(Sustantivo. De la expresión "dale que")
Hábito de inventar situaciones y roles mediante el uso de la expresión "dale que"
Los niños en sus juegos utilizan el dalequeísmo como una llave para recrear mundos posibles e incluso imposibles. "¿Dale que teníamos un hermanito, y que el hermanito era de aire¨?", propone una niña. "Sí, ¿y dale que nosotros éramos los ponies de Ponyville?". "Sí, ¿Y dale que mi habitación es Ponyville?". El dale-que es una herramienta creadora; instaura aquello que propone como si fuera un imperativo. No dice "Es posible que estemos en Ponyville". No dice "Hay un mundo posible y en ese mundo posible somos ponies": el verdadero dalequeísmo convierte a esta realidad presente en otra mediante una función (fusión) lingüística.
Algo importante en el dalequeísmo es el diálogo y el consenso. El dalequeísmo no puede darse en soledad: debe haber alguien a quien preguntarle. A cada pregunta de dale-que, debe suceder una respuesta afirmativa o correctiva: "Dale, pero estamos en Ponyville de noche, y hay un arco iris". Pero sin la respuesta, el dalequeísmo se queda trunco, sin materialización completa. La intersubjetividad parece una condición necesaria para que el lenguaje traiga otros mundos a esta casa.
Definiciones y términos que no figuran en el diccionario ("Exonario" no figura en el diccionario, pero sí figura en Exonario)
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jueves, 6 de febrero de 2014
martes, 17 de septiembre de 2013
Disprofasia
(Sustantivo. Del griego dis = con dificultad y profáse = pretexto)
Incapacidad para poner excusas.
La mayor parte de nuestros compromisos no fueron adquiridos con entusiasmo y mediante una decisión firme: casi siempre, caemos en obligaciones indeseadas por culpa de nuestros tibios escrúpulos y de una imaginación pobre. Si una persona apenas conocida nos pide que pasemos la única tarde libre ayudando a servir las masitas en un bingo a beneficio de una iglesia, lo primero que debemos hacer es tener a mano un pretexto aceptable. La única respuesta que querríamos dar es: ¡Nunca! ¡Jamás pasaría mi único día libre encerrado en una salita de barrio sirviéndole té a ancianas cogotudas y chupacirios! Pero claro, no podemos decirlo así porque (vaya tragedia) el casi desconocido se ofendería. Buscamos y buscamos una buena razón, pero tenemos la mente en blanco. El casi desconocido insiste: "¡Dale! ¡Es para ayudar a la iglesia!" y terminamos diciéndole que sí, que estaremos ahí a la hora en punto. Ese es el proceso de la disprofasia: usted no se atreve a rechazar; siente una ligera culpa por negarse y de inmediato se compromete a hacer algo que aborrece. Lo peor de todo eso es que, en el momento en que dice "sí, acepto", lo hace con expresión de alegría y euforia, como si realmente le interesara.
Desde luego, a veces no se nos ocurre una excusa adecuada y decimos cualquier cosa inverosímil: "No puedo, tengo que cambiarme la pierna", o "Justo ese día tengo que bañar a los chanchos". Si esa excusa funciona, ya no habríamos caído en la disprofasia, pero sí en el empoquetamiento (en su segunda acepción).
Incapacidad para poner excusas.
La mayor parte de nuestros compromisos no fueron adquiridos con entusiasmo y mediante una decisión firme: casi siempre, caemos en obligaciones indeseadas por culpa de nuestros tibios escrúpulos y de una imaginación pobre. Si una persona apenas conocida nos pide que pasemos la única tarde libre ayudando a servir las masitas en un bingo a beneficio de una iglesia, lo primero que debemos hacer es tener a mano un pretexto aceptable. La única respuesta que querríamos dar es: ¡Nunca! ¡Jamás pasaría mi único día libre encerrado en una salita de barrio sirviéndole té a ancianas cogotudas y chupacirios! Pero claro, no podemos decirlo así porque (vaya tragedia) el casi desconocido se ofendería. Buscamos y buscamos una buena razón, pero tenemos la mente en blanco. El casi desconocido insiste: "¡Dale! ¡Es para ayudar a la iglesia!" y terminamos diciéndole que sí, que estaremos ahí a la hora en punto. Ese es el proceso de la disprofasia: usted no se atreve a rechazar; siente una ligera culpa por negarse y de inmediato se compromete a hacer algo que aborrece. Lo peor de todo eso es que, en el momento en que dice "sí, acepto", lo hace con expresión de alegría y euforia, como si realmente le interesara.
Desde luego, a veces no se nos ocurre una excusa adecuada y decimos cualquier cosa inverosímil: "No puedo, tengo que cambiarme la pierna", o "Justo ese día tengo que bañar a los chanchos". Si esa excusa funciona, ya no habríamos caído en la disprofasia, pero sí en el empoquetamiento (en su segunda acepción).
miércoles, 31 de julio de 2013
Disaccesibilidad
(Sustantivo. De dis y accesibilidad)
Incapacidad de tener a mano elementos que debieran estar accesibles.
Un teléfono celular tiene funcionalidad si se lo mantiene cerca y si se lo puede atender sin complicadas operaciones. Pero algunas personas lo guardan en el bolsillo interno de un bolsito que dejaron en una percha en el placard debajo de una campera. De modo que, cuando suena, hay que sortear todos esos obstáculos para atenderlo. Algo similar ocurre con el dinero: hay quienes, al momento de pagar, rebuscan entre bolsillos (formiciándose) o carteras o portafolios para dar con alguna tarjeta o billete o moneda (lo que se encuentre primero) mientras la cola de la caja se hace más prolongada e impaciente.
Por culpa de nuestra tendencia a la disaccesibilidad, dejamos los anteojos, el control remoto, las llaves del auto, el encendedor, el termómetro, el número de teléfono de la pediatra, los calzoncillos, el paraguas, la llave de corte general, las velas y las servilletas, en algún receptáculo dentro de otro receptáculo para el cual hay que emplear llaves que están en otro lugar al que solo se ingresa si se tiene una clave que dejamos en un papel dentro del bolsillo de un pantalón que está en el canasto para lavar ropa, canasto que tiene varios pantalones iguales y que no está en el lavadero, sino en el galpón del fondo donde hay una araña enorme que pica, araña que no podemos matar porque no podemos sacar el insecticida que quedó en una alacena de la cocina que se trabó porque tiene las bisagras oxidadas.
Incapacidad de tener a mano elementos que debieran estar accesibles.
Un teléfono celular tiene funcionalidad si se lo mantiene cerca y si se lo puede atender sin complicadas operaciones. Pero algunas personas lo guardan en el bolsillo interno de un bolsito que dejaron en una percha en el placard debajo de una campera. De modo que, cuando suena, hay que sortear todos esos obstáculos para atenderlo. Algo similar ocurre con el dinero: hay quienes, al momento de pagar, rebuscan entre bolsillos (formiciándose) o carteras o portafolios para dar con alguna tarjeta o billete o moneda (lo que se encuentre primero) mientras la cola de la caja se hace más prolongada e impaciente.
Por culpa de nuestra tendencia a la disaccesibilidad, dejamos los anteojos, el control remoto, las llaves del auto, el encendedor, el termómetro, el número de teléfono de la pediatra, los calzoncillos, el paraguas, la llave de corte general, las velas y las servilletas, en algún receptáculo dentro de otro receptáculo para el cual hay que emplear llaves que están en otro lugar al que solo se ingresa si se tiene una clave que dejamos en un papel dentro del bolsillo de un pantalón que está en el canasto para lavar ropa, canasto que tiene varios pantalones iguales y que no está en el lavadero, sino en el galpón del fondo donde hay una araña enorme que pica, araña que no podemos matar porque no podemos sacar el insecticida que quedó en una alacena de la cocina que se trabó porque tiene las bisagras oxidadas.
miércoles, 16 de enero de 2013
Desenerar (se)
(Verbo intransitivo. De des- y enero)
Quitarse la posibilidad de disfrutar del mes de enero.
En el hemisferio sur, enero es sinónimo de calor, playas, piletas de natación, refrescos y, en muchos casos, vacaciones. Por lo general, las actividades pesadas se postergan para meses menos bochornosos. Se privilegia lo recreativo por sobre lo laboral. Pero si alguien, durante el primer mes, se compromete con un trabajo o un estudio a conciencia que no le permite resquicios para disfrutar de los placeres de enero, se dice que es un desenerado, o que esa persona (en un uso transitivo del término) ha desenerado su año.
Para calificar como "desenerada", la persona afectada no debería tener acceso a las piletas, a las cervezas heladas durante la noche, a acostarse tarde sin límite horario ni a escuchar las cigarras mientras estira sus piernas, acostado en la reposera en el jardín de su casa. No haber andado en ojotas durante enero es un claro síntoma de deseneramiento. Si uno debe hacerse una operación durante este mes, y por culpa de ello se pierde todo el verano, también se ha desenerado.
No es casual, tampoco, la semejanza fonética con la palabra "degenerar". Un año desenerado es un año que puede degenerarse: si se vive en enero como si fuera marzo o julio, entonces es posible que se viva julio como si fuera diciembre; que se viva el invierno como verano y que se viva navidad como si fuera el día de la bandera.
Existe una palabra cercana a esta: el estifugio, aunque hay una clara diferencia: Mientras el estifugio es la sensación de que el verano huye rápidamente, el desenerado ni siquiera siente el verano y en rigor tampoco puede sentir que huye sin disfrute.
Quitarse la posibilidad de disfrutar del mes de enero.
En el hemisferio sur, enero es sinónimo de calor, playas, piletas de natación, refrescos y, en muchos casos, vacaciones. Por lo general, las actividades pesadas se postergan para meses menos bochornosos. Se privilegia lo recreativo por sobre lo laboral. Pero si alguien, durante el primer mes, se compromete con un trabajo o un estudio a conciencia que no le permite resquicios para disfrutar de los placeres de enero, se dice que es un desenerado, o que esa persona (en un uso transitivo del término) ha desenerado su año.
Para calificar como "desenerada", la persona afectada no debería tener acceso a las piletas, a las cervezas heladas durante la noche, a acostarse tarde sin límite horario ni a escuchar las cigarras mientras estira sus piernas, acostado en la reposera en el jardín de su casa. No haber andado en ojotas durante enero es un claro síntoma de deseneramiento. Si uno debe hacerse una operación durante este mes, y por culpa de ello se pierde todo el verano, también se ha desenerado.
No es casual, tampoco, la semejanza fonética con la palabra "degenerar". Un año desenerado es un año que puede degenerarse: si se vive en enero como si fuera marzo o julio, entonces es posible que se viva julio como si fuera diciembre; que se viva el invierno como verano y que se viva navidad como si fuera el día de la bandera.
Existe una palabra cercana a esta: el estifugio, aunque hay una clara diferencia: Mientras el estifugio es la sensación de que el verano huye rápidamente, el desenerado ni siquiera siente el verano y en rigor tampoco puede sentir que huye sin disfrute.
jueves, 6 de diciembre de 2012
Disconominia
(Sustantivo. Del latín dis = con dificultad y cognominatus = sinónimo. Adjetivo: disconómino)
1. Incapacidad o dificultad para encontrar sinónimos de una palabra.
2. Cualidad de un texto en el cual se repite muchas veces una misma palabra.
Según la definición 1, la disconominia es un padecimiento subjetivo. En cambio, la definición 2 no hace referencia a una persona, sino a un texto. Dado que en un mismo discurso se suele apelar muchas veces a un mismo concepto, quien padece de disconominia utilizará siempre el mismo término para referirse a ese concepto. Esto genera una clara cacofonía, disminuye la calidad del enunciado, y se hace difícil de leer o escuchar: "Los perros son animales domésticos. Los perros duermen en cuchas para perros, aunque muchas veces los perros duermen en una alfombra para perros o en un almohadón para perros, pero los perros prefieren dormir sobre camas, aunque algunos perros no se dejan domesticar y hay ciertos perros que sólo duermen fuera de la casa a la intemperie"
Debe aclararse que, para que exista disconominia no es necesario que la palabra se repita muchas veces: con que en un mismo renglón o en un mismo párrafo esté en dos ocasiones, ya podemos aplicarle el nombre.
1. Incapacidad o dificultad para encontrar sinónimos de una palabra.
2. Cualidad de un texto en el cual se repite muchas veces una misma palabra.
Según la definición 1, la disconominia es un padecimiento subjetivo. En cambio, la definición 2 no hace referencia a una persona, sino a un texto. Dado que en un mismo discurso se suele apelar muchas veces a un mismo concepto, quien padece de disconominia utilizará siempre el mismo término para referirse a ese concepto. Esto genera una clara cacofonía, disminuye la calidad del enunciado, y se hace difícil de leer o escuchar: "Los perros son animales domésticos. Los perros duermen en cuchas para perros, aunque muchas veces los perros duermen en una alfombra para perros o en un almohadón para perros, pero los perros prefieren dormir sobre camas, aunque algunos perros no se dejan domesticar y hay ciertos perros que sólo duermen fuera de la casa a la intemperie"
Debe aclararse que, para que exista disconominia no es necesario que la palabra se repita muchas veces: con que en un mismo renglón o en un mismo párrafo esté en dos ocasiones, ya podemos aplicarle el nombre.
miércoles, 28 de noviembre de 2012
Disclavia
(Sustantivo. Del latín dis = con dificultad y clavis = clave, llave)
1. Incapacidad para encontrar la llave correcta en un manojo de llaves.
Se sufre una especial disclavia cuando el llavero nos es familiar y conocemos las muescas de cada una de las llaves que la componen. A pesar de este sobrado conocimiento, uno recorre mil veces el llavero y no encuentra la que justo ahora se debe usar. La disclavia en este sentido es un proceso parecido al que ocurre cuando se circunvía.
Algunas personas no sufren disclavia, sino un proceso inverso: aciertan con la llave correcta en el primer intento, aun con manojos de llaves desconocidas. A este caso afortunado lo llamaremos euclidia, tomando las raíces griegas eu = bueno y kléidi = llave. (También puede llamarse "euclidia" al placer que produce acertar con la llave adecuada en un número relativamente bajo de intentos)
2. Incapacidad para recordar las propias contraseñas.
Por fortuna las cookies de nuestras computadoras se encargan de conservar nuestros datos, y gracias a ellas seguimos accediendo al correo electrónico, a las redes sociales,y a la plataforma virtual de nuestro trabajo. Pero el día en que debemos formatear la máquina, corremos el riesgo de perder para siempre los lugares virtuales que frecuentamos. La disclavia, en esta acepción, tiene algunos componentes adicionales: no solo somos incapaces de recordar la contraseña sino que, además: a) la olvidamos un segundo después de haberla creado; b) hicimos una contraseña complicadísima que no tiene posibilidad de ser recordada sin una regla mnemotécnica; c) no la anotamos o bien d) la anotamos en un papel circunstancial que se perdió para siempre. En algunos casos debemos agregar un gravísimo componente e): creemos que nos vamos a acordar la contraseña en el momento en que sea necesario, pero eso no ocurre (esta clase de disclavia acontece cuando uno está frente al cajero del banco).
1. Incapacidad para encontrar la llave correcta en un manojo de llaves.
Se sufre una especial disclavia cuando el llavero nos es familiar y conocemos las muescas de cada una de las llaves que la componen. A pesar de este sobrado conocimiento, uno recorre mil veces el llavero y no encuentra la que justo ahora se debe usar. La disclavia en este sentido es un proceso parecido al que ocurre cuando se circunvía.
Algunas personas no sufren disclavia, sino un proceso inverso: aciertan con la llave correcta en el primer intento, aun con manojos de llaves desconocidas. A este caso afortunado lo llamaremos euclidia, tomando las raíces griegas eu = bueno y kléidi = llave. (También puede llamarse "euclidia" al placer que produce acertar con la llave adecuada en un número relativamente bajo de intentos)
2. Incapacidad para recordar las propias contraseñas.
Por fortuna las cookies de nuestras computadoras se encargan de conservar nuestros datos, y gracias a ellas seguimos accediendo al correo electrónico, a las redes sociales,y a la plataforma virtual de nuestro trabajo. Pero el día en que debemos formatear la máquina, corremos el riesgo de perder para siempre los lugares virtuales que frecuentamos. La disclavia, en esta acepción, tiene algunos componentes adicionales: no solo somos incapaces de recordar la contraseña sino que, además: a) la olvidamos un segundo después de haberla creado; b) hicimos una contraseña complicadísima que no tiene posibilidad de ser recordada sin una regla mnemotécnica; c) no la anotamos o bien d) la anotamos en un papel circunstancial que se perdió para siempre. En algunos casos debemos agregar un gravísimo componente e): creemos que nos vamos a acordar la contraseña en el momento en que sea necesario, pero eso no ocurre (esta clase de disclavia acontece cuando uno está frente al cajero del banco).
jueves, 18 de octubre de 2012
Distrófemo
(Adjetivo y sustantivo. Del griego dis- = con dificultad y tróphema = alimento)
Alimento que no contiene alguna de las propiedades esenciales que posee naturalmente su tipo.
Aunque la definición es un poco rebuscada, se puede entender con unos pocos ejemplos:
El café descafeinado es distrófemo: si al café se le quita la cafeína (propiedad que incluso lleva un nombre que indica la conexión casi esencial con el producto), ya tenemos algo que quizás no debería llamarse café. Un café descafeinado es casi una contradictio in adjecto, un oxímoron.
Quizás el más elocuente sea la leche descremada y deslactosada: sin crema y sin lactosa, la leche se convierte en una inocente, insípida y poco nutritiva agüita blanquecina, y en rigor es dudoso que podamos seguir llamándola "leche". Otro ejemplo, aunque quizás no tan certero, es el de la cerveza sin alcohol.
Puede verse que la estrategia de quienes fabrican distrófemos consiste en "des- -ar" un alimento; es decir: operar sobre él algún tipo de proceso que permita aplicarle el prefijo "des-" y el sufijo verbal "-ar". Se supone que al "des- -ar" un alimento, se le quitan propiedades perjudiciales o poco saludables, y quizás está bien que así sea. Pero si aceptamos abiertamente los alimentos distrófemos, entonces se ha allanado el camino para aceptar otros aun más retorcidos y cuya eliminación de elementos esenciales no tenga nada que ver con la salud: quizás pronto aparezca un jugo de naranja sin color naranja, sin sabor ni olor a naranja y sin las propiedades de la naranja. Este producto se llamaría "jugo de naranja desnaranjizado", y consistiría en agua corriente tal vez potable. En un caso extremo, podrían vendernos un envase vacío, con jugo de naranja desnaranjizado, desjuguizado y desmaterializado. De hecho, se podría prescindir del envase (en cuyo caso nos venderían un envase de cartón descartonizado). Conviene recordar que los distrófemos son usualmente más caros: el jugo de naranja desnaranjizado se convertiría en un alimento de lujo.
Los productos distrófemos no deben confundirse con los propaláfelos. El propaláfelo se parece al producto original, pero no lleva el mismo nombre. El distrófemo, en cambio, sí lo lleva: el café distrófemo (descafeinado) se sigue llamando "café". En cambio, el propaláfelo del jamón se llama paleta o fiambre de emparedado.
miércoles, 15 de agosto de 2012
Dislecalepia
(Sustantivo. Del griego dis = dificultad; légo = contar, reunir y jalepós = penoso, trabajoso. Adjetivo: dislecalépico)
Tendencia a enumerar los requisitos, dificultades o exigencias de a uno, en lugar de hacerlos todos juntos.
La definición, aun cuando parezca enrevesada, se refiere a un hecho cotidiano. Usted necesita realizar un cronocléptico trámite burocrático. Después de hacer una larga cola, le indican que le falta un sellado. Hace el sellado; vuelve a hacer la cola y en ese momento le dicen que le falta pagar un arancel. Paga el arancel, vuelve a hacer la cola y el empleado le comunica que falta una fotocopia. En esta instancia, se pregunta por qué no le dijeron todos los requisitos juntos, en lugar de ir enumerándolos de manera sucesiva. El empleado que lo atiende ha cometido dislecalepia.
Las computadoras suelen ser dislecalépicas. Si usted quiere imprimir un papel, quizás aparezca el cartel: "El papel está atascado". Una vez que saca el papel, puede que otro le diga: "La impresora no está conectada". Cuando se asegura de que esté conectada, es posible que una leyenda le indique: "Falta tinta en el cartucho". Si pone tinta, luego aparecerá otro: "La impresora se ha averiado". Hubiera sido mucho más productivo conocer esas cuatro fallas a la vez, en lugar de que se fueran comunicando una tras otra.
La dislecalepia es una forma tediosa del perontismo.
Tendencia a enumerar los requisitos, dificultades o exigencias de a uno, en lugar de hacerlos todos juntos.
La definición, aun cuando parezca enrevesada, se refiere a un hecho cotidiano. Usted necesita realizar un cronocléptico trámite burocrático. Después de hacer una larga cola, le indican que le falta un sellado. Hace el sellado; vuelve a hacer la cola y en ese momento le dicen que le falta pagar un arancel. Paga el arancel, vuelve a hacer la cola y el empleado le comunica que falta una fotocopia. En esta instancia, se pregunta por qué no le dijeron todos los requisitos juntos, en lugar de ir enumerándolos de manera sucesiva. El empleado que lo atiende ha cometido dislecalepia.
Las computadoras suelen ser dislecalépicas. Si usted quiere imprimir un papel, quizás aparezca el cartel: "El papel está atascado". Una vez que saca el papel, puede que otro le diga: "La impresora no está conectada". Cuando se asegura de que esté conectada, es posible que una leyenda le indique: "Falta tinta en el cartucho". Si pone tinta, luego aparecerá otro: "La impresora se ha averiado". Hubiera sido mucho más productivo conocer esas cuatro fallas a la vez, en lugar de que se fueran comunicando una tras otra.
La dislecalepia es una forma tediosa del perontismo.
martes, 24 de julio de 2012
Desemburgar (se)
(Verbo intransitivo. De des, en- y burgo)
Quitarse momentáneamente una actitud o costumbre burguesa.
A la persona aburguesada se la reconoce por su afición a la comodidad del hogar, al trabajo sin esfuerzo y, en general, a cualquier actividad que no implique alejarse de ciertos básicos placeres suntuarios y cotidianos. No es fácil sacar al aburguesado de sus rituales, pero si se pudiera lograrlo, lo habremos desemburgado.
Cuando un hombre sale a la calle un día de lluvia, y descubre que está mejor allí, al aire libre, que encerrado en su estudio. O cuando decide participar de una marcha a favor de la despenalización de la marihuana, en lugar de quedarse en su living fumándola. O cuando saca del ropero la ropa cara, de marca, que alguna vez compró en una tienda bacana pero nunca usó, y decide regalarla al primero que pase por la calle. En todos estos casos, la pereza doméstica se ve sacudida; el ritmo de la vida prolijamente cómoda se trastoca, pero por un rato: la persona se ha desemburgado. Sin embargo, quien se desemburga vuelve de manera inexorable a sus costumbres. Votará, circunstancialmente, por el partido obrero; pero a los pocos días apoyará de nuevo a los conservadores. Tirará las paredes y transformará su departamento en un loft, pero un mes después volverá a levantarlas. Saldrá a cazar jabalíes con cuchillo en invierno, en medio del monte; pero estará a las siete de la tarde frente al televisor, bañadito y con su vaso de whisky, en la seguridad de su casita bien amoblada y calefaccionada.
martes, 20 de marzo de 2012
Devesperación
(Sustantivo. De Véspero y desesperación)
Angustia y ligera depresión por la caída inminente del sol.
Esta sensación suele ocurrir cuando uno se ha acostado a la salida del sol y se levanta a la hora de la siesta. Quizás, apenas se levantó, improvisó un almuerzo, hizo un par de tareas domésticas y ya cae la tarde. Las sombras se hacen largas, el frío se intensifica y uno siente que el día ha sido arrebatado. Tenemos la necesidad de ver un rayo de sol, de disfrutar una intensa tarde bajo la luz del día. Pero ya se hace de noche y habrá que esperar largas horas hasta que amanezca.
También se devespera si se ha estado trabajando todo el día en un lugar cerrado, y sólo puede salir cuando ya el sol agoniza.
En ambos casos, se tiene la sensación de que el día termina antes de haber comenzado.
A veces, también, se puede devesperar espontáneamente, sin que se hayan dado las dos condiciones anteriores. La devesperación es la angustia por saber que el día se termina, ya sea que lo hayamos disfrutado o no.
Es mucho más común devesperar en invierno que en verano.
Angustia y ligera depresión por la caída inminente del sol.
Esta sensación suele ocurrir cuando uno se ha acostado a la salida del sol y se levanta a la hora de la siesta. Quizás, apenas se levantó, improvisó un almuerzo, hizo un par de tareas domésticas y ya cae la tarde. Las sombras se hacen largas, el frío se intensifica y uno siente que el día ha sido arrebatado. Tenemos la necesidad de ver un rayo de sol, de disfrutar una intensa tarde bajo la luz del día. Pero ya se hace de noche y habrá que esperar largas horas hasta que amanezca.
También se devespera si se ha estado trabajando todo el día en un lugar cerrado, y sólo puede salir cuando ya el sol agoniza.
En ambos casos, se tiene la sensación de que el día termina antes de haber comenzado.
A veces, también, se puede devesperar espontáneamente, sin que se hayan dado las dos condiciones anteriores. La devesperación es la angustia por saber que el día se termina, ya sea que lo hayamos disfrutado o no.
Es mucho más común devesperar en invierno que en verano.
jueves, 9 de febrero de 2012
Disprodigio
(Sustantivo y adjetivo. De dis- y prodigio)
1. Persona que abusa de su talento.
2. Persona que posee una habilidad insoportable.
(Como sustantivo, la palabra disprodigio se refiere al talento o a la habilidad abusivas propiamente dichas)
En la acepción (1), un disprodigio tiene un auténtico talento, pero lo demuestra de manera tan insistente en cualquier ocasión que se convierte en una tortura para sus amigos, parientes y compañeros de trabajo. Todos reconocen que Alberto tiene una voz hermosa, pero ya cansa un poco que se ponga a cantar en cuanta reunión haya, no deje hablar y exija aplausos durante horas. José es un maestro de la guitarra, pero, ¿es necesario que la toque incluso en la biblioteca? ¿Es posible que debamos soportar los raps espontáneos y creativos de Carlitos en las kermeses, los cumpleaños y los velorios? Eugenio es un excelente pintor, pero, ¿hace falta que traiga caballetes, acuarelas y pinceles al asado en el campo?
Si con la acepción (1) ya es difícil aguantar al disprodigio, en la acepción (2) las cosas se ponen peores. Según (2), el disprodigio no posee un talento digno de reconocimiento, sino una habilidad especial en rubros en los que es difícil determinar si se trata de algo elogiable o reprochable. Una persona que tiene la capacidad de hacer sangrar su nariz de forma espontánea; otra que puede eructar durante seis minutos; otra que puede tragarse cigarrillos encendidos: todas estas son ejemplos de actividades disprodigiosas en sí mismas. Pero para que el disprodigio sea completo, el "talentoso" debe tener una necesidad de mostrar su gracia en cualquier ocasión que se le presente: Ignacio vomita sangre como parte de su número en los cumpleaños de sus sobrinos; Juana se clava agujas en el estómago en las reuniones con sus amigos y Martín exhibe su habilidad para tragarse planchas de vidrio en la calle, en su trabajo y en las salas de espera del hospital.
En ambas acepciones, los ocasionales y cautivos espectadores sólo desean huir del disprodigio.
1. Persona que abusa de su talento.
2. Persona que posee una habilidad insoportable.
(Como sustantivo, la palabra disprodigio se refiere al talento o a la habilidad abusivas propiamente dichas)
En la acepción (1), un disprodigio tiene un auténtico talento, pero lo demuestra de manera tan insistente en cualquier ocasión que se convierte en una tortura para sus amigos, parientes y compañeros de trabajo. Todos reconocen que Alberto tiene una voz hermosa, pero ya cansa un poco que se ponga a cantar en cuanta reunión haya, no deje hablar y exija aplausos durante horas. José es un maestro de la guitarra, pero, ¿es necesario que la toque incluso en la biblioteca? ¿Es posible que debamos soportar los raps espontáneos y creativos de Carlitos en las kermeses, los cumpleaños y los velorios? Eugenio es un excelente pintor, pero, ¿hace falta que traiga caballetes, acuarelas y pinceles al asado en el campo?
Si con la acepción (1) ya es difícil aguantar al disprodigio, en la acepción (2) las cosas se ponen peores. Según (2), el disprodigio no posee un talento digno de reconocimiento, sino una habilidad especial en rubros en los que es difícil determinar si se trata de algo elogiable o reprochable. Una persona que tiene la capacidad de hacer sangrar su nariz de forma espontánea; otra que puede eructar durante seis minutos; otra que puede tragarse cigarrillos encendidos: todas estas son ejemplos de actividades disprodigiosas en sí mismas. Pero para que el disprodigio sea completo, el "talentoso" debe tener una necesidad de mostrar su gracia en cualquier ocasión que se le presente: Ignacio vomita sangre como parte de su número en los cumpleaños de sus sobrinos; Juana se clava agujas en el estómago en las reuniones con sus amigos y Martín exhibe su habilidad para tragarse planchas de vidrio en la calle, en su trabajo y en las salas de espera del hospital.
En ambas acepciones, los ocasionales y cautivos espectadores sólo desean huir del disprodigio.
martes, 17 de enero de 2012
Desparido
(Adjetivo. De des y parir)
1. Dícese de quien siente que hay algo importante para hacer, pero se encuentra continuamente imposibilitado de hacerlo.
¿Imagina lo que sentiría si usted tuviera que parir, pero pasaran los años y no pudiera hacerlo? El desparido sufre esa sensación: hay algo en él que espera por liberarse, por mostrarse al mundo, pero nunca puede manifestarse. Siempre hay un obstáculo que se interpone entre lo que debe hacer y la acción efectiva. Muchas veces el desparido no sabe exactamente qué debe hacer; todo lo que tiene es la sensación de que hay algo importante, que ese algo importante se viene postergando desde hace mucho tiempo, y que cada suceso de su vida (dormir, comer, bañarse, trabajar, ganar dinero, tener hijos, vomitar, divertirse, entristecerse, nadar en el mar, respirar) es una distracción o un impedimento que sólo retrasa de manera indefinida lo que debe suceder.
2. Feto que se niega a salir del vientre de su madre.
El desparido lleva una vida completamente intrauterina. Pasa su niñez, su adolescencia y su vida adulta sin conocer la luz del día y alimentado por el cordón umbilical.
1. Dícese de quien siente que hay algo importante para hacer, pero se encuentra continuamente imposibilitado de hacerlo.
¿Imagina lo que sentiría si usted tuviera que parir, pero pasaran los años y no pudiera hacerlo? El desparido sufre esa sensación: hay algo en él que espera por liberarse, por mostrarse al mundo, pero nunca puede manifestarse. Siempre hay un obstáculo que se interpone entre lo que debe hacer y la acción efectiva. Muchas veces el desparido no sabe exactamente qué debe hacer; todo lo que tiene es la sensación de que hay algo importante, que ese algo importante se viene postergando desde hace mucho tiempo, y que cada suceso de su vida (dormir, comer, bañarse, trabajar, ganar dinero, tener hijos, vomitar, divertirse, entristecerse, nadar en el mar, respirar) es una distracción o un impedimento que sólo retrasa de manera indefinida lo que debe suceder.
2. Feto que se niega a salir del vientre de su madre.
El desparido lleva una vida completamente intrauterina. Pasa su niñez, su adolescencia y su vida adulta sin conocer la luz del día y alimentado por el cordón umbilical.
jueves, 27 de octubre de 2011
Demenficio
(Sustantivo. Del latín de = sobre, con matiz de movimiento descendente; mens = mente y factum = hecho)
Falacia que consiste en calificar una acción según las intenciones o el estado mental de quien las efectúa.
Dado que la definición es un tanto compleja, la ilustraremos con ejemplos.
De las personas sólo tenemos sus palabras y sus hechos; los estados mentales ajenos (y muchas veces incluso los propios) nos resultan inescrutables. Si Juan dona todos los días, espontánea y puntualmente una caja de alimentos a un comedor, podemos calificar la acción como buena. Sin embargo, cometeremos la falacia del demenficio si decimos: "Juan no tiene buenas intenciones; por lo tanto, esta acción no es sincera y es una mala acción. Que Juan lleve alimento a los pobres es siempre malo". Como puede apreciarse en este ejemplo, la (supuesta) calidad ética de las intenciones del individuo que realiza la acción se convierte en la base para juzgar la acción. De ese modo, una misma acción podrá ser buena o mala, según la (supuesta) bondad o maldad de las intenciones del agente. Este modo de evaluar las conductas humanas soslaya el hecho de que, independientemente de las intenciones, hay hechos que de por sí son positivos o negativos; supone que una persona a quien a priori juzgamos como mala o interesada, jamás hará una acción buena o desintersada: aun si la hiciera, habrá de tener algún interés oculto. Si se juzga a priori una imposibilidad, no existirá ningún hecho que la contradiga, pues aun las acciones buenas serán interpretadas como emanadas de una mente perversa y malintencionada.
En política es muy común la aplicación de esta falacia. Se escuchan afirmaciones como esta:
-"La ley del matrimonio igualitario no es buena, porque todo lo que ha hecho la presidenta fue para obtener más poder y más dinero"
- "La política de derechos humanos es una pantalla; se han juzgado y encarcelado a genocidas de la dictadura, pero la intención de este gobierno es puramente pragmática y por lo tanto no nace de una convicción profunda"
- "Aun cuando algunas medidas favorecen a las personas de clases bajas, el gobierno tiene la intención de perjudicarlas a través de esas mismas medidas. Si bien apoyamos que se que les otorgue subsidios, esos subsidios no se dan por el bien de ellos, sino por el bien de quien los otorga"
Las acciones humanas pueden tener objetivos sumamente complejos y tortuosos. Eso, sin embargo, no le quita eficacia al producto de la acción. Si una medida malintencionada tiene resultados ampliamente positivos que se difunden a través de diversos estratos sociales y a través del tiempo, la mala intención de quien propone esa medida queda diluida; es un fenómeno mental inoperante encerrado dentro de una subjetividad subyugada por el alcance de sus actos.
Dos personas que hicieran exactamente lo mismo deberían ser juzgadas, según esta falacia, no por sus acciones sino por su (supuesta) vida mental e intenciones: "Marta y Josefina atienden al público con una dedicación increíble. Todos los clientes se van satisfechos. Sin embargo, Marta lo hace porque quiere ganar dinero para mantener a su familia; su acción no es genuina y por lo tanto es despreciable. Josefina, en cambio, es un amor; ella no se preocupa por el dinero y aun así atiende de maravillas. De hecho no le pagamos, ¡y vieras con qué entusiasmo viene igual a trabajar!"
Esta falacia se utiliza para achacarle a otro una vida mental puramente plana y lineal. "Juan hizo X porque, como siempre, sólo piensa en sexo". Si se explica la vida mental de Juan a través de un único objetivo común a todas sus acciones, es seguro que se está dando una imagen caricaturesca y empobrecida de sus propias conductas internas. De un sujeto que sólo piensa en un único objetivo (el sexo, las vacaciones, el descanso, el dinero) es fácil concluir que sus acciones son egoístas o malvadas. El problema con esta clase de interpretaciones es que, excepto en las malas telenovelas, las personas suelen tener una vida mental rica y llena de intereses diversos. Ocasionalmente, uno de esos intereses es el de realizar una buena acción sin obtener recompensa ni reconocimiento.
Falacia que consiste en calificar una acción según las intenciones o el estado mental de quien las efectúa.
Dado que la definición es un tanto compleja, la ilustraremos con ejemplos.
De las personas sólo tenemos sus palabras y sus hechos; los estados mentales ajenos (y muchas veces incluso los propios) nos resultan inescrutables. Si Juan dona todos los días, espontánea y puntualmente una caja de alimentos a un comedor, podemos calificar la acción como buena. Sin embargo, cometeremos la falacia del demenficio si decimos: "Juan no tiene buenas intenciones; por lo tanto, esta acción no es sincera y es una mala acción. Que Juan lleve alimento a los pobres es siempre malo". Como puede apreciarse en este ejemplo, la (supuesta) calidad ética de las intenciones del individuo que realiza la acción se convierte en la base para juzgar la acción. De ese modo, una misma acción podrá ser buena o mala, según la (supuesta) bondad o maldad de las intenciones del agente. Este modo de evaluar las conductas humanas soslaya el hecho de que, independientemente de las intenciones, hay hechos que de por sí son positivos o negativos; supone que una persona a quien a priori juzgamos como mala o interesada, jamás hará una acción buena o desintersada: aun si la hiciera, habrá de tener algún interés oculto. Si se juzga a priori una imposibilidad, no existirá ningún hecho que la contradiga, pues aun las acciones buenas serán interpretadas como emanadas de una mente perversa y malintencionada.
En política es muy común la aplicación de esta falacia. Se escuchan afirmaciones como esta:
-"La ley del matrimonio igualitario no es buena, porque todo lo que ha hecho la presidenta fue para obtener más poder y más dinero"
- "La política de derechos humanos es una pantalla; se han juzgado y encarcelado a genocidas de la dictadura, pero la intención de este gobierno es puramente pragmática y por lo tanto no nace de una convicción profunda"
- "Aun cuando algunas medidas favorecen a las personas de clases bajas, el gobierno tiene la intención de perjudicarlas a través de esas mismas medidas. Si bien apoyamos que se que les otorgue subsidios, esos subsidios no se dan por el bien de ellos, sino por el bien de quien los otorga"
Las acciones humanas pueden tener objetivos sumamente complejos y tortuosos. Eso, sin embargo, no le quita eficacia al producto de la acción. Si una medida malintencionada tiene resultados ampliamente positivos que se difunden a través de diversos estratos sociales y a través del tiempo, la mala intención de quien propone esa medida queda diluida; es un fenómeno mental inoperante encerrado dentro de una subjetividad subyugada por el alcance de sus actos.
Dos personas que hicieran exactamente lo mismo deberían ser juzgadas, según esta falacia, no por sus acciones sino por su (supuesta) vida mental e intenciones: "Marta y Josefina atienden al público con una dedicación increíble. Todos los clientes se van satisfechos. Sin embargo, Marta lo hace porque quiere ganar dinero para mantener a su familia; su acción no es genuina y por lo tanto es despreciable. Josefina, en cambio, es un amor; ella no se preocupa por el dinero y aun así atiende de maravillas. De hecho no le pagamos, ¡y vieras con qué entusiasmo viene igual a trabajar!"
Esta falacia se utiliza para achacarle a otro una vida mental puramente plana y lineal. "Juan hizo X porque, como siempre, sólo piensa en sexo". Si se explica la vida mental de Juan a través de un único objetivo común a todas sus acciones, es seguro que se está dando una imagen caricaturesca y empobrecida de sus propias conductas internas. De un sujeto que sólo piensa en un único objetivo (el sexo, las vacaciones, el descanso, el dinero) es fácil concluir que sus acciones son egoístas o malvadas. El problema con esta clase de interpretaciones es que, excepto en las malas telenovelas, las personas suelen tener una vida mental rica y llena de intereses diversos. Ocasionalmente, uno de esos intereses es el de realizar una buena acción sin obtener recompensa ni reconocimiento.
jueves, 21 de julio de 2011
Devicto
(Adjetivo. Del latín des = negación, inversión de significado y victus = vencido [aunque, por similitud con la etimología de "víctima", posiblemente la raíz sea victima = animal destinado al sacrificio])
Dícese de la persona que, a pesar de haber sido perjudicada por un suceso negativo, no se comporta como víctima.
Es muy común encontrar personas que se victimizan; es decir: se comportan como víctimas aun sin serlo o, habiendo sido perjudicadas en grado mínimo, asumen un comportamiento exageradamente chirrioso: "Me atacó un mosquito durante la noche; creo que me dejó tantas picaduras que me voy a morir; no sé si voy a poder ir a trabajar, ¡por qué me pasa todo a mí!".
De modo contrario, el devicto tiene al menos una importante razón para comportarse como víctima, pero no lo hace. Le han robado todos sus bienes, su familia ha sido asesinada; alguien le arroja ácido en la cara y le deja secuelas de por vida; su jefe lo maltrata y lo humilla sin razón, pero él posee una increíble capacidad para mantenerse ecuánime, magnánimo y de buen humor. Quienes rodean al devicto le ofrecen oportunidad de manifestar su dolor o su descontento con el mundo, pero nada de esto funciona: él en ningún momento asume que el perjuicio recibido sea digno de queja.
Dícese de la persona que, a pesar de haber sido perjudicada por un suceso negativo, no se comporta como víctima.
Es muy común encontrar personas que se victimizan; es decir: se comportan como víctimas aun sin serlo o, habiendo sido perjudicadas en grado mínimo, asumen un comportamiento exageradamente chirrioso: "Me atacó un mosquito durante la noche; creo que me dejó tantas picaduras que me voy a morir; no sé si voy a poder ir a trabajar, ¡por qué me pasa todo a mí!".
De modo contrario, el devicto tiene al menos una importante razón para comportarse como víctima, pero no lo hace. Le han robado todos sus bienes, su familia ha sido asesinada; alguien le arroja ácido en la cara y le deja secuelas de por vida; su jefe lo maltrata y lo humilla sin razón, pero él posee una increíble capacidad para mantenerse ecuánime, magnánimo y de buen humor. Quienes rodean al devicto le ofrecen oportunidad de manifestar su dolor o su descontento con el mundo, pero nada de esto funciona: él en ningún momento asume que el perjuicio recibido sea digno de queja.
miércoles, 29 de junio de 2011
Dapenso
(Adjetivo. Del latín do = dar [en tercera persona del singular del presente indicativo: "dat"], y pensum = tarea)
Técnico o especialista en algún oficio que, en lugar de hacer su trabajo, da indicaciones a su cliente para que lo haga él.
Cuando un gasista llega a casa para arreglar el calefactor (el cual se apaga sin razón aparente), esperamos que él se haga cargo de ejecutar el trabajo. Puede que, al principio, haga algunas comprobaciones y constate el estado del artefacto. Puede que lo limpie, lo sacuda, le cambie la termocupla. Pero si el desperfecto continúa y él no sabe muy bien cómo solucionarlo, es posible que comience a hacernos recomendaciones ligeramente riesgosas, de difícil ejecución y de incierto pronóstico: "Manténgalo sin la tapa", "Desmonte la perilla y desarme el dispositivo chispero", "Rompa la pared, cambie la salida de ventilación, haga un codo a cuarenta y cinco grados, encastre las partes y luego arregle la pared"; "Haga un agujero en el techo para sacar el sombrerito de la chimenea; luego consiga membrana asfáltica y brea; cubra los costados del agujero con brea derretida, consígase un mechero para calentar la brea y reponga el cielo raso roto con una capa de yeso poco diluida". Como podrá apreciarse, el gasista no piensa llevar a cabo estas trabajosas labores -las cuales tampoco garantizan que el calefactor funcione- sino que se limita a sugerirlas para que se haga cargo su cliente. Desde luego, el dapenso sabe que no llevaremos a cabo todas las complicadas acciones que nos sugiere, y con eso tiene su victoria ganada: después de todo, si el calefactor no funciona ya no es culpa de él, sino de nuestra pereza e incapacidad para seguir consejos de gente que sabe.
Técnico o especialista en algún oficio que, en lugar de hacer su trabajo, da indicaciones a su cliente para que lo haga él.
Cuando un gasista llega a casa para arreglar el calefactor (el cual se apaga sin razón aparente), esperamos que él se haga cargo de ejecutar el trabajo. Puede que, al principio, haga algunas comprobaciones y constate el estado del artefacto. Puede que lo limpie, lo sacuda, le cambie la termocupla. Pero si el desperfecto continúa y él no sabe muy bien cómo solucionarlo, es posible que comience a hacernos recomendaciones ligeramente riesgosas, de difícil ejecución y de incierto pronóstico: "Manténgalo sin la tapa", "Desmonte la perilla y desarme el dispositivo chispero", "Rompa la pared, cambie la salida de ventilación, haga un codo a cuarenta y cinco grados, encastre las partes y luego arregle la pared"; "Haga un agujero en el techo para sacar el sombrerito de la chimenea; luego consiga membrana asfáltica y brea; cubra los costados del agujero con brea derretida, consígase un mechero para calentar la brea y reponga el cielo raso roto con una capa de yeso poco diluida". Como podrá apreciarse, el gasista no piensa llevar a cabo estas trabajosas labores -las cuales tampoco garantizan que el calefactor funcione- sino que se limita a sugerirlas para que se haga cargo su cliente. Desde luego, el dapenso sabe que no llevaremos a cabo todas las complicadas acciones que nos sugiere, y con eso tiene su victoria ganada: después de todo, si el calefactor no funciona ya no es culpa de él, sino de nuestra pereza e incapacidad para seguir consejos de gente que sabe.
miércoles, 8 de junio de 2011
Desestar
(Verbo)
1. (De des- y estar)
No estar en el lugar en que se está.
Esta amplia definición puede acotarse a casos concretos. Cuando una persona no puede concentrarse en su trabajo porque recuerda las excelentes vacaciones que se terminaron, se dice que desestá en su actividad laboral. Físicamente está allí, pero su voluntad se ha ido. En este ejemplo cotidiano, desestar es sinónimo de desconcentrarse y evadirse mentalmente.
Existen ejemplos más complejos, en los cuales una persona tiene la sensación de que no está. Ella misma, aunque puede darse cuenta de que está físicamente aquí, siente que no está. Todo lo que la rodea le parece familiar, incluso la ropa que lleva puesta, sus manos y su propio rostro. Pero siente que no es él el que mira esa escena: él está muy lejos -no sabe dónde- y el cuerpo que está en este lugar le parece una especie de desconcertante impostura.
Se desestá, también, cuando se convierte al presente en una mera sala de espera del porvenir. De ese modo, nunca se está viviendo en el momento actual sino en un indeterminado futuro, en el que -se espera- muchas cosas se resolverán o serán más disfrutables. Una canción del grupo La Portuaria propone corregir esta actitud: "Nada es mejor / nada es igual / el tiempo es amigo / si estás donde estás"
2. (De des- y siesta. Participio: desestado)
Quitar a alguien la posibilidad de dormir la siesta.
Cuando una persona decide acostarse a dormitar, es posible que justo lo llamen por teléfono, le toquen el timbre o recuerde que debe hacer algo. Entonces se levanta de la cama y atiende sus ocupaciones urgentes. Esta persona es una desestada: ya no podrá volver a acostarse o, si lo hace, no podrá dormirse y arrastrará bostezos, cansancio y malhumor durante el resto del día. Quienes se topen con ella, le reprocharán su humor, las ojeras y la tendencia a que sus párpados se cierren. Esos preciosos minutos de descanso que le han quitado convertirán al desestado en una persona amargada e inútil.
También puede llamarse desestada a una persona que siempre tiene ojeras, malhumor y cabello despeinado, aun cuando duerma a la perfección tanto a la noche como durante la siesta.
1. (De des- y estar)
No estar en el lugar en que se está.
Esta amplia definición puede acotarse a casos concretos. Cuando una persona no puede concentrarse en su trabajo porque recuerda las excelentes vacaciones que se terminaron, se dice que desestá en su actividad laboral. Físicamente está allí, pero su voluntad se ha ido. En este ejemplo cotidiano, desestar es sinónimo de desconcentrarse y evadirse mentalmente.
Existen ejemplos más complejos, en los cuales una persona tiene la sensación de que no está. Ella misma, aunque puede darse cuenta de que está físicamente aquí, siente que no está. Todo lo que la rodea le parece familiar, incluso la ropa que lleva puesta, sus manos y su propio rostro. Pero siente que no es él el que mira esa escena: él está muy lejos -no sabe dónde- y el cuerpo que está en este lugar le parece una especie de desconcertante impostura.
Se desestá, también, cuando se convierte al presente en una mera sala de espera del porvenir. De ese modo, nunca se está viviendo en el momento actual sino en un indeterminado futuro, en el que -se espera- muchas cosas se resolverán o serán más disfrutables. Una canción del grupo La Portuaria propone corregir esta actitud: "Nada es mejor / nada es igual / el tiempo es amigo / si estás donde estás"
2. (De des- y siesta. Participio: desestado)
Quitar a alguien la posibilidad de dormir la siesta.
Cuando una persona decide acostarse a dormitar, es posible que justo lo llamen por teléfono, le toquen el timbre o recuerde que debe hacer algo. Entonces se levanta de la cama y atiende sus ocupaciones urgentes. Esta persona es una desestada: ya no podrá volver a acostarse o, si lo hace, no podrá dormirse y arrastrará bostezos, cansancio y malhumor durante el resto del día. Quienes se topen con ella, le reprocharán su humor, las ojeras y la tendencia a que sus párpados se cierren. Esos preciosos minutos de descanso que le han quitado convertirán al desestado en una persona amargada e inútil.
También puede llamarse desestada a una persona que siempre tiene ojeras, malhumor y cabello despeinado, aun cuando duerma a la perfección tanto a la noche como durante la siesta.
miércoles, 9 de febrero de 2011
Desencachado
(Adjetivo. De cacha, expresión familiar que significa trasero. No confundir con desencanchado: que no se siente a gusto en la cancha)
Que tiene el trasero muy pequeño.
A algunas personas se les termina la espalda donde comienzan las piernas, sin que medie una coyuntura entre ambas partes del cuerpo. La casi ausencia de trasero da la apariencia de una mala terminación, o una pobre factura de diseño corporal. Se suele asociar al desencachado con la escasa alimentación durante la lactancia, aunque no hay indicios que corroboren tal correlación.
Para desgracia del desencachado, a veces la raya del culo suele ser muy prolongada: aunque sus magras nalgas no abulten un pantalón bien apretado, puede que su raya se extienda hasta muy encima de la cintura. Esto provoca que, aun cuando el desencachado no pueda sufrir enchulenguizamiento, sí está propenso a enrajarse.
Que tiene el trasero muy pequeño.
A algunas personas se les termina la espalda donde comienzan las piernas, sin que medie una coyuntura entre ambas partes del cuerpo. La casi ausencia de trasero da la apariencia de una mala terminación, o una pobre factura de diseño corporal. Se suele asociar al desencachado con la escasa alimentación durante la lactancia, aunque no hay indicios que corroboren tal correlación.
Para desgracia del desencachado, a veces la raya del culo suele ser muy prolongada: aunque sus magras nalgas no abulten un pantalón bien apretado, puede que su raya se extienda hasta muy encima de la cintura. Esto provoca que, aun cuando el desencachado no pueda sufrir enchulenguizamiento, sí está propenso a enrajarse.
jueves, 27 de enero de 2011
Dénodo
(Sustantivo. Del latín de = sobre, de arriba abajo y nodus = nudo)
Día en el que se resuelven muchas cosas pendientes.
La mayoría de nuestro tiempo vital consiste en una sucesión indecisa de horas en las que se van acumulando obligaciones y necesidades. A veces se nos hace urgente llamar al plomero, arreglar un desperfecto del automóvil, limpiar el baño y leer un complicado artículo sobre genética. Pero por razones banales o anecdóticas, nunca podemos siquiera iniciar esas acciones. Sin embargo, un día nos levantamos temprano, con inusual energía y lucidez, y en unas pocas horas cumplimos con todas las tareas pendientes. Y no sólo eso: nos llaman del banco para comunicarnos que ya nos asignaron ese préstamo por el cual venimos luchando desde hace años, o nos avisan que los análisis dieron bien, o que ese pariente conflictivo por fin se murió. Muchas situaciones que se han mantenido indecisas por años, se resuelven en un dénodo.
Los dénodos no siempre implican el carácter positivo de lo resuelto: quizás las cosas se resuelven ese día, pero para mal. El plomero puede decirnos que los caños están rotos y que costará una fortuna arreglarlos. Los análisis podrían revelar una terrible enfermedad, y el pariente conflictivo que murió, tal vez, no dejó herencia pero sí molestas y costosas directivas para su prolongado y exótico funeral.
Día en el que se resuelven muchas cosas pendientes.
La mayoría de nuestro tiempo vital consiste en una sucesión indecisa de horas en las que se van acumulando obligaciones y necesidades. A veces se nos hace urgente llamar al plomero, arreglar un desperfecto del automóvil, limpiar el baño y leer un complicado artículo sobre genética. Pero por razones banales o anecdóticas, nunca podemos siquiera iniciar esas acciones. Sin embargo, un día nos levantamos temprano, con inusual energía y lucidez, y en unas pocas horas cumplimos con todas las tareas pendientes. Y no sólo eso: nos llaman del banco para comunicarnos que ya nos asignaron ese préstamo por el cual venimos luchando desde hace años, o nos avisan que los análisis dieron bien, o que ese pariente conflictivo por fin se murió. Muchas situaciones que se han mantenido indecisas por años, se resuelven en un dénodo.
Los dénodos no siempre implican el carácter positivo de lo resuelto: quizás las cosas se resuelven ese día, pero para mal. El plomero puede decirnos que los caños están rotos y que costará una fortuna arreglarlos. Los análisis podrían revelar una terrible enfermedad, y el pariente conflictivo que murió, tal vez, no dejó herencia pero sí molestas y costosas directivas para su prolongado y exótico funeral.
miércoles, 26 de enero de 2011
Desmondongar(se)
(Verbo. De mondongo)
Hacer esfuerzo por disimular la panza.
Las mujeres y los hombres se desmondongan de manera diferente. El desmondongado tiene interés en mostrar su torso al desnudo, y hace una visible presión por contener el aire y levantar su caja torácica. La mujer, en cambio, utiliza trusas, fajas o pantalones elastizados que no permiten revelar el tamaño de su vientre.
Este término no se aplica a la mujer embarazada que desea disimular su gravidez.
El cinturón suele ser amigo común de la desmondongada y el desmondongado.
Suele ser más difícil desmondongarse si, además, se está enchulenguizado.
Hacer esfuerzo por disimular la panza.
Las mujeres y los hombres se desmondongan de manera diferente. El desmondongado tiene interés en mostrar su torso al desnudo, y hace una visible presión por contener el aire y levantar su caja torácica. La mujer, en cambio, utiliza trusas, fajas o pantalones elastizados que no permiten revelar el tamaño de su vientre.
Este término no se aplica a la mujer embarazada que desea disimular su gravidez.
El cinturón suele ser amigo común de la desmondongada y el desmondongado.
Suele ser más difícil desmondongarse si, además, se está enchulenguizado.
viernes, 26 de noviembre de 2010
Ditoscripto
(Sustantivo masculino. Del latín digitus = dedo; scriptio = escritura y vitrum = vidrio. Contracción de digitoscriptionóvitro)
Escritura con el dedo en los vidrios sucios o empañados.
Corazones con iniciales, caritas sonrientes o la inscripción "Lavame Sucio" son típicos ditoscriptos. Tienen una existencia efímera, y la candidez de los mensajes que expresan parecen confirmarlo: nadie escribe amenazas de muerte, obras de teatro, tesis doctorales o invitaciones a eventos en los vidrios empañados.
Escritura con el dedo en los vidrios sucios o empañados.
Corazones con iniciales, caritas sonrientes o la inscripción "Lavame Sucio" son típicos ditoscriptos. Tienen una existencia efímera, y la candidez de los mensajes que expresan parecen confirmarlo: nadie escribe amenazas de muerte, obras de teatro, tesis doctorales o invitaciones a eventos en los vidrios empañados.
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