(Adjetivo. De tira y muerto)
Dícese de la persona que en una discusión expone la cantidad de muertos, mutilados y torturados para rebatir una tesis.
El tiramuertos tiene, entre sus argucias argumentativas, algún genocidio o algún hecho masivamente violento para ejemplificar y obliterar a su contrincante. No importa si se trata de una discusión conceptual: él justificará sus afirmaciones mostrándole a su rival que es un insensible, porque no tiene en cuenta la cantidad de sufrimiento que implicó su postura. "¿Cómo podés estar en contra de Israel? ¿No sabés la cantidad de muertos que hubo en los campos de concentración judíos por culpa de los nazis?" Desde luego, se puede estar en contra de algo sin necesariamente apoyar los asesinatos masivos, pero al tiramuertos eso no le interesa: cree que el solo hecho de enlazar una discusión con una consecuencia históricamente horrorosa, es suficiente para que se abandone cualquier otra clase de argumento. Existen otras variantes de tiramuertos: "¿Cómo podés estar en contra de la noción de patriarcado, del micromachismo y de la violencia simbólica? ¿No sabés la cantidad de personas que mueren por violencia de género?"; "¿Cómo podés decir que el gobierno hace cosas buenas? ¿Sabés la cantidad de chicos que mueren por desnutrición en el norte del país?".
El tiramuertos cree que su pirotécnico golpe de efecto retórico es definitivo y exhaustivo; una vez que ha expuesto con crudeza la cantidad de muertos que, según él, se siguen de la argumentación de su contrincante, espera que la discusión se termine. Si no se termina, se considera con derecho a tildarlo de nazi, machista o fanático.
Definiciones y términos que no figuran en el diccionario ("Exonario" no figura en el diccionario, pero sí figura en Exonario)
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viernes, 26 de julio de 2013
viernes, 5 de julio de 2013
Teagarrismo
(Sustantivo. De la expresión "¡Te agarré!". Adjetivo: teagarrista)
Tendencia a encontrar contradicciones donde no las hay.
El teagarrista considera que tiene una especial capacidad para pescar in fraganti profundas incoherencias en las personas. Sin embargo, los razonamientos que llevan a concluir tales contradicciones son retorcidos y por lo general utilizan premisas muy complejas y lejanamente aceptables. "Ahhh, ahora te agarré... ¿Estás comprando pan? ¿Y vos no estabas contra el paro del campo?": Si se desglosan las premisas del razonamiento anterior, podrá observarse que se unieron ciertos supuestos ("Si estás contra el paro del campo, entonces estás a favor de que se comercialice trigo. Pero el paro del campo existió porque no se permite comercializar trigo en la cantidad adecuada. Por lo tanto, quien está en contra del paro del campo, para ser consecuente, no debe consumir trigo"), los cuales rara vez se explicitan al momento de acusar a alguien, porque el teagarrista los considera inmaculadamente evidentes.
Tendencia a encontrar contradicciones donde no las hay.
El teagarrista considera que tiene una especial capacidad para pescar in fraganti profundas incoherencias en las personas. Sin embargo, los razonamientos que llevan a concluir tales contradicciones son retorcidos y por lo general utilizan premisas muy complejas y lejanamente aceptables. "Ahhh, ahora te agarré... ¿Estás comprando pan? ¿Y vos no estabas contra el paro del campo?": Si se desglosan las premisas del razonamiento anterior, podrá observarse que se unieron ciertos supuestos ("Si estás contra el paro del campo, entonces estás a favor de que se comercialice trigo. Pero el paro del campo existió porque no se permite comercializar trigo en la cantidad adecuada. Por lo tanto, quien está en contra del paro del campo, para ser consecuente, no debe consumir trigo"), los cuales rara vez se explicitan al momento de acusar a alguien, porque el teagarrista los considera inmaculadamente evidentes.
martes, 7 de mayo de 2013
Teoastenia
(Sustantivo. Del griego theós = divino; a = negación y stenós = fuerza. Adjetivo: teoasténico)
Débil, ambigua y vacilante creencia en un dios.
El teoasténico no se declara ateo: mas bien insiste en que mantiene una fe religiosa, aunque no se siente a gusto con ella. No quiere que lo llamen ateo o agnóstico, pero tampoco acepta abiertamente el dogma religioso. Si en algún momento tuvo una creencia firme y plena, con el correr de los años ha ido dejando en suspenso cada una de las proposiciones en las que creía. Ya no cree abiertamente en la bondad divina, en la omnisciencia, en la justicia y en los milagros. Sin embargo, se resiste a despegarse de esas creencias como si todavía les tuviese cierto cariño, aunque ya no forman parte de su caudal de opiniones declaradas.
El teoasténico es un creyente cuya fe ha sido herida por la duda y el razonamiento, pero todavía tiene la esperanza de que esa herida pueda sanar. Solo es cuestión de tiempo para que esa esperanza se transforme en una nueva herida. En ese caso pueden ocurrir dos cosas: o bien el teoasténico abandona para siempre sus dogmas, con ruido, enojo y militancia antirreligiosa; o bien se convierte de lleno a alguna fe, se encierra en un credo hermético e intransigente, y se vuelve impermeable a todo tipo de dudas.
Débil, ambigua y vacilante creencia en un dios.
El teoasténico no se declara ateo: mas bien insiste en que mantiene una fe religiosa, aunque no se siente a gusto con ella. No quiere que lo llamen ateo o agnóstico, pero tampoco acepta abiertamente el dogma religioso. Si en algún momento tuvo una creencia firme y plena, con el correr de los años ha ido dejando en suspenso cada una de las proposiciones en las que creía. Ya no cree abiertamente en la bondad divina, en la omnisciencia, en la justicia y en los milagros. Sin embargo, se resiste a despegarse de esas creencias como si todavía les tuviese cierto cariño, aunque ya no forman parte de su caudal de opiniones declaradas.
El teoasténico es un creyente cuya fe ha sido herida por la duda y el razonamiento, pero todavía tiene la esperanza de que esa herida pueda sanar. Solo es cuestión de tiempo para que esa esperanza se transforme en una nueva herida. En ese caso pueden ocurrir dos cosas: o bien el teoasténico abandona para siempre sus dogmas, con ruido, enojo y militancia antirreligiosa; o bien se convierte de lleno a alguna fe, se encierra en un credo hermético e intransigente, y se vuelve impermeable a todo tipo de dudas.
lunes, 3 de diciembre de 2012
Taquiapancio
(Adjetivo y sustantivo. Del griego taxús = rápido y apanthoó = responder)
Sistema de comunicación que exige respuesta inmediata por parte del destinatario.
Cuando suena el teléfono o el timbre, debemos abandonar lo que veníamos haciendo para atender. Si demoramos la respuesta, la persona que nos llama desaparece y la comunicación se ve malograda. En estos casos, el sistema elegido es taquiapancio: el receptor debe hacer algo de modo inmediato (atender el llamado o abrir la puerta) para que el mensaje llegue; de otro modo el propio mensaje desaparece. En cambio, existen otros medios (como las cartas de correo clásico, los mensajes por correo electrónico y los mensajes de texto) en los que no se necesita corroborar con urgencia el contenido de la comunicación, y por lo tanto es posible prolongar su recepción. Los medios que no son taquiapancios podrían denominarse argapancios (del griego argá = tarde, despacio).
Los argapancios son preferibles a los taquiapancios, excepto en los casos en que la comunicación requiere de una respuesta urgente. El taquiapancio tiene un inconveniente adicional, además de la celeridad con la que exige ser respondido: su forma de notificarse es insistente y sólo cesa cuando el mensaje desapareció. El teléfono y el timbre podrían sonar una infinidad de veces. En cambio, con los argapancios -como un mensaje de texto- basta con un sonido puntual para que el contenido comunicativo esté presente en nuestro teléfono.
Las alarmas de los coches y de las casas son taquiapancias. El dolor en los seres vivos también lo es: cuando algo nos duele, nos anoticiamos de ello de manera tan insistente y apremiante que no podemos aplazar o diferir la atención a la zona dolorida.
Tanto los argapancios como los taquiapancios pueden generar preforinquia.
Sistema de comunicación que exige respuesta inmediata por parte del destinatario.
Cuando suena el teléfono o el timbre, debemos abandonar lo que veníamos haciendo para atender. Si demoramos la respuesta, la persona que nos llama desaparece y la comunicación se ve malograda. En estos casos, el sistema elegido es taquiapancio: el receptor debe hacer algo de modo inmediato (atender el llamado o abrir la puerta) para que el mensaje llegue; de otro modo el propio mensaje desaparece. En cambio, existen otros medios (como las cartas de correo clásico, los mensajes por correo electrónico y los mensajes de texto) en los que no se necesita corroborar con urgencia el contenido de la comunicación, y por lo tanto es posible prolongar su recepción. Los medios que no son taquiapancios podrían denominarse argapancios (del griego argá = tarde, despacio).
Los argapancios son preferibles a los taquiapancios, excepto en los casos en que la comunicación requiere de una respuesta urgente. El taquiapancio tiene un inconveniente adicional, además de la celeridad con la que exige ser respondido: su forma de notificarse es insistente y sólo cesa cuando el mensaje desapareció. El teléfono y el timbre podrían sonar una infinidad de veces. En cambio, con los argapancios -como un mensaje de texto- basta con un sonido puntual para que el contenido comunicativo esté presente en nuestro teléfono.
Las alarmas de los coches y de las casas son taquiapancias. El dolor en los seres vivos también lo es: cuando algo nos duele, nos anoticiamos de ello de manera tan insistente y apremiante que no podemos aplazar o diferir la atención a la zona dolorida.
Tanto los argapancios como los taquiapancios pueden generar preforinquia.
miércoles, 14 de noviembre de 2012
Torniselar
(Verbo intransitivo. Del latín tornus = vuelto y "sesel", onomatopeya del susurro por "ese es el...". Puede aceptarse la variante menos elegante torniseselar)
Volver inmediatamente a un lugar del cual se ha salido y descubrir que las personas de ese lugar están hablando mal de uno.
¿Cuántas veces salimos de un negocio y volvemos a entrar unos segundos después porque nos olvidamos de comprar algo? ¿Y cuántas veces el vendedor y sus empleados se han puesto a cuchichear ni bien traspasamos el umbral de la puerta de calle? Es evidente que, en esos casos, los dependientes del negocio están hablando mal de uno.
Para evitar que escuchemos cuando hacen esto, no deberíamos retornar al lugar de manera inmediata. Si ya salimos, démosle un tiempo prudente a los dialogantes para que puedan intecambiar sus malintencionadas apreciaciones. Después, sí, cuando ya dejamos de ser un tema de interés, podremos retornar y comprar la lata de arvejas que nos habíamos olvidado. Para contribuir a que las relaciones no se deterioren, debemos dejar ese margen de tiempo en el que indefectiblemente lanzarán un rumor en voz baja sobre nuestra persona. No debemos escucharlos, ni interrumpirlos: sólo después volveremos a hacernos presentes. Por eso, cuando se tornisela no se ha tenido en cuenta ese tiempo prudencial y nos exponemos a escuchar algo que no hubiéramos querido o -aun peor- a enemistarnos con el almacenero. Mantener buenas relaciones con la gente incluye, además, darles márgenes de tiempo en los que pueden decir cualquier barbaridad sin que se los confronte. Desde luego, quienes estén buscando comenzar un conflicto torniselarán en cada ocasión que se les presente.
Ahora bien, quizás el vendedor no hablaba sobre uno. Quizás escuchamos mal o sencillamente somos paranoicos. Pero es fácil darse cuenta si el cuchicheo es sobre uno mismo. En primer lugar, ya el solo hecho de que apenas nos damos vuelta comiencen a hablar en voz baja, es sospechoso. En segundo lugar, a veces al principio de ese cuchicheo escuchamos dos sonidos sibilantes: "s", "s", apenas susurrados, seguidos de un sonido "l". Esas dos "s" más la "l" son las consonantes que conforman la expresión "Ese es el..." o "Esa es la...". De modo que si escuchamos "s-s-l", están hablando de nosotros: "Esa es la hija de puta que cagó al marido". "Ese es el guacho que maltrata a sus hijos". La palabra "seselar" podría ser la definición de este tipo de cuchicheo en el que se señala a una persona que está presente o que se está yendo mediante la apelación "ese es el..." o "esa es la...".
Volver inmediatamente a un lugar del cual se ha salido y descubrir que las personas de ese lugar están hablando mal de uno.
¿Cuántas veces salimos de un negocio y volvemos a entrar unos segundos después porque nos olvidamos de comprar algo? ¿Y cuántas veces el vendedor y sus empleados se han puesto a cuchichear ni bien traspasamos el umbral de la puerta de calle? Es evidente que, en esos casos, los dependientes del negocio están hablando mal de uno.
Para evitar que escuchemos cuando hacen esto, no deberíamos retornar al lugar de manera inmediata. Si ya salimos, démosle un tiempo prudente a los dialogantes para que puedan intecambiar sus malintencionadas apreciaciones. Después, sí, cuando ya dejamos de ser un tema de interés, podremos retornar y comprar la lata de arvejas que nos habíamos olvidado. Para contribuir a que las relaciones no se deterioren, debemos dejar ese margen de tiempo en el que indefectiblemente lanzarán un rumor en voz baja sobre nuestra persona. No debemos escucharlos, ni interrumpirlos: sólo después volveremos a hacernos presentes. Por eso, cuando se tornisela no se ha tenido en cuenta ese tiempo prudencial y nos exponemos a escuchar algo que no hubiéramos querido o -aun peor- a enemistarnos con el almacenero. Mantener buenas relaciones con la gente incluye, además, darles márgenes de tiempo en los que pueden decir cualquier barbaridad sin que se los confronte. Desde luego, quienes estén buscando comenzar un conflicto torniselarán en cada ocasión que se les presente.
Ahora bien, quizás el vendedor no hablaba sobre uno. Quizás escuchamos mal o sencillamente somos paranoicos. Pero es fácil darse cuenta si el cuchicheo es sobre uno mismo. En primer lugar, ya el solo hecho de que apenas nos damos vuelta comiencen a hablar en voz baja, es sospechoso. En segundo lugar, a veces al principio de ese cuchicheo escuchamos dos sonidos sibilantes: "s", "s", apenas susurrados, seguidos de un sonido "l". Esas dos "s" más la "l" son las consonantes que conforman la expresión "Ese es el..." o "Esa es la...". De modo que si escuchamos "s-s-l", están hablando de nosotros: "Esa es la hija de puta que cagó al marido". "Ese es el guacho que maltrata a sus hijos". La palabra "seselar" podría ser la definición de este tipo de cuchicheo en el que se señala a una persona que está presente o que se está yendo mediante la apelación "ese es el..." o "esa es la...".
martes, 13 de marzo de 2012
Teratorio
(Sustantivo. Del griego theratos = monstruo y desinencia -torio, que significa lugar donde se realiza una acción. También puede utilizarse "teratario". El especialista que atiende en los teratorios es un teratólogo)
Recinto donde se convierte a las personas en monstruos.
Existen no corroboradas historias acerca de ciertos teratorios ocultos en bosques, montañas o cuevas, atendidos por alquimistas, brujos o científicos locos. Las personas supuestamente acuden a teratorios con la intención de modificar su organismo para obtener poderes especiales, o para resaltar de modo exagerado alguna zona de su cuerpo. De ese modo, hay teratorios que ofrecen la visión -o el poder de vuelo- del águila, la velocidad del tigre o la anulación de deseos y emociones propios de un robot o una cafetera. También, si alguien desea tener bíceps gigantescos, en los teratorios implantan profusión de cadenas musculares adentro de los brazos. En todos los casos, las intervenciones realizadas tienen un altísimo riesgo, son éticamente cuestionables y el resultado es una persona con características monstruosas.
A veces se acude a teratorios sin saberlo. Por ejemplo, cuando ingresamos al hospital para hacernos una cirugía menor en la cabeza y salimos de allí con la cara deformada, los ojos hinchados y la distribución de las facciones totalmente alterada: la cirugía era la excusa para que el teratólogo (camuflado bajo la inocente figura de un cirujano) diera rienda suelta a su necesidad de convertirnos en monstruos.
Hay una delgada línea entre la clínica de cirugía estética y el teratorio. De hecho, muchas veces es difícil establecer si un conjunto de cirugías estéticas ha generado una persona bella o una persona monstruosa. A veces, de tanto aplicarse cirugías estéticas, se termina regiboneciendo. A veces, cuando se aplican enormes implantes mamarios o alargamientos de pene, la persona se convierte en teraterótica.
En el episodio de Los Simpsons, "La Casita del Horror XIII", la familia Simpsons va de vacaciones a una isla en la cual el Dr. Hilbert tiene un teratorio. Allí convierte a las personas en animales.
Recinto donde se convierte a las personas en monstruos.
Existen no corroboradas historias acerca de ciertos teratorios ocultos en bosques, montañas o cuevas, atendidos por alquimistas, brujos o científicos locos. Las personas supuestamente acuden a teratorios con la intención de modificar su organismo para obtener poderes especiales, o para resaltar de modo exagerado alguna zona de su cuerpo. De ese modo, hay teratorios que ofrecen la visión -o el poder de vuelo- del águila, la velocidad del tigre o la anulación de deseos y emociones propios de un robot o una cafetera. También, si alguien desea tener bíceps gigantescos, en los teratorios implantan profusión de cadenas musculares adentro de los brazos. En todos los casos, las intervenciones realizadas tienen un altísimo riesgo, son éticamente cuestionables y el resultado es una persona con características monstruosas.
A veces se acude a teratorios sin saberlo. Por ejemplo, cuando ingresamos al hospital para hacernos una cirugía menor en la cabeza y salimos de allí con la cara deformada, los ojos hinchados y la distribución de las facciones totalmente alterada: la cirugía era la excusa para que el teratólogo (camuflado bajo la inocente figura de un cirujano) diera rienda suelta a su necesidad de convertirnos en monstruos.
Hay una delgada línea entre la clínica de cirugía estética y el teratorio. De hecho, muchas veces es difícil establecer si un conjunto de cirugías estéticas ha generado una persona bella o una persona monstruosa. A veces, de tanto aplicarse cirugías estéticas, se termina regiboneciendo. A veces, cuando se aplican enormes implantes mamarios o alargamientos de pene, la persona se convierte en teraterótica.
En el episodio de Los Simpsons, "La Casita del Horror XIII", la familia Simpsons va de vacaciones a una isla en la cual el Dr. Hilbert tiene un teratorio. Allí convierte a las personas en animales.
miércoles, 29 de febrero de 2012
Trastacular
(Verbo)
No llegar a sentarse en algún lugar y estar a punto de caer de trasero al piso.
La acción de trastabillar implica un traspié o tropezón sin caerse. El que trastabilla no cae, pero estuvo a punto de hacerlo. Lo mismo le ocurre al que trastacula, con la diferencia que el traspié no es dado con el pie, sino con el trasero.
Cuando un ómnibus o un tren tienen violentas sacudidas por pozos, el trasero de sus pasajeros no puede mantenerse firme en el asiento y trastaculan. Una persona sentada de modo inestable en el brazo de un sofá o en un lugar cuya superficie es más pequeña que su trasero, tiende a trastacular.
No llegar a sentarse en algún lugar y estar a punto de caer de trasero al piso.
La acción de trastabillar implica un traspié o tropezón sin caerse. El que trastabilla no cae, pero estuvo a punto de hacerlo. Lo mismo le ocurre al que trastacula, con la diferencia que el traspié no es dado con el pie, sino con el trasero.
Cuando un ómnibus o un tren tienen violentas sacudidas por pozos, el trasero de sus pasajeros no puede mantenerse firme en el asiento y trastaculan. Una persona sentada de modo inestable en el brazo de un sofá o en un lugar cuya superficie es más pequeña que su trasero, tiende a trastacular.
viernes, 23 de diciembre de 2011
Teroftonia
(Sustantivo. Del griego pterón = ala y fthonos = envidia)
Envidia de los animales que pueden volar.
¿Por qué algunos seres tienen alas y otros están condenados a vagar por la superficie, sin posibilidad de contemplar el mundo desde una majestuosa altura? ¿Por qué los designios de la presión evolutiva nos constriñeron a desarrollar pulgares oponibles en lugar de plumas? ¿Por qué es tan inalcanzable una estrella como la copa de un árbol? ¿Por qué una caída desde las alturas nos mata irremisiblemente, sin que podamos aletear a último momento para evitar el crudo golpe en el piso?
Los niños sienten la teroftonia con mucha angustia. A veces mueven los brazos con frenesí, emulando a una paloma, pero sólo logran cansarse (y de ese modo se olvidan y juegan a otra cosa). Es posible que alguna vez un niño haya dado -por azar, y durante unos pocos segundos- con alguna técnica para planear en el aire.
Quizás, si aleteáramos muy seguido, le podríamos comunicar a nuestros genes el deseo de volar y dentro de treinta o cuarenta millones de años haya en la tierra una especie alada que cumpla con nuestros deseos. Desde luego, no hay garantía de que esa especie se parezca en lo más mínimo a nosotros, y eso quizás es una buena noticia.
Envidia de los animales que pueden volar.
¿Por qué algunos seres tienen alas y otros están condenados a vagar por la superficie, sin posibilidad de contemplar el mundo desde una majestuosa altura? ¿Por qué los designios de la presión evolutiva nos constriñeron a desarrollar pulgares oponibles en lugar de plumas? ¿Por qué es tan inalcanzable una estrella como la copa de un árbol? ¿Por qué una caída desde las alturas nos mata irremisiblemente, sin que podamos aletear a último momento para evitar el crudo golpe en el piso?
Los niños sienten la teroftonia con mucha angustia. A veces mueven los brazos con frenesí, emulando a una paloma, pero sólo logran cansarse (y de ese modo se olvidan y juegan a otra cosa). Es posible que alguna vez un niño haya dado -por azar, y durante unos pocos segundos- con alguna técnica para planear en el aire.
Quizás, si aleteáramos muy seguido, le podríamos comunicar a nuestros genes el deseo de volar y dentro de treinta o cuarenta millones de años haya en la tierra una especie alada que cumpla con nuestros deseos. Desde luego, no hay garantía de que esa especie se parezca en lo más mínimo a nosotros, y eso quizás es una buena noticia.
jueves, 8 de diciembre de 2011
Transitivesti
(Adjetivo y sustantivo. De transitivo y travesti, este último apócope de transvestista. Sustantivo: transitivestismo)
Persona que se transviste dos veces.
El transvestista se viste con ropa del género opuesto al que por convención se le atribuye según su sexo; el transitivesti se vuelve a vestir con la ropa del género original y lo vive como una forma más rebuscada de trasvestirse.
Si un hombre desea vestirse como mujer, y cuando está vestido como mujer desea vestirse como hombre, sus cambios de vestimenta podrían dejarlo vestido tal como estaba al principio. El transitivestismo puede generar resultados inoperantes e imperceptibles.
Persona que se transviste dos veces.
El transvestista se viste con ropa del género opuesto al que por convención se le atribuye según su sexo; el transitivesti se vuelve a vestir con la ropa del género original y lo vive como una forma más rebuscada de trasvestirse.
Si un hombre desea vestirse como mujer, y cuando está vestido como mujer desea vestirse como hombre, sus cambios de vestimenta podrían dejarlo vestido tal como estaba al principio. El transitivestismo puede generar resultados inoperantes e imperceptibles.
miércoles, 16 de noviembre de 2011
Taquinicia
(Sustantivo. Del griego taxús = veloz y niké = victoria. Adjetivo: taquinítico)
Capacidad de lograr una victoria en el inicio del juego.
El boxeador taquinítico abate a su oponente en los primeros segundos del primer round. El ajedrecista taquinítico ejecuta un jaque mate con unas pocas movidas iniciales (El mate pastor es un ejemplo de táctica taquinítica). En el Mortal Kombat, Sub Zero derrota a Reptile con taquinicia con dos combos y un uppercut apenas iniciada la lucha.
La taquinicia se vale de un ataque sorpresivo y audaz en el instante en que el oponente apenas está elaborando sus estrategias. Si ese ataque falla y la victoria no se concreta, es posible que el oponente pueda recobrarse y ganar una ventaja decisiva.
En algunos juegos se realiza un pacto de no agresión por algún tiempo (táctica conocida como "no rush", es decir: "no arrasar de entrada") para que ambas partes puedan desplegar sus estrategias sin desgastarse repeliendo ataques repentinos, virulentos y sin cuartel.
Capacidad de lograr una victoria en el inicio del juego.
El boxeador taquinítico abate a su oponente en los primeros segundos del primer round. El ajedrecista taquinítico ejecuta un jaque mate con unas pocas movidas iniciales (El mate pastor es un ejemplo de táctica taquinítica). En el Mortal Kombat, Sub Zero derrota a Reptile con taquinicia con dos combos y un uppercut apenas iniciada la lucha.
La taquinicia se vale de un ataque sorpresivo y audaz en el instante en que el oponente apenas está elaborando sus estrategias. Si ese ataque falla y la victoria no se concreta, es posible que el oponente pueda recobrarse y ganar una ventaja decisiva.
En algunos juegos se realiza un pacto de no agresión por algún tiempo (táctica conocida como "no rush", es decir: "no arrasar de entrada") para que ambas partes puedan desplegar sus estrategias sin desgastarse repeliendo ataques repentinos, virulentos y sin cuartel.
miércoles, 13 de julio de 2011
Tumidexario
(Adjetivo. Del latín tumidus = hinchado y exaratum = trazado, surcado. Sustantivo (femenino): tumidexia)
Dicho de un texto escrito: Que abusa de signos de puntuación.
Uso: "No pienso leer mensajes tumidexarios"; "La carta que te envié fue totalmente tumidexaria; te ruego que no la leas"
(Nota: es probable que este fenómeno ya tenga nombre; si esto es así y algún lector lo conoce, la palabra "Tumidexario" y su definición serán retiradas de este blog)
En español no existe una convención que permita escribir una indefinida cantidad de signos de apertura o cierre, tanto en lo que respecta al signo de interrogación como al de admiración o a las comillas. Los puntos suspensivos deben ser tres, no más. Cualquier caso en el que se utilice repetidamente un signo con la intención de crear un énfasis pragmático se puede calificar como tumidexario. Un texto escrito íntegramente en mayúsculas, o en negrita, también contiene este elemento de énfasis pragmático, y por lo tanto es tumidexario. La simple secuencia: "¡Hola!... ¿Cómo andan?... Yo estoy 'bien'... ¿Y ustedes?" se convierte en tumidexaria si se la escribe del siguiente modo:
¡¡¡¡¡¡¡¡¡HOLA!!!!!!!!......................................... ¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿CÓMO ANDAN????????????????......... YO ESTOY """""BIENNNNN"""""..................¿¿¿¿¿¿¿¿Y USTEDES???????
Puede argumentarse que el ejemplo inicial ya es de por sí tumidexario, porque contiene signos de admiración, puntos suspensivos y comillas simples cuando en realidad no hacen falta. Quizás habría sido suficiente con: "Hola, ¿cómo andan? Yo estoy bien, ¿y ustedes?"
La tumidexia no debe confundirse con el solecismo. Mientras la tumidexia (tal como se ha afirmado más arriba) incurre en un abuso pragmático, el solecismo hace un abuso semántico. O, para decirlo con mayor propiedad, el solecismo ni siquiera es un abuso; es un error.
Se comete solecismo cuando se mutan algunos términos de su lugar sintáctico y la frase resulta ambigua. Por ejemplo: "Se venden pelotas para niños de goma": la expresión "de goma" no modifica a "niños", sino a "pelotas"; pero está ocupando un lugar gramatical inapropiado y por lo tanto resulta ambigua.
Dicho de un texto escrito: Que abusa de signos de puntuación.
Uso: "No pienso leer mensajes tumidexarios"; "La carta que te envié fue totalmente tumidexaria; te ruego que no la leas"
(Nota: es probable que este fenómeno ya tenga nombre; si esto es así y algún lector lo conoce, la palabra "Tumidexario" y su definición serán retiradas de este blog)
En español no existe una convención que permita escribir una indefinida cantidad de signos de apertura o cierre, tanto en lo que respecta al signo de interrogación como al de admiración o a las comillas. Los puntos suspensivos deben ser tres, no más. Cualquier caso en el que se utilice repetidamente un signo con la intención de crear un énfasis pragmático se puede calificar como tumidexario. Un texto escrito íntegramente en mayúsculas, o en negrita, también contiene este elemento de énfasis pragmático, y por lo tanto es tumidexario. La simple secuencia: "¡Hola!... ¿Cómo andan?... Yo estoy 'bien'... ¿Y ustedes?" se convierte en tumidexaria si se la escribe del siguiente modo:
¡¡¡¡¡¡¡¡¡HOLA!!!!!!!!......................................... ¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿CÓMO ANDAN????????????????......... YO ESTOY """""BIENNNNN"""""..................¿¿¿¿¿¿¿¿Y USTEDES???????
Puede argumentarse que el ejemplo inicial ya es de por sí tumidexario, porque contiene signos de admiración, puntos suspensivos y comillas simples cuando en realidad no hacen falta. Quizás habría sido suficiente con: "Hola, ¿cómo andan? Yo estoy bien, ¿y ustedes?"
La tumidexia no debe confundirse con el solecismo. Mientras la tumidexia (tal como se ha afirmado más arriba) incurre en un abuso pragmático, el solecismo hace un abuso semántico. O, para decirlo con mayor propiedad, el solecismo ni siquiera es un abuso; es un error.
Se comete solecismo cuando se mutan algunos términos de su lugar sintáctico y la frase resulta ambigua. Por ejemplo: "Se venden pelotas para niños de goma": la expresión "de goma" no modifica a "niños", sino a "pelotas"; pero está ocupando un lugar gramatical inapropiado y por lo tanto resulta ambigua.
lunes, 4 de abril de 2011
Temporaquizar
(Verbo intransitivo. Del latín tempus = tiempo y acus =a guja, aguijón)
1. Tener muy en cuenta el paso de los minutos.
A veces no estamos muy pendientes del reloj y el paso del tiempo; otras veces, en cambio, hay que vigilar que cada minuto no se vaya sin que hayamos hecho una sucesión de cosas urgentes. Una hora antes de viajar o de ir al trabajo suelen ser cruciales para resolver acciones de último momento: es en esas situaciones y otras similares en las que calculamos, corremos y apretamos los sucesos para que quepan en pocos segundos.
Dejamos de temporaquizar cuando descronamos. Descronar no sólo es dejar de mirar el reloj: es también dejar de marcar el tiempo. Cuando temporaquizamos, en cambio, sentimos cronorexia y cronodulia. En rigor, la acepción que estamos definiendo aquí no difiere demasiado de esta última, pero hay un pequeño matiz: la cronodulia consiste en una sujeción continua y obliterante del horario, impuesta a partir de obligaciones externas (por lo general, laborales). Cuando se temporaquiza, en cambio, hay una necesidad ininterrumpida de contar los minutos, y por lo general esto ocurre previamente a una actividad importante. Un cronodúlico puede estar pendiente del horario, pero sólo para que no se le haga tarde para un hecho puntual (acostarse, levantarse o tomar un medicamento). El que temporaquiza, en cambio, observa cada minuto para obligarse a hacer cosas más rápido y con más eficacia antes de que se cumpla cierto plazo.
2. Sentir que es tarde para algo.
Etimológicamente, "temporaquizar" puede parafrasearse como "sentir el aguijón del tiempo". Por ello, la sensación de que el tiempo para hacer algo ya se acabó (o está por acabarse) merece ser abarcada por este término. Según esta segunda acepción, se puede temporaquizar aun cuando se tenga tiempo libre: puede que en nuestras vacaciones de marzo sintamos que ya es muy tarde para ir a la playa; puede que a pesar de que compramos bizcochos y facturas para el mate, nos demos cuenta de que ya pasó el momento para la merienda y conviene ir pensando en la cena; puede que nos sintamos viejos para hacer una carrera o tener hijos. Esta sensación suele venir acompañada de una gran modulancia.
1. Tener muy en cuenta el paso de los minutos.
A veces no estamos muy pendientes del reloj y el paso del tiempo; otras veces, en cambio, hay que vigilar que cada minuto no se vaya sin que hayamos hecho una sucesión de cosas urgentes. Una hora antes de viajar o de ir al trabajo suelen ser cruciales para resolver acciones de último momento: es en esas situaciones y otras similares en las que calculamos, corremos y apretamos los sucesos para que quepan en pocos segundos.
Dejamos de temporaquizar cuando descronamos. Descronar no sólo es dejar de mirar el reloj: es también dejar de marcar el tiempo. Cuando temporaquizamos, en cambio, sentimos cronorexia y cronodulia. En rigor, la acepción que estamos definiendo aquí no difiere demasiado de esta última, pero hay un pequeño matiz: la cronodulia consiste en una sujeción continua y obliterante del horario, impuesta a partir de obligaciones externas (por lo general, laborales). Cuando se temporaquiza, en cambio, hay una necesidad ininterrumpida de contar los minutos, y por lo general esto ocurre previamente a una actividad importante. Un cronodúlico puede estar pendiente del horario, pero sólo para que no se le haga tarde para un hecho puntual (acostarse, levantarse o tomar un medicamento). El que temporaquiza, en cambio, observa cada minuto para obligarse a hacer cosas más rápido y con más eficacia antes de que se cumpla cierto plazo.
2. Sentir que es tarde para algo.
Etimológicamente, "temporaquizar" puede parafrasearse como "sentir el aguijón del tiempo". Por ello, la sensación de que el tiempo para hacer algo ya se acabó (o está por acabarse) merece ser abarcada por este término. Según esta segunda acepción, se puede temporaquizar aun cuando se tenga tiempo libre: puede que en nuestras vacaciones de marzo sintamos que ya es muy tarde para ir a la playa; puede que a pesar de que compramos bizcochos y facturas para el mate, nos demos cuenta de que ya pasó el momento para la merienda y conviene ir pensando en la cena; puede que nos sintamos viejos para hacer una carrera o tener hijos. Esta sensación suele venir acompañada de una gran modulancia.
miércoles, 23 de marzo de 2011
Tafómemo
(Sustantivo. Del griego tafros = pozo, trinchera, lugar oculto y mnéme = memoria, recuerdo)
Recuerdo que se guarda en la memoria y que nunca ha sido rememorado
Existen recuerdos muy alejados en el tiempo que, sin embargo, de vez en cuando se nos presentan con espontaneidad y viveza: una noche de verano a los siete años jugando a la generala en casa de un amigo; el día en que un compañero de jardín de infantes lloraba porque había perdido su corazón; una mañana de fecha incierta en la que comí por primera vez un Conogol; la bisabuela Magdalena recostada en una reposera en el patio de una casa que fue vendida hace treinta y cinco años; un frasco de yogur Gandara en la puerta de la heladera, el chicle que fue pegado debajo de un pupitre en el año mil novecientos ochenta y nueve. Cuando jugamos con la memoria, por lo general sale a flote una cierta cantidad de recuerdos, algunos recurrentes y otros no tanto. Sin embargo, es factible creer que existen otros recuerdos que están ahí, en potencia de ser recordados, pero a los que jamás damos luz; ya sea por pereza o por alguna clase de bloqueo. A veces basta con que un conocido rememore una parte crucial de un suceso para que finalmente se haga presente el resto: ¿Te acordás del día en que le prendimos fuego el guardapolvos a Carina?, nos pregunta el compañero de tercer grado que encontramos por casualidad en la calle, abriendo con ello una catarata mnémica sepultada durante treinta años que nos lleva a rememorar la sanción escolar, el pedido de disculpas, el disgusto de nuestros padres y el funeral de la infortunada Carina. Durante todo ese tiempo en que no hicimos presente ese recuerdo, en rigor no podríamos llamarlo "recuerdo" (pues, casi por definición, el recuerdo es aquello que necesariamente viene a la memoria): por ello, la palabra "tafómemo" parece más adecuada.
Si mantenemos rigurosamente los términos de la definición, un tafómemo jamás será recordado conscientemente. En sentido estricto, si puede ser recordado, entonces no es tafómemo.
Recuerdo que se guarda en la memoria y que nunca ha sido rememorado
Existen recuerdos muy alejados en el tiempo que, sin embargo, de vez en cuando se nos presentan con espontaneidad y viveza: una noche de verano a los siete años jugando a la generala en casa de un amigo; el día en que un compañero de jardín de infantes lloraba porque había perdido su corazón; una mañana de fecha incierta en la que comí por primera vez un Conogol; la bisabuela Magdalena recostada en una reposera en el patio de una casa que fue vendida hace treinta y cinco años; un frasco de yogur Gandara en la puerta de la heladera, el chicle que fue pegado debajo de un pupitre en el año mil novecientos ochenta y nueve. Cuando jugamos con la memoria, por lo general sale a flote una cierta cantidad de recuerdos, algunos recurrentes y otros no tanto. Sin embargo, es factible creer que existen otros recuerdos que están ahí, en potencia de ser recordados, pero a los que jamás damos luz; ya sea por pereza o por alguna clase de bloqueo. A veces basta con que un conocido rememore una parte crucial de un suceso para que finalmente se haga presente el resto: ¿Te acordás del día en que le prendimos fuego el guardapolvos a Carina?, nos pregunta el compañero de tercer grado que encontramos por casualidad en la calle, abriendo con ello una catarata mnémica sepultada durante treinta años que nos lleva a rememorar la sanción escolar, el pedido de disculpas, el disgusto de nuestros padres y el funeral de la infortunada Carina. Durante todo ese tiempo en que no hicimos presente ese recuerdo, en rigor no podríamos llamarlo "recuerdo" (pues, casi por definición, el recuerdo es aquello que necesariamente viene a la memoria): por ello, la palabra "tafómemo" parece más adecuada.
Si mantenemos rigurosamente los términos de la definición, un tafómemo jamás será recordado conscientemente. En sentido estricto, si puede ser recordado, entonces no es tafómemo.
viernes, 11 de febrero de 2011
Travesoño
(Adjetivo. De travesti y sueño )
1. Quien despierta vestido con ropa del sexo opuesto.
Es posible que el travesoño se transvista durante la noche en un acto de sonambulismo, o bajo efectos de drogas o borrachera. También es posible que otros lo hayan vestido. Sólo puede ejemplificar este concepto quien es incapaz de recordar el instante en que se trasvistió.
2. Quien ha tenido un sueño en el que se representa a sí mismo como siendo del sexo opuesto.
La mujer que en sus sueños se representa a sí misma siendo hombre, vistiendo como hombre y deseando como hombre, es un travesoño.
1. Quien despierta vestido con ropa del sexo opuesto.
Es posible que el travesoño se transvista durante la noche en un acto de sonambulismo, o bajo efectos de drogas o borrachera. También es posible que otros lo hayan vestido. Sólo puede ejemplificar este concepto quien es incapaz de recordar el instante en que se trasvistió.
2. Quien ha tenido un sueño en el que se representa a sí mismo como siendo del sexo opuesto.
La mujer que en sus sueños se representa a sí misma siendo hombre, vistiendo como hombre y deseando como hombre, es un travesoño.
jueves, 23 de diciembre de 2010
Teraterótico
(Adjetivo. Del griego teratos = monstruo y eros = amor)
Dícese de quien posee cualidades eróticas monstruosas.
La mujer que se vanagloria de su tercer seno, su doble vagina o de su capacidad para alcanzar cien orgasmos seguidos (o simultáneos) y el hombre que seduce a sus amantes con el gigantesco tamaño de su miembro o su casi infinita resistencia a la eyaculación son ejemplos de terateróticos.
¿Puede un teraterótico ser, además, un titerótico?
Dícese de quien posee cualidades eróticas monstruosas.
La mujer que se vanagloria de su tercer seno, su doble vagina o de su capacidad para alcanzar cien orgasmos seguidos (o simultáneos) y el hombre que seduce a sus amantes con el gigantesco tamaño de su miembro o su casi infinita resistencia a la eyaculación son ejemplos de terateróticos.
¿Puede un teraterótico ser, además, un titerótico?
martes, 27 de julio de 2010
Termoficción /Caleficción / Frigoficción
Termoficción:
(Del griego terma = temperatura y del latín fingo = fingir)
Alucinación o sensación térmica inducida por sugestión o por error.
La palabra "alucinación" probablemente predisponga a pensar en un estado patológico. Sin embargo, se trata de un fenómeno cotidiano en el cual, por la creencia de que el ambiente está calefaccionado se tiende a no tener frío, y a no tener calor si se cree que está frigorizado. Por eso, el término se desdobla en dos conceptos:
Caleficción: (Sustantivo. De calefacción y ficción. En un inextricable diccionario para inteligentes se define esta palabra, pero no se recoge la acepción que tomaremos aquí):
Sensación de agrado y tibieza surgida de la creencia de que hay una estufa o calefactor encendido cuando en realidad está apagado.
Frigoficción (Del latín frigor = frío y fingo = fingir):
Sensación de frescura surgida por la creencia de que hay un aparato de aire acondicionado encendido, cuando en realidad está apagado.
Tomemos los siguientes ejemplos para ilustrar las dos definiciones de arriba.
Si llegamos a un lugar frío, puede ocurrir que tiritemos o que nuestros pies se congelen. Pero si, de inmediato, alguien nos dice que ya se encendió la estufa, es posible que empecemos a sentirnos levemente más distendidos y con una sensación de tibieza. Si luego descubrimos que, en realidad, nadie encendió la estufa, esa distensión y tibieza fueron una caleficción.
Lo mismo ocurre en el caso contrario. Si entramos a una habitación calurosa en un día de más de treinta grados, puede que empecemos a sentir una ligera, muy tenue y aliviadora frescura si nos dicen que ya se encendió el aire acondicionado. Si luego comprobamos que eso no es cierto, habremos sufrido una frigoficción.
Por lo general, las termoficciones duran pocos instantes, y suelen ser más convincentes las frigoficciones que las caleficciones.
(Del griego terma = temperatura y del latín fingo = fingir)
Alucinación o sensación térmica inducida por sugestión o por error.
La palabra "alucinación" probablemente predisponga a pensar en un estado patológico. Sin embargo, se trata de un fenómeno cotidiano en el cual, por la creencia de que el ambiente está calefaccionado se tiende a no tener frío, y a no tener calor si se cree que está frigorizado. Por eso, el término se desdobla en dos conceptos:
Caleficción: (Sustantivo. De calefacción y ficción. En un inextricable diccionario para inteligentes se define esta palabra, pero no se recoge la acepción que tomaremos aquí):
Sensación de agrado y tibieza surgida de la creencia de que hay una estufa o calefactor encendido cuando en realidad está apagado.
Frigoficción (Del latín frigor = frío y fingo = fingir):
Sensación de frescura surgida por la creencia de que hay un aparato de aire acondicionado encendido, cuando en realidad está apagado.
Tomemos los siguientes ejemplos para ilustrar las dos definiciones de arriba.
Si llegamos a un lugar frío, puede ocurrir que tiritemos o que nuestros pies se congelen. Pero si, de inmediato, alguien nos dice que ya se encendió la estufa, es posible que empecemos a sentirnos levemente más distendidos y con una sensación de tibieza. Si luego descubrimos que, en realidad, nadie encendió la estufa, esa distensión y tibieza fueron una caleficción.
Lo mismo ocurre en el caso contrario. Si entramos a una habitación calurosa en un día de más de treinta grados, puede que empecemos a sentir una ligera, muy tenue y aliviadora frescura si nos dicen que ya se encendió el aire acondicionado. Si luego comprobamos que eso no es cierto, habremos sufrido una frigoficción.
Por lo general, las termoficciones duran pocos instantes, y suelen ser más convincentes las frigoficciones que las caleficciones.
viernes, 9 de julio de 2010
Titerótico
(Adjetivo y sustantivo. De títere y erótico)
1. Dícese de quien, cuando intenta seducir a alguien, se comporta haciendo movimientos rígidos y gestos duros e impostados.
Cuando un hombre se encuentra con la mujer a la que desea, es posible que sus nervios le jueguen una mala pasada y termine comportándose como un titerótico.
2. (utilízase sólo en masculino) Dícese de quien realiza el acto sexual como un muñeco articulado.
En esta acepción, llamamos titerótico al hombre cuya expresión es rígida y sus movimientos rítmicos, casi gimnásticos, en el momento del acto sexual. Incluso sus gemidos (y las pausas entre ellos) mantienen una regularidad cómica y artificiosa. Se suele pensar que el titerótico es desapasionado, aunque en verdad ocurre lo contrario: su pasión lo lleva a concentrarse con tal profundidad que no se permite distracciones ni cambios de ritmo.
De las mujeres no se suele decir que sean titeróticas, porque en general es el hombre quien, en su rol activo, ejecuta movimientos que pudieran ser interpretados como de muñeco. En cambio, una mujer puede ser una fiambra.
1. Dícese de quien, cuando intenta seducir a alguien, se comporta haciendo movimientos rígidos y gestos duros e impostados.
Cuando un hombre se encuentra con la mujer a la que desea, es posible que sus nervios le jueguen una mala pasada y termine comportándose como un titerótico.
2. (utilízase sólo en masculino) Dícese de quien realiza el acto sexual como un muñeco articulado.
En esta acepción, llamamos titerótico al hombre cuya expresión es rígida y sus movimientos rítmicos, casi gimnásticos, en el momento del acto sexual. Incluso sus gemidos (y las pausas entre ellos) mantienen una regularidad cómica y artificiosa. Se suele pensar que el titerótico es desapasionado, aunque en verdad ocurre lo contrario: su pasión lo lleva a concentrarse con tal profundidad que no se permite distracciones ni cambios de ritmo.
De las mujeres no se suele decir que sean titeróticas, porque en general es el hombre quien, en su rol activo, ejecuta movimientos que pudieran ser interpretados como de muñeco. En cambio, una mujer puede ser una fiambra.
jueves, 8 de julio de 2010
Tachangoso
(Adjetivo. De la expresión inglesa touch and go = "toco y me voy")
Dícese de quien mantiene relaciones fugaces y poco comprometidas.
Se asocia al tachangoso específicamente con su actitud para con las relaciones amorosas. Sin embargo, la falta de compromiso puede extenderse a todos los ámbitos de su vida. El tachangoso se relaciona con su trabajo, sus acciones cotidianas y sus deseos de manera superficial y jamás supone (ni desea) que sus proyectos son duraderos. Un tachangoso estudia guitarra durante una semana; lee un libro de Sartre, mira (una o dos veces) un programa de televisión que le recomiendan; asiste a una sola reunión del partido político al cual -una vez- mostró adhesión, participa (escasamente) de una obra de bien o asiste a una sola clase de yoga. En todos estos casos, su breve participación es en carácter de espectador, sin asumir compromisos (o asumiendo vagas obligaciones fáciles de eludir) y esquivando, en la medida de lo posible, cualquier contacto que lo ate a la situación que acaba de abandonar.
Es normal que las personas se comporten como tachangosas en algunos aspectos y que, en otros, asuman compromisos más serios, acordes con sus deseos. Sin embargo, el término se aplica a quien de manera sistemática evade compromisos, y no al que elige selectivamente qué compromisos asumir.
Conviene destacar que un tachangoso no es necesariamente un inconstante. El inconstante es intermitente; su relación con el compromiso es indecisa y, de vez en cuando, lo asume hasta las últimas consecuencias para luego defraudar a quienes esperan algo de él. El tachangoso, en cambio, en ningún momento asume ese compromiso y por eso en cierto modo es más noble: no finge intereses ni se propone metas que le exijan una responsabilidad que no está íntimamente dispuesto a tomar.
Dícese de quien mantiene relaciones fugaces y poco comprometidas.
Se asocia al tachangoso específicamente con su actitud para con las relaciones amorosas. Sin embargo, la falta de compromiso puede extenderse a todos los ámbitos de su vida. El tachangoso se relaciona con su trabajo, sus acciones cotidianas y sus deseos de manera superficial y jamás supone (ni desea) que sus proyectos son duraderos. Un tachangoso estudia guitarra durante una semana; lee un libro de Sartre, mira (una o dos veces) un programa de televisión que le recomiendan; asiste a una sola reunión del partido político al cual -una vez- mostró adhesión, participa (escasamente) de una obra de bien o asiste a una sola clase de yoga. En todos estos casos, su breve participación es en carácter de espectador, sin asumir compromisos (o asumiendo vagas obligaciones fáciles de eludir) y esquivando, en la medida de lo posible, cualquier contacto que lo ate a la situación que acaba de abandonar.
Es normal que las personas se comporten como tachangosas en algunos aspectos y que, en otros, asuman compromisos más serios, acordes con sus deseos. Sin embargo, el término se aplica a quien de manera sistemática evade compromisos, y no al que elige selectivamente qué compromisos asumir.
Conviene destacar que un tachangoso no es necesariamente un inconstante. El inconstante es intermitente; su relación con el compromiso es indecisa y, de vez en cuando, lo asume hasta las últimas consecuencias para luego defraudar a quienes esperan algo de él. El tachangoso, en cambio, en ningún momento asume ese compromiso y por eso en cierto modo es más noble: no finge intereses ni se propone metas que le exijan una responsabilidad que no está íntimamente dispuesto a tomar.
lunes, 28 de junio de 2010
Taquícomo
(Adjetivo. Del griego taxús = rápido y koimoúmai = dormir)
Dícese de quien tiene la capacidad de dormirse rápidamente.
Muchas personas dan interminables prequiversas hasta que se encuentran con el sueño, o hasta que deciden que ya no podrán dormir. Los taquícomos, en cambio, se duermen un instante después de apoyar la cabeza en la almohada.
A veces el taquícomo cae dormido por el solo hecho de acostarse, aun cuando no tuviera sueño ni la voluntad de dormirse.
Dícese de quien tiene la capacidad de dormirse rápidamente.
Muchas personas dan interminables prequiversas hasta que se encuentran con el sueño, o hasta que deciden que ya no podrán dormir. Los taquícomos, en cambio, se duermen un instante después de apoyar la cabeza en la almohada.
A veces el taquícomo cae dormido por el solo hecho de acostarse, aun cuando no tuviera sueño ni la voluntad de dormirse.
lunes, 14 de junio de 2010
Tanatofrenia
(Sustantivo. Del latín tanathos = muerte y froné = pensamiento)
Pensamiento que se tiene después de muerto.
La muerte implica el cese total de las funciones cognitivas y de la percepción del yo. Sin embargo, existe una mínima -y estadísticamente irrelevante- probabilidad de que, una vez muerta, una persona pueda tener un pensamiento. Mientras la necrosis no afecte a la totalidad del sistema nervioso, podría ocurrir que todavía perviva una ligera sensación de hambre, tibieza o dolor. O que aparezca un recuerdo fugaz, o una fantasía. Todos estos pensamientos le ocurrirían a una mente que cobraría conciencia durante unos pocos segundos o quizás menos. También es posible que estos curiosos, improbables y esporádicos episodios cognitivos se den sin que haya una mente que los sienta como propios. Serían el hambre, la tibieza, el dolor, el recuerdo o la fantasía fugaz de nadie, que han emergido un microsegundo entre los restos de un cuerpo devastado por la muerte.
Si existe subjetividad y actividad cognitiva después de muerto (por ejemplo, si existiera el alma), entonces todo pensamiento que se ejecuta cuando no se tiene cuerpo es una tanatofrenia.
No se debe confundir la tanatofrenia con la epitanasia. En este último caso, decimos que la persona vive después de muerta. En la definición de tanatofrenia, sin embargo, es menester que los pensamientos se den en una persona cuya muerte es un hecho corroborado e irreversible. Además, la tanatofrenia implica un fugaz destello de conciencia que un segundo después se hunde en la nada.
Pensamiento que se tiene después de muerto.
La muerte implica el cese total de las funciones cognitivas y de la percepción del yo. Sin embargo, existe una mínima -y estadísticamente irrelevante- probabilidad de que, una vez muerta, una persona pueda tener un pensamiento. Mientras la necrosis no afecte a la totalidad del sistema nervioso, podría ocurrir que todavía perviva una ligera sensación de hambre, tibieza o dolor. O que aparezca un recuerdo fugaz, o una fantasía. Todos estos pensamientos le ocurrirían a una mente que cobraría conciencia durante unos pocos segundos o quizás menos. También es posible que estos curiosos, improbables y esporádicos episodios cognitivos se den sin que haya una mente que los sienta como propios. Serían el hambre, la tibieza, el dolor, el recuerdo o la fantasía fugaz de nadie, que han emergido un microsegundo entre los restos de un cuerpo devastado por la muerte.
Si existe subjetividad y actividad cognitiva después de muerto (por ejemplo, si existiera el alma), entonces todo pensamiento que se ejecuta cuando no se tiene cuerpo es una tanatofrenia.
No se debe confundir la tanatofrenia con la epitanasia. En este último caso, decimos que la persona vive después de muerta. En la definición de tanatofrenia, sin embargo, es menester que los pensamientos se den en una persona cuya muerte es un hecho corroborado e irreversible. Además, la tanatofrenia implica un fugaz destello de conciencia que un segundo después se hunde en la nada.
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