(Sustantivo. Del latín stylus = punzón y sollertia = astucia para los negocios)
Habilidad excesivamente puntual y virtualmente inútil.
Si usted es un experto en esquivar las balas enemigas en un juevo de naves del año 1989, pero no puede esquivar balas en ningún otro juego (y ni siquiera sabe jugar a otros juegos); si conoce a la perfección la tabla del 147, pero no encuentra en qué caso aplicarla y desconoce casi todas las otras tablas; si se ha vuelto un erudito de la página 215 del manuscrito original de la Crítica de la Razón Pura de Immanuel Kant, pero no sabe casi una palabra del resto; si puede recitar de memoria dos páginas de nombres y teléfonos de una vieja guía telefónica: en todos estos casos, usted sufre de estisolercia. Ha cultivado, con insistencia y una considerable inversión de tiempo, una destreza que (cree usted) asombraría a quienes lo rodean, si se presentara la lejana oportunidad de demostrarla, si no le exigieran aplicar esa pericia en algún ámbito ligeramente diferente y si alguna vez le pudiera interesar a alguien. No caben dudas de que usted es una especie de genio mínimo; un Einstein de lo puntual e intrascendente, pero -a diferencia de los verdaderos genios- su maestría no será nunca reconocida. Por fortuna.
La estisolercia tiene puntos de contacto con la esconognosia.
Definiciones y términos que no figuran en el diccionario ("Exonario" no figura en el diccionario, pero sí figura en Exonario)
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martes, 28 de enero de 2014
lunes, 30 de diciembre de 2013
Zapatrapo
(Sustantivo. De zapa y trapo, despectivo de travesti)
1. Dícese del hombre que confunde a un travesti con una mujer.
Muchos travestis tienen rasgos prominentemente masculinos. O, aun cuando los suavizan, sus rasgos feminoides resultan subrayados de manera escandalosa. En la mayoría de los casos, esa apariencia masculina no pasa inadvertida. Pero algunos hombres heterosexuals, sin embargo, nunca logran distinguir a un travesti de una mujer. A veces dicen las palabras equivocadas: "Qué hermosa que es Yazmira", o "Tu amiga siempre con calzas fucsia ajustadas", delatando que no se han dado cuenta de la condición de travestis y, de paso, dando a entender que les resulta atractiva. En verdad, uno puede sentirse atraído por alguien sin necesidad de saber su sexo. Pero el zapatrapo, en particular, es una persona machista que jamás consentiría en enamorarse de (o siquiera sentir atracción por) un travesti. Eso lo pone más en ridículo: confiesa sentirse atraído por quien él cree que es una mujer, pero si supiera que se trata de un travesti jamás haría tal confesión.
2. Dícese del hombre que considera que todo el mundo ha tenido relaciones con travestis.
El zapatrapo se jacta de haber tenido relaciones con travestis. Aunque a él le disgusta aceptar que se siente atraído por una persona con órganos genitales masculinos, en realidad se justifica diciendo que "cualquiera ha tenido, alguna vez, sexo con travas", como si esa atracción fuese parte de la naturaleza de un macho. A diferencia del zapatrapo de la primer acepción, en este caso es totalmente consciente de que le atraen travestis. Pero cree que es socialmente aceptable que un macho sucumba a sus atractivos.
1. Dícese del hombre que confunde a un travesti con una mujer.
Muchos travestis tienen rasgos prominentemente masculinos. O, aun cuando los suavizan, sus rasgos feminoides resultan subrayados de manera escandalosa. En la mayoría de los casos, esa apariencia masculina no pasa inadvertida. Pero algunos hombres heterosexuals, sin embargo, nunca logran distinguir a un travesti de una mujer. A veces dicen las palabras equivocadas: "Qué hermosa que es Yazmira", o "Tu amiga siempre con calzas fucsia ajustadas", delatando que no se han dado cuenta de la condición de travestis y, de paso, dando a entender que les resulta atractiva. En verdad, uno puede sentirse atraído por alguien sin necesidad de saber su sexo. Pero el zapatrapo, en particular, es una persona machista que jamás consentiría en enamorarse de (o siquiera sentir atracción por) un travesti. Eso lo pone más en ridículo: confiesa sentirse atraído por quien él cree que es una mujer, pero si supiera que se trata de un travesti jamás haría tal confesión.
2. Dícese del hombre que considera que todo el mundo ha tenido relaciones con travestis.
El zapatrapo se jacta de haber tenido relaciones con travestis. Aunque a él le disgusta aceptar que se siente atraído por una persona con órganos genitales masculinos, en realidad se justifica diciendo que "cualquiera ha tenido, alguna vez, sexo con travas", como si esa atracción fuese parte de la naturaleza de un macho. A diferencia del zapatrapo de la primer acepción, en este caso es totalmente consciente de que le atraen travestis. Pero cree que es socialmente aceptable que un macho sucumba a sus atractivos.
jueves, 5 de diciembre de 2013
Acrenóptero
(Adjetivo. Del griego akrós = alto; oinós = vino y -ópter = que mira)
Dícese de quien en los supermercados observa las góndolas de vino caro.
Las vinerías y autoservicios exhiben los vinos de forma jerárquica: los más baratos en la parte de abajo de la góndola; los de gama media en el medio y los de alta gama en la parte superior. Cuando nos acercamos a la góndola de bebidas, entonces, tenemos la oportunidad de mostrar en qué nivel económico estamos o qué tan alcohólicos somos. Si andamos con la cabeza agachada, mirando la parte inferior de la góndola etílica, buscando vinos sin varietal, en caja o de marcas populares, entonces algo anda muy mal en nuestra vida y más vale que no nos vean en esa deplorable situación: somos unos pobres borrachos sin remedio, desesperados por tomar cualquier aguarrás tinto con tal de que sea barato y parezca vino. Si alguien nos ve en ese trance, solemos esgrimir con vergüenza: "Estoy comprando Santa Ana porque voy a hacer un pollo al disco. ¡Esto yo no lo tomo ni loco!", para que no nos confundan con un beodo indigente y sucio cualquiera. Por lo general, quienes frecuentan la parte inferior de la góndola son ancianos mal vestidos y con una barba de tres o cuatro días.
En cambio, cuando queremos parecer entendidos, levantamos la vista con orgullo y observamos los finísimos malbec y syrah; escudriñamos detenidamente las etiquetas como si supiéramos la diferencia entre un cabernet y un bonarda, fingimos que nos interesa la cata y adoptamos un lenguaje que incluye las palabras "taninos" y "bouquet" (aunque no tengamos la menor idea de lo que significan): nos hemos convertido en acrenópteros.
El acrenóptero acaricia con orgullo las botellas. Las saca de su exhibidor, las toma, las palpa, lee con intensidad lo que dicen, pero luego, inevitablemente, las devuelve a su lugar. Es que son muy caras para un asalariado recién devenido en clase media que tiene la tarjeta a punto de reventar. Por lo general, un acrenóptero se encuentra con otros y entre ambos se ponen a conversar y a recomendarse vinos que nunca han tomado: "El Catena Zapata es el mejor de todos. Claro, cuesta mil trescientos pesos. No, yo nunca tomé, pero el jefe de un amigo mío una vez lo probó y dijo que era riquísimo". "Vea, si está dudando, cómprese un Rutini. Tiene un bouquet que recuerda al aroma de las rosas silvestres de la campiña del Lacio. No, nunca estuve en el Lacio y no sé dónde demonios queda, pero a mí me recuerda eso. Bah, me lo recordaría si alguna vez lo hubiera tomado"; "Ah, lo que debe ser este Vento 2004 con un quesito Brie. A propósito, ¿qué es el queso Brie?". Desde luego, después de esa charla de gourmand, bajan la vista hacia la mitad de la góndola y terminan eligiendo (y recomendándose) el vino más barato y más rico de gama media o, como ellos gustan decir, "la mejor relación precio - calidad que podés comprar con treinta y cinco pesos".
El acrenóptero descripto más arriba no es el único. También está el que efectivamente tiene dinero y elige vinos caros. Pero en todos los casos, los acrenópteros son hombres (y no mujeres) de mediana edad (y no jóvenes) que comparten el placer por hablar sobre vinos y por demostrar a otros la experiencia enológica y la exquisitez de su paladar.
Dícese de quien en los supermercados observa las góndolas de vino caro.
Las vinerías y autoservicios exhiben los vinos de forma jerárquica: los más baratos en la parte de abajo de la góndola; los de gama media en el medio y los de alta gama en la parte superior. Cuando nos acercamos a la góndola de bebidas, entonces, tenemos la oportunidad de mostrar en qué nivel económico estamos o qué tan alcohólicos somos. Si andamos con la cabeza agachada, mirando la parte inferior de la góndola etílica, buscando vinos sin varietal, en caja o de marcas populares, entonces algo anda muy mal en nuestra vida y más vale que no nos vean en esa deplorable situación: somos unos pobres borrachos sin remedio, desesperados por tomar cualquier aguarrás tinto con tal de que sea barato y parezca vino. Si alguien nos ve en ese trance, solemos esgrimir con vergüenza: "Estoy comprando Santa Ana porque voy a hacer un pollo al disco. ¡Esto yo no lo tomo ni loco!", para que no nos confundan con un beodo indigente y sucio cualquiera. Por lo general, quienes frecuentan la parte inferior de la góndola son ancianos mal vestidos y con una barba de tres o cuatro días.
En cambio, cuando queremos parecer entendidos, levantamos la vista con orgullo y observamos los finísimos malbec y syrah; escudriñamos detenidamente las etiquetas como si supiéramos la diferencia entre un cabernet y un bonarda, fingimos que nos interesa la cata y adoptamos un lenguaje que incluye las palabras "taninos" y "bouquet" (aunque no tengamos la menor idea de lo que significan): nos hemos convertido en acrenópteros.
El acrenóptero acaricia con orgullo las botellas. Las saca de su exhibidor, las toma, las palpa, lee con intensidad lo que dicen, pero luego, inevitablemente, las devuelve a su lugar. Es que son muy caras para un asalariado recién devenido en clase media que tiene la tarjeta a punto de reventar. Por lo general, un acrenóptero se encuentra con otros y entre ambos se ponen a conversar y a recomendarse vinos que nunca han tomado: "El Catena Zapata es el mejor de todos. Claro, cuesta mil trescientos pesos. No, yo nunca tomé, pero el jefe de un amigo mío una vez lo probó y dijo que era riquísimo". "Vea, si está dudando, cómprese un Rutini. Tiene un bouquet que recuerda al aroma de las rosas silvestres de la campiña del Lacio. No, nunca estuve en el Lacio y no sé dónde demonios queda, pero a mí me recuerda eso. Bah, me lo recordaría si alguna vez lo hubiera tomado"; "Ah, lo que debe ser este Vento 2004 con un quesito Brie. A propósito, ¿qué es el queso Brie?". Desde luego, después de esa charla de gourmand, bajan la vista hacia la mitad de la góndola y terminan eligiendo (y recomendándose) el vino más barato y más rico de gama media o, como ellos gustan decir, "la mejor relación precio - calidad que podés comprar con treinta y cinco pesos".
El acrenóptero descripto más arriba no es el único. También está el que efectivamente tiene dinero y elige vinos caros. Pero en todos los casos, los acrenópteros son hombres (y no mujeres) de mediana edad (y no jóvenes) que comparten el placer por hablar sobre vinos y por demostrar a otros la experiencia enológica y la exquisitez de su paladar.
martes, 19 de noviembre de 2013
Idiodosis
(Sustantivo. Del griego ídios = propio, aislado y dósis = acción de dar. Adjetivo: idiodósico)
Decisión personal y parcialmente arbitraria acerca de cuál medicamento se debe tomar, en qué momento y en qué dosis.
El médico dice que ya no hace falta tomar ibuprofeno, pero nosotros juzgamos que estaría bien un comprimido por la mañana y otro por la tarde. Nos habían recetado una amoxicilina de quinientos miligramos, pero el idiodósico cree que una de setecientos cincuenta es mejor y más efectiva. ¿Hepatalgina después del almuerzo? No, mejor treinta gotas antes y treinta gotas después. O quizás cuarenta, o cincuenta. ¿Tres pastillas por día para controlar la hipertensión arterial? No, no hace falta tanto. Con una día por medio está bien. ¿Aspirinas? No, mejor paracetamol. Quien padece de idiodosis sospecha (a veces con fundamento) que los médicos yerran sistemáticamente en sus prescripciones: si le dijo al traumatólogo que la rodilla le duele a la mañana, ¿por qué le hace tomar un calmante durante la noche? Sin duda es mejor tomar uno a la noche y otro a la mañana. El idiodósico está convencido de que los especialistas son burócratas poco informados acerca de los verdaderos sufrimientos de sus pacientes. Cree que toda receta padece de una inadecuación fundamental, y que las cantidades recetadas son solo sugerencias o recomendaciones versátiles y sujetas a opinión. Desde luego, a veces los médicos se comportan como burócratas expeditivos y a veces se equivocan de forma grosera. En esos casos parece más sano inventarse una prescripción que seguir al pie de la letra las proporciones señaladas. A veces, claro, la impericia médica combinada con una imprudente idiodosis desembocan en un mal mucho mayor.
Decisión personal y parcialmente arbitraria acerca de cuál medicamento se debe tomar, en qué momento y en qué dosis.
El médico dice que ya no hace falta tomar ibuprofeno, pero nosotros juzgamos que estaría bien un comprimido por la mañana y otro por la tarde. Nos habían recetado una amoxicilina de quinientos miligramos, pero el idiodósico cree que una de setecientos cincuenta es mejor y más efectiva. ¿Hepatalgina después del almuerzo? No, mejor treinta gotas antes y treinta gotas después. O quizás cuarenta, o cincuenta. ¿Tres pastillas por día para controlar la hipertensión arterial? No, no hace falta tanto. Con una día por medio está bien. ¿Aspirinas? No, mejor paracetamol. Quien padece de idiodosis sospecha (a veces con fundamento) que los médicos yerran sistemáticamente en sus prescripciones: si le dijo al traumatólogo que la rodilla le duele a la mañana, ¿por qué le hace tomar un calmante durante la noche? Sin duda es mejor tomar uno a la noche y otro a la mañana. El idiodósico está convencido de que los especialistas son burócratas poco informados acerca de los verdaderos sufrimientos de sus pacientes. Cree que toda receta padece de una inadecuación fundamental, y que las cantidades recetadas son solo sugerencias o recomendaciones versátiles y sujetas a opinión. Desde luego, a veces los médicos se comportan como burócratas expeditivos y a veces se equivocan de forma grosera. En esos casos parece más sano inventarse una prescripción que seguir al pie de la letra las proporciones señaladas. A veces, claro, la impericia médica combinada con una imprudente idiodosis desembocan en un mal mucho mayor.
martes, 5 de noviembre de 2013
Quirotáquico
(Sustantivo. Del griego xeirós = mano y taxús = veloz)
Dícese de quien acompaña todas sus palabras con veloces y complicados movimientos de manos.
La mayoría de las personas utilizan sus brazos, manos y dedos para reforzar o enfatizar sus dichos. El quirotáquico utiliza en exceso ese énfasis. Cada sílaba y cada letra pronunciadas reciben la escolta de sus palmas ondulantes. Lo-des-cuar-ti-zó, dice, machacando las sílabas mientras golpea cinco veces el canto de su mano derecha sobre la palma de la mano izquierda. Como si fuera el director de orquesta de sus enunciados, el quirotáquico necesita del movimiento de sus manos tanto como de sus cuerdas vocales: la agitación de sus brazos es la mímesis de sus palabras; ambas conforman un único acto enunciativo. El quirotáquico, en rigor, muchas veces privilegia el énfasis manual antes que los sonidos de su boca: "Pshhhh", dice, mientras traza una cruz y una voluta hacia arriba con sus manos, para decir "se murió". "Apffff", dice, golpeándose la cabeza con una palma y metiéndose dos dedos en la boca, para decir "Salió todo mal". "Cugh", regurgita, retorciendo las muñecas, moviendo los dedos como si fueran tentáculos de un pulpo, haciendo que golpeteen el dedo meñique y el anular de la mano derecha sobre el dedo mayor de la izquierda, golpeándose el puño de la mano izquierda con tres dedos de la mano derecha, levantando los brazos y el hombro hacia el cielo, cerrando a medias el puño de la mano izquierda e introduciendo el dedo índice en el agujero que quedó del puño a medias cerrado, para decir "No tengo nada que decir".
Dícese de quien acompaña todas sus palabras con veloces y complicados movimientos de manos.
La mayoría de las personas utilizan sus brazos, manos y dedos para reforzar o enfatizar sus dichos. El quirotáquico utiliza en exceso ese énfasis. Cada sílaba y cada letra pronunciadas reciben la escolta de sus palmas ondulantes. Lo-des-cuar-ti-zó, dice, machacando las sílabas mientras golpea cinco veces el canto de su mano derecha sobre la palma de la mano izquierda. Como si fuera el director de orquesta de sus enunciados, el quirotáquico necesita del movimiento de sus manos tanto como de sus cuerdas vocales: la agitación de sus brazos es la mímesis de sus palabras; ambas conforman un único acto enunciativo. El quirotáquico, en rigor, muchas veces privilegia el énfasis manual antes que los sonidos de su boca: "Pshhhh", dice, mientras traza una cruz y una voluta hacia arriba con sus manos, para decir "se murió". "Apffff", dice, golpeándose la cabeza con una palma y metiéndose dos dedos en la boca, para decir "Salió todo mal". "Cugh", regurgita, retorciendo las muñecas, moviendo los dedos como si fueran tentáculos de un pulpo, haciendo que golpeteen el dedo meñique y el anular de la mano derecha sobre el dedo mayor de la izquierda, golpeándose el puño de la mano izquierda con tres dedos de la mano derecha, levantando los brazos y el hombro hacia el cielo, cerrando a medias el puño de la mano izquierda e introduciendo el dedo índice en el agujero que quedó del puño a medias cerrado, para decir "No tengo nada que decir".
lunes, 30 de septiembre de 2013
Priótico
(Adjetivo. Del latín prius = primero y -ticus: sufijo que significa 'con relación a' )
Dícese de quien, ante una acción política que beneficia a un grupo de personas, señala que existe otro grupo que debería ser prioritario en ese beneficio.
El priótico, por lo general, no lleva a cabo ninguna iniciativa. Pero se siente muy capacitado para organizar las prioridades de las iniciativas ajenas. No propone, no ejecuta ni colabora. Sin embargo, ante cualquier acción ajena, enumera una jerarquía de prioridades que debieron haberse satisfecho antes de realizar la acción actual. "Es buena idea, pero esá mal implementada", dice, para justificar su opinión, como si su ocasional punto de vista sobre el asunto fuera producto de un largo y concienzudo estudio sobre el tema: "Ah, le están dando plata a los pobres. Pero hay gente más pobre a la que no le dieron nada". "Están haciendo un plan para que estudien los deportistas fracasados. Habiendo tanta gente que necesita estudiar, ayudan a los que decidieron no estudiar".
Desde luego, el priótico acomodará su discurso de acuerdo a la acción política del momento: "No hay créditos para vivienda. La gente de clase media necesita vivienda y no puede comprarse. Solo compran los ricos". "Ah, ahora hay crédito para la clase media. Pero, ¿y la clase baja?". "Claro, sacan créditos para las personas de clase baja. Pero, ¿y los indigentes que no tienen ninguna entrada de dinero?". "Claro, ahora hay crédito para todo el mundo. Pero, ¿sabés qué? Esa plata que nos dan es una soga al cuello que le ponemos a las generaciones futuras. La prioridad es pensar en el futuro, no en nosotros". Como puede imaginarse, las quejas del priótico pueden llegar a ser circulares: "Ah, ahora están pensando en el futuro. Pero, ¿por qué no piensan en la clase media, que no tiene casa?"
El término también puede aplicarse a ámbitos domésticos: "Ah, el señor se la pasó escribiendo todo el día. ¿No sabés que hay una pila de ropa para planchar?". "Ah, planchaste todo el día. Pero la prioridad era preparar la comida y limpiar la casa". "La casa está impecable, pero deberías focalizarte en algo más creativo. ¿Por qué no te sentás a escribir?"
El priótico es, en muchos casos, propriorista, y posee una gran tendencia a la ambiquestia.
Dícese de quien, ante una acción política que beneficia a un grupo de personas, señala que existe otro grupo que debería ser prioritario en ese beneficio.
El priótico, por lo general, no lleva a cabo ninguna iniciativa. Pero se siente muy capacitado para organizar las prioridades de las iniciativas ajenas. No propone, no ejecuta ni colabora. Sin embargo, ante cualquier acción ajena, enumera una jerarquía de prioridades que debieron haberse satisfecho antes de realizar la acción actual. "Es buena idea, pero esá mal implementada", dice, para justificar su opinión, como si su ocasional punto de vista sobre el asunto fuera producto de un largo y concienzudo estudio sobre el tema: "Ah, le están dando plata a los pobres. Pero hay gente más pobre a la que no le dieron nada". "Están haciendo un plan para que estudien los deportistas fracasados. Habiendo tanta gente que necesita estudiar, ayudan a los que decidieron no estudiar".
Desde luego, el priótico acomodará su discurso de acuerdo a la acción política del momento: "No hay créditos para vivienda. La gente de clase media necesita vivienda y no puede comprarse. Solo compran los ricos". "Ah, ahora hay crédito para la clase media. Pero, ¿y la clase baja?". "Claro, sacan créditos para las personas de clase baja. Pero, ¿y los indigentes que no tienen ninguna entrada de dinero?". "Claro, ahora hay crédito para todo el mundo. Pero, ¿sabés qué? Esa plata que nos dan es una soga al cuello que le ponemos a las generaciones futuras. La prioridad es pensar en el futuro, no en nosotros". Como puede imaginarse, las quejas del priótico pueden llegar a ser circulares: "Ah, ahora están pensando en el futuro. Pero, ¿por qué no piensan en la clase media, que no tiene casa?"
El término también puede aplicarse a ámbitos domésticos: "Ah, el señor se la pasó escribiendo todo el día. ¿No sabés que hay una pila de ropa para planchar?". "Ah, planchaste todo el día. Pero la prioridad era preparar la comida y limpiar la casa". "La casa está impecable, pero deberías focalizarte en algo más creativo. ¿Por qué no te sentás a escribir?"
El priótico es, en muchos casos, propriorista, y posee una gran tendencia a la ambiquestia.
martes, 17 de septiembre de 2013
Disprofasia
(Sustantivo. Del griego dis = con dificultad y profáse = pretexto)
Incapacidad para poner excusas.
La mayor parte de nuestros compromisos no fueron adquiridos con entusiasmo y mediante una decisión firme: casi siempre, caemos en obligaciones indeseadas por culpa de nuestros tibios escrúpulos y de una imaginación pobre. Si una persona apenas conocida nos pide que pasemos la única tarde libre ayudando a servir las masitas en un bingo a beneficio de una iglesia, lo primero que debemos hacer es tener a mano un pretexto aceptable. La única respuesta que querríamos dar es: ¡Nunca! ¡Jamás pasaría mi único día libre encerrado en una salita de barrio sirviéndole té a ancianas cogotudas y chupacirios! Pero claro, no podemos decirlo así porque (vaya tragedia) el casi desconocido se ofendería. Buscamos y buscamos una buena razón, pero tenemos la mente en blanco. El casi desconocido insiste: "¡Dale! ¡Es para ayudar a la iglesia!" y terminamos diciéndole que sí, que estaremos ahí a la hora en punto. Ese es el proceso de la disprofasia: usted no se atreve a rechazar; siente una ligera culpa por negarse y de inmediato se compromete a hacer algo que aborrece. Lo peor de todo eso es que, en el momento en que dice "sí, acepto", lo hace con expresión de alegría y euforia, como si realmente le interesara.
Desde luego, a veces no se nos ocurre una excusa adecuada y decimos cualquier cosa inverosímil: "No puedo, tengo que cambiarme la pierna", o "Justo ese día tengo que bañar a los chanchos". Si esa excusa funciona, ya no habríamos caído en la disprofasia, pero sí en el empoquetamiento (en su segunda acepción).
Incapacidad para poner excusas.
La mayor parte de nuestros compromisos no fueron adquiridos con entusiasmo y mediante una decisión firme: casi siempre, caemos en obligaciones indeseadas por culpa de nuestros tibios escrúpulos y de una imaginación pobre. Si una persona apenas conocida nos pide que pasemos la única tarde libre ayudando a servir las masitas en un bingo a beneficio de una iglesia, lo primero que debemos hacer es tener a mano un pretexto aceptable. La única respuesta que querríamos dar es: ¡Nunca! ¡Jamás pasaría mi único día libre encerrado en una salita de barrio sirviéndole té a ancianas cogotudas y chupacirios! Pero claro, no podemos decirlo así porque (vaya tragedia) el casi desconocido se ofendería. Buscamos y buscamos una buena razón, pero tenemos la mente en blanco. El casi desconocido insiste: "¡Dale! ¡Es para ayudar a la iglesia!" y terminamos diciéndole que sí, que estaremos ahí a la hora en punto. Ese es el proceso de la disprofasia: usted no se atreve a rechazar; siente una ligera culpa por negarse y de inmediato se compromete a hacer algo que aborrece. Lo peor de todo eso es que, en el momento en que dice "sí, acepto", lo hace con expresión de alegría y euforia, como si realmente le interesara.
Desde luego, a veces no se nos ocurre una excusa adecuada y decimos cualquier cosa inverosímil: "No puedo, tengo que cambiarme la pierna", o "Justo ese día tengo que bañar a los chanchos". Si esa excusa funciona, ya no habríamos caído en la disprofasia, pero sí en el empoquetamiento (en su segunda acepción).
miércoles, 28 de agosto de 2013
Capiversia
(Sustantivo. Contracción de capitiversia. Del latín caput = cabeza y vergo = estar inclinado, estar vuelto)
Reacción que poseen las personas en el instante inmediatamente posterior a un suceso ruidoso.
Cuando en un restaurante se escucha el inequívoco sonido de una bandeja con platos cayendo al piso, todos los comensales hacen silencio y voltean la vista en la dirección del ruido. Si se oye una frenada y un choque, de inmediato todos atienden al lugar de donde proviene el fragor y caminan hacia allí. Si en mitad de la clase silenciosa a un alumno se le cae la cartuchera y se desparraman sus útiles, nos veremos obligados a mirar el suceso. El término se aplica a estos casos y a cualquiera en los que intervenga un espacio relativamente amplio y una multitud que desvía unánimemente su atención hacia el hecho: el ruido y la posibilidad de una catástrofe (o, al menos, de un papelón) se convierten en el centro de escena indiscutido. No importa si antes del suceso estaba ocurriendo algo trascendente: nadie puede perderse de observar a la moza desparramada en el suelo, con las copas hechas añicos y el champagne regado en las paredes.
El nombre "capiversia" proviene de la acción de voltear bruscamente la cabeza.
Reacción que poseen las personas en el instante inmediatamente posterior a un suceso ruidoso.
Cuando en un restaurante se escucha el inequívoco sonido de una bandeja con platos cayendo al piso, todos los comensales hacen silencio y voltean la vista en la dirección del ruido. Si se oye una frenada y un choque, de inmediato todos atienden al lugar de donde proviene el fragor y caminan hacia allí. Si en mitad de la clase silenciosa a un alumno se le cae la cartuchera y se desparraman sus útiles, nos veremos obligados a mirar el suceso. El término se aplica a estos casos y a cualquiera en los que intervenga un espacio relativamente amplio y una multitud que desvía unánimemente su atención hacia el hecho: el ruido y la posibilidad de una catástrofe (o, al menos, de un papelón) se convierten en el centro de escena indiscutido. No importa si antes del suceso estaba ocurriendo algo trascendente: nadie puede perderse de observar a la moza desparramada en el suelo, con las copas hechas añicos y el champagne regado en las paredes.
El nombre "capiversia" proviene de la acción de voltear bruscamente la cabeza.
miércoles, 31 de julio de 2013
Disaccesibilidad
(Sustantivo. De dis y accesibilidad)
Incapacidad de tener a mano elementos que debieran estar accesibles.
Un teléfono celular tiene funcionalidad si se lo mantiene cerca y si se lo puede atender sin complicadas operaciones. Pero algunas personas lo guardan en el bolsillo interno de un bolsito que dejaron en una percha en el placard debajo de una campera. De modo que, cuando suena, hay que sortear todos esos obstáculos para atenderlo. Algo similar ocurre con el dinero: hay quienes, al momento de pagar, rebuscan entre bolsillos (formiciándose) o carteras o portafolios para dar con alguna tarjeta o billete o moneda (lo que se encuentre primero) mientras la cola de la caja se hace más prolongada e impaciente.
Por culpa de nuestra tendencia a la disaccesibilidad, dejamos los anteojos, el control remoto, las llaves del auto, el encendedor, el termómetro, el número de teléfono de la pediatra, los calzoncillos, el paraguas, la llave de corte general, las velas y las servilletas, en algún receptáculo dentro de otro receptáculo para el cual hay que emplear llaves que están en otro lugar al que solo se ingresa si se tiene una clave que dejamos en un papel dentro del bolsillo de un pantalón que está en el canasto para lavar ropa, canasto que tiene varios pantalones iguales y que no está en el lavadero, sino en el galpón del fondo donde hay una araña enorme que pica, araña que no podemos matar porque no podemos sacar el insecticida que quedó en una alacena de la cocina que se trabó porque tiene las bisagras oxidadas.
Incapacidad de tener a mano elementos que debieran estar accesibles.
Un teléfono celular tiene funcionalidad si se lo mantiene cerca y si se lo puede atender sin complicadas operaciones. Pero algunas personas lo guardan en el bolsillo interno de un bolsito que dejaron en una percha en el placard debajo de una campera. De modo que, cuando suena, hay que sortear todos esos obstáculos para atenderlo. Algo similar ocurre con el dinero: hay quienes, al momento de pagar, rebuscan entre bolsillos (formiciándose) o carteras o portafolios para dar con alguna tarjeta o billete o moneda (lo que se encuentre primero) mientras la cola de la caja se hace más prolongada e impaciente.
Por culpa de nuestra tendencia a la disaccesibilidad, dejamos los anteojos, el control remoto, las llaves del auto, el encendedor, el termómetro, el número de teléfono de la pediatra, los calzoncillos, el paraguas, la llave de corte general, las velas y las servilletas, en algún receptáculo dentro de otro receptáculo para el cual hay que emplear llaves que están en otro lugar al que solo se ingresa si se tiene una clave que dejamos en un papel dentro del bolsillo de un pantalón que está en el canasto para lavar ropa, canasto que tiene varios pantalones iguales y que no está en el lavadero, sino en el galpón del fondo donde hay una araña enorme que pica, araña que no podemos matar porque no podemos sacar el insecticida que quedó en una alacena de la cocina que se trabó porque tiene las bisagras oxidadas.
viernes, 5 de julio de 2013
Teagarrismo
(Sustantivo. De la expresión "¡Te agarré!". Adjetivo: teagarrista)
Tendencia a encontrar contradicciones donde no las hay.
El teagarrista considera que tiene una especial capacidad para pescar in fraganti profundas incoherencias en las personas. Sin embargo, los razonamientos que llevan a concluir tales contradicciones son retorcidos y por lo general utilizan premisas muy complejas y lejanamente aceptables. "Ahhh, ahora te agarré... ¿Estás comprando pan? ¿Y vos no estabas contra el paro del campo?": Si se desglosan las premisas del razonamiento anterior, podrá observarse que se unieron ciertos supuestos ("Si estás contra el paro del campo, entonces estás a favor de que se comercialice trigo. Pero el paro del campo existió porque no se permite comercializar trigo en la cantidad adecuada. Por lo tanto, quien está en contra del paro del campo, para ser consecuente, no debe consumir trigo"), los cuales rara vez se explicitan al momento de acusar a alguien, porque el teagarrista los considera inmaculadamente evidentes.
Tendencia a encontrar contradicciones donde no las hay.
El teagarrista considera que tiene una especial capacidad para pescar in fraganti profundas incoherencias en las personas. Sin embargo, los razonamientos que llevan a concluir tales contradicciones son retorcidos y por lo general utilizan premisas muy complejas y lejanamente aceptables. "Ahhh, ahora te agarré... ¿Estás comprando pan? ¿Y vos no estabas contra el paro del campo?": Si se desglosan las premisas del razonamiento anterior, podrá observarse que se unieron ciertos supuestos ("Si estás contra el paro del campo, entonces estás a favor de que se comercialice trigo. Pero el paro del campo existió porque no se permite comercializar trigo en la cantidad adecuada. Por lo tanto, quien está en contra del paro del campo, para ser consecuente, no debe consumir trigo"), los cuales rara vez se explicitan al momento de acusar a alguien, porque el teagarrista los considera inmaculadamente evidentes.
martes, 25 de junio de 2013
Horipscélera
(Sustantivo femenino. Del latín horae = horas; ops = fuerza y celeris = rápido)
Fuerza que se realiza para que el tiempo pase más rápido.
Para muchas personas, una larga espera es una prueba de resistencia física. Creen que la cola va a ir más rápido, o que los médicos atenderán raudamente al resto de los pacientes, o que las horas se sucederán en tropel si tensionan los músculos de su abdomen, sus piernas, sus brazos y su cuello. Sospechan que de tanto mirar las agujas de un reloj, lograrán que se muevan más veloces. Asumen que el tiempo está hecho de materia, y que puede moverse o acelerarse del mismo modo que se mueve un bloque pesado y molesto: empujándolo con tracción a sangre hasta extenuarse. La horipscélera hace que una espera tranquila se convierta en una vivaz tortura física.
Fuerza que se realiza para que el tiempo pase más rápido.
Para muchas personas, una larga espera es una prueba de resistencia física. Creen que la cola va a ir más rápido, o que los médicos atenderán raudamente al resto de los pacientes, o que las horas se sucederán en tropel si tensionan los músculos de su abdomen, sus piernas, sus brazos y su cuello. Sospechan que de tanto mirar las agujas de un reloj, lograrán que se muevan más veloces. Asumen que el tiempo está hecho de materia, y que puede moverse o acelerarse del mismo modo que se mueve un bloque pesado y molesto: empujándolo con tracción a sangre hasta extenuarse. La horipscélera hace que una espera tranquila se convierta en una vivaz tortura física.
lunes, 24 de junio de 2013
Yaerahorismo
(Sustantivo. De la expresión "ya era hora". Adjetivo: yaerahorista)
Costumbre de quejarse por que se hace efectivamente lo que se esperaba que se hiciera.
El yaerahorista jamás reconoce los logros ajenos: siempre, según su óptica, llegan demasiado tarde o son defectuosos: "Ya era hora de que el hijo del vecino terminara la carrera de ingeniería"; "Ya era hora de que asfaltaran la calle". Lo curioso es que, en el primer caso, a él no le incumbe en lo más mínimo cuándo se recibe el hijo del vecino y, en el segundo caso, él jamás reclamó que se asfaltara la calle. Quizás es más elocuente el ejemplo del asfalto: el yaerahorista jamás reconocerá que un gobierno pueda hacer cosas útiles o buenas; si las hace, las hace a destiempo o para ganar elecciones. El yaerahorista se complementa con el habraqueverista (de la expresión "habrá que ver"): además de la acusación de demora para asfaltar, el habraqueverista sospecha que el asfalto es de mala calidad ("habrá que ver cuánto dura antes de romperse") o que en la licitación de la obra hubo algún fraude ("habrá que ver cuántos millones nos cuesta esto"). Una vez más, lo curioso es que el habraqueverista (al igual que el yaerahorista) en ningún momento averigua efectivamente cuál es la calidad del asfalto o cuánto dinero se invirtió.
Yaerahorismo y habraqueverismo son dos formas de ambiquestia.
Costumbre de quejarse por que se hace efectivamente lo que se esperaba que se hiciera.
El yaerahorista jamás reconoce los logros ajenos: siempre, según su óptica, llegan demasiado tarde o son defectuosos: "Ya era hora de que el hijo del vecino terminara la carrera de ingeniería"; "Ya era hora de que asfaltaran la calle". Lo curioso es que, en el primer caso, a él no le incumbe en lo más mínimo cuándo se recibe el hijo del vecino y, en el segundo caso, él jamás reclamó que se asfaltara la calle. Quizás es más elocuente el ejemplo del asfalto: el yaerahorista jamás reconocerá que un gobierno pueda hacer cosas útiles o buenas; si las hace, las hace a destiempo o para ganar elecciones. El yaerahorista se complementa con el habraqueverista (de la expresión "habrá que ver"): además de la acusación de demora para asfaltar, el habraqueverista sospecha que el asfalto es de mala calidad ("habrá que ver cuánto dura antes de romperse") o que en la licitación de la obra hubo algún fraude ("habrá que ver cuántos millones nos cuesta esto"). Una vez más, lo curioso es que el habraqueverista (al igual que el yaerahorista) en ningún momento averigua efectivamente cuál es la calidad del asfalto o cuánto dinero se invirtió.
Yaerahorismo y habraqueverismo son dos formas de ambiquestia.
viernes, 17 de mayo de 2013
Parapeña
(Sustantivo. Del griego para = junto a, y paixnídi = juego. Adjetivo: parapéñico o parapénico [También puede formarse la palabra "paraludia", -del griego para y del latín ludus-; sin embargo preferimos evitar la hibridación latín-griego, aunque "paraludia" suena probablemente mejor que "parapeña"])
Estudio del conjunto de gestos, actitudes y palabras que ejecutan los jugadores en el desarrollo de un juego.
Así com la paralingüística estudia los elementos concomitantes al acto de habla y no el acto de habla en sí mismo, la parapeña se enfoca en las conductas periféricas de los jugadores y no en el juego en sí mismo. La caballerosidad entre jugadores es un fenómeno paralpéñico. El hecho de que algunos se mantengan serenos, otros desafíen a sus rivales y otros maldigan a su suerte es parte de la parapeña. Que algunos suden, tengan tics, rían nerviosamente, se pongan anteojos negros, vayan muy seguido al baño o hablen sobre temas triviales también son fenómenos parapéñicos.
Existe una parapeña amateur que consiste en la creencia de que el juego puede mostrar la personalidad de un individuo. En realidad, este tipo de parapeña es una rama de la psicología popular. Según el punto de vista de esta psicología, si usted desea saber cómo es una persona prepárele un escenario de juego. Invítelo a una partida de póker y en el comportamiento que esgrima durante ese juego podrá visualizar su espíritu como si fuera transparente.
Estudio del conjunto de gestos, actitudes y palabras que ejecutan los jugadores en el desarrollo de un juego.
Así com la paralingüística estudia los elementos concomitantes al acto de habla y no el acto de habla en sí mismo, la parapeña se enfoca en las conductas periféricas de los jugadores y no en el juego en sí mismo. La caballerosidad entre jugadores es un fenómeno paralpéñico. El hecho de que algunos se mantengan serenos, otros desafíen a sus rivales y otros maldigan a su suerte es parte de la parapeña. Que algunos suden, tengan tics, rían nerviosamente, se pongan anteojos negros, vayan muy seguido al baño o hablen sobre temas triviales también son fenómenos parapéñicos.
Existe una parapeña amateur que consiste en la creencia de que el juego puede mostrar la personalidad de un individuo. En realidad, este tipo de parapeña es una rama de la psicología popular. Según el punto de vista de esta psicología, si usted desea saber cómo es una persona prepárele un escenario de juego. Invítelo a una partida de póker y en el comportamiento que esgrima durante ese juego podrá visualizar su espíritu como si fuera transparente.
martes, 26 de marzo de 2013
Genagoría
(Sustantivo. Del griego genós = género y agoréuo = mostrar, exhibir. Adjetivo: genágoro)
Ostentación de la propia condición sexual.
La genagoría suele ser practicada por los varones heterosexuales, aunque no tienen el monopolio exclusivo. A veces un hombre se siente en la patética obligación de dejar en claro su heterosexualidad, especialmente en contextos donde él cree que pudiera haber alguna duda: "Yo trabajo en un cabaret para trolos, pero soy bien macho, ¿eh?" o "Tengo camisa rosa, pero no te creas que yo también soy rosa... A mí me gustan las minas". El genágoro, sin embargo, va más allá de esa aclaración circunstancial: cree que en cualquier situación y ante cualquier desconocido es su deber salir al paso con información sobre sus gustos sexuales: "Mi nombre es Alberto, soy ingeniero y soy heterosexual". A veces cambia "soy heterosexual" por "soy normal en todos los aspectos". Considera que su carta de presentación está incompleta si no ratifica en mayúsculas y a los gritos su condición de varón semental que solo mira y toca mujeres y nunca hombres. Si el contexto no le permite exhibirse abiertamente como macho, hará algún chiste machista o buscará a otro varón para comentarle lo fuerte que está la rubia que subía por el ascensor, para que quede bien claro que él no es mariquita.
En todos los casos, el genágoro siente que sus preferencias amatorias ocupan el primer lugar en la información sobre su persona. Le desespera imaginar que alguien anda por ahí creyendo que él es gay (siendo que es bien macho) o que es heterosexual (siendo que es ruidosamente gay) y dedica un enorme esfuerzo mental en desambiguar la sola posibilidad de esa impresión.
Ostentación de la propia condición sexual.
La genagoría suele ser practicada por los varones heterosexuales, aunque no tienen el monopolio exclusivo. A veces un hombre se siente en la patética obligación de dejar en claro su heterosexualidad, especialmente en contextos donde él cree que pudiera haber alguna duda: "Yo trabajo en un cabaret para trolos, pero soy bien macho, ¿eh?" o "Tengo camisa rosa, pero no te creas que yo también soy rosa... A mí me gustan las minas". El genágoro, sin embargo, va más allá de esa aclaración circunstancial: cree que en cualquier situación y ante cualquier desconocido es su deber salir al paso con información sobre sus gustos sexuales: "Mi nombre es Alberto, soy ingeniero y soy heterosexual". A veces cambia "soy heterosexual" por "soy normal en todos los aspectos". Considera que su carta de presentación está incompleta si no ratifica en mayúsculas y a los gritos su condición de varón semental que solo mira y toca mujeres y nunca hombres. Si el contexto no le permite exhibirse abiertamente como macho, hará algún chiste machista o buscará a otro varón para comentarle lo fuerte que está la rubia que subía por el ascensor, para que quede bien claro que él no es mariquita.
En todos los casos, el genágoro siente que sus preferencias amatorias ocupan el primer lugar en la información sobre su persona. Le desespera imaginar que alguien anda por ahí creyendo que él es gay (siendo que es bien macho) o que es heterosexual (siendo que es ruidosamente gay) y dedica un enorme esfuerzo mental en desambiguar la sola posibilidad de esa impresión.
miércoles, 6 de marzo de 2013
Jubilábil
(Adjetivo. De jubilación y lábil)
Dícese de la persona que está esperando la primera oportunidad para jubilarse.
El jubilábil no piensa en lo que hará después de jubilado, sino en todo lo que ya no tendrá que hacer. Está atento a la cantidad de años que lleva en el trabajo y sigue de cerca cada uno de los aportes patronales realizados a lo largo de las décadas. Su único sueño es dejar de hacer aquello que necesariamente hará durante veinticinco o treinta años. Basta con que el jubilábil sepa la cercanía de su jubilación para que pida licencias y vacaciones hasta que se cumpla el plazo mínimo, momento en que jamás -pero realmente jamás- volverá a pisar su lugar de trabajo.
Se aplica también a quien elige su empleo de acuerdo al tiempo de aporte laboral que necesita para jubilarse: "Qué bueno es ser policía. Te jubilás a los cincuenta años y después... Bueno, no sé, pero por lo menos dejás de ser policía". Puede notarse lo curioso de este razonamiento: para el jubilábil, un trabajo es bueno por la eventual posibilidad de dejar de hacerlo para siempre.
Dícese de la persona que está esperando la primera oportunidad para jubilarse.
El jubilábil no piensa en lo que hará después de jubilado, sino en todo lo que ya no tendrá que hacer. Está atento a la cantidad de años que lleva en el trabajo y sigue de cerca cada uno de los aportes patronales realizados a lo largo de las décadas. Su único sueño es dejar de hacer aquello que necesariamente hará durante veinticinco o treinta años. Basta con que el jubilábil sepa la cercanía de su jubilación para que pida licencias y vacaciones hasta que se cumpla el plazo mínimo, momento en que jamás -pero realmente jamás- volverá a pisar su lugar de trabajo.
Se aplica también a quien elige su empleo de acuerdo al tiempo de aporte laboral que necesita para jubilarse: "Qué bueno es ser policía. Te jubilás a los cincuenta años y después... Bueno, no sé, pero por lo menos dejás de ser policía". Puede notarse lo curioso de este razonamiento: para el jubilábil, un trabajo es bueno por la eventual posibilidad de dejar de hacerlo para siempre.
viernes, 15 de febrero de 2013
Omniproteste / Todoprotestoso
(Adjetivo. De omnis = todo y protestar)
Dícese de quien, al protestar por un hecho puntual, extiende sus quejas hasta un punto radical, extremo y omniabarcante.
El todoprotestoso no admite que haya medias tintas en sus protestas. Él no se queja por la falla en el sistema de agua que afectó a su edificio: su protesta alcanza los cimientos mismos de la civilización occidental. "Sí, dirán que fue un error del encargado. Dirán que se rompió la bomba de agua. Pero todo esto es producto de décadas de despojo y destrato político, y ojo, no estoy hablando solo de nuestros presidentes. Culpo a la comunidad internacional, a la revolución industrial y a los griegos antiguos por esta momentánea falla la distribución del agua".
Es muy común encontrar al omniproteste en política (y en ese caso, el omniproteste sufre de una megalómana ambiquestia). Si muere un manifestante de un balazo en manos de la policía, el todoprotestoso le echará la culpa a la totalidad del sistema partidario, al oficialismo, a la oposición, a los mandatarios anteriores, a la justicia y al poder legislativo. De ese modo, la culpa de la policía (y, concretamente, del policía que efectuó el disparo) se diluye en un maremágnum de lejanos y dudosos responsables. Si se descubre que en un gobierno provincial hay narcotráfico, el omniproteste dirá que el narcotráfico está enquistado en todo el país y en todo el mundo, y echará la culpa al gobierno nacional, al narcotráfico internacional y a la influencia de países terroristas.
El todoprotestoso arenga a sus conciudadanos, a quienes trata de ingenuos o burgueses, para que protesten por algo más que ese hecho puntual que desencadenó la reacción: "Usted no puede hacer un piquete al almacenero que le vendió una lata de atún vencida. Tiene que juntarse con otras personas, salir a la calle y quemar la municipalidad, porque ellos no hacen los controles". Curiosamente, es raro que se vea al todoprotestoso cumpliendo con los mandatos de esa arenga.
Para el omniproteste, o se protesta por todo, o no se está haciendo una verdadera protesta. El problema es que en ese "todo" los responsables con nombre y apellido se diluyen sin remedio, y nos quedamos con una queja abstracta, hecha contra "el sistema", "los políticos" o "la historia". Protestar por la totalidad del sistema es a veces una buena manera de escaparle a los problemas puntuales que requieren de un trabajo muy fino, a conciencia y con esfuerzo.
Dícese de quien, al protestar por un hecho puntual, extiende sus quejas hasta un punto radical, extremo y omniabarcante.
El todoprotestoso no admite que haya medias tintas en sus protestas. Él no se queja por la falla en el sistema de agua que afectó a su edificio: su protesta alcanza los cimientos mismos de la civilización occidental. "Sí, dirán que fue un error del encargado. Dirán que se rompió la bomba de agua. Pero todo esto es producto de décadas de despojo y destrato político, y ojo, no estoy hablando solo de nuestros presidentes. Culpo a la comunidad internacional, a la revolución industrial y a los griegos antiguos por esta momentánea falla la distribución del agua".
Es muy común encontrar al omniproteste en política (y en ese caso, el omniproteste sufre de una megalómana ambiquestia). Si muere un manifestante de un balazo en manos de la policía, el todoprotestoso le echará la culpa a la totalidad del sistema partidario, al oficialismo, a la oposición, a los mandatarios anteriores, a la justicia y al poder legislativo. De ese modo, la culpa de la policía (y, concretamente, del policía que efectuó el disparo) se diluye en un maremágnum de lejanos y dudosos responsables. Si se descubre que en un gobierno provincial hay narcotráfico, el omniproteste dirá que el narcotráfico está enquistado en todo el país y en todo el mundo, y echará la culpa al gobierno nacional, al narcotráfico internacional y a la influencia de países terroristas.
El todoprotestoso arenga a sus conciudadanos, a quienes trata de ingenuos o burgueses, para que protesten por algo más que ese hecho puntual que desencadenó la reacción: "Usted no puede hacer un piquete al almacenero que le vendió una lata de atún vencida. Tiene que juntarse con otras personas, salir a la calle y quemar la municipalidad, porque ellos no hacen los controles". Curiosamente, es raro que se vea al todoprotestoso cumpliendo con los mandatos de esa arenga.
Para el omniproteste, o se protesta por todo, o no se está haciendo una verdadera protesta. El problema es que en ese "todo" los responsables con nombre y apellido se diluyen sin remedio, y nos quedamos con una queja abstracta, hecha contra "el sistema", "los políticos" o "la historia". Protestar por la totalidad del sistema es a veces una buena manera de escaparle a los problemas puntuales que requieren de un trabajo muy fino, a conciencia y con esfuerzo.
miércoles, 30 de enero de 2013
Molirrópiro
(Adjetivo. Del latín mollitus = afeminado y reperire = descubrir, hallar. Sinónimo: putajero o putojero)
Dícese de quien cree tener una capacidad especial para detectar homosexuales.
El molirrópiro suele poner especial atención en los gestos, la vestimenta y las actitudes de las personas. Cree que está siempre en la pista segura para descubrir a un homosexual que trata de ocultarlo. Cuando está escudriñando a un varón, un tono de voz aflautado o un bolso con letras rosas le parecen un dato infalible y determinante. Si su blanco es una mujer, pondrá atención en la longitud del pelo -muy cortito es señal inequívoca de lesbianismo-, o si habla con voz grave. A veces se basa en indicios poco concluyentes y bastante arbitrarios. "Alberto es puto, yo sé lo que te digo", sentencia. "Ayer se abrochó hasta el último botón de la camisa". Adora la expresión "Si no se come la galletita, araña el paquete". Cree que puede desenmascarar la coartada de quien no se anima a salir del ropero, y siente un enorme placer cuando puede relatar a otros su sospecha.
Una vez que el molirrópiro dio su veredicto, ningún argumento puede refutarlo: si Alberto tiene novia, dirá que es una pantalla para no delatarse (y agregará, adicionalmente, que la mujer de Alberto es lesbiana). Si tiene hijos, dirá que no son de él, o que los tuvo sin tener sexo con su esposa (quizás donándole esperma). Si se le conocen decenas de amantes, el molirrópiro aducirá que muchas de ellas son falsas o que son de su mismo sexo. Si se difunde un video en el que él tiene sexo con muchas mujeres, dirá que el video es una exageración propia de quien quiere ocultar su condición de gay.
Es de destacar que para el molirrópiro, casi todas las personas son homosexuales, lo serán en algún momento o estuvieron a punto de serlo.
Dícese de quien cree tener una capacidad especial para detectar homosexuales.
El molirrópiro suele poner especial atención en los gestos, la vestimenta y las actitudes de las personas. Cree que está siempre en la pista segura para descubrir a un homosexual que trata de ocultarlo. Cuando está escudriñando a un varón, un tono de voz aflautado o un bolso con letras rosas le parecen un dato infalible y determinante. Si su blanco es una mujer, pondrá atención en la longitud del pelo -muy cortito es señal inequívoca de lesbianismo-, o si habla con voz grave. A veces se basa en indicios poco concluyentes y bastante arbitrarios. "Alberto es puto, yo sé lo que te digo", sentencia. "Ayer se abrochó hasta el último botón de la camisa". Adora la expresión "Si no se come la galletita, araña el paquete". Cree que puede desenmascarar la coartada de quien no se anima a salir del ropero, y siente un enorme placer cuando puede relatar a otros su sospecha.
Una vez que el molirrópiro dio su veredicto, ningún argumento puede refutarlo: si Alberto tiene novia, dirá que es una pantalla para no delatarse (y agregará, adicionalmente, que la mujer de Alberto es lesbiana). Si tiene hijos, dirá que no son de él, o que los tuvo sin tener sexo con su esposa (quizás donándole esperma). Si se le conocen decenas de amantes, el molirrópiro aducirá que muchas de ellas son falsas o que son de su mismo sexo. Si se difunde un video en el que él tiene sexo con muchas mujeres, dirá que el video es una exageración propia de quien quiere ocultar su condición de gay.
Es de destacar que para el molirrópiro, casi todas las personas son homosexuales, lo serán en algún momento o estuvieron a punto de serlo.
miércoles, 16 de enero de 2013
Desenerar (se)
(Verbo intransitivo. De des- y enero)
Quitarse la posibilidad de disfrutar del mes de enero.
En el hemisferio sur, enero es sinónimo de calor, playas, piletas de natación, refrescos y, en muchos casos, vacaciones. Por lo general, las actividades pesadas se postergan para meses menos bochornosos. Se privilegia lo recreativo por sobre lo laboral. Pero si alguien, durante el primer mes, se compromete con un trabajo o un estudio a conciencia que no le permite resquicios para disfrutar de los placeres de enero, se dice que es un desenerado, o que esa persona (en un uso transitivo del término) ha desenerado su año.
Para calificar como "desenerada", la persona afectada no debería tener acceso a las piletas, a las cervezas heladas durante la noche, a acostarse tarde sin límite horario ni a escuchar las cigarras mientras estira sus piernas, acostado en la reposera en el jardín de su casa. No haber andado en ojotas durante enero es un claro síntoma de deseneramiento. Si uno debe hacerse una operación durante este mes, y por culpa de ello se pierde todo el verano, también se ha desenerado.
No es casual, tampoco, la semejanza fonética con la palabra "degenerar". Un año desenerado es un año que puede degenerarse: si se vive en enero como si fuera marzo o julio, entonces es posible que se viva julio como si fuera diciembre; que se viva el invierno como verano y que se viva navidad como si fuera el día de la bandera.
Existe una palabra cercana a esta: el estifugio, aunque hay una clara diferencia: Mientras el estifugio es la sensación de que el verano huye rápidamente, el desenerado ni siquiera siente el verano y en rigor tampoco puede sentir que huye sin disfrute.
Quitarse la posibilidad de disfrutar del mes de enero.
En el hemisferio sur, enero es sinónimo de calor, playas, piletas de natación, refrescos y, en muchos casos, vacaciones. Por lo general, las actividades pesadas se postergan para meses menos bochornosos. Se privilegia lo recreativo por sobre lo laboral. Pero si alguien, durante el primer mes, se compromete con un trabajo o un estudio a conciencia que no le permite resquicios para disfrutar de los placeres de enero, se dice que es un desenerado, o que esa persona (en un uso transitivo del término) ha desenerado su año.
Para calificar como "desenerada", la persona afectada no debería tener acceso a las piletas, a las cervezas heladas durante la noche, a acostarse tarde sin límite horario ni a escuchar las cigarras mientras estira sus piernas, acostado en la reposera en el jardín de su casa. No haber andado en ojotas durante enero es un claro síntoma de deseneramiento. Si uno debe hacerse una operación durante este mes, y por culpa de ello se pierde todo el verano, también se ha desenerado.
No es casual, tampoco, la semejanza fonética con la palabra "degenerar". Un año desenerado es un año que puede degenerarse: si se vive en enero como si fuera marzo o julio, entonces es posible que se viva julio como si fuera diciembre; que se viva el invierno como verano y que se viva navidad como si fuera el día de la bandera.
Existe una palabra cercana a esta: el estifugio, aunque hay una clara diferencia: Mientras el estifugio es la sensación de que el verano huye rápidamente, el desenerado ni siquiera siente el verano y en rigor tampoco puede sentir que huye sin disfrute.
lunes, 7 de enero de 2013
Profender (se)
(Verbo intransitivo. Del latín pro = estar a favor y fendere = cortar o pasar a través. Adjetivo: profendido)
Capacidad de sentirse indignado por hechos irrelevantes o por una sobreinterpretación de lo que se dice.
El profendido está al acecho para ofenderse ante la mínima sospecha de agresión. Examina cada palabra y descubre homofobia, xenofobia, apología a las drogas, al sexo, a la violación y al crimen en cualquier discurso de apariencia inocente. Tiene la indignación fácil, y suele vociferar abiertamente su profundo repudio de cotillón ante hechos irrelevantes y que, por lo general, no le exigen mucho compromiso ni exposición. Si alguien dice "Hoy mi mujer cocinó pizza y se le quemó", el profendido se indigna por el supuesto machismo de esa frase y por el sometimiento de la mujer a condiciones deplorables de matrimonio. Si alguien afirma "El que me robó el bolso es un chico boliviano de tez morena", el profendido hace un escándalo porque encuentra xenofobia y racismo en esa afirmación. Si alguien afirma "A las mujeres les gusta que les digan cosas lindas", el profendido pone la voz de alerta, porque cree que esa afirmación es una apología de la violación, de las groserías y del patriarcado. Ante él, hay que cuidarse de todo lo que se dice: se debe hablar con un lenguaje políticamente correcto, porque de otro modo él lo considera ofensivo y no duda en escrachar y elevar el grito en el cielo. Desde luego, "lenguaje políticamente correcto" es "el lenguaje que él considera correcto", mediado por un sinnúmero de discutibles teorías semánticas inventadas por él mismo o por su grupo de pertenencia. Por lo general, es militante activo en favor de alguna minoría social.
El profendido confunde los actos ilocutivos con los actos perlocutivos. O, en otras palabras, se cree capaz de descubrir las intenciones ocultas detrás de las intenciones explícitas, aunque esos supuestos propósitos implícitos sólo están en su imaginación. Cree en la ideología del lenguaje y pretende que todos (excepto él, claro) se hagan cargo exhaustivamente de las preconcepciones ideológicas que contienen cada palabra (incluso la etimología de cada palabra): "Usaste la palabra 'entusiasmado', y esa palabra en griego significa 'estar poseído por un dios'. Así que hacete cargo, estás usando un lenguaje religioso, y la religión es el principal instrumento de opresión social. Vos querés evangelizarme con tu lenguaje de inquisidor medieval conquistador de culturas precolombinas. Tus palabras son la espada en alto del mercenario cristiano europeo que sometió en América a los pueblos originarios. Te repudio profundamente"
El profendido actúa como un terrorista del lenguaje: avisa que está asombrado por lo que alguien dijo -con expresiones como "No puedo creer lo que estás diciendo", "Derrapaste", "Te fuiste a la banquina"- para que su interlocutor sepa que ha franqueado un límite que no tiene regreso. Pero rara vez es convincente cuando explica por qué los dichos de su interlocutor le causan tanta indignación.
Por lo general, a medida que pasa el tiempo ya nadie quiere hablar con él. Poco a poco sus únicos interlocutores son sus amigos o compañeros de militancia. Pero por supuesto, de vez en cuando tiene que contactarse con extraños, cuando va al médico o hace las compras. Entonces, en esos casos, aprovecha para profenderse a sus anchas: "Discúlpeme, carnicero, yo no soy un 'campeón'. Me está insultando cuando me dice '¿qué vas a llevar, campeón?', porque muestra que es parte de una cultura de la competencia, en la que es importante ser campeón en algo. Y a mí no me interesa competir. Eso sí, déme los mejores bifecitos de lomo que tenga".
Capacidad de sentirse indignado por hechos irrelevantes o por una sobreinterpretación de lo que se dice.
El profendido está al acecho para ofenderse ante la mínima sospecha de agresión. Examina cada palabra y descubre homofobia, xenofobia, apología a las drogas, al sexo, a la violación y al crimen en cualquier discurso de apariencia inocente. Tiene la indignación fácil, y suele vociferar abiertamente su profundo repudio de cotillón ante hechos irrelevantes y que, por lo general, no le exigen mucho compromiso ni exposición. Si alguien dice "Hoy mi mujer cocinó pizza y se le quemó", el profendido se indigna por el supuesto machismo de esa frase y por el sometimiento de la mujer a condiciones deplorables de matrimonio. Si alguien afirma "El que me robó el bolso es un chico boliviano de tez morena", el profendido hace un escándalo porque encuentra xenofobia y racismo en esa afirmación. Si alguien afirma "A las mujeres les gusta que les digan cosas lindas", el profendido pone la voz de alerta, porque cree que esa afirmación es una apología de la violación, de las groserías y del patriarcado. Ante él, hay que cuidarse de todo lo que se dice: se debe hablar con un lenguaje políticamente correcto, porque de otro modo él lo considera ofensivo y no duda en escrachar y elevar el grito en el cielo. Desde luego, "lenguaje políticamente correcto" es "el lenguaje que él considera correcto", mediado por un sinnúmero de discutibles teorías semánticas inventadas por él mismo o por su grupo de pertenencia. Por lo general, es militante activo en favor de alguna minoría social.
El profendido confunde los actos ilocutivos con los actos perlocutivos. O, en otras palabras, se cree capaz de descubrir las intenciones ocultas detrás de las intenciones explícitas, aunque esos supuestos propósitos implícitos sólo están en su imaginación. Cree en la ideología del lenguaje y pretende que todos (excepto él, claro) se hagan cargo exhaustivamente de las preconcepciones ideológicas que contienen cada palabra (incluso la etimología de cada palabra): "Usaste la palabra 'entusiasmado', y esa palabra en griego significa 'estar poseído por un dios'. Así que hacete cargo, estás usando un lenguaje religioso, y la religión es el principal instrumento de opresión social. Vos querés evangelizarme con tu lenguaje de inquisidor medieval conquistador de culturas precolombinas. Tus palabras son la espada en alto del mercenario cristiano europeo que sometió en América a los pueblos originarios. Te repudio profundamente"
El profendido actúa como un terrorista del lenguaje: avisa que está asombrado por lo que alguien dijo -con expresiones como "No puedo creer lo que estás diciendo", "Derrapaste", "Te fuiste a la banquina"- para que su interlocutor sepa que ha franqueado un límite que no tiene regreso. Pero rara vez es convincente cuando explica por qué los dichos de su interlocutor le causan tanta indignación.
Por lo general, a medida que pasa el tiempo ya nadie quiere hablar con él. Poco a poco sus únicos interlocutores son sus amigos o compañeros de militancia. Pero por supuesto, de vez en cuando tiene que contactarse con extraños, cuando va al médico o hace las compras. Entonces, en esos casos, aprovecha para profenderse a sus anchas: "Discúlpeme, carnicero, yo no soy un 'campeón'. Me está insultando cuando me dice '¿qué vas a llevar, campeón?', porque muestra que es parte de una cultura de la competencia, en la que es importante ser campeón en algo. Y a mí no me interesa competir. Eso sí, déme los mejores bifecitos de lomo que tenga".
miércoles, 26 de diciembre de 2012
Moncácora
![]() |
| Sólo en este país puede pasar una cosa así |
Quien siente que ciertos hechos (por lo general negativos) sólo ocurren en su país.
Según la sesgada visión del moncácora, todo lo malo parece haberse confabulado para acontecer en la propia patria. No hay matices: lo que pasa aquí es raro y único en el mundo. Para él, la corrupción de nuestro país no tiene precedentes en ningún otro; los políticos son los peores del mundo; los habitantes proponen, para problemas cotidianos, soluciones insólitas e inviables que asombrarían a un extranjero. Es esencial al moncácora la sensación de vergüenza ante la mirada ajena: ¡Estamos haciendo todo mal, y el mundo nos mira con su dedo acusador! Así como el teleutodoxástico piensa que todo lo que ocurre hoy es más terrible que lo ocurrido ayer, el moncácora piensa que lo que pasa aquí es peor que lo que pasa en otras partes del mundo. No solo es peor, sino que contiene una singularidad sui generis que lo vuelve inclasificable: "En cualquier país del mundo los ladrones van presos. Pero acá entran por una puerta y salen por la otra". "En ningún país del mundo hay tantas mafias como acá. Es más, nuestras mafias fingen que te están ayudando para extorsionarte". "Nooo, en Europa por lo menos venden drogas buenas. En ningún lugar del mundo se les ocurriría vender paco como acá".
Desde luego, el moncácora desconoce supinamente lo que ocurre en otras partes del mundo. Su queja se basa en una intuición rayana con el racismo: cree que sus compatriotas (excepto él, claro) son defectuosos. La moral, el raciocinio, la capacidad de trabajo, el tesón e incluso la fuerza física de sus coterráneos le parecen al moncácora claramente deficientes.
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