(Sustantivo. Del latín post = posterior y paro = disponer)
Si un preparativo es la disposición de algo para una finalidad posterior, el posparativo es la disposición de algo una vez que se ha logrado esa finalidad.
Ciertas herramientas y utensilios requieren de preparativos y de posparativos. Una vez finalizada la pintura, es necesario lavar cuidadosamente los pinceles y la pistola de gravedad, purgar el compresor, levantar los papeles del piso, limpiar las manchas de pintura del piso, las paredes y las manos; lavar la ropa y ordenar un sinfín de herramientas.
Muchas veces la finalidad buscada es deseable y placentera: el momento en el que efectivamente se está pintando la pared es relajante, pero requiere de preparativos y posparativos tan trabajosos que lo convierten en un yugo intolerable. Es más, quizás la procrastinación es producto no tanto del trabajo en sí, sino de los preparativos y los posparativos.
Definiciones y términos que no figuran en el diccionario ("Exonario" no figura en el diccionario, pero sí figura en Exonario)
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viernes, 24 de enero de 2014
martes, 26 de noviembre de 2013
Pamirodiama
(Sustantivo. Del griego pás = todo y myrodiá = aroma)
Si un panorama es una visión completa, conjunta, de una totalidad, un pamirodiama es un olor en el que pueden reconocerse vastos conjuntos de elementos, o bien un olor que indica algo grande, espacioso y múltiple: el indefinible olor del mar o del césped recién cortado son pamirodiamas. En cambio, el hedor de una fruta podrida o la empalago afragantado de un perfume barato son aromas a secas.
Se puede mantener cierta analogía entre el pamirodiama y el panorama, pero hay un punto en el que no son semejantes: el panorama suele revelar un conjunto de hechos presentes. El pamirodiama, en cambio, nos muestra olores de otros tiempos y de otros lugares. El "olor a la casa de mi infancia" es un pamirodiama, lo mismo que "el olor a Nápoles". A veces reconocemos esos aromas complejos en lugares y tiempos muy distantes a los originales.
Si un panorama es una visión completa, conjunta, de una totalidad, un pamirodiama es un olor en el que pueden reconocerse vastos conjuntos de elementos, o bien un olor que indica algo grande, espacioso y múltiple: el indefinible olor del mar o del césped recién cortado son pamirodiamas. En cambio, el hedor de una fruta podrida o la empalago afragantado de un perfume barato son aromas a secas.
Se puede mantener cierta analogía entre el pamirodiama y el panorama, pero hay un punto en el que no son semejantes: el panorama suele revelar un conjunto de hechos presentes. El pamirodiama, en cambio, nos muestra olores de otros tiempos y de otros lugares. El "olor a la casa de mi infancia" es un pamirodiama, lo mismo que "el olor a Nápoles". A veces reconocemos esos aromas complejos en lugares y tiempos muy distantes a los originales.
martes, 22 de octubre de 2013
Penidalgia
(Sustantivo. Del griego paixnídi = juguete y algéo = dolor)
Acción de extrañar objetos que se tenían durante la infancia.
¿Adónde habrá ido a parar el auto Citroën de duravit que tuve a los ocho años? ¿Qué fue de ese tarro con más de mil bolitas de colores que acumulé con mi hermano? ¿Cuándo decidimos que los RASTI ya no podían seguir ocupando ese lugar en el fondo del placard y los regalamos o quizás los donamos? ¿Qué habrán hecho mis padres con la bicicletita verde importada de Brasil con la cual mi hermano aprendió a andar sin rueditas? Los juguetes más importantes de nuestra vida alguna vez desaparecieron, en esa nebulosa meseta que va desde la pubertad hasta la adolescencia, cuando el niño que jugaba puso a dormir su infancia para convertirse un poco más en lo que somos hoy. Nos aprovechamos del sueño de ese niño para arrebatarle sus juguetes y regalarlos, donarlos, perderlos u olvidarlos en un arenero. Y una noche cualquiera, a veces, nuestra infancia se hace un nudo en la garganta para reclamarnos por ellos. Cada tanto aparece la desolación del niño que fuimos, que se encuentra a sí mismo en un entorno extraño, huérfano y sin su muñeco pinocho.
La penidalgia puede llamarse, también, "síndrome de Citizen Kane".
Aunque etimológicamente se alude a los juguetes, en realidad se puede hacer extensivo a cualquier añoranza de objetos que hayamos poseído en la infancia. Los muebles y la ropa son alcanzables por esta sensación.
El término se forma por semejanza con "nostalgia". La nostalgia es un "viaje al dolor" (nóstos = viaje). La penidalgia tiene, en la raíz de su primer étimo (paixnídi), la palabra "pás", que significa "niño".
Acción de extrañar objetos que se tenían durante la infancia.
¿Adónde habrá ido a parar el auto Citroën de duravit que tuve a los ocho años? ¿Qué fue de ese tarro con más de mil bolitas de colores que acumulé con mi hermano? ¿Cuándo decidimos que los RASTI ya no podían seguir ocupando ese lugar en el fondo del placard y los regalamos o quizás los donamos? ¿Qué habrán hecho mis padres con la bicicletita verde importada de Brasil con la cual mi hermano aprendió a andar sin rueditas? Los juguetes más importantes de nuestra vida alguna vez desaparecieron, en esa nebulosa meseta que va desde la pubertad hasta la adolescencia, cuando el niño que jugaba puso a dormir su infancia para convertirse un poco más en lo que somos hoy. Nos aprovechamos del sueño de ese niño para arrebatarle sus juguetes y regalarlos, donarlos, perderlos u olvidarlos en un arenero. Y una noche cualquiera, a veces, nuestra infancia se hace un nudo en la garganta para reclamarnos por ellos. Cada tanto aparece la desolación del niño que fuimos, que se encuentra a sí mismo en un entorno extraño, huérfano y sin su muñeco pinocho.
La penidalgia puede llamarse, también, "síndrome de Citizen Kane".
Aunque etimológicamente se alude a los juguetes, en realidad se puede hacer extensivo a cualquier añoranza de objetos que hayamos poseído en la infancia. Los muebles y la ropa son alcanzables por esta sensación.
El término se forma por semejanza con "nostalgia". La nostalgia es un "viaje al dolor" (nóstos = viaje). La penidalgia tiene, en la raíz de su primer étimo (paixnídi), la palabra "pás", que significa "niño".
lunes, 7 de octubre de 2013
Peradromia
(Sustantivo. Del griego péra = lejos y drómos = camino, corredor)
Vida que llevan hoy los amigos y compañeros que dejamos de ver hace mucho tiempo.
Hubo un tiempo en que nos veíamos todos los días con ese amigo, pero por alguna circunstancia eso se cortó para siempre. Él se mudó, nos peleamos, perdimos interés en vernos, ya no nos entendimos. El camino que recorríamos juntos se fue bifurcando de forma repentina o con una lentitud imperceptible. Esa vida que empezamos a hacer separados de nuestro amigo se ha convertido en una peradromia.
Gracias a las redes sociales podemos reencontrarnos con viejos amigos. Espiamos sus fotos, nos asombramos de que se haya ido tan lejos, o tenga tantos hijos, o se hayan puesto tan gordos, tan viejos y tan desconocidos. Ya son otros. Se hicieron de otra piel; no le causan gracia los mismos chistes y tienen opiniones sobre cosas que no nos interesan en lo más mínimo. Aunque a veces forcemos un contacto, sus intereses lo volvieron tan ajeno que ya no hay puntos en común. Otras veces, desde luego, el hecho de reiniciar contacto deriva en un redescubrimiento de intereses comunes.
El término puede aplicarse también a la vida que llevan las ex parejas de uno.
Vida que llevan hoy los amigos y compañeros que dejamos de ver hace mucho tiempo.
Hubo un tiempo en que nos veíamos todos los días con ese amigo, pero por alguna circunstancia eso se cortó para siempre. Él se mudó, nos peleamos, perdimos interés en vernos, ya no nos entendimos. El camino que recorríamos juntos se fue bifurcando de forma repentina o con una lentitud imperceptible. Esa vida que empezamos a hacer separados de nuestro amigo se ha convertido en una peradromia.
Gracias a las redes sociales podemos reencontrarnos con viejos amigos. Espiamos sus fotos, nos asombramos de que se haya ido tan lejos, o tenga tantos hijos, o se hayan puesto tan gordos, tan viejos y tan desconocidos. Ya son otros. Se hicieron de otra piel; no le causan gracia los mismos chistes y tienen opiniones sobre cosas que no nos interesan en lo más mínimo. Aunque a veces forcemos un contacto, sus intereses lo volvieron tan ajeno que ya no hay puntos en común. Otras veces, desde luego, el hecho de reiniciar contacto deriva en un redescubrimiento de intereses comunes.
El término puede aplicarse también a la vida que llevan las ex parejas de uno.
lunes, 30 de septiembre de 2013
Priótico
(Adjetivo. Del latín prius = primero y -ticus: sufijo que significa 'con relación a' )
Dícese de quien, ante una acción política que beneficia a un grupo de personas, señala que existe otro grupo que debería ser prioritario en ese beneficio.
El priótico, por lo general, no lleva a cabo ninguna iniciativa. Pero se siente muy capacitado para organizar las prioridades de las iniciativas ajenas. No propone, no ejecuta ni colabora. Sin embargo, ante cualquier acción ajena, enumera una jerarquía de prioridades que debieron haberse satisfecho antes de realizar la acción actual. "Es buena idea, pero esá mal implementada", dice, para justificar su opinión, como si su ocasional punto de vista sobre el asunto fuera producto de un largo y concienzudo estudio sobre el tema: "Ah, le están dando plata a los pobres. Pero hay gente más pobre a la que no le dieron nada". "Están haciendo un plan para que estudien los deportistas fracasados. Habiendo tanta gente que necesita estudiar, ayudan a los que decidieron no estudiar".
Desde luego, el priótico acomodará su discurso de acuerdo a la acción política del momento: "No hay créditos para vivienda. La gente de clase media necesita vivienda y no puede comprarse. Solo compran los ricos". "Ah, ahora hay crédito para la clase media. Pero, ¿y la clase baja?". "Claro, sacan créditos para las personas de clase baja. Pero, ¿y los indigentes que no tienen ninguna entrada de dinero?". "Claro, ahora hay crédito para todo el mundo. Pero, ¿sabés qué? Esa plata que nos dan es una soga al cuello que le ponemos a las generaciones futuras. La prioridad es pensar en el futuro, no en nosotros". Como puede imaginarse, las quejas del priótico pueden llegar a ser circulares: "Ah, ahora están pensando en el futuro. Pero, ¿por qué no piensan en la clase media, que no tiene casa?"
El término también puede aplicarse a ámbitos domésticos: "Ah, el señor se la pasó escribiendo todo el día. ¿No sabés que hay una pila de ropa para planchar?". "Ah, planchaste todo el día. Pero la prioridad era preparar la comida y limpiar la casa". "La casa está impecable, pero deberías focalizarte en algo más creativo. ¿Por qué no te sentás a escribir?"
El priótico es, en muchos casos, propriorista, y posee una gran tendencia a la ambiquestia.
Dícese de quien, ante una acción política que beneficia a un grupo de personas, señala que existe otro grupo que debería ser prioritario en ese beneficio.
El priótico, por lo general, no lleva a cabo ninguna iniciativa. Pero se siente muy capacitado para organizar las prioridades de las iniciativas ajenas. No propone, no ejecuta ni colabora. Sin embargo, ante cualquier acción ajena, enumera una jerarquía de prioridades que debieron haberse satisfecho antes de realizar la acción actual. "Es buena idea, pero esá mal implementada", dice, para justificar su opinión, como si su ocasional punto de vista sobre el asunto fuera producto de un largo y concienzudo estudio sobre el tema: "Ah, le están dando plata a los pobres. Pero hay gente más pobre a la que no le dieron nada". "Están haciendo un plan para que estudien los deportistas fracasados. Habiendo tanta gente que necesita estudiar, ayudan a los que decidieron no estudiar".
Desde luego, el priótico acomodará su discurso de acuerdo a la acción política del momento: "No hay créditos para vivienda. La gente de clase media necesita vivienda y no puede comprarse. Solo compran los ricos". "Ah, ahora hay crédito para la clase media. Pero, ¿y la clase baja?". "Claro, sacan créditos para las personas de clase baja. Pero, ¿y los indigentes que no tienen ninguna entrada de dinero?". "Claro, ahora hay crédito para todo el mundo. Pero, ¿sabés qué? Esa plata que nos dan es una soga al cuello que le ponemos a las generaciones futuras. La prioridad es pensar en el futuro, no en nosotros". Como puede imaginarse, las quejas del priótico pueden llegar a ser circulares: "Ah, ahora están pensando en el futuro. Pero, ¿por qué no piensan en la clase media, que no tiene casa?"
El término también puede aplicarse a ámbitos domésticos: "Ah, el señor se la pasó escribiendo todo el día. ¿No sabés que hay una pila de ropa para planchar?". "Ah, planchaste todo el día. Pero la prioridad era preparar la comida y limpiar la casa". "La casa está impecable, pero deberías focalizarte en algo más creativo. ¿Por qué no te sentás a escribir?"
El priótico es, en muchos casos, propriorista, y posee una gran tendencia a la ambiquestia.
martes, 4 de junio de 2013
Poquijoquio
(Sustantivo. Del latín paucus = poco y iocus = chanza, juego)
Chiste o broma que tiene escasa o nula posibilidad de ejecutarse.
Quizás a usted se le ocurran relaciones semánticas graciosas e ingeniosos juegos de palabras. Pero jamás puede decirlas en público, porque la oportunidad es casi inexistente. Si tiene un arsenal de chascarrillos para burlarse de títulos nobiliarios, quizás necesite conocer a un duque o un marqués (quienes no abundan) para que su broma pueda dar curso. "Ah, a usted, conde, lo metieron preso por robar toallas de los hoteles. Es un conde - nado". "El barón es bastante afeminado. De barón tiene poco". O quizás haya pergeñado una broma para asustar a su abuela, quien murió hace treinta años. O tal vez tuvo la ingeniosa idea de asociar el apellido de un actor con una conocida marca de vinos, y está esperando a que el actor se vuelva alcohólico para poder usar ese malsonante mote.
En todos estos casos, usted sería un humorista genial (o un humorista a secas) en algún universo paralelo, donde se hicieran realidad las asociaciones que se le ocurren. Pero en este mundo, es alguien que desperdicia su coeficiente en improvisados y escasamente graciosos devaneos.
Chiste o broma que tiene escasa o nula posibilidad de ejecutarse.
Quizás a usted se le ocurran relaciones semánticas graciosas e ingeniosos juegos de palabras. Pero jamás puede decirlas en público, porque la oportunidad es casi inexistente. Si tiene un arsenal de chascarrillos para burlarse de títulos nobiliarios, quizás necesite conocer a un duque o un marqués (quienes no abundan) para que su broma pueda dar curso. "Ah, a usted, conde, lo metieron preso por robar toallas de los hoteles. Es un conde - nado". "El barón es bastante afeminado. De barón tiene poco". O quizás haya pergeñado una broma para asustar a su abuela, quien murió hace treinta años. O tal vez tuvo la ingeniosa idea de asociar el apellido de un actor con una conocida marca de vinos, y está esperando a que el actor se vuelva alcohólico para poder usar ese malsonante mote.
En todos estos casos, usted sería un humorista genial (o un humorista a secas) en algún universo paralelo, donde se hicieran realidad las asociaciones que se le ocurren. Pero en este mundo, es alguien que desperdicia su coeficiente en improvisados y escasamente graciosos devaneos.
viernes, 17 de mayo de 2013
Parapeña
(Sustantivo. Del griego para = junto a, y paixnídi = juego. Adjetivo: parapéñico o parapénico [También puede formarse la palabra "paraludia", -del griego para y del latín ludus-; sin embargo preferimos evitar la hibridación latín-griego, aunque "paraludia" suena probablemente mejor que "parapeña"])
Estudio del conjunto de gestos, actitudes y palabras que ejecutan los jugadores en el desarrollo de un juego.
Así com la paralingüística estudia los elementos concomitantes al acto de habla y no el acto de habla en sí mismo, la parapeña se enfoca en las conductas periféricas de los jugadores y no en el juego en sí mismo. La caballerosidad entre jugadores es un fenómeno paralpéñico. El hecho de que algunos se mantengan serenos, otros desafíen a sus rivales y otros maldigan a su suerte es parte de la parapeña. Que algunos suden, tengan tics, rían nerviosamente, se pongan anteojos negros, vayan muy seguido al baño o hablen sobre temas triviales también son fenómenos parapéñicos.
Existe una parapeña amateur que consiste en la creencia de que el juego puede mostrar la personalidad de un individuo. En realidad, este tipo de parapeña es una rama de la psicología popular. Según el punto de vista de esta psicología, si usted desea saber cómo es una persona prepárele un escenario de juego. Invítelo a una partida de póker y en el comportamiento que esgrima durante ese juego podrá visualizar su espíritu como si fuera transparente.
Estudio del conjunto de gestos, actitudes y palabras que ejecutan los jugadores en el desarrollo de un juego.
Así com la paralingüística estudia los elementos concomitantes al acto de habla y no el acto de habla en sí mismo, la parapeña se enfoca en las conductas periféricas de los jugadores y no en el juego en sí mismo. La caballerosidad entre jugadores es un fenómeno paralpéñico. El hecho de que algunos se mantengan serenos, otros desafíen a sus rivales y otros maldigan a su suerte es parte de la parapeña. Que algunos suden, tengan tics, rían nerviosamente, se pongan anteojos negros, vayan muy seguido al baño o hablen sobre temas triviales también son fenómenos parapéñicos.
Existe una parapeña amateur que consiste en la creencia de que el juego puede mostrar la personalidad de un individuo. En realidad, este tipo de parapeña es una rama de la psicología popular. Según el punto de vista de esta psicología, si usted desea saber cómo es una persona prepárele un escenario de juego. Invítelo a una partida de póker y en el comportamiento que esgrima durante ese juego podrá visualizar su espíritu como si fuera transparente.
martes, 26 de febrero de 2013
Poquifable
(Adjetivo. Del latín paucus = poco y for = hablar)
Mientras lo inefable es aquello de lo que no se puede hablar, lo poquifable puede definirse como aquello de lo que no hay mucho para decir.
¿A qué cosas se puede calificar de "poquifables"?
Las sensaciones podrían ser llamadas así. Si usted intenta describir una sensación a alguien que nunca la tuvo, se dará cuenta de que cualquier adjetivo será insuficiente, insatisfactorio o vagamente descriptivo. Si trata de explicar cómo es ver el color rojo a alguien que nunca lo vio, podrá utilizar una analogía como: "Es un color contundente, apasionado, que deja una marca profunda en la retina". Pero esa descripción no puede generar en el otro la representación del rojo, a menos que haya visto alguna vez ese color. Haga la prueba con otras sensaciones más complejas: un orgasmo, el dolor de un infarto, las mariposas en el estómago.
Algunos filósofos y científicos han dicho que las sensaciones son inefables: nada podemos decir de ellas. Sin embargo, el filósofo Daniel Dennett objeta que se ha dicho que son inefables, pero nunca se deja de hablar de ellas. Aun así, -objetando a Dennett- es poco lo que podemos describir de las sensaciones. Quizás, porque la mayoría de las cosas inefables son, en realidad, poquifables.
En rigor, Dios, el Más Allá, la Nada y cualquier otra entidad metafísica no es inefable: es poquifable. Pues ya el solo hecho de nombrarla nos informa que algo puede decirse. Al menos el nombre. Y si no podemos nombrarla, también es poquifable: pues al menos sabemos que no puede nombrarse. Lo único que es realmente inefable es lo que nunca se ha dicho y no podría decirse por ningún medio.
Mientras lo inefable es aquello de lo que no se puede hablar, lo poquifable puede definirse como aquello de lo que no hay mucho para decir.
¿A qué cosas se puede calificar de "poquifables"?
Las sensaciones podrían ser llamadas así. Si usted intenta describir una sensación a alguien que nunca la tuvo, se dará cuenta de que cualquier adjetivo será insuficiente, insatisfactorio o vagamente descriptivo. Si trata de explicar cómo es ver el color rojo a alguien que nunca lo vio, podrá utilizar una analogía como: "Es un color contundente, apasionado, que deja una marca profunda en la retina". Pero esa descripción no puede generar en el otro la representación del rojo, a menos que haya visto alguna vez ese color. Haga la prueba con otras sensaciones más complejas: un orgasmo, el dolor de un infarto, las mariposas en el estómago.
Algunos filósofos y científicos han dicho que las sensaciones son inefables: nada podemos decir de ellas. Sin embargo, el filósofo Daniel Dennett objeta que se ha dicho que son inefables, pero nunca se deja de hablar de ellas. Aun así, -objetando a Dennett- es poco lo que podemos describir de las sensaciones. Quizás, porque la mayoría de las cosas inefables son, en realidad, poquifables.
En rigor, Dios, el Más Allá, la Nada y cualquier otra entidad metafísica no es inefable: es poquifable. Pues ya el solo hecho de nombrarla nos informa que algo puede decirse. Al menos el nombre. Y si no podemos nombrarla, también es poquifable: pues al menos sabemos que no puede nombrarse. Lo único que es realmente inefable es lo que nunca se ha dicho y no podría decirse por ningún medio.
lunes, 7 de enero de 2013
Profender (se)
(Verbo intransitivo. Del latín pro = estar a favor y fendere = cortar o pasar a través. Adjetivo: profendido)
Capacidad de sentirse indignado por hechos irrelevantes o por una sobreinterpretación de lo que se dice.
El profendido está al acecho para ofenderse ante la mínima sospecha de agresión. Examina cada palabra y descubre homofobia, xenofobia, apología a las drogas, al sexo, a la violación y al crimen en cualquier discurso de apariencia inocente. Tiene la indignación fácil, y suele vociferar abiertamente su profundo repudio de cotillón ante hechos irrelevantes y que, por lo general, no le exigen mucho compromiso ni exposición. Si alguien dice "Hoy mi mujer cocinó pizza y se le quemó", el profendido se indigna por el supuesto machismo de esa frase y por el sometimiento de la mujer a condiciones deplorables de matrimonio. Si alguien afirma "El que me robó el bolso es un chico boliviano de tez morena", el profendido hace un escándalo porque encuentra xenofobia y racismo en esa afirmación. Si alguien afirma "A las mujeres les gusta que les digan cosas lindas", el profendido pone la voz de alerta, porque cree que esa afirmación es una apología de la violación, de las groserías y del patriarcado. Ante él, hay que cuidarse de todo lo que se dice: se debe hablar con un lenguaje políticamente correcto, porque de otro modo él lo considera ofensivo y no duda en escrachar y elevar el grito en el cielo. Desde luego, "lenguaje políticamente correcto" es "el lenguaje que él considera correcto", mediado por un sinnúmero de discutibles teorías semánticas inventadas por él mismo o por su grupo de pertenencia. Por lo general, es militante activo en favor de alguna minoría social.
El profendido confunde los actos ilocutivos con los actos perlocutivos. O, en otras palabras, se cree capaz de descubrir las intenciones ocultas detrás de las intenciones explícitas, aunque esos supuestos propósitos implícitos sólo están en su imaginación. Cree en la ideología del lenguaje y pretende que todos (excepto él, claro) se hagan cargo exhaustivamente de las preconcepciones ideológicas que contienen cada palabra (incluso la etimología de cada palabra): "Usaste la palabra 'entusiasmado', y esa palabra en griego significa 'estar poseído por un dios'. Así que hacete cargo, estás usando un lenguaje religioso, y la religión es el principal instrumento de opresión social. Vos querés evangelizarme con tu lenguaje de inquisidor medieval conquistador de culturas precolombinas. Tus palabras son la espada en alto del mercenario cristiano europeo que sometió en América a los pueblos originarios. Te repudio profundamente"
El profendido actúa como un terrorista del lenguaje: avisa que está asombrado por lo que alguien dijo -con expresiones como "No puedo creer lo que estás diciendo", "Derrapaste", "Te fuiste a la banquina"- para que su interlocutor sepa que ha franqueado un límite que no tiene regreso. Pero rara vez es convincente cuando explica por qué los dichos de su interlocutor le causan tanta indignación.
Por lo general, a medida que pasa el tiempo ya nadie quiere hablar con él. Poco a poco sus únicos interlocutores son sus amigos o compañeros de militancia. Pero por supuesto, de vez en cuando tiene que contactarse con extraños, cuando va al médico o hace las compras. Entonces, en esos casos, aprovecha para profenderse a sus anchas: "Discúlpeme, carnicero, yo no soy un 'campeón'. Me está insultando cuando me dice '¿qué vas a llevar, campeón?', porque muestra que es parte de una cultura de la competencia, en la que es importante ser campeón en algo. Y a mí no me interesa competir. Eso sí, déme los mejores bifecitos de lomo que tenga".
Capacidad de sentirse indignado por hechos irrelevantes o por una sobreinterpretación de lo que se dice.
El profendido está al acecho para ofenderse ante la mínima sospecha de agresión. Examina cada palabra y descubre homofobia, xenofobia, apología a las drogas, al sexo, a la violación y al crimen en cualquier discurso de apariencia inocente. Tiene la indignación fácil, y suele vociferar abiertamente su profundo repudio de cotillón ante hechos irrelevantes y que, por lo general, no le exigen mucho compromiso ni exposición. Si alguien dice "Hoy mi mujer cocinó pizza y se le quemó", el profendido se indigna por el supuesto machismo de esa frase y por el sometimiento de la mujer a condiciones deplorables de matrimonio. Si alguien afirma "El que me robó el bolso es un chico boliviano de tez morena", el profendido hace un escándalo porque encuentra xenofobia y racismo en esa afirmación. Si alguien afirma "A las mujeres les gusta que les digan cosas lindas", el profendido pone la voz de alerta, porque cree que esa afirmación es una apología de la violación, de las groserías y del patriarcado. Ante él, hay que cuidarse de todo lo que se dice: se debe hablar con un lenguaje políticamente correcto, porque de otro modo él lo considera ofensivo y no duda en escrachar y elevar el grito en el cielo. Desde luego, "lenguaje políticamente correcto" es "el lenguaje que él considera correcto", mediado por un sinnúmero de discutibles teorías semánticas inventadas por él mismo o por su grupo de pertenencia. Por lo general, es militante activo en favor de alguna minoría social.
El profendido confunde los actos ilocutivos con los actos perlocutivos. O, en otras palabras, se cree capaz de descubrir las intenciones ocultas detrás de las intenciones explícitas, aunque esos supuestos propósitos implícitos sólo están en su imaginación. Cree en la ideología del lenguaje y pretende que todos (excepto él, claro) se hagan cargo exhaustivamente de las preconcepciones ideológicas que contienen cada palabra (incluso la etimología de cada palabra): "Usaste la palabra 'entusiasmado', y esa palabra en griego significa 'estar poseído por un dios'. Así que hacete cargo, estás usando un lenguaje religioso, y la religión es el principal instrumento de opresión social. Vos querés evangelizarme con tu lenguaje de inquisidor medieval conquistador de culturas precolombinas. Tus palabras son la espada en alto del mercenario cristiano europeo que sometió en América a los pueblos originarios. Te repudio profundamente"
El profendido actúa como un terrorista del lenguaje: avisa que está asombrado por lo que alguien dijo -con expresiones como "No puedo creer lo que estás diciendo", "Derrapaste", "Te fuiste a la banquina"- para que su interlocutor sepa que ha franqueado un límite que no tiene regreso. Pero rara vez es convincente cuando explica por qué los dichos de su interlocutor le causan tanta indignación.
Por lo general, a medida que pasa el tiempo ya nadie quiere hablar con él. Poco a poco sus únicos interlocutores son sus amigos o compañeros de militancia. Pero por supuesto, de vez en cuando tiene que contactarse con extraños, cuando va al médico o hace las compras. Entonces, en esos casos, aprovecha para profenderse a sus anchas: "Discúlpeme, carnicero, yo no soy un 'campeón'. Me está insultando cuando me dice '¿qué vas a llevar, campeón?', porque muestra que es parte de una cultura de la competencia, en la que es importante ser campeón en algo. Y a mí no me interesa competir. Eso sí, déme los mejores bifecitos de lomo que tenga".
martes, 4 de diciembre de 2012
Poiastenia
(Sustantivo. Del griego poíesis = creación, producción y astenés = débil. También puede aceptarse la variedad poestenia)
1. Sensación de que no se está haciendo un trabajo verdaderamente inspirado.
No importa si se trata de una producción literaria, una clase sobre matemática financiera o un pastel de papas: a veces sentimos que no lo hemos hecho como correspondía, aun cuando otros (los lectores, los alumnos, los comensales) nos digan que el producto de nuestro trabajo les pareció muy bueno. Solemos recordar otros días en los que estábamos inspirados, pero hoy nos sentimos creativamente débiles, con la imaginación paralítica y la voluntad lisiada; como si las ideas y las acciones no fluyeran con facilidad.
Cuando hay poiastenia, la calidad de nuestros pensamientos parece insalvablemente baja.
Hay situaciones en la vida que son poiasténicos por naturaleza: El estrés y las preocupaciones conllevan a una pérdida en el entusiasmo, la cantidad y la calidad de acciones creativas y fértiles.
La poiastenia en la acepción 1 es una sensación, de modo que pertenece al terreno subjetivo. Sin embargo, en la segunda definición de este término podemos encontrar un tipo de poiastenia objetiva o menos subjetiva:
2. Cualidad de un objeto cuya factura y terminación son defectuosas o poco trabajadas.
A veces los productos de góndola bajan la calidad de su manufactura. En esos momentos comenzamos a advertir pequeñas mezquindades que influyen en el aspecto, el sabor, el color, la terminación o las funciones de dicho producto. Es así que las papas fritas, que fueron tan buenas y sabrosas cuando recién salieron al mercado, ahora traen poca cantidad -sufren empoquetamiento-, ya no tienen tan buen sabor ni son tan crujientes. El producto ha sufrido poiastenia: una poiastenia intencionada, dirigida con el solo fin de empeorar la manufactura sin sacrificar rédito. Esto mismo puede ocurrir con todo producto en serie de mercado.
En otros contextos, se dice que existe poiastenia en un producto artesanal que ya no tiene el mismo nivel de detalle que otros productos del mismo diseño. Por ejemplo, un tejedor artesanal que en sus primeras creaciones elaboraba suéters con variados y finísimos dibujos de colores, y luego, en creaciones posteriores, decide no incluir esos dibujos o, de incluirlos, los hará de manera basta y grosera. O un constructor de viviendas que, cuando recién inicia su vida laboral, entrega sus trabajos después de asegurarse de que quede todo limpio, pero a medida que pasa el tiempo y va adquiriendo experiencia ya no se interesa tanto por el aseo ni los escombros que quedan. Estos dos ejemplos dan a entender una falencia común a muchísimos seres humanos: la elaboración de un determinado tipo de producto tiende a volverse más poiasténica a medida que pasa el tiempo.
1. Sensación de que no se está haciendo un trabajo verdaderamente inspirado.
No importa si se trata de una producción literaria, una clase sobre matemática financiera o un pastel de papas: a veces sentimos que no lo hemos hecho como correspondía, aun cuando otros (los lectores, los alumnos, los comensales) nos digan que el producto de nuestro trabajo les pareció muy bueno. Solemos recordar otros días en los que estábamos inspirados, pero hoy nos sentimos creativamente débiles, con la imaginación paralítica y la voluntad lisiada; como si las ideas y las acciones no fluyeran con facilidad.
Cuando hay poiastenia, la calidad de nuestros pensamientos parece insalvablemente baja.
Hay situaciones en la vida que son poiasténicos por naturaleza: El estrés y las preocupaciones conllevan a una pérdida en el entusiasmo, la cantidad y la calidad de acciones creativas y fértiles.
La poiastenia en la acepción 1 es una sensación, de modo que pertenece al terreno subjetivo. Sin embargo, en la segunda definición de este término podemos encontrar un tipo de poiastenia objetiva o menos subjetiva:
2. Cualidad de un objeto cuya factura y terminación son defectuosas o poco trabajadas.
A veces los productos de góndola bajan la calidad de su manufactura. En esos momentos comenzamos a advertir pequeñas mezquindades que influyen en el aspecto, el sabor, el color, la terminación o las funciones de dicho producto. Es así que las papas fritas, que fueron tan buenas y sabrosas cuando recién salieron al mercado, ahora traen poca cantidad -sufren empoquetamiento-, ya no tienen tan buen sabor ni son tan crujientes. El producto ha sufrido poiastenia: una poiastenia intencionada, dirigida con el solo fin de empeorar la manufactura sin sacrificar rédito. Esto mismo puede ocurrir con todo producto en serie de mercado.
En otros contextos, se dice que existe poiastenia en un producto artesanal que ya no tiene el mismo nivel de detalle que otros productos del mismo diseño. Por ejemplo, un tejedor artesanal que en sus primeras creaciones elaboraba suéters con variados y finísimos dibujos de colores, y luego, en creaciones posteriores, decide no incluir esos dibujos o, de incluirlos, los hará de manera basta y grosera. O un constructor de viviendas que, cuando recién inicia su vida laboral, entrega sus trabajos después de asegurarse de que quede todo limpio, pero a medida que pasa el tiempo y va adquiriendo experiencia ya no se interesa tanto por el aseo ni los escombros que quedan. Estos dos ejemplos dan a entender una falencia común a muchísimos seres humanos: la elaboración de un determinado tipo de producto tiende a volverse más poiasténica a medida que pasa el tiempo.
viernes, 23 de noviembre de 2012
Polemóscono
(Sustantivo masculino. Del griego pólemos = polémica, guerra y skoné = polvo. Adjetivo: polemoscónico)
Discusión encarnizada acerca de algo irrelevante.
Los polemósconos pueden surgir en cualquier momento de una conversación: son como escollos argumentativos que detienen la marcha de un discurso y se enfocan en algún aspecto insignificante del mismo. Suelen ocurrir cuando a uno de los oyentes se le ocurre manifestar su disenso acerca de un detalle accesorio del relato que se está contando: si A afirma que "Estábamos en un parque con una pileta enorme, de tres metros de profundidad", el oyente lo interrumpirá para discutir este último dato. "No es cierto; no tenía tres metros. Tenía dos con noventa". Si el narrador se involucra en este principio de discusión, comienza el polemóscono. "Tenía tres metros; no dos con noventa". "No, dos con noventa. No tres". La discusión se convierte en un bucle interminable e indecidible, y una vez que ha comenzado ya perdemos la esperanza de escuchar la continuación del relato original.
También podría denominarse polemóscono a la actitud de sacar conclusiones desproporcionadas a partir de un dato mínimo e irrelevante: este tipo de polemóscono suele ir precedido por las expresiones "mostraste la hilacha" o "por fin te agarré". Pongamos un ejemplo:
A dice: "Estuve en Brasil; recorrí Río de Janeiro, me compré un par de ojotas verdes, visité las favelas y no puedo creer la pobreza que rodea a una ciudad tan hermosa. Realmente me conmovió. Me metí en una organización no gubernamental para combatir la indigencia de los habitantes de las favelas"
B interpone: "Mostraste tu verdadera hilacha. ¿Así que te compraste ojotas verdes? Ya entendí que sos un tipo frívolo y estúpido"
Discusión encarnizada acerca de algo irrelevante.
Los polemósconos pueden surgir en cualquier momento de una conversación: son como escollos argumentativos que detienen la marcha de un discurso y se enfocan en algún aspecto insignificante del mismo. Suelen ocurrir cuando a uno de los oyentes se le ocurre manifestar su disenso acerca de un detalle accesorio del relato que se está contando: si A afirma que "Estábamos en un parque con una pileta enorme, de tres metros de profundidad", el oyente lo interrumpirá para discutir este último dato. "No es cierto; no tenía tres metros. Tenía dos con noventa". Si el narrador se involucra en este principio de discusión, comienza el polemóscono. "Tenía tres metros; no dos con noventa". "No, dos con noventa. No tres". La discusión se convierte en un bucle interminable e indecidible, y una vez que ha comenzado ya perdemos la esperanza de escuchar la continuación del relato original.
También podría denominarse polemóscono a la actitud de sacar conclusiones desproporcionadas a partir de un dato mínimo e irrelevante: este tipo de polemóscono suele ir precedido por las expresiones "mostraste la hilacha" o "por fin te agarré". Pongamos un ejemplo:
A dice: "Estuve en Brasil; recorrí Río de Janeiro, me compré un par de ojotas verdes, visité las favelas y no puedo creer la pobreza que rodea a una ciudad tan hermosa. Realmente me conmovió. Me metí en una organización no gubernamental para combatir la indigencia de los habitantes de las favelas"
B interpone: "Mostraste tu verdadera hilacha. ¿Así que te compraste ojotas verdes? Ya entendí que sos un tipo frívolo y estúpido"
martes, 13 de noviembre de 2012
Preocio
(Sustantivo. Del latín prae = antes de y otium = ocio)
Recreo o larga pausa que se realiza cuando falta muy poco para terminar un trabajo.
Uno pensaría que, si se está a punto de terminar una tarea, es mejor utilizar el envión y finalizarla. Pero la sola ansiedad de sabernos cerca de ese objetivo nos ciega; nos hace pensar en el descanso posterior. Y, de hecho, si falta tan poco... ¡Podríamos descansar ahora mismo y continuar más tarde!. Este preocio es una pequeña procrastinación que a veces nos cuesta caro. Si corregimos cincuenta exámenes y nos quedan solo dos, hacemos un preocio como (pre)festejo por la labor (casi) cumplida: abrimos una lata de cerveza; jugamos videojuegos o salimos a bailar con amigos. Pero el preocio puede tener consecuencias inesperadas: quizás después del juego, el alcohol y la salida con amigos nos duele tanto la cabeza que no podemos corregir los dos exámenes que faltan. Quizás esos dos -justo esos dos- eran de difícil lectura; sumamente largos y trabajosos, y ya hemos gastado todas nuestras energías en el preocio. A veces antes de este descanso cerramos los libros; guardamos las herramientas de trabajo y luego, cuando hay que terminar lo poco que faltaba, nos da una pereza enorme desplegar nuevamente lo que ya estaba guardado. En esos casos, es común que terminemos chanchaneando.
El preocio es el espejismo de la tarea terminada. El festejo del preocio es la ilusión del festejo posterior a la tarea terminada: mientras nos tomamos esa pausa improcedente, pretendemos emular la felicidad que sentiremos cuando ya hayamos finalizado esa tarea. Pero luego, cuando el trabajo esté efectivamente terminado, lo habremos hecho tan a desgano y a las apuradas, que no nos quedarán deseos de un auténtico festejo.
Recreo o larga pausa que se realiza cuando falta muy poco para terminar un trabajo.
Uno pensaría que, si se está a punto de terminar una tarea, es mejor utilizar el envión y finalizarla. Pero la sola ansiedad de sabernos cerca de ese objetivo nos ciega; nos hace pensar en el descanso posterior. Y, de hecho, si falta tan poco... ¡Podríamos descansar ahora mismo y continuar más tarde!. Este preocio es una pequeña procrastinación que a veces nos cuesta caro. Si corregimos cincuenta exámenes y nos quedan solo dos, hacemos un preocio como (pre)festejo por la labor (casi) cumplida: abrimos una lata de cerveza; jugamos videojuegos o salimos a bailar con amigos. Pero el preocio puede tener consecuencias inesperadas: quizás después del juego, el alcohol y la salida con amigos nos duele tanto la cabeza que no podemos corregir los dos exámenes que faltan. Quizás esos dos -justo esos dos- eran de difícil lectura; sumamente largos y trabajosos, y ya hemos gastado todas nuestras energías en el preocio. A veces antes de este descanso cerramos los libros; guardamos las herramientas de trabajo y luego, cuando hay que terminar lo poco que faltaba, nos da una pereza enorme desplegar nuevamente lo que ya estaba guardado. En esos casos, es común que terminemos chanchaneando.
El preocio es el espejismo de la tarea terminada. El festejo del preocio es la ilusión del festejo posterior a la tarea terminada: mientras nos tomamos esa pausa improcedente, pretendemos emular la felicidad que sentiremos cuando ya hayamos finalizado esa tarea. Pero luego, cuando el trabajo esté efectivamente terminado, lo habremos hecho tan a desgano y a las apuradas, que no nos quedarán deseos de un auténtico festejo.
miércoles, 31 de octubre de 2012
Palintético
(Adjetivo. Del griego palín = otra vez y thésis = afirmación, posición. Sustantivo: palintesis o palintesia)
Quien mantiene una afirmación aun cuando aceptó que es errónea o infundada.
La palintesia se vale implícitamente de la siguiente estrategia retórica: "No des una afirmación por refutada ni aun después de refutada". Lo curioso es que el palintético en algún momento de su discurso se ve obligado a admitir la falsedad de su opinión (a la vista de nuevos datos u objeciones), pero él sigue indemne afirmando una y otra vez lo que dos oraciones antes vislumbró y aceptó como inaceptable. Su actitud es una afrenta para la racionalidad, pues en una discusión es esperable que cuando A convence a B, B adopte el razonamiento de A. Sin embargo, el palintético, aun después de afirmar su convencimiento de la posición de A, continúa difundiendo su postura inicial, y argumenta como si fuera todavía sostenible. "Hay que seguir al líder sindical. Es la única esperanza", dice B. A le informa: "Pero el líder nos está vendiendo a la patronal. Otras veces lo seguimos y nos perjudicó". B continúa: "Es cierto, pero hay que seguirlo porque es la única esperanza". No importa cuántas objeciones interponga A: el palintético las irá asimilando una tras otra, aceptándolas alegremente, pero no se moverá de la afirmación inicial.
Existe una manera débil de la palintesia: en este caso, el palintético no admite la falsedad de su discurso, pero deja entrever que, de todos modos, lo que pensó es aceptable en un contexto mayor, o en realidad su aceptación no es irracional. El siguiente podría ser un ejemplo de esta modalidad más débil:
A- Están persiguiendo al estudiante que le hizo una pregunta incómoda a la presidenta.
B- Eso ya fue refutado por el mismo estudiante.
A- Bueno, pero no me extrañaría que el gobierno estuviera persiguiendo a quienes lo incomodan.
Como puede verse, A sigue manteniendo una variante de la afirmación inicial a pesar de que admite su refutación.
Tratar de combatir la argumentación del palintético es una sumamente frustrante.
La palabra "palintético" tiene el prefijo "palín" que significa "otra vez". Este prefijo se justifica en que el palintético admite una y otra vez la misma tesis, cuando cree que es verdadera y luego cuando admite que no lo es.
Quien mantiene una afirmación aun cuando aceptó que es errónea o infundada.
La palintesia se vale implícitamente de la siguiente estrategia retórica: "No des una afirmación por refutada ni aun después de refutada". Lo curioso es que el palintético en algún momento de su discurso se ve obligado a admitir la falsedad de su opinión (a la vista de nuevos datos u objeciones), pero él sigue indemne afirmando una y otra vez lo que dos oraciones antes vislumbró y aceptó como inaceptable. Su actitud es una afrenta para la racionalidad, pues en una discusión es esperable que cuando A convence a B, B adopte el razonamiento de A. Sin embargo, el palintético, aun después de afirmar su convencimiento de la posición de A, continúa difundiendo su postura inicial, y argumenta como si fuera todavía sostenible. "Hay que seguir al líder sindical. Es la única esperanza", dice B. A le informa: "Pero el líder nos está vendiendo a la patronal. Otras veces lo seguimos y nos perjudicó". B continúa: "Es cierto, pero hay que seguirlo porque es la única esperanza". No importa cuántas objeciones interponga A: el palintético las irá asimilando una tras otra, aceptándolas alegremente, pero no se moverá de la afirmación inicial.
Existe una manera débil de la palintesia: en este caso, el palintético no admite la falsedad de su discurso, pero deja entrever que, de todos modos, lo que pensó es aceptable en un contexto mayor, o en realidad su aceptación no es irracional. El siguiente podría ser un ejemplo de esta modalidad más débil:
A- Están persiguiendo al estudiante que le hizo una pregunta incómoda a la presidenta.
B- Eso ya fue refutado por el mismo estudiante.
A- Bueno, pero no me extrañaría que el gobierno estuviera persiguiendo a quienes lo incomodan.
Como puede verse, A sigue manteniendo una variante de la afirmación inicial a pesar de que admite su refutación.
Tratar de combatir la argumentación del palintético es una sumamente frustrante.
La palabra "palintético" tiene el prefijo "palín" que significa "otra vez". Este prefijo se justifica en que el palintético admite una y otra vez la misma tesis, cuando cree que es verdadera y luego cuando admite que no lo es.
lunes, 29 de octubre de 2012
Perplecia
(Sustantivo. Del latín per = con insistencia y plenus = lleno, rebosante. Adjetivo: perplético)
Tendencia de los cajones, cajas y armarios a estar completamente llenos y desbordantes de objetos.
La perplecia es producto de una ley de las costumbres humanas: las cajas que se utilizan para guardar papeles viejos, las latas vacías para clavos, tornillos y tuercas y los cajones de la cómoda donde se ponen los suéters, en muy poco tiempo están tan cargados que ya no pueden cerrarse. En rigor, el término "perplecia" se debería utilizar cuando se dificulta o imposibilita el cierre.
Es curioso que los recipientes, baúles, latas, cajas, cajones, aparadores, armarios, roperos y bibliotecas rara vez están vacíos o medio vacíos: tenemos una necesidad de llenarlos hasta reventar. A veces compramos una nueva cajonera, o forramos latas de colores para guardar los muchos lápices y bolígrafos, pero descubrimos con desazón que esos nuevos recipientes se vuelven perpléticos en poco tiempo, y el proceso parece repetirse sin importar cuántos cajones o latas pongamos.
Existe un término en español que podría asemejarse a este: es "plétora". Pero la plétora se refiere a la abundancia excesiva de alguna cosa, y no al continente en el que abundan esas cosas, ni a la característica de que tal continente contiene más de lo que su capacidad permite.
Tendencia de los cajones, cajas y armarios a estar completamente llenos y desbordantes de objetos.
La perplecia es producto de una ley de las costumbres humanas: las cajas que se utilizan para guardar papeles viejos, las latas vacías para clavos, tornillos y tuercas y los cajones de la cómoda donde se ponen los suéters, en muy poco tiempo están tan cargados que ya no pueden cerrarse. En rigor, el término "perplecia" se debería utilizar cuando se dificulta o imposibilita el cierre.
Es curioso que los recipientes, baúles, latas, cajas, cajones, aparadores, armarios, roperos y bibliotecas rara vez están vacíos o medio vacíos: tenemos una necesidad de llenarlos hasta reventar. A veces compramos una nueva cajonera, o forramos latas de colores para guardar los muchos lápices y bolígrafos, pero descubrimos con desazón que esos nuevos recipientes se vuelven perpléticos en poco tiempo, y el proceso parece repetirse sin importar cuántos cajones o latas pongamos.
Existe un término en español que podría asemejarse a este: es "plétora". Pero la plétora se refiere a la abundancia excesiva de alguna cosa, y no al continente en el que abundan esas cosas, ni a la característica de que tal continente contiene más de lo que su capacidad permite.
martes, 25 de septiembre de 2012
Peripteria
(Sustantivo. Del griego perí = alrededor y -pterós = que observa. También puede usarse: peridomipteria [mismas raíces más la raíz domos = casa] o periexopteria [exo = por fuera])
1. Modo en que se ve nuestra casa desde las terrazas, balcones o patios vecinos.
2. Sensación de regocijo por observar nuestra propia casa desde una perspectiva ajena y poco habitual.
Alguna vez se cayó la pelota -o una sábana volada por el viento- al patio de la vecina, y pudimos acceder por un momento a un mundo que solo observamos desde la azotea. Entonces levantamos la vista, y nos damos cuenta de cómo se ve nuestra terraza desde ahí, y cómo nos veríamos a nosotros mismos si estuviéramos mirando desde esa altura. Avistamos parte del tejado y de un ventanal de nuestra casa: no nos parecen propios; por un momento no asociamos que eso que vemos es el lugar donde vivimos. Es común, también, que nos asalte una pequeña e incomprensible nostalgia.
Es un buen ejercicio mirar por la ventana del piso treinta de un edificio (o desde una montaña) y buscar por aproximación dónde debería estar nuestro hogar. A veces descubrimos que, entre la multitud de tejados, se puede visualizar nuestro tanque de agua, o algunas ramas del almendro del patio, o la parte superior del altillo y, como en esos juegos en los que hay que descubrir personajes ocultos, sentimos el regocijo de la peripteria.
Los foricondios también provocan una mínima peripteria.
1. Modo en que se ve nuestra casa desde las terrazas, balcones o patios vecinos.
2. Sensación de regocijo por observar nuestra propia casa desde una perspectiva ajena y poco habitual.
Alguna vez se cayó la pelota -o una sábana volada por el viento- al patio de la vecina, y pudimos acceder por un momento a un mundo que solo observamos desde la azotea. Entonces levantamos la vista, y nos damos cuenta de cómo se ve nuestra terraza desde ahí, y cómo nos veríamos a nosotros mismos si estuviéramos mirando desde esa altura. Avistamos parte del tejado y de un ventanal de nuestra casa: no nos parecen propios; por un momento no asociamos que eso que vemos es el lugar donde vivimos. Es común, también, que nos asalte una pequeña e incomprensible nostalgia.
Es un buen ejercicio mirar por la ventana del piso treinta de un edificio (o desde una montaña) y buscar por aproximación dónde debería estar nuestro hogar. A veces descubrimos que, entre la multitud de tejados, se puede visualizar nuestro tanque de agua, o algunas ramas del almendro del patio, o la parte superior del altillo y, como en esos juegos en los que hay que descubrir personajes ocultos, sentimos el regocijo de la peripteria.
Los foricondios también provocan una mínima peripteria.
viernes, 24 de agosto de 2012
Paleógoro
(Adjetivo. Del griego páleos = antiguo y agoréuo = hacer público)
En una contienda verbal, dícese de quien recrimina a su contrincante por un hecho muy lejano en el tiempo.
No solo se trata de un reproche por algo pretérito: por lo general, el hecho mismo suele ser banal y fácilmente olvidable. El paleógoro acusa a su interlocutor por algo que no amerita sentirse ofendido a tan largo plazo: "Vos, el veintisiete de marzo de mil novecientos noventa y tres, te comiste todos los caramelos que la abuela había comprado". "Hace quince años, una vez, me serviste la comida fría. Yo no me olvido".
Un paleógoro se siente frustrado por algunas acciones ajenas. Pero en lugar de decirlo en el momento, u olvidarlo, parece que lo guarda con rencor hasta que -en un contexto muy diferente al del hecho inicial- lo recrimina con firmeza y con ello queda en ridículo frente a su interlocutor.
jueves, 12 de julio de 2012
Pusilágrafe
(Adjetivo. Del latín pusillus = pequeño, mezquino y del griego gráphos = escritura, diseño)
1. Dícese del docente que utiliza poco el pizarrón.
Muchos docentes grafican su dilatada exposición oral en el aula con pequeños e inexpresivos trazos en el borde del pizarrón. Con esos garabatos incomprensibles y miserables, pretenden ilustrar todo el contenido de esa clase.
2. Dícese de quien suele expresarse con elocuencia en la oralidad, pero no puede ni desea volcar esa elocuencia en un texto escrito.
Es frecuente encontrar a personas que hacen un excelente uso de la retórica y la persuasión en sus actos de habla, pero que son totalmente inútiles para expresarse por escrito.
3. Dícese del escritor que odia el acto de escribir.
Hay escritores a quienes les gusta haber escrito, pero detestan estar escribiendo o, peor aun, tener que escribir. Por extensión, también se aplica el término a la persona (sea o no escritor) que debe escribir un texto y vive postergando su ejecución. Las tesis doctorales, los papers de investigación, los informes, los balances, las sentencias judiciales: hay gente a la que se le paga por escribir esos textos, aunque ellos tratan de evitarlo todo lo posible.
4. Persona que no escribe en las redes sociales, aunque participa de ellas.
El pusilágrafe en esta acepción jamás deja un comentario ni opinión en Facebook. Sabemos, sin embargo, que lee todo lo que se pone, porque un día nos lo cruzamos por la calle y ahí sí, en la oralidad, se atreve a expresarnos lo que opinaba sobre la presidenta, sobre la religión católica y sobre los partidos neonazis. En la red social, por escrito, fue incapaz de explayarse. Ahora, cara a cara, no tiene problemas en declararse en desacuerdo con todo lo que decían Juan, Pedro y María. Pero él, por las dudas, jamás blanquea por escrito ese desacuerdo.
jueves, 14 de junio de 2012
Pragmafanía
(Sustantivo. Del griego prágma = objeto, cosa y pháino = manifestarse. Puede utilizarse también pratofanía)
Revelación en la cual, en lugar de aparecerse una entidad sobrenatural, aparece un objeto o artefacto cotidiano.
Mientras la hierofanía es la manifestación de lo sagrado, la pragmafanía es la manifestación de lo banal o lo intrascendente. Si usted ve una luz en el cielo nublado acompañada de estruendo y, entre las nubes asoma un paquete de galletitas o un reproductor de DVD (en vez de la esperada deidad); si después de días de ayuno, encierro, meditación, oración y soledad siente una honda presencia espiritual que luego se manifiesta en forma de cafetera, o de inodoro, o de botella plástica vacía, ha sufrido una pragmafanía.
Revelación en la cual, en lugar de aparecerse una entidad sobrenatural, aparece un objeto o artefacto cotidiano.
Mientras la hierofanía es la manifestación de lo sagrado, la pragmafanía es la manifestación de lo banal o lo intrascendente. Si usted ve una luz en el cielo nublado acompañada de estruendo y, entre las nubes asoma un paquete de galletitas o un reproductor de DVD (en vez de la esperada deidad); si después de días de ayuno, encierro, meditación, oración y soledad siente una honda presencia espiritual que luego se manifiesta en forma de cafetera, o de inodoro, o de botella plástica vacía, ha sufrido una pragmafanía.
martes, 24 de abril de 2012
Plenilismo
(Sustantivo. Del latín plenum = lleno y nihil = nada)
Tendencia a nombrar como positivo algo que es negativo o nulo.
Periodistas, economistas, técnicos de márketing, vendedores, empresarios y políticos recurren a curiosas circunvoluciones semánticas para decir, simplemente, que algo "no hay" o "no tiene": "Hay faltante de aceite"; "Está ausente en las góndolas el bacalao"; "La cantidad de bienes que posee mi defendido puede contabilizarse en cero"; "La señal direccionada hacia su teléfono está momentáneamente congestionada"; "El saldo de su tarjeta tiene una cantidad de cero pesos con cero centavos, y dispone de un crédito extra de cero pesos, junto con una cuenta corriente en dólares con cero pesos. Tiene un préstamo preaprobado de cero pesos".
Tendencia a nombrar como positivo algo que es negativo o nulo.
Periodistas, economistas, técnicos de márketing, vendedores, empresarios y políticos recurren a curiosas circunvoluciones semánticas para decir, simplemente, que algo "no hay" o "no tiene": "Hay faltante de aceite"; "Está ausente en las góndolas el bacalao"; "La cantidad de bienes que posee mi defendido puede contabilizarse en cero"; "La señal direccionada hacia su teléfono está momentáneamente congestionada"; "El saldo de su tarjeta tiene una cantidad de cero pesos con cero centavos, y dispone de un crédito extra de cero pesos, junto con una cuenta corriente en dólares con cero pesos. Tiene un préstamo preaprobado de cero pesos".
viernes, 23 de marzo de 2012
Pocerbo
(Sustantivo masculino. Del latín paucus = poco y acerbus = injuria, violencia. Contracción de pocicerbo)
Hecho irrelevante por el cual alguien se siente ofendido.
Nunca sabremos por qué la vecina dejó de saludarnos o en qué momento le empezamos a caer mal a la hija del almacenero. Si repasamos en nuestra memoria, jamás hubo un suceso que ameritara el silencio al que nos someten. A veces tenemos ciertos indicios escasos e insuficientes: la bibliotecaria dejó de sonreirnos después de aquel comentario sobre los calores extemporáneos del mes de marzo. La consuegra no volvió a enviarnos tarjetas de navidad después de que no le contestáramos un correo electrónico a su sobrino nieto. El vendedor de fiambre esquiva nuestra mirada luego de aquella vez en que nos vio comprando salame en el supermercado. En esos casos nos preguntamos: ¿Son suficientes esos hechos para cortar una relación cordial? ¿Puede alguien ser tan susceptible? A veces debemos concluir que sí, que mucha gente es capaz de ofenderse incluso por nuestra forma de caminar. Por eso se suelen escuchar estos argumentos: "No le hablo más a María porque se andaba haciendo la linda por ahí". "Miralo a Pedro. No me lo banco más desde que se hacía el canchero pasando con la bicicleta por mi casa y saludándome". "José es un buen tipo, pero el otro día empezó a decir no sé qué huevada sobre que hay una gotera en su casa. Me hinchó las pelotas y no le contesto las llamadas"
Por supuesto, si le señalamos a alguien que la razón por la que se ofende es irrelevante (es un pocerbo), se sentirá aun más ofendido.
Hecho irrelevante por el cual alguien se siente ofendido.
Nunca sabremos por qué la vecina dejó de saludarnos o en qué momento le empezamos a caer mal a la hija del almacenero. Si repasamos en nuestra memoria, jamás hubo un suceso que ameritara el silencio al que nos someten. A veces tenemos ciertos indicios escasos e insuficientes: la bibliotecaria dejó de sonreirnos después de aquel comentario sobre los calores extemporáneos del mes de marzo. La consuegra no volvió a enviarnos tarjetas de navidad después de que no le contestáramos un correo electrónico a su sobrino nieto. El vendedor de fiambre esquiva nuestra mirada luego de aquella vez en que nos vio comprando salame en el supermercado. En esos casos nos preguntamos: ¿Son suficientes esos hechos para cortar una relación cordial? ¿Puede alguien ser tan susceptible? A veces debemos concluir que sí, que mucha gente es capaz de ofenderse incluso por nuestra forma de caminar. Por eso se suelen escuchar estos argumentos: "No le hablo más a María porque se andaba haciendo la linda por ahí". "Miralo a Pedro. No me lo banco más desde que se hacía el canchero pasando con la bicicleta por mi casa y saludándome". "José es un buen tipo, pero el otro día empezó a decir no sé qué huevada sobre que hay una gotera en su casa. Me hinchó las pelotas y no le contesto las llamadas"
Por supuesto, si le señalamos a alguien que la razón por la que se ofende es irrelevante (es un pocerbo), se sentirá aun más ofendido.
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