmente se haga presente el resto: ¿Te acordás del día en que le prendimos fuego el guardapolvos a Carina?, nos pregunta el compañero de tercer grado que encontramos por casualidad en la calle, abriendo con ello una catarata mnémica sepultada durante treinta años que nos lleva a rememorar la sanción escolar, el pedido de disculpas, el disgusto de nuestros padres y el funeral de la infortunada Carina. Durante todo ese tiempo en que no hicimos presente ese recuerdo, en rigor no podríamos llamarlo "recuerdo" (pues, casi por definición, el recuerdo es aquello que necesariamente viene a la memoria): por ello, la palabra "tafómemo" parece más adecuada.
Si mantenemos rigurosamente los términos de la definición, un tafómemo jamás será recordado conscientemente. En sentido estricto, si puede ser recordado, entonces no es tafómemo.
Recuerdo que se guarda en la memoria y que nunca ha sido rememorado
Existen recuerdos muy alejados en el tiempo que, sin embargo, de vez en cuando se nos presentan con espontaneidad y viveza: una noche de verano a los siete años jugando a la generala en casa de un amigo; el día en que un compañero de jardín de infantes lloraba porque había perdido su corazón; una mañana de fecha incierta en la que comí por primera vez un Conogol; la bisabuela Magdalena recostada en una reposera en el patio de una casa que fue vendida hace treinta y cinco años; un frasco de yogur Gandara en la puerta de la heladera, el chicle que fue pegado debajo de un pupitre en el año mil novecientos ochenta y nueve. Cuando jugamos con la memoria, por lo general sale a flote una cierta cantidad de recuerdos, algunos recurrentes y otros no tanto. Sin embargo, es factible creer que existen otros recuerdos que están ahí, en potencia de ser recordados, pero a los que jamás damos luz; ya sea por pereza o por alguna clase de bloqueo. A veces basta con que un conocido rememore una parte crucial de un suceso para que finalmente se haga presente el resto: ¿Te acordás del día en que le prendimos fuego el guardapolvos a Carina?, nos pregunta el compañero de tercer grado que encontramos por casualidad en la calle, abriendo con ello una catarata mnémica sepultada durante treinta años que nos lleva a rememorar la sanción escolar, el pedido de disculpas, el disgusto de nuestros padres y el funeral de la infortunada Carina. Durante todo ese tiempo en que no hicimos presente ese recuerdo, en rigor no podríamos llamarlo "recuerdo" (pues, casi por definición, el recuerdo es aquello que necesariamente viene a la memoria): por ello, la palabra "tafómemo" parece más adecuada.
Si mantenemos rigurosamente los términos de la definición, un tafómemo jamás será recordado conscientemente. En sentido estricto, si puede ser recordado, entonces no es tafómemo.
lunes, 21 de marzo de 2011
Masallazo
(Sustantivo. De la expresión "más allá")
Argumento que apela a un supuesto conocimiento de primera mano de vivencias relacionadas con la muerte y entidades metafísicas.
El masallazo funciona como un mazazo argumentativo (de allí su semejanza fonética): quien lo esgrime argumenta sobre la base de su propio y personalísimo caso, el cual se convierte en irrefutable por la imposibilidad de corroboración intersubjetiva. "Yo estuve muerto tres minutos, y te puedo asegurar que se ve un túnel y una luz al final"; "A mí me vas a decir que Dios no existe, yo, que vi cuando un ángel me vino a buscar"; "El paraíso existe; cuando Marta murió vino una noche en sueños y me dijo que ella estaba ahí, esperándome". Después de un masallazo sólo se puede hacer un solemne silencio. Si alguien quisiera intentar una refutación ("¿Cómo sabés que esa experiencia es, justamente la experiencia de la muerte?"; "¿Cómo se puede estar seguro de que fue un ángel quien vino a buscarte?"; "¿Qué certeza tenés de que fue Marta quien se comunicó contigo, y no se trató sólo de un sueño?") posiblemente se reciba un comentario ofendido o despreciatorio. Quien esgrime un masallazo lo hace con la intención terminante de despejar dudas e incertidumbres metafísicas: él está aquí para contarnos su experiencia, a la que considera inequívoca y de connotaciones ciertas e irrefutables.
Argumento que apela a un supuesto conocimiento de primera mano de vivencias relacionadas con la muerte y entidades metafísicas.
El masallazo funciona como un mazazo argumentativo (de allí su semejanza fonética): quien lo esgrime argumenta sobre la base de su propio y personalísimo caso, el cual se convierte en irrefutable por la imposibilidad de corroboración intersubjetiva. "Yo estuve muerto tres minutos, y te puedo asegurar que se ve un túnel y una luz al final"; "A mí me vas a decir que Dios no existe, yo, que vi cuando un ángel me vino a buscar"; "El paraíso existe; cuando Marta murió vino una noche en sueños y me dijo que ella estaba ahí, esperándome". Después de un masallazo sólo se puede hacer un solemne silencio. Si alguien quisiera intentar una refutación ("¿Cómo sabés que esa experiencia es, justamente la experiencia de la muerte?"; "¿Cómo se puede estar seguro de que fue un ángel quien vino a buscarte?"; "¿Qué certeza tenés de que fue Marta quien se comunicó contigo, y no se trató sólo de un sueño?") posiblemente se reciba un comentario ofendido o despreciatorio. Quien esgrime un masallazo lo hace con la intención terminante de despejar dudas e incertidumbres metafísicas: él está aquí para contarnos su experiencia, a la que considera inequívoca y de connotaciones ciertas e irrefutables.
jueves, 17 de marzo de 2011
Flecomado
(Adjetivo. Utilízase sólo en femenino. Del latín flecto = doblar, girar y commeatus = tráfico de vehículos. Antónimo: aflecomado)
Esquinas de los cruces de las calles por las que doblan los automóviles.
Cuando dos calles perpendiculares de una mano se cruzan, en las cuatro esquinas de ese cruce ocurrirán indefectiblemente las siguientes combinaciones: en dos de esas esquinas, los vehículos doblarán y dificultarán el cruce de los peatones; en dos de ellas, los autos no doblarán. Las esquinas por las que pueden doblar los automóviles se denominan flecomadas; serán aflecomadas en el caso contrario.
La ilustración sirve para interpretar el uso de este concepto. Obsérvense los autos rojos. Dada la dirección que llevan, en el cruce sólo podrán doblar hacia su derecha, pero no hacia la izquierda. Eso implica que el cuadrante derecho superior es flecomado: si un peatón decide cruzar la calle perpendicular, debe observar no sólo que no vengan autos verdes, sino también que no esté doblando un automóvil rojo. A su vez, los automóviles verdes sólo pueden doblar hacia la izquierda, y esto implica que la esquina que está en el cuadrante inferior izquierdo sea peligrosa para los peatones: deben observar no sólo que no pasen autos rojos, sino también que no doblen autos verdes, y por lo tanto es flecomada. Pero las esquinas superior izquierda e inferior derecha son aflecomadas: en esas esquinas se puede cruzar si no vienen vehículos, y no hay que precaverse de que pueda doblar imprevistamente un automóvil que viene por el carril perpendicular.
Siempre es más seguro cruzar a través de una esquina aflecomada que a través de una flecomada. En las esquinas aflecomadas basta con observar el semáforo para saber si vienen vehículos o no. En las flecomadas, en cambio, es necesario mirar si un conductor va a doblar para cambiar de calle.
Esquinas de los cruces de las calles por las que doblan los automóviles.
Cuando dos calles perpendiculares de una mano se cruzan, en las cuatro esquinas de ese cruce ocurrirán indefectiblemente las siguientes combinaciones: en dos de esas esquinas, los vehículos doblarán y dificultarán el cruce de los peatones; en dos de ellas, los autos no doblarán. Las esquinas por las que pueden doblar los automóviles se denominan flecomadas; serán aflecomadas en el caso contrario.
La ilustración sirve para interpretar el uso de este concepto. Obsérvense los autos rojos. Dada la dirección que llevan, en el cruce sólo podrán doblar hacia su derecha, pero no hacia la izquierda. Eso implica que el cuadrante derecho superior es flecomado: si un peatón decide cruzar la calle perpendicular, debe observar no sólo que no vengan autos verdes, sino también que no esté doblando un automóvil rojo. A su vez, los automóviles verdes sólo pueden doblar hacia la izquierda, y esto implica que la esquina que está en el cuadrante inferior izquierdo sea peligrosa para los peatones: deben observar no sólo que no pasen autos rojos, sino también que no doblen autos verdes, y por lo tanto es flecomada. Pero las esquinas superior izquierda e inferior derecha son aflecomadas: en esas esquinas se puede cruzar si no vienen vehículos, y no hay que precaverse de que pueda doblar imprevistamente un automóvil que viene por el carril perpendicular.
Siempre es más seguro cruzar a través de una esquina aflecomada que a través de una flecomada. En las esquinas aflecomadas basta con observar el semáforo para saber si vienen vehículos o no. En las flecomadas, en cambio, es necesario mirar si un conductor va a doblar para cambiar de calle.
miércoles, 16 de marzo de 2011
Pinchacrotos
(Adjetivo. Del verbo pinchar y el argentinismo croto: vagabundo, andrajoso)
Dícese de quien exige que los pobres y los más débiles deban rendir cuentas exhaustivamente por cada ayuda que reciben.
Al pinchacrotos no le molesta que las empresas de telefonía, los personajes de la farándula y los herederos multimillonarios derrochen el dinero que reciben de fuentes éticamente discutibles y nunca del todo blanqueadas. "Si tienen dinero, que lo gasten como quieran", afirma sin menoscabarse. Con respecto al origen de ese dinero, tiene un eslógan que lo inmuniza ante cualquier alegato en contra: "Si Fulanito fue tan inteligente para ganar quinientos mil dólares por mes, ¿por qué lo vamos a criticar? ¿Por haber sido más despierto que nosotros, que laburamos todo el día por dos pesos?"
Ahora bien, a los pobres los mide con una vara diversa. Si por casualidad el pinchacrotos decide donar diez pesos por mes a un comedor comunitario, desea inmiscuirse en la contaduría de esa institución para saber qué están haciendo con su dinero, pues no sea cosa que a los destinatarios les llegue más comida de la que pueden comer, o que después de almorzar tiren los restos de polenta y grasa que quedan en los platos, o que los asistentes se queden de sobremesa jugando al truco y fumando cigarrillos. Tiene la hipótesis de que a los desvalidos hay que ayudarlos, siempre y cuando se los siga de cerca y se evalúe cada acción que ejecutan: el indigente debe mostrar que merece esa campera vieja y agujereada que están por donarle; debe hacer méritos para que se la obsequien. Y si luego de habérsela donado descubre que el vagabundo la usa poco o la deja tirada donde puede, el pinchacrotos murmurará, arrepentido y furioso: "Para eso le di la campera a este infeliz".
El pinchacrotos suele ser de clase media o clase media baja.
La expresión "pinchacrotos" se refiere a la acción de interpelar al más débil, de ponerlo en un aprieto y aguijonearlo (de ahí lo de "pinchar") para investigar sus méritos ante la dádiva.
Dícese de quien exige que los pobres y los más débiles deban rendir cuentas exhaustivamente por cada ayuda que reciben.
Al pinchacrotos no le molesta que las empresas de telefonía, los personajes de la farándula y los herederos multimillonarios derrochen el dinero que reciben de fuentes éticamente discutibles y nunca del todo blanqueadas. "Si tienen dinero, que lo gasten como quieran", afirma sin menoscabarse. Con respecto al origen de ese dinero, tiene un eslógan que lo inmuniza ante cualquier alegato en contra: "Si Fulanito fue tan inteligente para ganar quinientos mil dólares por mes, ¿por qué lo vamos a criticar? ¿Por haber sido más despierto que nosotros, que laburamos todo el día por dos pesos?"
Ahora bien, a los pobres los mide con una vara diversa. Si por casualidad el pinchacrotos decide donar diez pesos por mes a un comedor comunitario, desea inmiscuirse en la contaduría de esa institución para saber qué están haciendo con su dinero, pues no sea cosa que a los destinatarios les llegue más comida de la que pueden comer, o que después de almorzar tiren los restos de polenta y grasa que quedan en los platos, o que los asistentes se queden de sobremesa jugando al truco y fumando cigarrillos. Tiene la hipótesis de que a los desvalidos hay que ayudarlos, siempre y cuando se los siga de cerca y se evalúe cada acción que ejecutan: el indigente debe mostrar que merece esa campera vieja y agujereada que están por donarle; debe hacer méritos para que se la obsequien. Y si luego de habérsela donado descubre que el vagabundo la usa poco o la deja tirada donde puede, el pinchacrotos murmurará, arrepentido y furioso: "Para eso le di la campera a este infeliz".
El pinchacrotos suele ser de clase media o clase media baja.
La expresión "pinchacrotos" se refiere a la acción de interpelar al más débil, de ponerlo en un aprieto y aguijonearlo (de ahí lo de "pinchar") para investigar sus méritos ante la dádiva.
martes, 15 de marzo de 2011
Casupresencia
(Sustantivo. Del latín casus = caso, caída, ocurrencia y praesentia = presencia)
Capacidad de estar presente en cada momento en que sea oportuno y necesario.
A algunas personas les parece que la omnipresencia divina es un concepto redundante: ¿para qué necesitaría Dios estar presente en todos lados a la vez? ¿Por qué cada insignificante acontecimiento (un poco de polvo llevado por el viento, la espuma de la lava ardiendo en cierto pequeño rincón de un planeta deshabitado, los sueños que olvidamos, las heces que se van por el inodoro, el anillo de lata con el que se fue a la tumba un pariente, nuestro acto de recordar un hecho banal y anodino, las migas de pan en el fondo de una lata, un resto de cable quemado) requeriría de la continua mirada de Dios? Es imaginable que no todo acontecimiento mundano será digno de la presencia divina. Por eso, en lugar de postular la omnipresencia (o la ausencia lisa y llana), se podría postular la casupresencia como un principo de economía práctica divina: Dios intervendría sólo donde hiciera falta. Exceptuando esos momentos y lugares puntuales en los que Dios se involucra en el curso de la historia, el resto de los acontecimientos del tiempo y del espacio están a la deriva, huérfanos y aliviados de su imparpadeante mirada.
Capacidad de estar presente en cada momento en que sea oportuno y necesario.
A algunas personas les parece que la omnipresencia divina es un concepto redundante: ¿para qué necesitaría Dios estar presente en todos lados a la vez? ¿Por qué cada insignificante acontecimiento (un poco de polvo llevado por el viento, la espuma de la lava ardiendo en cierto pequeño rincón de un planeta deshabitado, los sueños que olvidamos, las heces que se van por el inodoro, el anillo de lata con el que se fue a la tumba un pariente, nuestro acto de recordar un hecho banal y anodino, las migas de pan en el fondo de una lata, un resto de cable quemado) requeriría de la continua mirada de Dios? Es imaginable que no todo acontecimiento mundano será digno de la presencia divina. Por eso, en lugar de postular la omnipresencia (o la ausencia lisa y llana), se podría postular la casupresencia como un principo de economía práctica divina: Dios intervendría sólo donde hiciera falta. Exceptuando esos momentos y lugares puntuales en los que Dios se involucra en el curso de la historia, el resto de los acontecimientos del tiempo y del espacio están a la deriva, huérfanos y aliviados de su imparpadeante mirada.
viernes, 11 de marzo de 2011
Mascarito
(Adjetivo. De máscara y de la expresión "más caro")
1. Producto de góndola cuyo envase clásico trae menor cantidad, pero se sigue vendiendo al mismo precio o más caro que antes.
Los envases mascaritos de doscientos gramos pasan a tener ciento noventa; los paquetes de diez unidades comienzan a traer siete, y los sachets de un litro pasan a tener un kilogramo. Lo típico del mascarito es que a simple vista no se suele notar la diferencia con el envase anterior: por lo general, el producto mascarito se presenta engañosamente idéntico al que traía mayor cantidad.
Algunos productos simplemente cambian de envase y en su publicidad pasan a resaltar una supuesta propiedad que antes no tenían. Tal es el caso de una crema de leche cuyo envase era de doscientos cincuenta centímetros cúbicos: pasó a tener doscientos centímetros cúbicos, se cobró más caro (casi el doble) y la etiqueta pasó a decir "crema doble", sin que se haya aclarado en qué sentido debía entenderse esa "duplicación"; por qué representaba un beneficio con respecto a la situación anterior, ni por qué ameritaba tal aumento.
2. Producto cuyo envase más grande es proporcionalmente más caro que el envase de menor cantidad.
Los consumidores solemos creer que el detergente de trescientos centímetros cúbicos es, en proporción, más caro que el de un litro. Sin embargo, resulta que muchas veces no es así: el envase pequeño cuesta seis pesos, pero el envase de un litro cuesta veintitrés. Así ocurre con una infinidad de productos: latas de atún, paquetes de papas fritas, huevos de pascua y chocolates son algunos de ellos.
3. Comerciante que publicita productos a bajo precio, pero su mercadería es de menor calidad o está fraccionada de manera que contenga menor cantidad o menor peso.
Los mascaritos en esta acepción hacen publicidades del tipo "aceite de primera calidad a cuatro pesos el litro". Cuando el cliente busca ese aceite, descubre que lo de "primera calidad" es una mentira: ha caído en la trampa del mascarito, quien, amparado bajo ese eufemismo, ha enmascarado la verdadera calidad del producto.
El mascarito suele fraccionar sus productos por unidad o por bolsa, y no por kilogramo: así, vende cinco limones por cinco pesos y maní tostado por bolsa, de modo que el cliente no sabe exactamente cuánta cantidad de producto está llevando ni a cuánto le están cobrando el kilogramo.
Los mascaritos son partidarios del empoquetamiento.
1. Producto de góndola cuyo envase clásico trae menor cantidad, pero se sigue vendiendo al mismo precio o más caro que antes.
Los envases mascaritos de doscientos gramos pasan a tener ciento noventa; los paquetes de diez unidades comienzan a traer siete, y los sachets de un litro pasan a tener un kilogramo. Lo típico del mascarito es que a simple vista no se suele notar la diferencia con el envase anterior: por lo general, el producto mascarito se presenta engañosamente idéntico al que traía mayor cantidad.
Algunos productos simplemente cambian de envase y en su publicidad pasan a resaltar una supuesta propiedad que antes no tenían. Tal es el caso de una crema de leche cuyo envase era de doscientos cincuenta centímetros cúbicos: pasó a tener doscientos centímetros cúbicos, se cobró más caro (casi el doble) y la etiqueta pasó a decir "crema doble", sin que se haya aclarado en qué sentido debía entenderse esa "duplicación"; por qué representaba un beneficio con respecto a la situación anterior, ni por qué ameritaba tal aumento.
2. Producto cuyo envase más grande es proporcionalmente más caro que el envase de menor cantidad.
Los consumidores solemos creer que el detergente de trescientos centímetros cúbicos es, en proporción, más caro que el de un litro. Sin embargo, resulta que muchas veces no es así: el envase pequeño cuesta seis pesos, pero el envase de un litro cuesta veintitrés. Así ocurre con una infinidad de productos: latas de atún, paquetes de papas fritas, huevos de pascua y chocolates son algunos de ellos.
3. Comerciante que publicita productos a bajo precio, pero su mercadería es de menor calidad o está fraccionada de manera que contenga menor cantidad o menor peso.
Los mascaritos en esta acepción hacen publicidades del tipo "aceite de primera calidad a cuatro pesos el litro". Cuando el cliente busca ese aceite, descubre que lo de "primera calidad" es una mentira: ha caído en la trampa del mascarito, quien, amparado bajo ese eufemismo, ha enmascarado la verdadera calidad del producto.
El mascarito suele fraccionar sus productos por unidad o por bolsa, y no por kilogramo: así, vende cinco limones por cinco pesos y maní tostado por bolsa, de modo que el cliente no sabe exactamente cuánta cantidad de producto está llevando ni a cuánto le están cobrando el kilogramo.
Los mascaritos son partidarios del empoquetamiento.
miércoles, 9 de marzo de 2011
Microfanía
(Sustantivo. Del griego mikrós = pequeño y phaíno = manifestarse. Adjetivo: micrófano)
Revelación trascendente cuyos efectos duran unos pocos días o minutos.
A lo largo de la historia, las voluntades y deseos de las personas han sido trastrocadas por supuestas apariciones de seres metafísicos. Si a un alcohólico se le presentara un dios (o si alucina con él), es posible que deje la bebida y que dedique el resto de su existencia a ponderar los beneficios de la abstinencia y de las revelaciones. Si un moribundo se cura de su herida después de ser visitado por un ángel, casi seguro que tanto el agonizante como su entorno encuentren un profundo sentido a su renovada existencia. Una persona buena y pacata que se encontrara con el Demonio seguramente entraría en un frenesí homicida a escala sobrehumana.
Pero cuando ocurre una microfanía, el micrófano (quien recibe la revelación) se encuentra con un ser divino y se siente hondamente interpelado a cambiar su estilo de vida, aunque su convicción dura muy poco tiempo. El dios pudo haber revelado con precisión su propósito; quizás le dijo al micrófano que abandone su empleo y se convierta en un eremita y viva en el desierto. Quizás el micrófano tiene la convicción de seguir ese mandato, pero a los pocos días decide que es ridículo, que él no está hecho para eso y finalmente resuelve continuar con su empleo y su vida.
Las microfanías son manifestaciones fallidas de la fuerza divina. No es que los dioses se equivoquen; ocurre que la voluntad humana y las pequeñas comodidades de la vida actúan como un poderoso campo de fuerza que nos llevan a desoir propósitos inescrutables y magnos designios.
Puede llamarse microfanía, también, a una revelación divina cuyo propósito es informarnos acerca de un hecho banal e intrascendente. En este sentido, si Dios se presentara con estruendo para comunicarnos que no hay leche en la heladera, o que salió una oferta de duraznos en el mercado, se trataría de una microfanía.
Revelación trascendente cuyos efectos duran unos pocos días o minutos.
A lo largo de la historia, las voluntades y deseos de las personas han sido trastrocadas por supuestas apariciones de seres metafísicos. Si a un alcohólico se le presentara un dios (o si alucina con él), es posible que deje la bebida y que dedique el resto de su existencia a ponderar los beneficios de la abstinencia y de las revelaciones. Si un moribundo se cura de su herida después de ser visitado por un ángel, casi seguro que tanto el agonizante como su entorno encuentren un profundo sentido a su renovada existencia. Una persona buena y pacata que se encontrara con el Demonio seguramente entraría en un frenesí homicida a escala sobrehumana.
Pero cuando ocurre una microfanía, el micrófano (quien recibe la revelación) se encuentra con un ser divino y se siente hondamente interpelado a cambiar su estilo de vida, aunque su convicción dura muy poco tiempo. El dios pudo haber revelado con precisión su propósito; quizás le dijo al micrófano que abandone su empleo y se convierta en un eremita y viva en el desierto. Quizás el micrófano tiene la convicción de seguir ese mandato, pero a los pocos días decide que es ridículo, que él no está hecho para eso y finalmente resuelve continuar con su empleo y su vida.
Las microfanías son manifestaciones fallidas de la fuerza divina. No es que los dioses se equivoquen; ocurre que la voluntad humana y las pequeñas comodidades de la vida actúan como un poderoso campo de fuerza que nos llevan a desoir propósitos inescrutables y magnos designios.
Puede llamarse microfanía, también, a una revelación divina cuyo propósito es informarnos acerca de un hecho banal e intrascendente. En este sentido, si Dios se presentara con estruendo para comunicarnos que no hay leche en la heladera, o que salió una oferta de duraznos en el mercado, se trataría de una microfanía.
lunes, 7 de marzo de 2011
Idiófrono
(Sustantivo y adjetivo. Del griego idios = propio, personal y phronéo = pensar)
Concatenación de pensamientos que sólo puede entender la persona que los tuvo.
¿Qué relación hay entre la canción "Don Fermín", el recuerdo del nacimiento de un hijo y la cajera de un supermercado? La asociación entre estas tres nociones diferentes puede tener un tinte especial para una persona, y los tres pensamientos pueden estar automáticamente asociados entre sí sin que haya algo especial que los una. Si cada vez que se piensa en comer chorizos uno recuerda la melodía de una guitarra frenética, el número dos invertido, un compañero de secundaria contando un chiste en voz baja, la mandíbula desdentada del abuelo muerto, aerosoles y un frasco para análisis de orina, ha construido un inefable idiófrono.
Para que exista el idiófrono es necesario que ese encadenamiento se dé de manera sistemática y no que ocurra sólo una vez.
Resulta prácticamente imposible explicar a otra persona el contenido de los idiófronos.
Concatenación de pensamientos que sólo puede entender la persona que los tuvo.
¿Qué relación hay entre la canción "Don Fermín", el recuerdo del nacimiento de un hijo y la cajera de un supermercado? La asociación entre estas tres nociones diferentes puede tener un tinte especial para una persona, y los tres pensamientos pueden estar automáticamente asociados entre sí sin que haya algo especial que los una. Si cada vez que se piensa en comer chorizos uno recuerda la melodía de una guitarra frenética, el número dos invertido, un compañero de secundaria contando un chiste en voz baja, la mandíbula desdentada del abuelo muerto, aerosoles y un frasco para análisis de orina, ha construido un inefable idiófrono.
Para que exista el idiófrono es necesario que ese encadenamiento se dé de manera sistemática y no que ocurra sólo una vez.
Resulta prácticamente imposible explicar a otra persona el contenido de los idiófronos.
viernes, 4 de marzo de 2011
Ántego
(Sustantivo. Del grigo anthos = florecimiento, flor y egó = yo)
El mejor yo de una persona.
No siempre se está en las mejores condiciones mentales para pensar y actuar. La mayoría de las veces nuestra voluntad y entendimiento quedan rezagadas frente a las obligaciones de la vida, los hechos del mundo y nuestros propios deseos. Pero a veces, quizás unas pocas horas cada semana o cada mes, somos capaces de tomar decisiones inteligentes, de tener pensamientos fértiles, de realizar con claridad cadenas de pensamientos y de actuar con alegría y con consecuencia. Esos instantes son nuestro ántego. El resto del tiempo estamos tratando de sobrevivir y nadamos en una racionalidad a media luz en la que muchas cosas no tienen sentido, o no somos capaces de otorgárselo.
Muchas personas extrañan sus antiguos ántegos y lo expresan con pesar: "yo antes podía dialogar con todo el mundo y me sentía bien. Ahora apenas puedo articular cuatro palabras sin contradecirme"; "Hace mucho que no pinto un cuadro, no salgo a correr y no hago críticas de cine. Extraño ese ántego"
El filósofo Aristóteles dice que hay unos pocos momentos de la vida en los que tenemos la claridad y la alegría que tiene Dios cuando piensa. Eso breves instantes de serena contemplación racional son los ántegos.
El mejor yo de una persona.
No siempre se está en las mejores condiciones mentales para pensar y actuar. La mayoría de las veces nuestra voluntad y entendimiento quedan rezagadas frente a las obligaciones de la vida, los hechos del mundo y nuestros propios deseos. Pero a veces, quizás unas pocas horas cada semana o cada mes, somos capaces de tomar decisiones inteligentes, de tener pensamientos fértiles, de realizar con claridad cadenas de pensamientos y de actuar con alegría y con consecuencia. Esos instantes son nuestro ántego. El resto del tiempo estamos tratando de sobrevivir y nadamos en una racionalidad a media luz en la que muchas cosas no tienen sentido, o no somos capaces de otorgárselo.
Muchas personas extrañan sus antiguos ántegos y lo expresan con pesar: "yo antes podía dialogar con todo el mundo y me sentía bien. Ahora apenas puedo articular cuatro palabras sin contradecirme"; "Hace mucho que no pinto un cuadro, no salgo a correr y no hago críticas de cine. Extraño ese ántego"
El filósofo Aristóteles dice que hay unos pocos momentos de la vida en los que tenemos la claridad y la alegría que tiene Dios cuando piensa. Eso breves instantes de serena contemplación racional son los ántegos.
miércoles, 2 de marzo de 2011
Encolimbado
(Adjetivo. De colimba, contracción de "corra, limpie, barra", aplicada al conscripto del servicio militar. Sustantivo: encolimbamiento)
Quien tiene un repentino y fugaz empeño para ordenar y limpiar.
El encolimbado siente que todo a su alrededor está sucio. A pesar de que la mugre se ha instalado hace mucho tiempo, su resolución para poner orden es escasa y pasajera. Por eso, después de meses en los que ha acumulado basura, tierra, envoltorios y restos de comida, una buena tarde sale de su letargo y hace (a las apuradas) una cantidad de movimientos espasmódicos para sacudir el polvo, remover los despojos y baldear. Su empeño le dura menos tiempo del que demanda la finalización de la limpieza: cuando ya ha hecho ciertos aprestos parciales, su deseo de limpiar se diluye; La suciedad apenas combatida sigue estando en los muebles y en el piso, pero el encolimbado siente que ha hecho demasiado y se queda esperando su próximo encolimbamiento.
Quien tiene un repentino y fugaz empeño para ordenar y limpiar.
El encolimbado siente que todo a su alrededor está sucio. A pesar de que la mugre se ha instalado hace mucho tiempo, su resolución para poner orden es escasa y pasajera. Por eso, después de meses en los que ha acumulado basura, tierra, envoltorios y restos de comida, una buena tarde sale de su letargo y hace (a las apuradas) una cantidad de movimientos espasmódicos para sacudir el polvo, remover los despojos y baldear. Su empeño le dura menos tiempo del que demanda la finalización de la limpieza: cuando ya ha hecho ciertos aprestos parciales, su deseo de limpiar se diluye; La suciedad apenas combatida sigue estando en los muebles y en el piso, pero el encolimbado siente que ha hecho demasiado y se queda esperando su próximo encolimbamiento.
lunes, 28 de febrero de 2011
Anemolecto
(Sustantivo. Del griego anémos = viento y léxis = lenguaje)
1. Discurso dirigido al viento. En sentido no metafórico, palabras que se dirigen a un auditorio que no las escucha.
2. Charla o discurso olvidable.
Mientras en la acepción (1), en su variante no metafórica, el anemoloquio se produce por culpa del auditorio, en esta acepción es el mismo discurso el que no merece recuerdo ni atención. La línea que separa a uno de otro es discutible. Posiblemente, en muchos casos por culpa de un anemoloquio (2) se produce un anemoloquio (1)
3. Conjunto de silbidos y sonidos guturales que produce el viento y que parecen articulaciones de palabras.
Aun cuando no hubiese un sujeto que pronuncie los anemoloquios, algunos consideran que es en principio posible descifrar el exacto recorrido del viento a partir de los sonidos que produce. Quizás esa extraña combinación de suspiros, jadeos y golpecitos que realiza el viento en la ventana sea un código en el que se indica su origen en la ladera de una montaña nevada, su paso por el río y el mar y su vuelo a ras de las nubes. Algunos especulan con que el viento trae un mensaje más recóndito y personal. Tal vez el anemoloquio nos cuente (en un idioma desconocido) las palabras finales y apenas audibles de un amigo moribundo al otro lado del mar, o el suspiro lejano de la mujer que nos ama, agigantado por la distancia, el océano y la nostalgia.
1. Discurso dirigido al viento. En sentido no metafórico, palabras que se dirigen a un auditorio que no las escucha.
2. Charla o discurso olvidable.
Mientras en la acepción (1), en su variante no metafórica, el anemoloquio se produce por culpa del auditorio, en esta acepción es el mismo discurso el que no merece recuerdo ni atención. La línea que separa a uno de otro es discutible. Posiblemente, en muchos casos por culpa de un anemoloquio (2) se produce un anemoloquio (1)
3. Conjunto de silbidos y sonidos guturales que produce el viento y que parecen articulaciones de palabras.
Aun cuando no hubiese un sujeto que pronuncie los anemoloquios, algunos consideran que es en principio posible descifrar el exacto recorrido del viento a partir de los sonidos que produce. Quizás esa extraña combinación de suspiros, jadeos y golpecitos que realiza el viento en la ventana sea un código en el que se indica su origen en la ladera de una montaña nevada, su paso por el río y el mar y su vuelo a ras de las nubes. Algunos especulan con que el viento trae un mensaje más recóndito y personal. Tal vez el anemoloquio nos cuente (en un idioma desconocido) las palabras finales y apenas audibles de un amigo moribundo al otro lado del mar, o el suspiro lejano de la mujer que nos ama, agigantado por la distancia, el océano y la nostalgia.
jueves, 24 de febrero de 2011
Autopatófeno
(Sustantivo. Del griego autós = uno mismo; pathos = padecimiento y faíno = manifestación. Sustantivo: autopatofanía)
Dícese de quien es atormentado por un duplicado monstruoso de sí mismo.
Así como el patotero es atormentado por monstruos, y mediante la autonergucia uno puede invocarse a sí mismo y ser poseído por el propio espíritu, en la autopatofanía nos ataca el zombie que seríamos si nos convirtiéramos en zombies, o nos asusta nuestro propio fantasma, o un yo- vampiro, o un duende cejijunto, verdoso y escamado que tiene nuestro rostro, o un dios todopoderoso, vengativo y arbitrario del que somos imagen y semejanza.
Dícese de quien es atormentado por un duplicado monstruoso de sí mismo.
Así como el patotero es atormentado por monstruos, y mediante la autonergucia uno puede invocarse a sí mismo y ser poseído por el propio espíritu, en la autopatofanía nos ataca el zombie que seríamos si nos convirtiéramos en zombies, o nos asusta nuestro propio fantasma, o un yo- vampiro, o un duende cejijunto, verdoso y escamado que tiene nuestro rostro, o un dios todopoderoso, vengativo y arbitrario del que somos imagen y semejanza.
miércoles, 23 de febrero de 2011
Miraltío
(Del latín mirus = asombro y altricis = de la madre, o tal vez de la expresión "¡miralo al tío!" )
Sensación de extrañeza y asombro en el instante de descubrir una relación insospechada.
Cuando dos personas a quienes jamás habríamos asociado juntas nos confiesan que son parientes cercanos o novios, nos invade el miraltío. A nos cuentan que dos compañeros de trabajo son, en realidad, padre e hijo, o que un amigo muy querido es un ex novio de nuestra madre, o que el abuelo está de novio con una joven empleada del supermercado donde compramos. Las relaciones que nos manifiestan no son clandestinas, pero nos invade la misma sensación que tendríamos si un conocido nos revelara que ha cometido un acto incestuoso. Ese asombro, entre perverso e inexplicablemente avergonzado, es el miraltío.
Sensación de extrañeza y asombro en el instante de descubrir una relación insospechada.
Cuando dos personas a quienes jamás habríamos asociado juntas nos confiesan que son parientes cercanos o novios, nos invade el miraltío. A nos cuentan que dos compañeros de trabajo son, en realidad, padre e hijo, o que un amigo muy querido es un ex novio de nuestra madre, o que el abuelo está de novio con una joven empleada del supermercado donde compramos. Las relaciones que nos manifiestan no son clandestinas, pero nos invade la misma sensación que tendríamos si un conocido nos revelara que ha cometido un acto incestuoso. Ese asombro, entre perverso e inexplicablemente avergonzado, es el miraltío.
lunes, 21 de febrero de 2011
Pantalecia
(Sustantivo. Del griego pás = todo y alethéia = verdad. Adjetivo: pantalético)
Creencia de que en toda opinión hay algo de verdad.
El pantalético supone que las verdades son parciales y están en todo discurso. No importa cuán corroborada esté la falsedad de una proposición: el pantalético prefiere asignarle algún grado de valor de verdad, y por eso aprecia todo discurso, sea cual sea y afirme lo que sea que afirme. Cree que su accionar es propio de una personalidad democrática o de una mente abierta. Pero ese valor que otorga a todas las opiniones a veces lo deja sin una posición clara ante una discusión en la que hay tesis rivales y polarizadas. Si se dicute acerca de la existencia del alma, en el cual un bando dice que el alma no existe y otro bando afirma que sí existe, el pantalético suaviza la polarización afirmando que "todos tienen razón". Su participación siempre suena poco comprometida y suele ser irritante.
El pantalético, por culpa su tendencia a no confrontar, se ve llevado a hacer las más aberrantes afirmaciones: "Los nazis decían que está bien matar judíos, y algo de verdad hay en eso".
Creencia de que en toda opinión hay algo de verdad.
El pantalético supone que las verdades son parciales y están en todo discurso. No importa cuán corroborada esté la falsedad de una proposición: el pantalético prefiere asignarle algún grado de valor de verdad, y por eso aprecia todo discurso, sea cual sea y afirme lo que sea que afirme. Cree que su accionar es propio de una personalidad democrática o de una mente abierta. Pero ese valor que otorga a todas las opiniones a veces lo deja sin una posición clara ante una discusión en la que hay tesis rivales y polarizadas. Si se dicute acerca de la existencia del alma, en el cual un bando dice que el alma no existe y otro bando afirma que sí existe, el pantalético suaviza la polarización afirmando que "todos tienen razón". Su participación siempre suena poco comprometida y suele ser irritante.
El pantalético, por culpa su tendencia a no confrontar, se ve llevado a hacer las más aberrantes afirmaciones: "Los nazis decían que está bien matar judíos, y algo de verdad hay en eso".
viernes, 18 de febrero de 2011
Cuchetear
(Verbo intransitivo y transitivo. Del francés couchette = cama pequeña; litera)
Acostarse en varias camas durante una misma noche.
La acción de cuchetear se asocia normalmente con actos promiscuos, aunque este matiz no es el único. Un hombre cuchetea si se acuesta en la cama de su amante y luego (esa misma noche) va a dormir con su esposa. El término se refiere, más estrictamente, al hecho de ocupar sucesivamente varios lugares donde recostarse, en una misma noche y en una misma casa: el cucheteador bien puede ser un insomne que, al encontrarse incómodo en una cama, prueba otras opciones que le ayuden a encontrar "la posición" para conciliar el sueño, aun cuando esas opciones resulten ridículas o incluso peligrosas.
Por lo general, cuando hubo cucheteo promiscuo, a la hora del desayuno se suele preguntar, con cierta jocosa picardía o indisimulado enojo: "Anoche te vi entrar en calzoncillos a la habitación de la prima ¿Estuviste cucheteándola?" (En este caso, el verbo se convierte en transitivo)
Acostarse en varias camas durante una misma noche.
La acción de cuchetear se asocia normalmente con actos promiscuos, aunque este matiz no es el único. Un hombre cuchetea si se acuesta en la cama de su amante y luego (esa misma noche) va a dormir con su esposa. El término se refiere, más estrictamente, al hecho de ocupar sucesivamente varios lugares donde recostarse, en una misma noche y en una misma casa: el cucheteador bien puede ser un insomne que, al encontrarse incómodo en una cama, prueba otras opciones que le ayuden a encontrar "la posición" para conciliar el sueño, aun cuando esas opciones resulten ridículas o incluso peligrosas.
Por lo general, cuando hubo cucheteo promiscuo, a la hora del desayuno se suele preguntar, con cierta jocosa picardía o indisimulado enojo: "Anoche te vi entrar en calzoncillos a la habitación de la prima ¿Estuviste cucheteándola?" (En este caso, el verbo se convierte en transitivo)
miércoles, 16 de febrero de 2011
Megaloclepsia
(Sustantivo. Del griego megale = gigante, enorme y klopéuo = robar. Adjetivo: megalocléptico)
Apropiación arbitraria de un objeto que por su tamaño, distancia o naturaleza no permite el ejercicio de la propiedad.
En actos puramente simbólicos, algunas personas se han declarado dueñas de la Luna, de fenómenos meteorológicos o de palabras. A veces, presas de una locura legalista (en las que intervienen notarios, abogados y martilleros), han querido reclamar por el improbable usufructo de tales propiedades, pero sus demandas casi nunca prosperan. Quien se considera dueño del cielo, del centro de la Tierra o de la nota musical "re" tal vez nunca encuentre oportunidad de legitimarse como dueño y señor de tales patrimonios.
La expresión "el que mucho abarca poco aprieta" parece definir el síntoma del megalocléptico: cuanto más abstracto, extenso o cósmico sea el bien del que se apropia, menos poder tiene para ejercer su autoridad.
Se considera megalocléptico, también, a quien se apropia arbitrariamente de una institución pública o de un bien natural compartido, como pueden ser el edificio del congreso nacional o un mar.
Apropiación arbitraria de un objeto que por su tamaño, distancia o naturaleza no permite el ejercicio de la propiedad.
En actos puramente simbólicos, algunas personas se han declarado dueñas de la Luna, de fenómenos meteorológicos o de palabras. A veces, presas de una locura legalista (en las que intervienen notarios, abogados y martilleros), han querido reclamar por el improbable usufructo de tales propiedades, pero sus demandas casi nunca prosperan. Quien se considera dueño del cielo, del centro de la Tierra o de la nota musical "re" tal vez nunca encuentre oportunidad de legitimarse como dueño y señor de tales patrimonios.
La expresión "el que mucho abarca poco aprieta" parece definir el síntoma del megalocléptico: cuanto más abstracto, extenso o cósmico sea el bien del que se apropia, menos poder tiene para ejercer su autoridad.
Se considera megalocléptico, también, a quien se apropia arbitrariamente de una institución pública o de un bien natural compartido, como pueden ser el edificio del congreso nacional o un mar.
martes, 15 de febrero de 2011
Entistayo
(Sustantivo y adjetivo. Del inglés empty stage = nivel vacío) Nivel de un videojuego en el que no hay enemigos, ni ítems (visibles u ocultos), ni municiones.
Puede tratarse de un nivel secreto, o de un lugar al que se ha llegado por error, o de un pasadizo hacia otros niveles. El entistayo no ofrece dificultad ni interés, y es absolutamente prescindible, aunque puede generar una continua expectativa: quizás tanta vaciedad sea el preludio de un enemigo feroz y peligroso.
En algunos juegos, el entistayo no consiste en un nivel completo, sino en una parte que por lo general antecede a la llegada del boss o enemigo principal.
No se aplica el término a un nivel en el cual ya no hay enemigos porque se los ha destruido: el entistayo se presenta vacío desde el principio hasta el final.
En el clásico juego 1942, en su versión arcade, existía un error de programación: de vez en cuando dejaban de aparecer enemigos y sólo se veía la pantalla azul de fondo. El entistayo se prolongaba hasta que alguien decidía apagar la máquina.
lunes, 14 de febrero de 2011
Emparificar
(Verbo transitivo. De par. Adjetivo agente: emparificador)
Esperar o hacer que los sucesos ocurran en número par.
Quien emparifica rasca las dos orejas aunque le pique sólo una; si caen tres rayos, espera un cuarto y si desea comprar un chocolate compra dos.
Este término no es equivalente a "emparejar": el emparejamiento implica que algo tiene sólo una determinada pareja con la que se relaciona. Sin embargo, cuando se emparifica, no se piensa que entre los objetos emparificados haya una relación, ni que sean necesariamente dos: la emparificación es una esperanza obsesiva y puramente inductiva, de que los hechos nunca ocurran de a uno, de a tres, de a cinco, de a siete o de a nueve.
Esperar o hacer que los sucesos ocurran en número par.
Quien emparifica rasca las dos orejas aunque le pique sólo una; si caen tres rayos, espera un cuarto y si desea comprar un chocolate compra dos.
Este término no es equivalente a "emparejar": el emparejamiento implica que algo tiene sólo una determinada pareja con la que se relaciona. Sin embargo, cuando se emparifica, no se piensa que entre los objetos emparificados haya una relación, ni que sean necesariamente dos: la emparificación es una esperanza obsesiva y puramente inductiva, de que los hechos nunca ocurran de a uno, de a tres, de a cinco, de a siete o de a nueve.
viernes, 11 de febrero de 2011
Travesoño
(Adjetivo. De travesti y sueño )
1. Quien despierta vestido con ropa del sexo opuesto.
Es posible que el travesoño se transvista durante la noche en un acto de sonambulismo, o bajo efectos de drogas o borrachera. También es posible que otros lo hayan vestido. Sólo puede ejemplificar este concepto quien es incapaz de recordar el instante en que se trasvistió.
2. Quien ha tenido un sueño en el que se representa a sí mismo como siendo del sexo opuesto.
La mujer que en sus sueños se representa a sí misma siendo hombre, vistiendo como hombre y deseando como hombre, es un travesoño.
1. Quien despierta vestido con ropa del sexo opuesto.
Es posible que el travesoño se transvista durante la noche en un acto de sonambulismo, o bajo efectos de drogas o borrachera. También es posible que otros lo hayan vestido. Sólo puede ejemplificar este concepto quien es incapaz de recordar el instante en que se trasvistió.
2. Quien ha tenido un sueño en el que se representa a sí mismo como siendo del sexo opuesto.
La mujer que en sus sueños se representa a sí misma siendo hombre, vistiendo como hombre y deseando como hombre, es un travesoño.
miércoles, 9 de febrero de 2011
Desencachado
(Adjetivo. De cacha, expresión familiar que significa trasero. No confundir con desencanchado: que no se siente a gusto en la cancha)
Que tiene el trasero muy pequeño.
A algunas personas se les termina la espalda donde comienzan las piernas, sin que medie una coyuntura entre ambas partes del cuerpo. La casi ausencia de trasero da la apariencia de una mala terminación, o una pobre factura de diseño corporal. Se suele asociar al desencachado con la escasa alimentación durante la lactancia, aunque no hay indicios que corroboren tal correlación.
Para desgracia del desencachado, a veces la raya del culo suele ser muy prolongada: aunque sus magras nalgas no abulten un pantalón bien apretado, puede que su raya se extienda hasta muy encima de la cintura. Esto provoca que, aun cuando el desencachado no pueda sufrir enchulenguizamiento, sí está propenso a enrajarse.
Que tiene el trasero muy pequeño.
A algunas personas se les termina la espalda donde comienzan las piernas, sin que medie una coyuntura entre ambas partes del cuerpo. La casi ausencia de trasero da la apariencia de una mala terminación, o una pobre factura de diseño corporal. Se suele asociar al desencachado con la escasa alimentación durante la lactancia, aunque no hay indicios que corroboren tal correlación.
Para desgracia del desencachado, a veces la raya del culo suele ser muy prolongada: aunque sus magras nalgas no abulten un pantalón bien apretado, puede que su raya se extienda hasta muy encima de la cintura. Esto provoca que, aun cuando el desencachado no pueda sufrir enchulenguizamiento, sí está propenso a enrajarse.
lunes, 7 de febrero de 2011
Nonosela
(Del latín non = no; anus = ano y sella = silla)
Imposibilidad de mantenerse sentado.
No es por ausencia de sillas ni por la presencia de obstosídeos: la nonosela se padece cuando, a pesar de contar con sillas y sillones, resulta extremadamente difícil tomar asiento durante algunos minutos para cenar, mirar un programa de televisión o leer el correo electrónico. Esto ocurre porque siempre hay algo por lo cual hace falta levantarse de forma urgente y compulsiva: no está el salero en la mesa, tocan timbre, el gato tiene hambre, suena el teléfono, el bebé llora o una cuchara cae al piso. A veces, después de mucho ajetreo, es necesario sentarse unos minutos y descansar, pero cuando hay nonosela las interrupciones son tan continuas que el efecto reparador del acto de sentarse nunca llega a sentirse.
No se aplica este término para las personas que no pueden mantenerse en el asiento porque son demasiado inquietas. Para ellas existe la expresión "culo con hormigas".
Imposibilidad de mantenerse sentado.
No es por ausencia de sillas ni por la presencia de obstosídeos: la nonosela se padece cuando, a pesar de contar con sillas y sillones, resulta extremadamente difícil tomar asiento durante algunos minutos para cenar, mirar un programa de televisión o leer el correo electrónico. Esto ocurre porque siempre hay algo por lo cual hace falta levantarse de forma urgente y compulsiva: no está el salero en la mesa, tocan timbre, el gato tiene hambre, suena el teléfono, el bebé llora o una cuchara cae al piso. A veces, después de mucho ajetreo, es necesario sentarse unos minutos y descansar, pero cuando hay nonosela las interrupciones son tan continuas que el efecto reparador del acto de sentarse nunca llega a sentirse.
No se aplica este término para las personas que no pueden mantenerse en el asiento porque son demasiado inquietas. Para ellas existe la expresión "culo con hormigas".
viernes, 4 de febrero de 2011
Cotipeniar
(Sustantivo. Del latín paeniteor = estar arrepentido y quotidie = cada día, cotidianamente. Adjetivo: cotipenista)
Arrepentirse con gran pesar de haber tomado decisiones mínimas.
Hay personas que son capaces de dar drásticos y a veces arriesgados saltos en sus vidas. Venden su casa en momentos de crisis económica, dejan su trabajo y apuestan a un negocio de dudosa rentabilidad, o escalan montañas peligrosas en medio de la tormenta. No se amedrentan ante las grandes decisiones, y las asumen con alegría y estoicismo. Sin embargo, cuando deben enfrentarse a pequeños hechos, puede que cotipenien. Quizás no tengan reparos en abandonar a su esposa y a sus hijos por cultivar la pasión del kayak, pero no pueden decidirse entre comprar pollo o pescado para la cena. Inevitablemente, compren lo que compren, se arrepentirán todo el día (y con remordimiento) por no haber elegido bien. Si compraron pollo, su conciencia los castigará durante una larga tarde por desdeñar las virtudes del fruto marino. Si se pusieron el pantalón marrón, lamentarán (con murmuraciones y blasfemias) no haber elegido el vaquero azul. Si caminaron por la avenida, se arrepentirán de no haber ido por la calle de los tilos. El cotipenista queda preso de las situaciones en las que la libertad apenas se pone en juego y en rigor no hay mucho que decidir ni de qué lamentarse.
Arrepentirse con gran pesar de haber tomado decisiones mínimas.
Hay personas que son capaces de dar drásticos y a veces arriesgados saltos en sus vidas. Venden su casa en momentos de crisis económica, dejan su trabajo y apuestan a un negocio de dudosa rentabilidad, o escalan montañas peligrosas en medio de la tormenta. No se amedrentan ante las grandes decisiones, y las asumen con alegría y estoicismo. Sin embargo, cuando deben enfrentarse a pequeños hechos, puede que cotipenien. Quizás no tengan reparos en abandonar a su esposa y a sus hijos por cultivar la pasión del kayak, pero no pueden decidirse entre comprar pollo o pescado para la cena. Inevitablemente, compren lo que compren, se arrepentirán todo el día (y con remordimiento) por no haber elegido bien. Si compraron pollo, su conciencia los castigará durante una larga tarde por desdeñar las virtudes del fruto marino. Si se pusieron el pantalón marrón, lamentarán (con murmuraciones y blasfemias) no haber elegido el vaquero azul. Si caminaron por la avenida, se arrepentirán de no haber ido por la calle de los tilos. El cotipenista queda preso de las situaciones en las que la libertad apenas se pone en juego y en rigor no hay mucho que decidir ni de qué lamentarse.
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