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miércoles, 23 de enero de 2013

Antolecto

(Sustantivo. Del griego anthós = flor y léxis = estilo, expresión)

La mejor forma de expresión verbal de una persona. 

La definición un tanto oscura seguramente no deja ver la familiaridad del hecho definido. El antolecto es aquella verbalización florida y cuidada que utilizamos cuando hablamos ante un juez, ante un profesor que nos toma examen, ante el padre de nuestra novia o ante nuestro futuro patrón. En nuestra vida cotidiana no pronunciamos con claridad, omitimos eses finales, usamos codas, apócopes y apelativos como "che" acompañados de insultos y referencias despectivas: "Che, enano de mierda, alcanzame la poronga esa para destapar lo caño". Si llega a nuestra casa el inspector de salubridad o el pastor de la iglesia, cambiamos nuestra expresión y decimos algo como: "Querido hijo mío, ¿tendrías a bien dejar cerca de mis manos la sopapa para destapar la pileta del toilette?". Esta última verbalización es un antolecto. Como puede verse, el antolecto se utiliza para situaciones en las que está presente alguien a quien le atribuimos poder y, en muchos casos, cierta superioridad de clase social.

jueves, 30 de junio de 2011

Partispectante

(Adjetivo. Del latín partis = parte y aspecto = mirar, prestar atención)

Quien relata lo que estaba haciendo en el instante en que se enteró de una desgracia ajena.

Cuando ocurre un tsunami en Japón o caen torres en Estados Unidos por atentados terroristas, los partispectantes tienen una enorme necesidad de participar de algún modo en esos eventos. Saben que no estuvieron allí, que no son héroes y que las consecuencias de la desgracia no los pueden afectar. Pero, de todos modos, intentan establecer algún tipo de relación con el suceso, y para ello deben darle relevancia a las casuales y arbitrarias circunstancias en las que se enteraron de la noticia. "Yo esa mañana me había despertado temprano; me bañé, me preparé el desayuno, comí dos tostadas. Cuando estaba por ponerle mermelada a la tercera, y mientras sostenía el cuchillo para introducirlo en el frasco, veo por la televisión que un avión había impactado en una de las torres gemelas". En el relato anterior, los hechos relacionados con la actividad del casual espectador (levantarse temprano, bañarse, comer tostadas) son irrelevantes; no tienen conexión con el acontecimiento que se pretende destacar (el avión impactando sobre una torre) y sólo sirven de excusa para darse un obtuso lugarcito en una historia ajena.

A veces los periodistas, frente a los curiosos que hacen ronda alrededor de un siniestro, dan protagonismo a los partispectantes, preguntándoles por un hecho del cual no fueron testigos directos ni partícipes. Esos partispectantes son, por lo general, vecinos de alguien que sufrió la desgracia. "¿Usted cómo se enteró del incendio en la panadería?", pregunta un notero al espectador de un incendio que salió a curiosear. "Yo me estaba haciendo unos bifecitos de nalga; los estaba poniendo en la plancha, uno al lado del otro, con un poco de sal porque a mí me gustan salados, les agrego manteca para que no se peguen. Después me senté en el sofá a ver Gran Hermano, cuando de pronto empiezo a sentir olor a pan tostado. Entonces me dije: 'Uy, dios, se me están quemando los bifes'. Salí corriendo para la cocina y vi que no era eso, que los bifes todavía estaban medio crudos. Por eso, me fui a la vereda para saber cuál era la causa del olor a pan quemado y vi que la panadería se estaba incendiando. Fui a la cocina, apagué la hornalla de los bifes y me vine para acá" . Un notero se asegura al menos dos o tres minutos de (irrelevante) cobertura de un hecho gracias a los partispectantes.

El término "partispectante" está formado en analogía con "participante". Mientras el participante (del latín "partis, capio"), según su etimología, "toma parte" en un suceso, el partispectante sólo lo observa, pero eso no le impide hablar como si tomara parte.

miércoles, 15 de junio de 2011

Ambiquestia

(Sustantivo. Del latín ambi = en dos sentidos y conquestio = reproche. Adjetivo: ambiquesto)

Capacidad de quejarse por una cosa y por la cosa contraria. 

Algunas acciones humanas tienen como consecuencia la ambiquestia: no importa con cuánta buena voluntad se hagan, ni en qué sentido, ni con qué alcance: siempre serán motivo de quejas furibundas e infundamentadas. Si un presidente celebra la construcción de ochocientas mil viviendas en su gestión, los ambiquestos le reprocharán que podría haber construido más, que son demasiadas, que están mal distribuidas, que están demasiado distribuidas, que están distribuidas a propósito, en lugares donde hay intendentes del mismo partido político, que están en sobreprecio, que están por debajo del precio, que tienen demasiadas comodidades para un barrio que no tiene luz ni asfalto; que carecen de comodidades pues el barrio no tiene luz ni asfalto, que vienen pidiendo que se construya hace veinte años, que este proyecto es nuevo y salió de la galera cuando nadie lo había pedido, que quedan lejos, que quedan demasiado cerca de los barrios de gente adinerada, que los futuros habitantes son indigentes cuya primera medida será levantar el parquet para hacer asado, que los futuros habitantes serán parientes de los funcionarios, que ese proyecto ya lo había presentado otro partido, que ese proyecto lo llevó adelante el partido del presidente sin el consentimiento de la oposición, que el proyecto es propio de una política de derecha, que es demasiado de izquierda. Por eso, muchas personas (y, en particular, políticos) prefieren hacer aquello que redundará en la menor cantidad de quejosos, descontentos y ambiquestos: nada.

lunes, 13 de junio de 2011

Comilinguo

(Adjetivo. Del latín comma = cabello y lingua = lengua)

Quien no se atreve a decir lo que piensa, especialmente cuando sería conveniente que lo hiciera. 

La expresión "comilinguo" resume el dicho "tener pelos en la lengua". A su vez, no es casual la semejanza fonética con "comerse la lengua": el comilinguo se traga metafóricamente su propia lengua en el preciso instante en que debiera darle rienda suelta.

lunes, 21 de marzo de 2011

Masallazo

(Sustantivo. De la expresión "más allá")

Argumento que apela a un supuesto conocimiento de primera mano de vivencias relacionadas con la muerte y entidades metafísicas.

El masallazo funciona como un mazazo argumentativo (de allí su semejanza fonética): quien lo esgrime argumenta sobre la base de su propio y personalísimo caso, el cual se convierte en irrefutable por la imposibilidad de corroboración intersubjetiva. "Yo estuve muerto tres minutos, y te puedo asegurar que se ve un túnel y una luz al final"; "A mí me vas a decir que Dios no existe, yo, que vi cuando un ángel me vino a buscar"; "El paraíso existe; cuando Marta murió vino una noche en sueños y me dijo que ella estaba ahí, esperándome". Después de un masallazo sólo se puede hacer un solemne silencio. Si alguien quisiera intentar una refutación ("¿Cómo sabés que esa experiencia es, justamente la experiencia de la muerte?"; "¿Cómo se puede estar seguro de que fue un ángel quien vino a buscarte?"; "¿Qué certeza tenés de que fue Marta quien se comunicó contigo, y no se trató sólo de un sueño?") posiblemente se reciba un comentario ofendido o despreciatorio. Quien esgrime un masallazo lo hace con la intención terminante de despejar dudas e incertidumbres metafísicas: él está aquí para contarnos su experiencia, a la que considera inequívoca y de connotaciones ciertas e irrefutables.

martes, 18 de enero de 2011

Mágrade

(Sustantivo masculino. Del latín magis = más y grates = gracia)

Agradecimiento desmedido.

Cuando alguien agradece de manera muy efusiva por algo que no merece demasiada atención, ha cometido mágrade. Ceder el asiento a una anciana, o pagarle con monedas al kiosquero son actos de calculada cortesía social. Ante ellos, en el mejor de los casos sólo recibiremos un breve "gracias" y quizás una sonrisa amable. Sin embargo, no esperaríamos que el ciego al que ayudamos a cruzar nos llame todos los días para recordar la fugaz gentileza, o que la dama a la que abrimos la puerta nos envíe tarjetas de felicitación y un regalo todos los meses: allí se estaría pasando del agradecimiento socialmente aceptable al mágrade. 
Cualquier mágrade suena falso, teatral y enfermizo, y si somos víctimas de él sentiremos rechazo y lástima por quien nos lo proporciona.

La contracara del mágrade es el mensulto.

viernes, 14 de enero de 2011

Prodichero

(Adjetivo. Del latín pro = en favor de y dictum = sentencia, expresión, dicho)

Quien dice frases banales, crípticas o ambiguas y propone que se piense algo profundo a partir de ellas. 

De vez en cuando alguna persona que se autoconsidera sabia nos dice una seguidilla de palabras con poca sustancia y atinencia, y remata su alocución con un "te lo dejo para que lo pienses", o "pensalo con el corazón", o "fijate bien en lo que digo". Es frecuente que esa sucesión de palabras sea nada más que un truco retórico de poco vuelo, cuya exégesis requiere apenas de un microsegundo y cuya profundidad apenas rebasa la interpretación literal. El prodichero, sin embargo, enuncia sus refrancitos con tono solemne y con la convicción de que por sus labios fluye la sabiduría. Mediante sus palabras pretende calar en el espíritu de su paciente víctima y, de ese modo, provocarle algún tipo de honda conversión moral. 
Ejemplos: "No te mates, Martín, mejor tomá mate... Pensalo".
"No estamos solos... sólo estamos... Te tiro esto para que lo pienses"
"Para que reflexiones: el matrimonio no tiene ida, tiene vueltas"

A veces se puede llamar prodichero a quien dice frases morales sin la coda que invita al pensamiento o la reflexión. En estos casos, entonces, no es necesario que diga "pensalo" o "reflexioná sobre esto". Sin embargo, la ausencia de esta coda quita patetismo al prodichero, y lo convierte en un simple cripticista. En este último sentido, los prodicheros más famosos de Argentina son José Narosky y el rabino Bergmann.

jueves, 13 de enero de 2011

Conjetonear

(Verbo intransitivo. De conjeturar y jetonear, argentinismo por "hablar de más")

Hacer conjeturas aventuradas, infundadas y maliciosas en voz alta.

A veces las personas mantienen sus prejuicios en silencio, o los susurran en charlas de vecinos sin que alguien se pueda sentir visiblemente ofendido. Pero cada tanto alguien conjetonea: levanta la voz, grita sin motivo y pide explicaciones por algo que sólo está en su imaginación. Si un vecino usa pelo largo y trabaja de noche, el prejuicioso conjetura que vende droga. Si, además, le grita "por culpa tuya mi hijo es drogadicto", está conjetoneando.
Si la vecina ha tenido una hija siendo muy joven y no se le conoce pareja, el conjetoneador le gritará "puta, seguro que a tu hijo te lo mantiene el cafiolo".
Quien conjetonea suele ser paraxénico: todo a su alrededor es sospechoso. El problema es que, para el conjetoneador, sus prejuicios no son sólo sospechas infundadas; él está convencido de que ha sacado las conclusiones correctas y por eso no tiene reparos en gritarlas a viva voz.

martes, 14 de diciembre de 2010

Parióclido

(Adjetivo. Del latín parvus = pequeño y clades = calamidad)

Dícese de quien da malas noticias mínimas.

El parióclido comienza su conversación llevándose las manos a la cabeza y preparando el clima para su relato: "No sabés lo que me pasó...". Esperamos el desarrollo de una tragedia, pero de inmediato nos cuenta una historia banal y anodina: "Se me acabó el shampoo... Estoy hecho un desastre".
A veces, las terribles historias son sólo rumores o especulaciones acerca de intrascendentes hechos del futuro inmediato: "Se viene una terrible...", anticipa para generar intriga: "Parece que los palos de golf aumentan un cinco por ciento a partir del año que viene"
Curiosamente, el parióclido no suele preocuparse por generar el clima de suspenso cuando de verdad le ocurre una desgracia.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Losinar

(Del latín laudatio = elogio y sinuosus = sinuoso. También puede aceptarse la forma lausinar. Sustantivo: losinación. Sustantivo agente: losinador

Elogiarse a sí mismo de manera indirecta.

"Yo soy la más fea de toda la familia", dice una modelo hermosísima para elogiar a sus hermanas. Sin embargo, ella sabe de su increíble belleza y es consciente de que con sus palabras marca un estándar familiar bien alto. No faltan los desprevenidos que caen en la trampa y exclaman: "Si ella es la más fea, ¡cómo serán las hermanas!"
El losinador evita hacer referencia directa a sus virtudes. Sin embargo, ciertos comentarios delatan su necesidad de elogiarse: "Ayer seleccionaron a los más aptos para el puesto de gerente, que cobra cinco mil euros, trabaja tres horas por día y tiene seis meses de vacaciones. ¡Qué laburo de mierda! ¿A que no sabés a quién eligieron? A mí, claro." Aunque finja que no le interesa el trabajo, losina dejando deslizar que no cualquiera puede acceder a ese puesto.
"No me gustan los libros que escribo; sin embargo han sido elogiados por los más grandes escritores. Saramago dijo que soy el mejor escritor del siglo. Allá ellos, no sé qué le vieron a mi escritura", dice un escritor en una conferencia. Cada vez que una persona comenta el elogio que otro le hizo, e inmediatamente trata de rebajar ese elogio, está losinando. Aun si dice "sinceramente, creo que no merezco ese elogio", sigue losinando: no sólo desea que lo elogien; también quiere que lo consideren humilde.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Lipolexia

(Sustantivo. Del griego leípo = ceder, abandonar y lógos = razonamiento, discurso)

Momento de un discurso en el que se pierde el hilo racional.

A veces, promotores de medicinas new age, anunciadores de la segunda venida de Cristo, piscóticos que creen ser perseguidos por demonios, profetas de apocalipsis anunciados en símbolos inextricables al pie de una pirámide o exégetas de las maléficas intenciones de políticos, pensadores y científicos, revisten su discurso con un halo de racionalidad para presentar sus dudosas hipótesis como si fueran verosímiles y aceptables. Pero en algún momento dan poco sutiles saltos al vacío, sacando conclusiones de la nada y cambiando el tono neutro por uno agresivo y enloquecido. En ese punto en el que la racionalidad se permuta por inextricables maldiciones, admoniciones o presagios, se ha desatado la lipolexia.
En los programas de televisión, ciertos invitados (supuestamente expertos en algo, probablemente de tinte ligeramente humanístico) aprovechan los minutos de aire y la buena predisposición de un conductor, para presentar su ciencia, sus estudios, las teorías que han frecuentado y los diplomas que han obtenido. Si los dejan seguir hablando, puede que comenten con poco detalle qué están haciendo actualmente, cómo llevan a cabo sus experimentos, con qué renombradas revistas internacionales trabajan, qué libros han publicado, cuántas becas han obtenido. Si les dan más minutos de aire, puede que alguno se atreva a confesar que la ciencia no sirve para nada y que lo mejor es el estudio del poder de las piedras y el agua, y tal vez pida un vaso de agua para mostrar que se pueden captar "malas ondas" con sólo sumergir una piedra en ella. Otro podrá confesar que sólo cree en el poder sanador de los espíritus; el de más allá se declara devoto de María y el siguiente no dejará pasar la oportunidad para asegurar que los niños índigo vendrán a salvar el mundo, o que hay un demonio violador que acecha detrás de los roperos, o que el cáncer no es una enfermedad sino un extraterrestre, o que las personas están siendo controladas a distancia por habitantes de Neptuno, o que el queso tiene sentimientos, o que las cañerías son sistemáticamente envenenadas por políticos corruptos que quitan el veneno un segundo antes de que abramos las canillas. Nadie sabe cómo se ha llegado a ese punto de la charla, pero en algún momento el discurso abrió el juego a opiniones absolutamente delirantes, inoportunas, insólitas y penitéticas. Ese momento es el de la lipolexia

martes, 24 de agosto de 2010

Frodiscoso

(Adjetivo. Del latín for = hablar; post = después y discessus = despedida.)

Quien inicia una conversación luego de despedirse. 

El frodiscoso nos engaña con su repetido "adiós" a través del teléfono o cuando está de visita en casa, pero un segundo antes de que colguemos o de que le abramos la puerta nos preguntará cómo está la familia, el perro y el gato y acto seguido contará pormenores de sus propios parientes y mascotas. Luego se despide una vez más, de manera efusiva y asfixiante. Sin embargo, no nos deja colgar ni cerrar la puerta: sigue allí, hablando sin parar hasta que en algún momento mira el reloj, dice "qué tarde se hizo" y vuelve a saludar, con apuro. Esto tampoco lo detiene: ya a punto de cortar o de pisar la vereda, encuentra otra nueva e interminable temática para seguir parloteando.
Es común que el frodiscoso, a pesar de los innúmeros saludos de despedida que nos ha propinado, se vaya sin saludarnos, con la excusa de que ya nos saludó muchas veces.
Al frodiscoso se le puede proponer (con ironía) una especial técnica de saludo: que se despida muchas veces al principio de la conversación, para que después no tengamos que padecer la decepción de sus continuos amagues.

El frodiscoso es cronocléptico.

lunes, 23 de agosto de 2010

Proscático

(Adjetivo. Del griego pro = adelante y eikónes = imagen. Sustantivo: proscasía)

Dícese de quien pretende fundamentar una conclusión general a partir de una imagen fuerte. 

El proscático da detalles vívidos de una escena que le parece suficientemente enérgica como para servir de ejemplo y, a partir de esa imagen, cree que se puede sacar una conclusión general o de mayor alcance. "A mi vecina le entraron a robar, la ataron, le pegaron un culatazo y la dejaron sangrando. Había sangre por toda la cocina. Los ladrones revisaron todo, secuestraron al marido, lo llevaron por los cajeros automáticos y le sacaron todo el dinero. Es increíble lo que ha aumentado el delito en nuestra sociedad". En el ejemplo anterior se puede encontrar la proscasía: Se hace una conclusión que no puede sostenerse a partir de la imagen del robo, por muy detallada que esta sea. Si alguien se atreve a dudar del aumento de la inseguridad, el proscático dará aun más pormenores o agregará otro ejemplo no conectado con el anterior: "¡Los ladrones le pegaron hasta al perro! ¡Al marido le robaron el reloj! ¡Al otro día, un chico por la calle le robó la cartera a la esposa, y el verdulero se quedó con un vuelto!"
El proscático pretende que, si a una misma persona le roban muchas veces o si los delincuentes son muy violentos, eso (por sí solo) aumenta las estadísticas generales. Él siente que un caso aislado (o un grupo de casos no conectados) es apenas un ejemplo de un fenómeno masivo y creciente.

Los proscáticos suelen ser onfalóquicos.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Mecoder

(Verbo intransitivo. De la expresión latina medio in choreo cadere = "caer en medio de un baile")

Verse envuelto en una discusión de manera involuntaria. 

¿Cómo es posible que el comentario acerca del hermoso día soleado nos llevó a tener una álgida polémica sobre el papel de la religión en la conformación de los imaginarios hierofánicos? ¿De qué manera ese saludo inocente derivó en una furiosa contienda verbal sobre el papel del pensamiento político de la derecha en la praxis pública del estado? No lo comprendemos, pero de manera casi inevitable algo despertó la palabra equivocada, que fue retrucada por otra palabra equivocada y allí están, dos involuntarios polemistas que mecoden cuando todo lo que deseaban era compartir en silencio una cerveza helada al atardecer.

Existen personas con las que resulta inevitable mecoder, y no porque sean especialmente quisquillosas o polémicas: a veces los pequeños comentarios de cortesía son malinterpretados y desatan una respuesta ligeramente reactiva que desencadena otra hasta el desbocado agón erístico. Otras veces, uno de los dialogantes no desea discutir, pero el otro sí lo desea. En esos casos, el que no quiere entablar batalla debe ser muy precavido y esquivar con humor o indiferencia las indirectas, los gritos, las presunciones y las falacias del peleador. A veces es más fácil aceptar la discusión de manera frontal que mantener la intención de evitarla.

Para saber si alguien desea mecoder, lo más conveniente es preguntárselo de antemano. Sin embargo, si de verdad esa persona suele mecoder, es posible que malinterprete la pregunta y comience a mecoder. Puede darse el siguiente diálogo que da inicio a la discusión:

"A - ¿Usted mecode?
B - Sí, usted también me jode. Y no sabe cómo. "

jueves, 22 de julio de 2010

Nebelóquico

(Adjetivo. Del latín ne = partícula que significa negación; bellum = guerra y loquor = hablar. Sustantivo: nebeloquio)

Quien supone que su palabra hubiera causado un escándalo.

"Si yo hubiera hablado, se armaba", dice el nebelóquico, convencido de que tiene un dato cuya divulgación en público podría haber dado inicio a una batalla erística. "Pero no quise hablar; no iba a andar arruinando la fiesta", se excusa. Lo curioso es que el nebelóquico nunca deja trascender su supuesto conocimiento, y por lo tanto jamás da oportunidad al escándalo que augura con profética insistencia. Su intervención es puramente contrafáctica; él imagina que sus palabras no dichas podrían haber desatado un profundo conflicto en las opiniones y convicciones de sus oyentes, y a veces se atreve a imaginar lo que hubiera dicho cada uno de los que acaso hubieran escuchado lo que él les hubiera dicho y jamás dijo ni dirá: "Carlitos se iba a querer morir y le iba a pegar una trompada a Felipe. Seguro que Marta agarraba el bolso y se iba de la casa con los chicos. La abuela de Carlitos se iba a poner a llorar. Raúl estaría pensando cómo podría extorsionar a Felipe, y Pedro, como es un morboso, casi seguro se cagaba de risa"

miércoles, 21 de julio de 2010

Glacioso

(Adjetivo. De glaciar y gracioso)

Dícese de quien con asiduidad hace bromas que no causan gracia. 

El glacioso tiene la voluntad de un humorista, pero su humor resulta insípido o irritante. Por lo general provoca mínimas y gélidas sonrisas de compromiso o de ligero bochorno. Quienes lo rodean no participan de la complicidad de sus chistes, ni festejan sus ocurrencias. Sin embargo, él sigue insistiendo con predecibles rimas guarangas, chistes lavados y viejos, coplas sin ingenio ni estilo y apodos anodinos y ligeramente insultantes. Causa más incomodidad que gracia, aunque no llega a ser abiertamente vergonzoso. Por lo general pretende hacer una intervención graciosa en la historia que cuenta otro, y su previsible intervención llega a destiempo o resulta forzada. "Pasé el fin de semana por Tarija", cuenta un amigo que hizo un viaje. "Y te agarraste la pija", agrega el glacioso para, inmediatamente, empañar la anécdota con una risotada fingida que nadie acompaña. Es de esperar que el solo hecho de ser el único en festejar sus chistes lo desmoralizaría. Pero el glacioso se empeña en ser el humorista de la reunión y, por tanto, sus ocurrencias acompañarán cada resquicio de rima chusca que se le presente. En cada ocasión del relato, hará su solitaria intervención cuasicómica.

Los docentes, los políticos y los jefes suelen ser glaciosos cuando bromean (respectivamente) acerca de sus exámenes, de la situación de sus gobernados y del sueldo de sus empleados.

jueves, 15 de julio de 2010

Prespondia

(Sustantivo. Del latín pre = antes y respondere =  responder. Adjetivo: prespóndico [No confundir con el propóndico])

Tendencia a responder una pregunta antes de que se termine de formular. 

A veces damos por supuesta la pregunta que nos están haciendo, y tendemos a asentir (o a negar) antes de que se acabe con la interrogación. "¿Viste cómo está el país...", nos dice un vecino y gesticulamos un "sí" con la cabeza. Pero él continúa: "... que está todo mal, se viene el fin del mundo, los trolos se quieren casar, quieren tener hijos... " Nos damos cuenta de que el asentimiento fue prematuro y que, en verdad, no podemos asentir a esas preguntas prejuiciosas. Pero ante cualquier testigo, nos hemos convertido en detractores del matrimonio igualitario y anunciadores del apocalipsis.
En estos casos contestamos por compromiso y porque, por lo general, las interrogaciones son puramente retóricas. Por esa razón, nos sentimos dispensados de escuchar la pregunta hasta el final. "¿Vos sabés para qué me pongo este saco negro?", nos dice un amigo con cierta complicidad y decimos "Sí, claro", dando por supuesto que la razón es la calidad de la ropa y lo bien que le queda. "Claro, vos te das cuenta: con este saco la panza no se me nota tanto". Nuestra respuesta anticipada se convierte en un insulto, aunque contestamos sólo porque preveíamos un amable y trivial desenlace de la conversación.

Existen personas que, de manera compulsiva, se adelantan a la pregunta cuando en verdad no hay razones para prever la respuesta. Cuando la interrogación es demasiado larga, las personas ansiosas no desean escucharla por completo y anticipan el final. "¿Vos creés que los indicadores macroeconómicos que maneja el poder ejecutivo nacional..." comenzamos a preguntar. El prespóndico compulsivo completa por su cuenta: "Sí, el poder ejecutivo, vos querés saber si están manipulados o si son confiables; desde ya te digo que no, no me parecen para nada confiables". En realidad no preguntábamos eso, pero la prespondia del interlocutor no sólo contesta antes, sino que cierra por nosotros las preguntas que todavía no le hemos formulado, creyendo quizás que tiene una especial intuición para conocer de antemano lo que piensan los demás. 

jueves, 20 de mayo de 2010

Magnivoquio

(Sustantivo. Del latín magnus = grande y vocare = llamar)

En un discurso, apelar a una persona importante o a una institución que está más allá del auditorio al que se dirige el discurso.

"Gracias a todos, gracias", dice un periodista que ha recibido un premio. Sus colegas, bajo el estrado, lo aplauden. "Con esta distinción quiero dirigirme a la presidenta de la nación: por favor, que cuide a los periodistas porque tenemos miedo", agrega el premiado. La presidenta no está presente, y no tiene por qué escuchar ese discurso: se trata de un magnivoquio, una errónea apelación a una autoridad o a alguien que no puede escuchar directamente, ni tiene por qué hacerse cargo de lo que se le dice. "Y por favor, señor Papa, su Santidad, deje de ocultar la pederastia", puede agregar el magnívoco periodista. "Y ya que estamos, Arcángel Gabriel, no me molestaría que se me apareciera alguna vez y así yo también puedo tener una revelación", acota. "A la población china, le digo: por favor, dejen de emigrar hacia el resto del mundo que ya está bastante superpoblado. Y a los extraterrestres que merodean nuestro planeta, especialmente a los chupacabras: nunca les daremos nuestros recursos, sépanlo. Nada más, compañeros periodistas. Estoy orgulloso de haber recibido este premio."

miércoles, 19 de mayo de 2010

Balbinodiar

(Verbo intransitivo. Del latín balbus = tartamudo e inodia = enfado)

Tartamudear de ira.

Cuando alguien comete una injusticia, nos sentimos obligados a intervenir. Queremos que el injusto entienda nuestra contundente opinión sobre su proceder. Sin embargo, por culpa del enojo, las palabras se agolpan en la lengua; el discurso incisivo y oportuno se convierte en un balbuceo forzado y gritón; apenas se entienden dos o tres palabras airadas que el injusto escucha con sorpresa y sonrisa socarrona, y por último, en el paroxismo de la rabia (la rabia provocada por nuestra propia incompetencia en el manejo discursivo) nos sale un "Andá a la co co co concha de tu her her her hermana" que malogra definitivamente y sin remedio el propósito de la intervención.

jueves, 25 de marzo de 2010

Teleutofrasto,a

(Adjetivo. Del griego teleutón = final y phrásis = expresión)

Quien, cuando se le pide que repita una expresión porque no se ha entendido, sólo repite la parte final. 

"Me gustaría comprarme un alfajor", dice el teleutofrasto. "Perdón, ¿qué dijiste?", preguntamos, porque no pudimos oírlo. El teleutofrasto sólo responde: "Alfajor". Su respuesta nos obliga a preguntar una vez más: "¿Qué pasa con el alfajor?" En este punto el teleutofrasto suele perder la paciencia y, a veces, nos contesta con un grito. "¡Quiero comprarme un alfajor, eso dije, comprarme un alfajor!" Por alguna razón inexplicable, cree que con sólo repetir el final de su oración es suficiente para que captemos el contenido total de su intención ilocutiva. El teleutofrasto supone que podremos reconstruir el resto de la frase por el contexto. "¡Es obvio que, si estamos pasando por el kiosco y digo 'alfajor', quiero comprarme un alfajor!", dice para justificar el hecho de no haber repetido la frase completa. "Además, ¿Qué te pasa? ¿Estás sordo?", agrega enfurecido.
Hay contextos en los que el teleutofrasto se vuelve muy peligroso. Si un profesor hace una extensa enumeración y, cuando le pedimos que la diga otra vez sólo repite los últimos elementos de su enumeración, ha condenado a sus alumnos a que no puedan tomar apuntes. "Los filósofos presocráticos más famosos de Grecia Antigua son Tales, Anaximandro, Anaxímenes, Pitágoras, Heráclito, Parménides, Empédocles, Anaxágoras, Leucipo y Demócrito", dice el profesor. "¿Puede repetirlos?", pregunta un alumno. "Sí, sí: Leucipo y Demócrito. De - mó - cri - to".