(Adjetivo. Del latín complicare = enrollar e insolens = excéntrico, extravagante)
Dícese de la persona que tiene problemas rarísimos.
Nunca podemos contar con el tío Alberto, porque se le duermen las piernas cuando atiende el teléfono y sus gatos aúllan desesperados cada vez que sale de su casa, y de hecho algunos han llegado al suicidio. A Juan Carlos le pedimos que nos salga de garantía, pero él no puede, porque tuvo un entredicho de propiedad con el rey de Inglaterra y ahora cada vez que sale de garante le llega una citación real desde Gran Bretaña para justificar su patrimonio. Roberto no se queja nunca, pero cuando le preguntamos cómo está, nos cuenta la insólita historia del orificio anal que se le cierra y cada tanto debe operárselo. A la doctora Martina le comunicaron que jamás había aprobado tercer grado, así que ahora está en un feroz enredo burocrático para validar sus títulos y sus estudios. Si a todas estas personas le ocurren cosas extrañas muy seguido, diremos que son complínsolas: parecen condenadas a que el mundo conspire jocosamente contra ellas. A veces la sucesión de problemas inverosímiles es difícil de explicar si no se cuenta la historia con detalle. A veces, claro, el complínsolo es un mentiroso, un empoquetador cuyas mentiras mal urdidas generan más sospechas que compasión.
Definiciones y términos que no figuran en el diccionario ("Exonario" no figura en el diccionario, pero sí figura en Exonario)
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martes, 10 de septiembre de 2013
miércoles, 28 de agosto de 2013
Capiversia
(Sustantivo. Contracción de capitiversia. Del latín caput = cabeza y vergo = estar inclinado, estar vuelto)
Reacción que poseen las personas en el instante inmediatamente posterior a un suceso ruidoso.
Cuando en un restaurante se escucha el inequívoco sonido de una bandeja con platos cayendo al piso, todos los comensales hacen silencio y voltean la vista en la dirección del ruido. Si se oye una frenada y un choque, de inmediato todos atienden al lugar de donde proviene el fragor y caminan hacia allí. Si en mitad de la clase silenciosa a un alumno se le cae la cartuchera y se desparraman sus útiles, nos veremos obligados a mirar el suceso. El término se aplica a estos casos y a cualquiera en los que intervenga un espacio relativamente amplio y una multitud que desvía unánimemente su atención hacia el hecho: el ruido y la posibilidad de una catástrofe (o, al menos, de un papelón) se convierten en el centro de escena indiscutido. No importa si antes del suceso estaba ocurriendo algo trascendente: nadie puede perderse de observar a la moza desparramada en el suelo, con las copas hechas añicos y el champagne regado en las paredes.
El nombre "capiversia" proviene de la acción de voltear bruscamente la cabeza.
Reacción que poseen las personas en el instante inmediatamente posterior a un suceso ruidoso.
Cuando en un restaurante se escucha el inequívoco sonido de una bandeja con platos cayendo al piso, todos los comensales hacen silencio y voltean la vista en la dirección del ruido. Si se oye una frenada y un choque, de inmediato todos atienden al lugar de donde proviene el fragor y caminan hacia allí. Si en mitad de la clase silenciosa a un alumno se le cae la cartuchera y se desparraman sus útiles, nos veremos obligados a mirar el suceso. El término se aplica a estos casos y a cualquiera en los que intervenga un espacio relativamente amplio y una multitud que desvía unánimemente su atención hacia el hecho: el ruido y la posibilidad de una catástrofe (o, al menos, de un papelón) se convierten en el centro de escena indiscutido. No importa si antes del suceso estaba ocurriendo algo trascendente: nadie puede perderse de observar a la moza desparramada en el suelo, con las copas hechas añicos y el champagne regado en las paredes.
El nombre "capiversia" proviene de la acción de voltear bruscamente la cabeza.
lunes, 15 de julio de 2013
Cosmorexia
(Sustantivo. Del griego cósmos = orden y oréxis = apetito)
Repentina necesidad de ordenar.
Hay momentos en los que empieza a molestarnos el caos que nos rodea. El teclado de la computadora tiene migas de galletita; la ropa sin planchar se acumula hecha una bola en el placard; el techo tiene un lamparón horrible y una gotera añosa; las dos materias que debemos del secundario entorpecen nuestra autoestima y complican el presente y futuro laboral. Un día nos levantamos con cosmorexia y estamos decididos a nadar contra la creciente y endémica anarquía en cada aspecto de nuestra vida. Queremos limpiar a fondo el teclado de la computadora; sacamos las ochenta prendas para planchar; buscamos en la guía a un techista para que arregle la gotera; nos ponemos a estudiar contabilidad y matemática financiera para rendirlas antes de fin de año. La sensación de cosmorexia no dura todo el día -y no se repite al día siguiente-, de modo que después de planchar dos camisas nos detenemos exhaustos, nos olvidamos del desgobierno de nuestra voluntad, aceptamos resignadamente el desorden del universo y nos entregamos al hedonificio con una alta dosis de toletolerancia. Así hasta que otro día (quizás un mes después) volvemos a sentir la urgencia de la cosmorexia, urgencia que nos abandonará mucho antes de que empecemos a hacer algún cambio importante en nuestro entorno.
Repentina necesidad de ordenar.
Hay momentos en los que empieza a molestarnos el caos que nos rodea. El teclado de la computadora tiene migas de galletita; la ropa sin planchar se acumula hecha una bola en el placard; el techo tiene un lamparón horrible y una gotera añosa; las dos materias que debemos del secundario entorpecen nuestra autoestima y complican el presente y futuro laboral. Un día nos levantamos con cosmorexia y estamos decididos a nadar contra la creciente y endémica anarquía en cada aspecto de nuestra vida. Queremos limpiar a fondo el teclado de la computadora; sacamos las ochenta prendas para planchar; buscamos en la guía a un techista para que arregle la gotera; nos ponemos a estudiar contabilidad y matemática financiera para rendirlas antes de fin de año. La sensación de cosmorexia no dura todo el día -y no se repite al día siguiente-, de modo que después de planchar dos camisas nos detenemos exhaustos, nos olvidamos del desgobierno de nuestra voluntad, aceptamos resignadamente el desorden del universo y nos entregamos al hedonificio con una alta dosis de toletolerancia. Así hasta que otro día (quizás un mes después) volvemos a sentir la urgencia de la cosmorexia, urgencia que nos abandonará mucho antes de que empecemos a hacer algún cambio importante en nuestro entorno.
martes, 11 de junio de 2013
Conceptonear
(Verbo intransitivo. De concepto.)
1. Utilizar conceptos bien definidos de manera caprichosa y arbitraria, sin aclarar en qué sentido se los está usando. "Sí, yo ayer dije que violé a una mujer, pero yo uso la palabra 'violar' de una manera distinta, no como un delito"
2. Definir un concepto de acuerdo a una acepción personal no justificada por el diccionario: "Cuando digo 'ideología' me refiero al sentimiento de piedad que tienen los perros cuando no muerden a las personas"
3. En una discusión, esgrimir un concepto complicado cuyo significado difícilmente pueda conocer el rival: "Ah, lo que vos estás diciendo se puede tipificar en el egolentismo declético. ¿Sabés vos lo que es el egolentismo declético? Qué vas a saber... No tenés ni idea. ¿Ves que sos un ignorante?"
4. Pretender un concepto sumamente preciso en un contexto en el cual la exactitud no es necesaria: "Ah, ¿vos decís que tiene calvicie? Pero tiene algunos pelos. Lo que tiene no es calvicie, es alopecía" ; "¿Te bañaste en la pileta? Yo no vi ninguna pileta. En cambio, sí vi una piscina. ¿No estarás confundiendo 'piscina' con 'pileta'¨?
En esta última acepción, el que conceptonea es un legóptero.
5. Exigir un entendimiento riguroso de un concepto sumamente vago: "¿Qué entendiste cuando te dije que debíamos enfrentar la sistematicidad oprimente de la ideología burguesa mediante la reflexión y el desengaño de las conductas autocomplacientes? Se ve que no entendiste nada, porque te fuiste a hacer la comida"
1. Utilizar conceptos bien definidos de manera caprichosa y arbitraria, sin aclarar en qué sentido se los está usando. "Sí, yo ayer dije que violé a una mujer, pero yo uso la palabra 'violar' de una manera distinta, no como un delito"
2. Definir un concepto de acuerdo a una acepción personal no justificada por el diccionario: "Cuando digo 'ideología' me refiero al sentimiento de piedad que tienen los perros cuando no muerden a las personas"
3. En una discusión, esgrimir un concepto complicado cuyo significado difícilmente pueda conocer el rival: "Ah, lo que vos estás diciendo se puede tipificar en el egolentismo declético. ¿Sabés vos lo que es el egolentismo declético? Qué vas a saber... No tenés ni idea. ¿Ves que sos un ignorante?"
4. Pretender un concepto sumamente preciso en un contexto en el cual la exactitud no es necesaria: "Ah, ¿vos decís que tiene calvicie? Pero tiene algunos pelos. Lo que tiene no es calvicie, es alopecía" ; "¿Te bañaste en la pileta? Yo no vi ninguna pileta. En cambio, sí vi una piscina. ¿No estarás confundiendo 'piscina' con 'pileta'¨?
En esta última acepción, el que conceptonea es un legóptero.
5. Exigir un entendimiento riguroso de un concepto sumamente vago: "¿Qué entendiste cuando te dije que debíamos enfrentar la sistematicidad oprimente de la ideología burguesa mediante la reflexión y el desengaño de las conductas autocomplacientes? Se ve que no entendiste nada, porque te fuiste a hacer la comida"
viernes, 24 de mayo de 2013
Canatorio
(Sustantivo. Del griego xanó = perder y terminación -orio = lugar)
1. Lugar de la casa o de un recinto creado especialmente para perder cosas.
2. Lugar de una casa o de un recinto donde frecuentemente suelen aparecer las cosas perdidas.
Muchas veces se pierden simultáneamente las llaves, la billetera, una camisa, el cepillo de dientes y los anticonceptivos. Pero es poco probable que se extravíen todos estos objetos en un mismo lugar. En cambio, si se desarrolla un canatorio doméstico, es posible que todo lo perdido haya ido a parar allí. ¿Cómo es posible esto? Los canatorios pueden ser enormes agujeros en los sillones: cualquiera que se haya sentado en el sillón y pierda algo, casi seguro lo encontrará en el agujero. O pueden consistir en una inclinación del piso que confluya en un único lugar: todo lo que se caerá al piso, necesariamente se encontrará en esa confluencia. Los canatorios aumentan la probabilidad de que un objeto perdido se encuentre allí y no en otro lugar, aunque, por supuesto, no tienen una utilidad absoluta.
A veces hay "canatorios naturales". En los nidos de urracas se pueden encontrar objetos brillantes perdidos (las urracas macho los llevan como presentes para la hembra). En algunos lugares, por una misteriosa razón, todo lo perdido aparece tarde o temprano dentro de un cajón, bajo una cama o en el bolsillo de un pantalón: en la práctica, estos tres sitios funcionan como canatorios.
1. Lugar de la casa o de un recinto creado especialmente para perder cosas.
2. Lugar de una casa o de un recinto donde frecuentemente suelen aparecer las cosas perdidas.
Muchas veces se pierden simultáneamente las llaves, la billetera, una camisa, el cepillo de dientes y los anticonceptivos. Pero es poco probable que se extravíen todos estos objetos en un mismo lugar. En cambio, si se desarrolla un canatorio doméstico, es posible que todo lo perdido haya ido a parar allí. ¿Cómo es posible esto? Los canatorios pueden ser enormes agujeros en los sillones: cualquiera que se haya sentado en el sillón y pierda algo, casi seguro lo encontrará en el agujero. O pueden consistir en una inclinación del piso que confluya en un único lugar: todo lo que se caerá al piso, necesariamente se encontrará en esa confluencia. Los canatorios aumentan la probabilidad de que un objeto perdido se encuentre allí y no en otro lugar, aunque, por supuesto, no tienen una utilidad absoluta.
A veces hay "canatorios naturales". En los nidos de urracas se pueden encontrar objetos brillantes perdidos (las urracas macho los llevan como presentes para la hembra). En algunos lugares, por una misteriosa razón, todo lo perdido aparece tarde o temprano dentro de un cajón, bajo una cama o en el bolsillo de un pantalón: en la práctica, estos tres sitios funcionan como canatorios.
martes, 2 de abril de 2013
Catonógramo
( Del griego catá = por entero; ónoma = nombre y grámma = letra)
Deletreo que se realiza para desambiguar el propio nombre y, especialmente, el propio apellido.
Cuando nos piden que digamos nuestro nombre, por lo general debemos especificar algunas letras para que no quede mal escrito: "Mazzetti, con dos zeta y dos té"; "Mux, con equis final"; "Lópes, con acento en la 'o' y 's' final"; "Jadzianagnosti. Sí, sí. Con jota, dé, una zeta después de la d, y 'agnosti' al final, como suena". Todas estas aclaraciones, a veces rimbombantes y estrafalarias, son catonógramos. Una peculiaridad del catonógramo es que se convierte en una rutina: quien dice su apellido, de inmediato tiene aprendido su catonógramo, el cual se convierte en una especie de coda obligada posterior a la enunciación del nombre.
Deletreo que se realiza para desambiguar el propio nombre y, especialmente, el propio apellido.
Cuando nos piden que digamos nuestro nombre, por lo general debemos especificar algunas letras para que no quede mal escrito: "Mazzetti, con dos zeta y dos té"; "Mux, con equis final"; "Lópes, con acento en la 'o' y 's' final"; "Jadzianagnosti. Sí, sí. Con jota, dé, una zeta después de la d, y 'agnosti' al final, como suena". Todas estas aclaraciones, a veces rimbombantes y estrafalarias, son catonógramos. Una peculiaridad del catonógramo es que se convierte en una rutina: quien dice su apellido, de inmediato tiene aprendido su catonógramo, el cual se convierte en una especie de coda obligada posterior a la enunciación del nombre.
lunes, 11 de marzo de 2013
Crudelario
(Sustantivo. Del latín crudelis = cruel, sanguinario)
Recinto al que las personas van voluntariamente para ser torturadas y / o asesinadas.
Conviene resaltar que quienes visitan un crudelario lo hacen de manera consciente y no esperan obtener placer a través del dolor de una tortura. No son masoquistas ni ingenuos ni penitentes religiosos: deciden impartirse un dolor insoportable a cambio de nada y por ninguna razón (o tal vez por una razón: una especie de turismo exótico de las propias sensaciones dolorosas: "Quiero sentir una vez en la vida cómo es que te arranquen un brazo") En algunos casos, quizás deban abonar sumas enormes para obtener un tormento (y ya el pago excesivo es parte del suplicio) Lo curioso de los crudelarios es que sus visitantes se dirigen a ellos con serenidad, como quien va a hacer un trámite insípido, sabiendo que quizás les esperan meses de una aleatoria, gratuita e incesante mortificación psíquica y carnal de la que querrán huir una vez que haya comenzado.
De una manera metafórica, se denomina crudelarios a los lugares que en principio no están hechos para torturar a las personas pero que en definitiva terminan haciéndolo: "No sé para qué mandás a tu hijo a la escuela. Eso es un crudelario, y los maestros son los verdugos".
Recinto al que las personas van voluntariamente para ser torturadas y / o asesinadas.
Conviene resaltar que quienes visitan un crudelario lo hacen de manera consciente y no esperan obtener placer a través del dolor de una tortura. No son masoquistas ni ingenuos ni penitentes religiosos: deciden impartirse un dolor insoportable a cambio de nada y por ninguna razón (o tal vez por una razón: una especie de turismo exótico de las propias sensaciones dolorosas: "Quiero sentir una vez en la vida cómo es que te arranquen un brazo") En algunos casos, quizás deban abonar sumas enormes para obtener un tormento (y ya el pago excesivo es parte del suplicio) Lo curioso de los crudelarios es que sus visitantes se dirigen a ellos con serenidad, como quien va a hacer un trámite insípido, sabiendo que quizás les esperan meses de una aleatoria, gratuita e incesante mortificación psíquica y carnal de la que querrán huir una vez que haya comenzado.
De una manera metafórica, se denomina crudelarios a los lugares que en principio no están hechos para torturar a las personas pero que en definitiva terminan haciéndolo: "No sé para qué mandás a tu hijo a la escuela. Eso es un crudelario, y los maestros son los verdugos".
martes, 5 de febrero de 2013
Contrarregalo
(Sustantivo. De contra y regalo)
Obsequio que se realiza como respuesta a un obsequio recibido.
Muchos de los regalos que damos por cumpleaños, navidad o día de los enamorados, son contrarregalos. Si Juan nos regalase un par de medias para nuestro cumpleaños, podremos obsequiarle otro cuando llegue su onomástico: un presente modesto que no pone en peligro sus finanzas ni las nuestras. Pero si Juan nos regalara un automóvil o un viaje en crucero, las cosas se nos complicarían, pues cuando él mismo cumpliera años no podríamos llevarle apenas un par de medias. Disfrutaremos, sí, del crucero o del automóvil recibido, pero lo haremos con la angustiosa conciencia de que estamos en deuda; viviremos unos meses de ansiedad anticipando el enorme gasto que demandará el futuro obsequio de cumpleaños de Juan. Los contrarregalos deben ser proporcionales a los regalos iniciales; deben estar a la altura del regalo recibido, y si no tenemos en cuenta esa proporción corremos el riesgo de generar ofensa o decepción.
A veces los contrarregalos se producen en escaladas, como una guerra fría de ofrendas: Alberto le regala flores y un pantalón a Carolina (para el día de los enamorados). Carolina le regala dos pantalones y dos remeras a Alberto (ese mismo día). Alberto le regala tres pantalones, tres remeras y una campera a Carolina (para el aniversario de casados). Carolina le regala a Alberto dos camperas, tres pares de zapatos caros, cinco camisas y diez relojes pulsera (para ese mismo aniversario). Alberto le regala a Carolina dos computadoras, un nuevo Blackberry, ocho pares de zapatos y dieciséis remeras (en una fecha aleatoria. Nótese que cuando se ingresa en una escalada de contrarregalos ya no importa por qué se regala: la única motivación es el hecho de superar el último presente recibido). La escalada puede seguir de manera indefinida, hasta que las tarjetas de crédito revientan o hasta que uno de los dos no hace justicia a la desmesura del otro y entonces aparecen la ofensa y el desdén.
Para evitar el peligro de los contrarregalos, quizás conviene aclarar de antemano en todos los ámbitos posibles: "No quiero regalos". Pero esto puede ser contraproducente, porque quienes reciben ese mensaje fingirán que no nos van a dar un regalo, pero a último momento nos agasajarán con una enorme sorpresa. Quizás la única solución sea mostrarse agresivo, furioso y molesto con el regalo recibido. Pero esa es una reacción muy extraña y difícilmente comprensible: "¡Imbécil! ¡Te dije que no quería regalos! ¿Sos sordo? ¡Metete los veinte mil dólares en el orto!"
A veces el contrarregalo es desproporcionado con respecto al regalo inicial, pero esa desproporción es en sentido positivo: si usted obsequió una botella de vino a una amiga, esa amiga le obsequiará seis botellas de vino o una bicicleta, regalos claramente superiores al suyo. Por lo general, esta desproporción positiva tiene un objetivo moralmente cuestionable: demostrarle al homenajeado que uno no es un tacaño. "Este turro me trajo una planta para nuestro aniversario. Yo no soy igual que él; le compré cincuenta trajes para hacerlo sentir mal. Yo cuando regalo, regalo"
Otras veces nos dan obsequios puramente simbólicos: una canción, una foto antigua en Facebook, un poema. Pero aun estos regalos requieren contrarregalos que estén a la altura del esfuerzo y el ingenio empleados. La novia que compuso una canción a su novio para el día de los enamorados seguramente se sentirá decepcionada si recibe una caja de bombones con una tarjeta fría e impersonal.
Los regalos recibidos son trampas, pequeños anzuelos que se arrojan disimuladamente a nuestra conciencia para atrapar contrarregalos futuros. No nos dan regalos para hacernos sentir queridos y felices; nos regalan para mostrarnos que estamos atados por invisibles y retorcidos hilos de obligaciones sociales.
Obsequio que se realiza como respuesta a un obsequio recibido.
Muchos de los regalos que damos por cumpleaños, navidad o día de los enamorados, son contrarregalos. Si Juan nos regalase un par de medias para nuestro cumpleaños, podremos obsequiarle otro cuando llegue su onomástico: un presente modesto que no pone en peligro sus finanzas ni las nuestras. Pero si Juan nos regalara un automóvil o un viaje en crucero, las cosas se nos complicarían, pues cuando él mismo cumpliera años no podríamos llevarle apenas un par de medias. Disfrutaremos, sí, del crucero o del automóvil recibido, pero lo haremos con la angustiosa conciencia de que estamos en deuda; viviremos unos meses de ansiedad anticipando el enorme gasto que demandará el futuro obsequio de cumpleaños de Juan. Los contrarregalos deben ser proporcionales a los regalos iniciales; deben estar a la altura del regalo recibido, y si no tenemos en cuenta esa proporción corremos el riesgo de generar ofensa o decepción.
A veces los contrarregalos se producen en escaladas, como una guerra fría de ofrendas: Alberto le regala flores y un pantalón a Carolina (para el día de los enamorados). Carolina le regala dos pantalones y dos remeras a Alberto (ese mismo día). Alberto le regala tres pantalones, tres remeras y una campera a Carolina (para el aniversario de casados). Carolina le regala a Alberto dos camperas, tres pares de zapatos caros, cinco camisas y diez relojes pulsera (para ese mismo aniversario). Alberto le regala a Carolina dos computadoras, un nuevo Blackberry, ocho pares de zapatos y dieciséis remeras (en una fecha aleatoria. Nótese que cuando se ingresa en una escalada de contrarregalos ya no importa por qué se regala: la única motivación es el hecho de superar el último presente recibido). La escalada puede seguir de manera indefinida, hasta que las tarjetas de crédito revientan o hasta que uno de los dos no hace justicia a la desmesura del otro y entonces aparecen la ofensa y el desdén.
Para evitar el peligro de los contrarregalos, quizás conviene aclarar de antemano en todos los ámbitos posibles: "No quiero regalos". Pero esto puede ser contraproducente, porque quienes reciben ese mensaje fingirán que no nos van a dar un regalo, pero a último momento nos agasajarán con una enorme sorpresa. Quizás la única solución sea mostrarse agresivo, furioso y molesto con el regalo recibido. Pero esa es una reacción muy extraña y difícilmente comprensible: "¡Imbécil! ¡Te dije que no quería regalos! ¿Sos sordo? ¡Metete los veinte mil dólares en el orto!"
A veces el contrarregalo es desproporcionado con respecto al regalo inicial, pero esa desproporción es en sentido positivo: si usted obsequió una botella de vino a una amiga, esa amiga le obsequiará seis botellas de vino o una bicicleta, regalos claramente superiores al suyo. Por lo general, esta desproporción positiva tiene un objetivo moralmente cuestionable: demostrarle al homenajeado que uno no es un tacaño. "Este turro me trajo una planta para nuestro aniversario. Yo no soy igual que él; le compré cincuenta trajes para hacerlo sentir mal. Yo cuando regalo, regalo"
Otras veces nos dan obsequios puramente simbólicos: una canción, una foto antigua en Facebook, un poema. Pero aun estos regalos requieren contrarregalos que estén a la altura del esfuerzo y el ingenio empleados. La novia que compuso una canción a su novio para el día de los enamorados seguramente se sentirá decepcionada si recibe una caja de bombones con una tarjeta fría e impersonal.
Los regalos recibidos son trampas, pequeños anzuelos que se arrojan disimuladamente a nuestra conciencia para atrapar contrarregalos futuros. No nos dan regalos para hacernos sentir queridos y felices; nos regalan para mostrarnos que estamos atados por invisibles y retorcidos hilos de obligaciones sociales.
martes, 23 de octubre de 2012
Cagatuertos
(Adjetivo. De cagar y tuerto. Es voz malsonante)
1. Dícese de quien solo tiene hijos enfermizos y enclenques. Aplícase también a animales: dícese de la hembra o el macho que tiende a procrear crías defectuosas, deformes y débiles.
Para que a alguien se lo acuse de "cagatuertos", es necesario que todos o la mayoría de sus hijos sean extremadamente propensos a las enfermedades, o que sus contexturas físicas tengan apariencia frágil y desgarbada, o que, sistemáticamente, todos los hijos nazcan con una deformidad de índole genético. En sociedades machistas, es común que se culpe a la mujer por la debilidad de sus hijos: "Ninguno de tus pibes te salió fuerte y macho. Al final tu mujer es una cagatuertos". A partir de esta asociación profundamente sexista, existe otra acepción:
2. Mujer hermosa que tiene hijas feas.
Algunos hombres eligen tener hijos sólo con mujeres bellas, porque de ese modo creen que otorgarán belleza en su descendencia femenina. Desde luego, para ellos, la belleza física es uno de los valores supremos. Pero estos hombres que han rebuscado con esmero a la modelo escultural para reproducirse, a veces observan con horror que las hijas concebidas después de tan cuidadosa selección, son mas bien desgarbadas y con poca gracia, o muy gordas. En nada han heredado las dotes esculturales de su madre. Ahora bien, el padre -quien vive este suceso como una desgracia- nunca sospecha que, quizás, fueron sus genes -los genes de un hombre feo- los que desvirtuaron su objetivo: prefiere decir que la cagatuertos fue la esposa. Cuando se separa de esa esposa que solo le da hijos feos, le advierte a sus amigos y conocidos: "Cuidado si te juntás con mi ex, porque es una cagatuertos".
Desde esta acepción, no se suele llamar "cagatuertos" a la mujer que concibe hijos varones feos. Dada la concepción machista involucrada en el uso del término, solo se utiliza ese mote ofensivo si se trata de hijas mujeres.
1. Dícese de quien solo tiene hijos enfermizos y enclenques. Aplícase también a animales: dícese de la hembra o el macho que tiende a procrear crías defectuosas, deformes y débiles.
Para que a alguien se lo acuse de "cagatuertos", es necesario que todos o la mayoría de sus hijos sean extremadamente propensos a las enfermedades, o que sus contexturas físicas tengan apariencia frágil y desgarbada, o que, sistemáticamente, todos los hijos nazcan con una deformidad de índole genético. En sociedades machistas, es común que se culpe a la mujer por la debilidad de sus hijos: "Ninguno de tus pibes te salió fuerte y macho. Al final tu mujer es una cagatuertos". A partir de esta asociación profundamente sexista, existe otra acepción:
2. Mujer hermosa que tiene hijas feas.
Algunos hombres eligen tener hijos sólo con mujeres bellas, porque de ese modo creen que otorgarán belleza en su descendencia femenina. Desde luego, para ellos, la belleza física es uno de los valores supremos. Pero estos hombres que han rebuscado con esmero a la modelo escultural para reproducirse, a veces observan con horror que las hijas concebidas después de tan cuidadosa selección, son mas bien desgarbadas y con poca gracia, o muy gordas. En nada han heredado las dotes esculturales de su madre. Ahora bien, el padre -quien vive este suceso como una desgracia- nunca sospecha que, quizás, fueron sus genes -los genes de un hombre feo- los que desvirtuaron su objetivo: prefiere decir que la cagatuertos fue la esposa. Cuando se separa de esa esposa que solo le da hijos feos, le advierte a sus amigos y conocidos: "Cuidado si te juntás con mi ex, porque es una cagatuertos".
Desde esta acepción, no se suele llamar "cagatuertos" a la mujer que concibe hijos varones feos. Dada la concepción machista involucrada en el uso del término, solo se utiliza ese mote ofensivo si se trata de hijas mujeres.
martes, 16 de octubre de 2012
Currafero
(Adjetivo. Del latín curro = correr, de donde se deriva cursar y deferre = arrojar, empujar)
Dícese de la persona que, ante una pregunta puntual, remite al estudio de una carrera universitaria y / o a la lectura de textos en lugar de dar una respuesta directa.
Al currafero le formulan una pregunta cualquiera y él necesita demostrar que ha leído, que su título lo ganó a fuerza de libros y exámenes difíciles. Por eso, en lugar de responder, deja un link con una docena de libros para descargar. O invita a su interlocutor a las clases de física avanzada o matemática discreta nivel cinco. O lo recrimina por no haberse aprendido la lección de tercer grado de la escuela primaria. Lo curioso es que el currafero se exime de contestar preguntas pedestres o que solo requieren de una opinión no necesariamente fundamentada. Veamos algunos ejemplos:
Pregunta: -"¿Cómo va a estar el estado del tiempo hoy?".
Respuesta: -"Uf, mirá, hay mucha teoría sobre los fenómenos climáticos, acá podés descargarte los catorce libros más famosos sobre el tema".
Pregunta: - "¿Cuál te gusta más? ¿El sueter rojo o el verde?"
Respuesta: -"Y, si leyeras a Stendhal te darías cuenta de cuáles son mis colores favoritos".
Pregunta: - "Pero, ¿por qué me aumentan el alquiler un doscientos por ciento?"
Respuesta: - "Si estudiaras licenciatura en economía, tendrías la respuesta"
Pregunta: - "¿Quién fue Luis XV?
Respuesta: - "¿Qué? ¿Nunca fuiste a la escuela vos? Eso lo sabe un chico de diez años"
También podría llamarse currafero a quien responde del modo que se ejemplifica más abajo, aun cuando no pretenda darse ínfulas de superioridad intelectual:
Pregunta: - "¿Por qué me echan del trabajo?"
Respuesta: - "Remítase al telegrama y a la carta documento que le hará llegar nuestro asesor letrado".
Currafero y epistecripticista se tocan en muchos puntos. La diferencia, sin embargo, es que el epistecripticista no conmina al interrogador a que estudie o que lea algo, mientras que el currafero sí lo hace.
Dícese de la persona que, ante una pregunta puntual, remite al estudio de una carrera universitaria y / o a la lectura de textos en lugar de dar una respuesta directa.
Al currafero le formulan una pregunta cualquiera y él necesita demostrar que ha leído, que su título lo ganó a fuerza de libros y exámenes difíciles. Por eso, en lugar de responder, deja un link con una docena de libros para descargar. O invita a su interlocutor a las clases de física avanzada o matemática discreta nivel cinco. O lo recrimina por no haberse aprendido la lección de tercer grado de la escuela primaria. Lo curioso es que el currafero se exime de contestar preguntas pedestres o que solo requieren de una opinión no necesariamente fundamentada. Veamos algunos ejemplos:
Pregunta: -"¿Cómo va a estar el estado del tiempo hoy?".
Respuesta: -"Uf, mirá, hay mucha teoría sobre los fenómenos climáticos, acá podés descargarte los catorce libros más famosos sobre el tema".
Pregunta: - "¿Cuál te gusta más? ¿El sueter rojo o el verde?"
Respuesta: -"Y, si leyeras a Stendhal te darías cuenta de cuáles son mis colores favoritos".
Pregunta: - "Pero, ¿por qué me aumentan el alquiler un doscientos por ciento?"
Respuesta: - "Si estudiaras licenciatura en economía, tendrías la respuesta"
Pregunta: - "¿Quién fue Luis XV?
Respuesta: - "¿Qué? ¿Nunca fuiste a la escuela vos? Eso lo sabe un chico de diez años"
También podría llamarse currafero a quien responde del modo que se ejemplifica más abajo, aun cuando no pretenda darse ínfulas de superioridad intelectual:
Pregunta: - "¿Por qué me echan del trabajo?"
Respuesta: - "Remítase al telegrama y a la carta documento que le hará llegar nuestro asesor letrado".
Currafero y epistecripticista se tocan en muchos puntos. La diferencia, sin embargo, es que el epistecripticista no conmina al interrogador a que estudie o que lea algo, mientras que el currafero sí lo hace.
viernes, 5 de octubre de 2012
Cacógoro
(Adjetivo y sustantivo. Del griego kakós = malo, feo y agoréuo = anunciar)
Dícese de quien siempre da malas noticias.
Existen al menos dos clases de cacógoros: está el que sólo da malas noticias sobre su propia vida y el que anuncia algo terrible que le ocurre al destinatario, o que pasa a nivel local, nacional o mundial. En ambas clases, hay un cacógoro que disfruta dando la mala noticia, y otro que lo hace con cierto pesar.
El primer tipo de cacógoro se gana la compasión de algunas personas, quienes lo adoptan -con cierto recelo- como un amigo que está pasando un mal momento. Por lo general viene de visita en días y horas complicadas (un martes a las ocho de la mañana, por ejemplo) para contarnos sus desgracias. Rara vez habla de otra cosa que no sean sus pesares, los cuales parecen confluir con saña en su persona y allegados. "El mes pasado me compré el auto", dice el cacógoro iniciando lo que parece ser una buena noticia. "Pero parece que era robado y me lo secuestró la policía", remata, con laconismo. "Conseguí trabajo en una empresa constructora", agrega. "Pero me echaron porque maté a un compañero con la topadora. Ahora estoy procesado". Aun cuando se trata de hechos mínimos y cotidianos, da la impresión de que casi siempre los sucesos tienen derivaciones horribles: "Ayer compré un paquete de papas fritas. Cuando lo abrí y metí la mano, adentro había una araña venenosa. Mirá, me picó en el dedo. Fui al hospital y estuve en coma". Por lo general, a este tipo de cacógoro dejamos de abrirle la puerta, y al poco tiempo nos enteramos de que le cayó un piano en la cabeza, justo frente a nuestra casa, un día de nieve y ventisca, mientras tocaba timbre y no lo atendíamos.
A veces el cacógoro es muy cómico para contar sus desgracias. En esos casos, disfrutamos mucho cuando nos cuenta los sucesos negativos: "No sabés. Estaba esperando el colectivo, llovía y unos tipos me cagaron a trompadas. Pero me pegaron tan bien, con tanto estilo. Después, cuando estaba culo para arriba en la calle, pasó el colectivo, no paró y me mojó con el charco. Quedé una pinturita"
El segundo tipo de cacógoro es un sádico que no mide el tenor ni el momento ni la relevancia de la mala noticia. El anuncio que debe hacer no lo afecta a él, sino al interlocutor: "Ah, abriste una fiambrería. ¿Viste que ahora no se va a conseguir más queso porque cerraron los tambos? ¿Sabías que solo van a traer jamón importado que cuesta diez veces más?". "Che, vos que estás trabajando en la construcción, escuché por ahí que se va a parar la construcción a nivel nacional". "Ah, tenés un bebé. ¿Sabías que dentro de treinta años ese pibe va a tener que luchar contra la falta de agua en el mundo?. Cuando la mala noticia no es solo un rumor, sino algo serio y que afecta mucho al destinatario, no se preocupa por el estado del destinatario. Su único objetivo es dar la información, sin reparar en el estado de ánimo de quien la recibe. "Señora, su marido se murió", dice de entrada, llamando a mitad de la madrugada a la casa de una familia donde se están preguntando qué pasó con el padre de la familia que no vino a dormir.
No debe confundirse el cacógoro con el parióclido.
Dícese de quien siempre da malas noticias.
Existen al menos dos clases de cacógoros: está el que sólo da malas noticias sobre su propia vida y el que anuncia algo terrible que le ocurre al destinatario, o que pasa a nivel local, nacional o mundial. En ambas clases, hay un cacógoro que disfruta dando la mala noticia, y otro que lo hace con cierto pesar.
El primer tipo de cacógoro se gana la compasión de algunas personas, quienes lo adoptan -con cierto recelo- como un amigo que está pasando un mal momento. Por lo general viene de visita en días y horas complicadas (un martes a las ocho de la mañana, por ejemplo) para contarnos sus desgracias. Rara vez habla de otra cosa que no sean sus pesares, los cuales parecen confluir con saña en su persona y allegados. "El mes pasado me compré el auto", dice el cacógoro iniciando lo que parece ser una buena noticia. "Pero parece que era robado y me lo secuestró la policía", remata, con laconismo. "Conseguí trabajo en una empresa constructora", agrega. "Pero me echaron porque maté a un compañero con la topadora. Ahora estoy procesado". Aun cuando se trata de hechos mínimos y cotidianos, da la impresión de que casi siempre los sucesos tienen derivaciones horribles: "Ayer compré un paquete de papas fritas. Cuando lo abrí y metí la mano, adentro había una araña venenosa. Mirá, me picó en el dedo. Fui al hospital y estuve en coma". Por lo general, a este tipo de cacógoro dejamos de abrirle la puerta, y al poco tiempo nos enteramos de que le cayó un piano en la cabeza, justo frente a nuestra casa, un día de nieve y ventisca, mientras tocaba timbre y no lo atendíamos.
A veces el cacógoro es muy cómico para contar sus desgracias. En esos casos, disfrutamos mucho cuando nos cuenta los sucesos negativos: "No sabés. Estaba esperando el colectivo, llovía y unos tipos me cagaron a trompadas. Pero me pegaron tan bien, con tanto estilo. Después, cuando estaba culo para arriba en la calle, pasó el colectivo, no paró y me mojó con el charco. Quedé una pinturita"
El segundo tipo de cacógoro es un sádico que no mide el tenor ni el momento ni la relevancia de la mala noticia. El anuncio que debe hacer no lo afecta a él, sino al interlocutor: "Ah, abriste una fiambrería. ¿Viste que ahora no se va a conseguir más queso porque cerraron los tambos? ¿Sabías que solo van a traer jamón importado que cuesta diez veces más?". "Che, vos que estás trabajando en la construcción, escuché por ahí que se va a parar la construcción a nivel nacional". "Ah, tenés un bebé. ¿Sabías que dentro de treinta años ese pibe va a tener que luchar contra la falta de agua en el mundo?. Cuando la mala noticia no es solo un rumor, sino algo serio y que afecta mucho al destinatario, no se preocupa por el estado del destinatario. Su único objetivo es dar la información, sin reparar en el estado de ánimo de quien la recibe. "Señora, su marido se murió", dice de entrada, llamando a mitad de la madrugada a la casa de una familia donde se están preguntando qué pasó con el padre de la familia que no vino a dormir.
No debe confundirse el cacógoro con el parióclido.
jueves, 13 de septiembre de 2012
Ciberargía
(Sustantivo. Del griego kibernetiké = técnica para pilotear una nave y argía = pereza)
Desgano para realizar actividades que solo demandan pocos segundos en una computadora .
A veces es muy sencillo corroborar si algo es de tal manera o de tal otra: hay que abrir el navegador y tipiar la palabra en un motor de búsqueda. Con esa simple operación, obtenemos toda la información necesaria, incluso ordenada de modo jerárquico por relevancia. Pero, por alguna extraña razón, nos resulta molesto abrir una nueva ventana de navegación, o escribir la palabra "Monarquía" en la barra de Google. No sabemos por qué, pero nos parece más viable buscar la palabra en un diccionario de papel -con el trabajo que implica- que resolverlo a través de una serie económica de caracteres virtuales. La ciberargía se transmite a casi todas las operaciones hechas por computadora: sentimos fastidio por imprimir un documento, abrir uno nuevo, buscar un correo electrónico determinado, elegir la canción que nos gusta en una lista de canciones o descargar películas. A veces tenemos negación, incluso, por actividades que implican un solo clic.
La expresión "la vida es demasiado corta para quitar el dispositivo USB con seguridad" expresa un sentimiento de ciberargía.
Desgano para realizar actividades que solo demandan pocos segundos en una computadora .
A veces es muy sencillo corroborar si algo es de tal manera o de tal otra: hay que abrir el navegador y tipiar la palabra en un motor de búsqueda. Con esa simple operación, obtenemos toda la información necesaria, incluso ordenada de modo jerárquico por relevancia. Pero, por alguna extraña razón, nos resulta molesto abrir una nueva ventana de navegación, o escribir la palabra "Monarquía" en la barra de Google. No sabemos por qué, pero nos parece más viable buscar la palabra en un diccionario de papel -con el trabajo que implica- que resolverlo a través de una serie económica de caracteres virtuales. La ciberargía se transmite a casi todas las operaciones hechas por computadora: sentimos fastidio por imprimir un documento, abrir uno nuevo, buscar un correo electrónico determinado, elegir la canción que nos gusta en una lista de canciones o descargar películas. A veces tenemos negación, incluso, por actividades que implican un solo clic.
La expresión "la vida es demasiado corta para quitar el dispositivo USB con seguridad" expresa un sentimiento de ciberargía.
martes, 19 de junio de 2012
Conmorar
(Verbo transitivo. Del latín cum = con y moratio = demora, detención. Adjetivo: conmorativo. sustantivo: conmoración)
Solucionar un problema inmovilizando las partes que padecen el problema.
El ejemplo más intuitivo (y más inadecuado para el uso de este término) es el enyesado de los huesos cuando se quiebran. Sin embargo, para que se conmore, es necesario que la inmovilidad resulte inoperante y que en rigor no constituya una solución en absoluto, sino la demora de dicha solución mediante la estrategia de paralizar los elementos que la requieren.
Pongamos un ejemplo. Usted está cambiando los azulejos del baño y ha comprado unos de color celeste. Se da cuenta de que necesita comprar una o dos cajas más de azulejos para completar el trabajo. Sin embargo, en el local de venta de azulejos le dicen que sólo tienen de color negro, y que no son del tamaño que usted requiere. "La única solución es esperar tres meses hasta que lleguen los que usted necesita", dice el vendedor, utilizando la estrategia conmorativa: no hay una solución en absoluto; mas bien se le pide que abandone sus pretensiones y deje la tarea sin concluir. Esta misma situación nos puede ocurrir con otros hechos aun más desesperantes: una operación de urgencia que se posterga porque no hay hospital (y por la cual el médico nos dice que la "solución" es esperar); un juicio laboral que se demora por tiempo indefinido a causa de las vacaciones de los jueces, por el cual los abogados nos piden paciencia.
En todos estos casos, la única herramienta que se propone es el paso del tiempo. El afectado de la conmoración no sabe siquiera si ese tiempo le otorgará la posibilidad de avanzar hacia su objetivo o si, por el contrario, el proceso se paralizará de manera definitiva. No tiene más remedio que abandonar cualquier expectativa y dedicar su tiempo a otros menesteres.
Es importante destacar que la conmoración se propone como una solución. Quien nos dice "espere por tiempo indefinido sin avanzar un ápice en su objetivo", cree (o finge creer) que ese enunciado es una forma de resolver el problema, cuando en verdad ni siquiera se han logrado las condiciones mínimas para enfrentarlo.
Solucionar un problema inmovilizando las partes que padecen el problema.
El ejemplo más intuitivo (y más inadecuado para el uso de este término) es el enyesado de los huesos cuando se quiebran. Sin embargo, para que se conmore, es necesario que la inmovilidad resulte inoperante y que en rigor no constituya una solución en absoluto, sino la demora de dicha solución mediante la estrategia de paralizar los elementos que la requieren.
Pongamos un ejemplo. Usted está cambiando los azulejos del baño y ha comprado unos de color celeste. Se da cuenta de que necesita comprar una o dos cajas más de azulejos para completar el trabajo. Sin embargo, en el local de venta de azulejos le dicen que sólo tienen de color negro, y que no son del tamaño que usted requiere. "La única solución es esperar tres meses hasta que lleguen los que usted necesita", dice el vendedor, utilizando la estrategia conmorativa: no hay una solución en absoluto; mas bien se le pide que abandone sus pretensiones y deje la tarea sin concluir. Esta misma situación nos puede ocurrir con otros hechos aun más desesperantes: una operación de urgencia que se posterga porque no hay hospital (y por la cual el médico nos dice que la "solución" es esperar); un juicio laboral que se demora por tiempo indefinido a causa de las vacaciones de los jueces, por el cual los abogados nos piden paciencia.
En todos estos casos, la única herramienta que se propone es el paso del tiempo. El afectado de la conmoración no sabe siquiera si ese tiempo le otorgará la posibilidad de avanzar hacia su objetivo o si, por el contrario, el proceso se paralizará de manera definitiva. No tiene más remedio que abandonar cualquier expectativa y dedicar su tiempo a otros menesteres.
Es importante destacar que la conmoración se propone como una solución. Quien nos dice "espere por tiempo indefinido sin avanzar un ápice en su objetivo", cree (o finge creer) que ese enunciado es una forma de resolver el problema, cuando en verdad ni siquiera se han logrado las condiciones mínimas para enfrentarlo.
miércoles, 30 de mayo de 2012
Codividuo
(Sustantivo. Del latín cum = con y divideo = dividir)
Individuo que sólo surge cuando hay muchos individuos.
¿Conoce usted a Carlitos? Carlitos estuvo en la reunión de ayer, cuando Roberto, Martina, Ariel, José y Joel se juntaron a cenar. También estuvo hace dos semanas, cuando Rebeca, Carolina, Ariel, Roberto y Jorge fueron a la fiesta de Miranda. Usted sí conoce a Carlitos: está presente en casi todas las reuniones. Pero nunca se va de ellas; nunca lo ve en otra circunstancia; no sabe de su vida, ni de sus padeceres, ni de su familia. Carlitos es un codividuo: una especie de entidad que surge de la conjunción de muchas entidades. Él no tiene una existencia independiente. Sale en las fotos grupales, pero no se le conocen fotos en solitario. No tiene domicilio, ni pareja. Su vida se limita a un ecosistema muy preciso: la conjunción de seis o siete amigos, pizzas, cerveza y sábado a la noche. O diez compañeros de trabajo, una fotocopiadora, tres oficinas y días hábiles. O una cancha de fútbol, tres árboles, diez gorriones y un niño que patea solo al arco. El codividuo simplemente se diluye cuando los individuos y el entorno que lo conforman se separan.
¿Le ha pasado alguna vez que, al examinar una foto grupal, encuentre en ella alguna persona que no estaba presente? Siempre, en las instantáneas multitudinarias, sale más gente de la que hay. Esos tránsfugas que roban píxeles en las cámaras son codividuos, tenues entidades que buscan inmortalizar su vacilante existencia mediante la argucia de confundirse entre individuos autónomos.
¿Tiene usted la certeza de no ser un codividuo? ¿En qué funda esa certeza?
Individuo que sólo surge cuando hay muchos individuos.
¿Conoce usted a Carlitos? Carlitos estuvo en la reunión de ayer, cuando Roberto, Martina, Ariel, José y Joel se juntaron a cenar. También estuvo hace dos semanas, cuando Rebeca, Carolina, Ariel, Roberto y Jorge fueron a la fiesta de Miranda. Usted sí conoce a Carlitos: está presente en casi todas las reuniones. Pero nunca se va de ellas; nunca lo ve en otra circunstancia; no sabe de su vida, ni de sus padeceres, ni de su familia. Carlitos es un codividuo: una especie de entidad que surge de la conjunción de muchas entidades. Él no tiene una existencia independiente. Sale en las fotos grupales, pero no se le conocen fotos en solitario. No tiene domicilio, ni pareja. Su vida se limita a un ecosistema muy preciso: la conjunción de seis o siete amigos, pizzas, cerveza y sábado a la noche. O diez compañeros de trabajo, una fotocopiadora, tres oficinas y días hábiles. O una cancha de fútbol, tres árboles, diez gorriones y un niño que patea solo al arco. El codividuo simplemente se diluye cuando los individuos y el entorno que lo conforman se separan.
¿Le ha pasado alguna vez que, al examinar una foto grupal, encuentre en ella alguna persona que no estaba presente? Siempre, en las instantáneas multitudinarias, sale más gente de la que hay. Esos tránsfugas que roban píxeles en las cámaras son codividuos, tenues entidades que buscan inmortalizar su vacilante existencia mediante la argucia de confundirse entre individuos autónomos.
¿Tiene usted la certeza de no ser un codividuo? ¿En qué funda esa certeza?
miércoles, 25 de abril de 2012
Culefardo
(Adjetivo. Del lunfardo "culo 'e fardo", "culo de fardo")
Dícese de quien involuntariamente golpea objetos con su trasero al caminar.
Si el culefardo entra en un lugar pequeño, rodeado de escritorios y pilas de papeles, mesas con botellas, vasos, jarrones y adornos, seguramente hará que su culo choque con el borde de una mesa o un escritorio, haciéndolos trastabillar. El culefardo no puede calcular el ancho de sus caderas; de hecho, muchas veces, sus nalgas quedan atascadas en algún lugar insólito y bochornosamente ridículo: en las escaleras mecánicas de un shopping, la puerta giratoria de un banco o el inodoro.
La definición puede sugerir que el culefardo tiene asentaderas demasiado grandes. Esto no es necesariamente así: hay personas de culo pequeño que no saben cómo manejarlo. Puede que no sean torpes con las manos, ni con los pies, pero sí con el trasero.
Se suele llamar "culefardo", por extensión, a cualquier persona torpe.
Dícese de quien involuntariamente golpea objetos con su trasero al caminar.
Si el culefardo entra en un lugar pequeño, rodeado de escritorios y pilas de papeles, mesas con botellas, vasos, jarrones y adornos, seguramente hará que su culo choque con el borde de una mesa o un escritorio, haciéndolos trastabillar. El culefardo no puede calcular el ancho de sus caderas; de hecho, muchas veces, sus nalgas quedan atascadas en algún lugar insólito y bochornosamente ridículo: en las escaleras mecánicas de un shopping, la puerta giratoria de un banco o el inodoro.
La definición puede sugerir que el culefardo tiene asentaderas demasiado grandes. Esto no es necesariamente así: hay personas de culo pequeño que no saben cómo manejarlo. Puede que no sean torpes con las manos, ni con los pies, pero sí con el trasero.
Se suele llamar "culefardo", por extensión, a cualquier persona torpe.
jueves, 23 de febrero de 2012
Cronopenia
(Sustantivo. Del griego chrónos = tiempo y penía = pobreza)
Exiguo tiempo libre que no alcanza siquiera para una actividad breve y menor.
El bebé por fin se durmió, pero faltan solo cinco minutos para ir al trabajo. No nos queda tiempo para tomar un café, peinarnos o ver el final de una serie de televisión. El profesor faltó a clase, pero nos enteramos diez minutos antes de que terminara su hora. Esos diez minutos apenas pueden aprovecharse para ir rápidamente al baño o acomodarse en el banco a esperar la siguiente clase. Nuestra madre anciana a quien cuidamos con esmero durante décadas se murió, pero nosotros ahora estamos viejos, achacosos y ya no tenemos tiempo para estudiar medicina y convertirnos en profesionales exitosos.
La cronopenia es la exacta contrapartida de la cronotiquia.
Exiguo tiempo libre que no alcanza siquiera para una actividad breve y menor.
El bebé por fin se durmió, pero faltan solo cinco minutos para ir al trabajo. No nos queda tiempo para tomar un café, peinarnos o ver el final de una serie de televisión. El profesor faltó a clase, pero nos enteramos diez minutos antes de que terminara su hora. Esos diez minutos apenas pueden aprovecharse para ir rápidamente al baño o acomodarse en el banco a esperar la siguiente clase. Nuestra madre anciana a quien cuidamos con esmero durante décadas se murió, pero nosotros ahora estamos viejos, achacosos y ya no tenemos tiempo para estudiar medicina y convertirnos en profesionales exitosos.
La cronopenia es la exacta contrapartida de la cronotiquia.
miércoles, 22 de febrero de 2012
Cronotiquia
(Sustantivo femenino. Del griego chrónos = tiempo y tyché = azar, suerte)
1. Momento libre inesperado.
El profesor no vino a clase; su hijo pequeño se acostó temprano y quedó dormido; hubo un incendio en la oficina y no hay que ir a trabajar; la abuela enferma que debía cuidar esta noche se murió: algunas horas que usted pensaba invertir en una actividad estresante, ahora las puede aprovechar para mirar películas, comer una pizza con cerveza, tomar un largo baño caliente y escuchar música.
2. Actividad inesperadamente gratuita.
Los trabajadores del subte están de huelga y lo dejan pasar sin pagar. Pasó por el zoológico con sus hijos y justo hoy -el día del animal- la entrada es gratis. Compró una entrada para ir al cine, y le ofrecen una sesión gratis en un spa. En todos los casos, usted no lo buscaba, pero le han abierto las puertas para pasar un buen momento sin gastar un centavo.
1. Momento libre inesperado.
El profesor no vino a clase; su hijo pequeño se acostó temprano y quedó dormido; hubo un incendio en la oficina y no hay que ir a trabajar; la abuela enferma que debía cuidar esta noche se murió: algunas horas que usted pensaba invertir en una actividad estresante, ahora las puede aprovechar para mirar películas, comer una pizza con cerveza, tomar un largo baño caliente y escuchar música.
2. Actividad inesperadamente gratuita.
Los trabajadores del subte están de huelga y lo dejan pasar sin pagar. Pasó por el zoológico con sus hijos y justo hoy -el día del animal- la entrada es gratis. Compró una entrada para ir al cine, y le ofrecen una sesión gratis en un spa. En todos los casos, usted no lo buscaba, pero le han abierto las puertas para pasar un buen momento sin gastar un centavo.
jueves, 15 de diciembre de 2011
Cratocripto
(Sustantivo. Del griego krátos = poder y krýbo = esconder)
Poder desconocido que tienen los superhéroes.
Nos enteramos de que Supermán puede volar, tiene una gran fuerza y una enorme capacidad sensorial. Estaríamos tentados a suponer que conocemos la lista completa de sus superpoderes, pero no es así: cada tanto, muy de vez en cuando, tira rayos por los ojos. Si la historia lo requiere, Supermán adquirirá aun más poderes ad hoc, de acuerdo a las necesidades narrativas: se convertirá en pez, atravesará mares de lava líquida, leerá el pensamiento, retrocederá en el tiempo, volverá a la vida una vez muerto; luchará no solo contra supervillanos y alienígenas, sino incluso contra espíritus o dioses. Así, parece que la cantidad de poderes es infinita o maleable según la circunstancia: cada uno de los nuevos e inesperados poderes que aparecen son nuevos cratocriptos.
Aun cuando Batman es un típico superhéroe que no tiene poderes propios, gracias a complicadas tecnologías puede desplegar poderes nuevos e impredecibles, y casi cada superacción es un cratocripto.
A veces ocurre que el propio superhéroe no conoce sus propios poderes, o debe hacer una larga práctica antes de adquirirlo. Es el caso del Avatar Ang, el último maestro aire, quien descubrirá el dominio de las fuerzas de la naturaleza a medida que aprende técnicas. En este caso, el cratocripto está incluido en la necesidad narrativa de la historia.
Poder desconocido que tienen los superhéroes.
Nos enteramos de que Supermán puede volar, tiene una gran fuerza y una enorme capacidad sensorial. Estaríamos tentados a suponer que conocemos la lista completa de sus superpoderes, pero no es así: cada tanto, muy de vez en cuando, tira rayos por los ojos. Si la historia lo requiere, Supermán adquirirá aun más poderes ad hoc, de acuerdo a las necesidades narrativas: se convertirá en pez, atravesará mares de lava líquida, leerá el pensamiento, retrocederá en el tiempo, volverá a la vida una vez muerto; luchará no solo contra supervillanos y alienígenas, sino incluso contra espíritus o dioses. Así, parece que la cantidad de poderes es infinita o maleable según la circunstancia: cada uno de los nuevos e inesperados poderes que aparecen son nuevos cratocriptos.
Aun cuando Batman es un típico superhéroe que no tiene poderes propios, gracias a complicadas tecnologías puede desplegar poderes nuevos e impredecibles, y casi cada superacción es un cratocripto.
A veces ocurre que el propio superhéroe no conoce sus propios poderes, o debe hacer una larga práctica antes de adquirirlo. Es el caso del Avatar Ang, el último maestro aire, quien descubrirá el dominio de las fuerzas de la naturaleza a medida que aprende técnicas. En este caso, el cratocripto está incluido en la necesidad narrativa de la historia.
lunes, 14 de noviembre de 2011
Crepundiar
(Verbo intransitivo. Del latín crepundia = sonajero. Adjetivo: crepundioso o crepundoso)
Golpear arrítmicamente con los dedos una superficie sólida.
Las personas ansiosas crepundian haciendo una "escalerita" sonora con sus dedos sobre el escritorio o la pared, como si estuvieran tocando un piano invisible que sólo hace un único molesto sonido. El crepundiar no tiene una intención semántica; es un efecto de descarga ante la ansiedad de una espera. Si ese mismo sonido se realiza para seguir el ritmo de una canción, ya no es un crepundiar: para que lo sea, es necesario que los golpecitos sean cortados, toscos, penetrantes y persistentes. Quienes escuchan al crepundoso comienzan a tener el mismo estado de crispación que él.
Puede denominarse crepundiar, también, al golpeteo que se hace con un objeto de uso manual, como un bolígrafo o una llave.
Se suele crepundiar cuando se está en una sala de espera durante mucho tiempo: cualquier situación en la que uno debe mantenerse quieto, tranquilo, inerte y sin tomar decisiones es buena para crepundiar.
Golpear arrítmicamente con los dedos una superficie sólida.
Las personas ansiosas crepundian haciendo una "escalerita" sonora con sus dedos sobre el escritorio o la pared, como si estuvieran tocando un piano invisible que sólo hace un único molesto sonido. El crepundiar no tiene una intención semántica; es un efecto de descarga ante la ansiedad de una espera. Si ese mismo sonido se realiza para seguir el ritmo de una canción, ya no es un crepundiar: para que lo sea, es necesario que los golpecitos sean cortados, toscos, penetrantes y persistentes. Quienes escuchan al crepundoso comienzan a tener el mismo estado de crispación que él.
Puede denominarse crepundiar, también, al golpeteo que se hace con un objeto de uso manual, como un bolígrafo o una llave.
Se suele crepundiar cuando se está en una sala de espera durante mucho tiempo: cualquier situación en la que uno debe mantenerse quieto, tranquilo, inerte y sin tomar decisiones es buena para crepundiar.
jueves, 10 de noviembre de 2011
Cronoquiasma
(Sustantivo. Del griego chrónos = tiempo y xiásma = cruce en forma de x)
Cruce de dos vectores temporales paralelos.
Existe una teoría pedestre acerca de los mundos paralelos: hay infinitos universos que transcurren en paralelo con el nuestro. Si los universos son cercanos, las diferencias entre ellos y el nuestro son mínimas. A medida que pensamos en un universo más alejado, las diferencias se van haciendo más notorias. Hasta donde conjeturamos, no se han presentado cruces entre estos universos paralelos.
Pero imagine que usted es lanzado a un mundo paralelo en el que (supongamos) el cielo es verde. Dialoga con sus conocidos y descubre que ellos se comportan de modo familiar, con la única diferencia de que ellos afirman que el cielo siempre fue verde. Usted se ha cruzado a un mundo paralelo cercano. Pero si a su vez, el habitante original de ese mundo-de-cielo-verde fue a parar al mundo que antes era de usted (al "mundo-de-cielo-azul"), se han dado dos cruces entre un tiempo paralelo y se ha generado un cronoquiasma. La persona del "mundo de cielo verde" ahora vive en el "mundo de cielo azul". Ambos (el usted del mundo de cielo azul y el usted del mundo de cielo verde) se han cruzado en sus respectivos mundos paralelos y ahora no les queda más remedio que vivir en esos respectivos nuevos mundos.
Es esperable que un nuevo cronoquiasma los restaure a sus mundos originales, pero eso es improbable: hay tantos mundos paralelos que quizás un nuevo cruce temporal sólo los envíe a mundos cada vez más lejanos.
Existe una noción de cronoquiasma aun más compleja: una misma persona se desdobla en dos o tres mundos paralelos, como si su yo se subdividiera para existir en simultáneo en varios mundos paralelos a la vez. Esta noción trae complicaciones metafísicas: ¿qué diferencia a un yo-desdoblado-de-mí- mismo y a un yo de un mundo paralelo que no es producto de un desdoble? La pregunta es casi imposible de formular y en rigor está conectada con el problema de la identidad a través de mundos posibles: El Jorge Mux de un mundo paralelo, ¿soy yo? ¿O es otro Jorge Mux? ¿Qué cuenta como criterio de identidad interuniversal? ¿Cuántos de los Jorges Muxes de mundos paralelos son yo, y cuántos no son yo? ¿En cuántos mundos paralelos Jorge Mux no es un ser humano, sino una cafetera?
(La palabra "mundo" no significa "planeta"; en el sentido aquí usado es sinónima de "universo")
Cruce de dos vectores temporales paralelos.
Existe una teoría pedestre acerca de los mundos paralelos: hay infinitos universos que transcurren en paralelo con el nuestro. Si los universos son cercanos, las diferencias entre ellos y el nuestro son mínimas. A medida que pensamos en un universo más alejado, las diferencias se van haciendo más notorias. Hasta donde conjeturamos, no se han presentado cruces entre estos universos paralelos.
Pero imagine que usted es lanzado a un mundo paralelo en el que (supongamos) el cielo es verde. Dialoga con sus conocidos y descubre que ellos se comportan de modo familiar, con la única diferencia de que ellos afirman que el cielo siempre fue verde. Usted se ha cruzado a un mundo paralelo cercano. Pero si a su vez, el habitante original de ese mundo-de-cielo-verde fue a parar al mundo que antes era de usted (al "mundo-de-cielo-azul"), se han dado dos cruces entre un tiempo paralelo y se ha generado un cronoquiasma. La persona del "mundo de cielo verde" ahora vive en el "mundo de cielo azul". Ambos (el usted del mundo de cielo azul y el usted del mundo de cielo verde) se han cruzado en sus respectivos mundos paralelos y ahora no les queda más remedio que vivir en esos respectivos nuevos mundos.
Es esperable que un nuevo cronoquiasma los restaure a sus mundos originales, pero eso es improbable: hay tantos mundos paralelos que quizás un nuevo cruce temporal sólo los envíe a mundos cada vez más lejanos.
Existe una noción de cronoquiasma aun más compleja: una misma persona se desdobla en dos o tres mundos paralelos, como si su yo se subdividiera para existir en simultáneo en varios mundos paralelos a la vez. Esta noción trae complicaciones metafísicas: ¿qué diferencia a un yo-desdoblado-de-mí- mismo y a un yo de un mundo paralelo que no es producto de un desdoble? La pregunta es casi imposible de formular y en rigor está conectada con el problema de la identidad a través de mundos posibles: El Jorge Mux de un mundo paralelo, ¿soy yo? ¿O es otro Jorge Mux? ¿Qué cuenta como criterio de identidad interuniversal? ¿Cuántos de los Jorges Muxes de mundos paralelos son yo, y cuántos no son yo? ¿En cuántos mundos paralelos Jorge Mux no es un ser humano, sino una cafetera?
(La palabra "mundo" no significa "planeta"; en el sentido aquí usado es sinónima de "universo")
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