Debido a otras ocupaciones, Exonario se tomará un descanso por esta semana.
Muchas gracias por pasar.
Definiciones y términos que no figuran en el diccionario ("Exonario" no figura en el diccionario, pero sí figura en Exonario)
lunes, 28 de marzo de 2011
jueves, 24 de marzo de 2011
Entrequete
(Sustantivo)
Actividad que se realiza a las apuradas y que demora alguna otra actividad más importante.
Es famosa la queja de los maridos por los entrequetes de sus esposas: "Marta, la función en el teatro empieza a las nueve. Entre que te bañas, te peinas, te maquillas, te pruebas un vestido y otro, llegaremos tarde"
Las comprobaciones de último momento antes de salir de casa o acostarse, también forman parte de los entrequetes: "Ya estoy saliendo, pero entre que cierro la llave del gas; compruebo que el gato tenga comida, me fijo si llevo los libros que necesito, si tengo pañuelo y papel higiénico, si llueve o hay sol; entre que confirmo todas esas cosas, me demoro más de lo esperado"
A veces los entrequetes nos abruman y se vuelven recursivos: pueden aparecer nuevos entrequetes dentro de un entrequete. Puede que, al momento de comprobar si la puerta del patio quedó cerrada con llave, descubramos que se ha roto la cerradura y debamos improvisar algún desesperado y grosero mecanismo para mantenerla cerrada.
Actividad que se realiza a las apuradas y que demora alguna otra actividad más importante.
Es famosa la queja de los maridos por los entrequetes de sus esposas: "Marta, la función en el teatro empieza a las nueve. Entre que te bañas, te peinas, te maquillas, te pruebas un vestido y otro, llegaremos tarde"
Las comprobaciones de último momento antes de salir de casa o acostarse, también forman parte de los entrequetes: "Ya estoy saliendo, pero entre que cierro la llave del gas; compruebo que el gato tenga comida, me fijo si llevo los libros que necesito, si tengo pañuelo y papel higiénico, si llueve o hay sol; entre que confirmo todas esas cosas, me demoro más de lo esperado"
A veces los entrequetes nos abruman y se vuelven recursivos: pueden aparecer nuevos entrequetes dentro de un entrequete. Puede que, al momento de comprobar si la puerta del patio quedó cerrada con llave, descubramos que se ha roto la cerradura y debamos improvisar algún desesperado y grosero mecanismo para mantenerla cerrada.
miércoles, 23 de marzo de 2011
Tafómemo
(Sustantivo. Del griego tafros = pozo, trinchera, lugar oculto y mnéme = memoria, recuerdo)
Recuerdo que se guarda en la memoria y que nunca ha sido rememorado
Existen recuerdos muy alejados en el tiempo que, sin embargo, de vez en cuando se nos presentan con espontaneidad y viveza: una noche de verano a los siete años jugando a la generala en casa de un amigo; el día en que un compañero de jardín de infantes lloraba porque había perdido su corazón; una mañana de fecha incierta en la que comí por primera vez un Conogol; la bisabuela Magdalena recostada en una reposera en el patio de una casa que fue vendida hace treinta y cinco años; un frasco de yogur Gandara en la puerta de la heladera, el chicle que fue pegado debajo de un pupitre en el año mil novecientos ochenta y nueve. Cuando jugamos con la memoria, por lo general sale a flote una cierta cantidad de recuerdos, algunos recurrentes y otros no tanto. Sin embargo, es factible creer que existen otros recuerdos que están ahí, en potencia de ser recordados, pero a los que jamás damos luz; ya sea por pereza o por alguna clase de bloqueo. A veces basta con que un conocido rememore una parte crucial de un suceso para que finalmente se haga presente el resto: ¿Te acordás del día en que le prendimos fuego el guardapolvos a Carina?, nos pregunta el compañero de tercer grado que encontramos por casualidad en la calle, abriendo con ello una catarata mnémica sepultada durante treinta años que nos lleva a rememorar la sanción escolar, el pedido de disculpas, el disgusto de nuestros padres y el funeral de la infortunada Carina. Durante todo ese tiempo en que no hicimos presente ese recuerdo, en rigor no podríamos llamarlo "recuerdo" (pues, casi por definición, el recuerdo es aquello que necesariamente viene a la memoria): por ello, la palabra "tafómemo" parece más adecuada.
Si mantenemos rigurosamente los términos de la definición, un tafómemo jamás será recordado conscientemente. En sentido estricto, si puede ser recordado, entonces no es tafómemo.
Recuerdo que se guarda en la memoria y que nunca ha sido rememorado
Existen recuerdos muy alejados en el tiempo que, sin embargo, de vez en cuando se nos presentan con espontaneidad y viveza: una noche de verano a los siete años jugando a la generala en casa de un amigo; el día en que un compañero de jardín de infantes lloraba porque había perdido su corazón; una mañana de fecha incierta en la que comí por primera vez un Conogol; la bisabuela Magdalena recostada en una reposera en el patio de una casa que fue vendida hace treinta y cinco años; un frasco de yogur Gandara en la puerta de la heladera, el chicle que fue pegado debajo de un pupitre en el año mil novecientos ochenta y nueve. Cuando jugamos con la memoria, por lo general sale a flote una cierta cantidad de recuerdos, algunos recurrentes y otros no tanto. Sin embargo, es factible creer que existen otros recuerdos que están ahí, en potencia de ser recordados, pero a los que jamás damos luz; ya sea por pereza o por alguna clase de bloqueo. A veces basta con que un conocido rememore una parte crucial de un suceso para que finalmente se haga presente el resto: ¿Te acordás del día en que le prendimos fuego el guardapolvos a Carina?, nos pregunta el compañero de tercer grado que encontramos por casualidad en la calle, abriendo con ello una catarata mnémica sepultada durante treinta años que nos lleva a rememorar la sanción escolar, el pedido de disculpas, el disgusto de nuestros padres y el funeral de la infortunada Carina. Durante todo ese tiempo en que no hicimos presente ese recuerdo, en rigor no podríamos llamarlo "recuerdo" (pues, casi por definición, el recuerdo es aquello que necesariamente viene a la memoria): por ello, la palabra "tafómemo" parece más adecuada.
Si mantenemos rigurosamente los términos de la definición, un tafómemo jamás será recordado conscientemente. En sentido estricto, si puede ser recordado, entonces no es tafómemo.
lunes, 21 de marzo de 2011
Masallazo
(Sustantivo. De la expresión "más allá")
Argumento que apela a un supuesto conocimiento de primera mano de vivencias relacionadas con la muerte y entidades metafísicas.
El masallazo funciona como un mazazo argumentativo (de allí su semejanza fonética): quien lo esgrime argumenta sobre la base de su propio y personalísimo caso, el cual se convierte en irrefutable por la imposibilidad de corroboración intersubjetiva. "Yo estuve muerto tres minutos, y te puedo asegurar que se ve un túnel y una luz al final"; "A mí me vas a decir que Dios no existe, yo, que vi cuando un ángel me vino a buscar"; "El paraíso existe; cuando Marta murió vino una noche en sueños y me dijo que ella estaba ahí, esperándome". Después de un masallazo sólo se puede hacer un solemne silencio. Si alguien quisiera intentar una refutación ("¿Cómo sabés que esa experiencia es, justamente la experiencia de la muerte?"; "¿Cómo se puede estar seguro de que fue un ángel quien vino a buscarte?"; "¿Qué certeza tenés de que fue Marta quien se comunicó contigo, y no se trató sólo de un sueño?") posiblemente se reciba un comentario ofendido o despreciatorio. Quien esgrime un masallazo lo hace con la intención terminante de despejar dudas e incertidumbres metafísicas: él está aquí para contarnos su experiencia, a la que considera inequívoca y de connotaciones ciertas e irrefutables.
Argumento que apela a un supuesto conocimiento de primera mano de vivencias relacionadas con la muerte y entidades metafísicas.
El masallazo funciona como un mazazo argumentativo (de allí su semejanza fonética): quien lo esgrime argumenta sobre la base de su propio y personalísimo caso, el cual se convierte en irrefutable por la imposibilidad de corroboración intersubjetiva. "Yo estuve muerto tres minutos, y te puedo asegurar que se ve un túnel y una luz al final"; "A mí me vas a decir que Dios no existe, yo, que vi cuando un ángel me vino a buscar"; "El paraíso existe; cuando Marta murió vino una noche en sueños y me dijo que ella estaba ahí, esperándome". Después de un masallazo sólo se puede hacer un solemne silencio. Si alguien quisiera intentar una refutación ("¿Cómo sabés que esa experiencia es, justamente la experiencia de la muerte?"; "¿Cómo se puede estar seguro de que fue un ángel quien vino a buscarte?"; "¿Qué certeza tenés de que fue Marta quien se comunicó contigo, y no se trató sólo de un sueño?") posiblemente se reciba un comentario ofendido o despreciatorio. Quien esgrime un masallazo lo hace con la intención terminante de despejar dudas e incertidumbres metafísicas: él está aquí para contarnos su experiencia, a la que considera inequívoca y de connotaciones ciertas e irrefutables.
jueves, 17 de marzo de 2011
Flecomado
(Adjetivo. Utilízase sólo en femenino. Del latín flecto = doblar, girar y commeatus = tráfico de vehículos. Antónimo: aflecomado)
Esquinas de los cruces de las calles por las que doblan los automóviles.
Cuando dos calles perpendiculares de una mano se cruzan, en las cuatro esquinas de ese cruce ocurrirán indefectiblemente las siguientes combinaciones: en dos de esas esquinas, los vehículos doblarán y dificultarán el cruce de los peatones; en dos de ellas, los autos no doblarán. Las esquinas por las que pueden doblar los automóviles se denominan flecomadas; serán aflecomadas en el caso contrario.
La ilustración sirve para interpretar el uso de este concepto. Obsérvense los autos rojos. Dada la dirección que llevan, en el cruce sólo podrán doblar hacia su derecha, pero no hacia la izquierda. Eso implica que el cuadrante derecho superior es flecomado: si un peatón decide cruzar la calle perpendicular, debe observar no sólo que no vengan autos verdes, sino también que no esté doblando un automóvil rojo. A su vez, los automóviles verdes sólo pueden doblar hacia la izquierda, y esto implica que la esquina que está en el cuadrante inferior izquierdo sea peligrosa para los peatones: deben observar no sólo que no pasen autos rojos, sino también que no doblen autos verdes, y por lo tanto es flecomada. Pero las esquinas superior izquierda e inferior derecha son aflecomadas: en esas esquinas se puede cruzar si no vienen vehículos, y no hay que precaverse de que pueda doblar imprevistamente un automóvil que viene por el carril perpendicular.
Siempre es más seguro cruzar a través de una esquina aflecomada que a través de una flecomada. En las esquinas aflecomadas basta con observar el semáforo para saber si vienen vehículos o no. En las flecomadas, en cambio, es necesario mirar si un conductor va a doblar para cambiar de calle.
Esquinas de los cruces de las calles por las que doblan los automóviles.
Cuando dos calles perpendiculares de una mano se cruzan, en las cuatro esquinas de ese cruce ocurrirán indefectiblemente las siguientes combinaciones: en dos de esas esquinas, los vehículos doblarán y dificultarán el cruce de los peatones; en dos de ellas, los autos no doblarán. Las esquinas por las que pueden doblar los automóviles se denominan flecomadas; serán aflecomadas en el caso contrario.
La ilustración sirve para interpretar el uso de este concepto. Obsérvense los autos rojos. Dada la dirección que llevan, en el cruce sólo podrán doblar hacia su derecha, pero no hacia la izquierda. Eso implica que el cuadrante derecho superior es flecomado: si un peatón decide cruzar la calle perpendicular, debe observar no sólo que no vengan autos verdes, sino también que no esté doblando un automóvil rojo. A su vez, los automóviles verdes sólo pueden doblar hacia la izquierda, y esto implica que la esquina que está en el cuadrante inferior izquierdo sea peligrosa para los peatones: deben observar no sólo que no pasen autos rojos, sino también que no doblen autos verdes, y por lo tanto es flecomada. Pero las esquinas superior izquierda e inferior derecha son aflecomadas: en esas esquinas se puede cruzar si no vienen vehículos, y no hay que precaverse de que pueda doblar imprevistamente un automóvil que viene por el carril perpendicular.
Siempre es más seguro cruzar a través de una esquina aflecomada que a través de una flecomada. En las esquinas aflecomadas basta con observar el semáforo para saber si vienen vehículos o no. En las flecomadas, en cambio, es necesario mirar si un conductor va a doblar para cambiar de calle.
miércoles, 16 de marzo de 2011
Pinchacrotos
(Adjetivo. Del verbo pinchar y el argentinismo croto: vagabundo, andrajoso)
Dícese de quien exige que los pobres y los más débiles deban rendir cuentas exhaustivamente por cada ayuda que reciben.
Al pinchacrotos no le molesta que las empresas de telefonía, los personajes de la farándula y los herederos multimillonarios derrochen el dinero que reciben de fuentes éticamente discutibles y nunca del todo blanqueadas. "Si tienen dinero, que lo gasten como quieran", afirma sin menoscabarse. Con respecto al origen de ese dinero, tiene un eslógan que lo inmuniza ante cualquier alegato en contra: "Si Fulanito fue tan inteligente para ganar quinientos mil dólares por mes, ¿por qué lo vamos a criticar? ¿Por haber sido más despierto que nosotros, que laburamos todo el día por dos pesos?"
Ahora bien, a los pobres los mide con una vara diversa. Si por casualidad el pinchacrotos decide donar diez pesos por mes a un comedor comunitario, desea inmiscuirse en la contaduría de esa institución para saber qué están haciendo con su dinero, pues no sea cosa que a los destinatarios les llegue más comida de la que pueden comer, o que después de almorzar tiren los restos de polenta y grasa que quedan en los platos, o que los asistentes se queden de sobremesa jugando al truco y fumando cigarrillos. Tiene la hipótesis de que a los desvalidos hay que ayudarlos, siempre y cuando se los siga de cerca y se evalúe cada acción que ejecutan: el indigente debe mostrar que merece esa campera vieja y agujereada que están por donarle; debe hacer méritos para que se la obsequien. Y si luego de habérsela donado descubre que el vagabundo la usa poco o la deja tirada donde puede, el pinchacrotos murmurará, arrepentido y furioso: "Para eso le di la campera a este infeliz".
El pinchacrotos suele ser de clase media o clase media baja.
La expresión "pinchacrotos" se refiere a la acción de interpelar al más débil, de ponerlo en un aprieto y aguijonearlo (de ahí lo de "pinchar") para investigar sus méritos ante la dádiva.
Dícese de quien exige que los pobres y los más débiles deban rendir cuentas exhaustivamente por cada ayuda que reciben.
Al pinchacrotos no le molesta que las empresas de telefonía, los personajes de la farándula y los herederos multimillonarios derrochen el dinero que reciben de fuentes éticamente discutibles y nunca del todo blanqueadas. "Si tienen dinero, que lo gasten como quieran", afirma sin menoscabarse. Con respecto al origen de ese dinero, tiene un eslógan que lo inmuniza ante cualquier alegato en contra: "Si Fulanito fue tan inteligente para ganar quinientos mil dólares por mes, ¿por qué lo vamos a criticar? ¿Por haber sido más despierto que nosotros, que laburamos todo el día por dos pesos?"
Ahora bien, a los pobres los mide con una vara diversa. Si por casualidad el pinchacrotos decide donar diez pesos por mes a un comedor comunitario, desea inmiscuirse en la contaduría de esa institución para saber qué están haciendo con su dinero, pues no sea cosa que a los destinatarios les llegue más comida de la que pueden comer, o que después de almorzar tiren los restos de polenta y grasa que quedan en los platos, o que los asistentes se queden de sobremesa jugando al truco y fumando cigarrillos. Tiene la hipótesis de que a los desvalidos hay que ayudarlos, siempre y cuando se los siga de cerca y se evalúe cada acción que ejecutan: el indigente debe mostrar que merece esa campera vieja y agujereada que están por donarle; debe hacer méritos para que se la obsequien. Y si luego de habérsela donado descubre que el vagabundo la usa poco o la deja tirada donde puede, el pinchacrotos murmurará, arrepentido y furioso: "Para eso le di la campera a este infeliz".
El pinchacrotos suele ser de clase media o clase media baja.
La expresión "pinchacrotos" se refiere a la acción de interpelar al más débil, de ponerlo en un aprieto y aguijonearlo (de ahí lo de "pinchar") para investigar sus méritos ante la dádiva.
martes, 15 de marzo de 2011
Casupresencia
(Sustantivo. Del latín casus = caso, caída, ocurrencia y praesentia = presencia)
Capacidad de estar presente en cada momento en que sea oportuno y necesario.
A algunas personas les parece que la omnipresencia divina es un concepto redundante: ¿para qué necesitaría Dios estar presente en todos lados a la vez? ¿Por qué cada insignificante acontecimiento (un poco de polvo llevado por el viento, la espuma de la lava ardiendo en cierto pequeño rincón de un planeta deshabitado, los sueños que olvidamos, las heces que se van por el inodoro, el anillo de lata con el que se fue a la tumba un pariente, nuestro acto de recordar un hecho banal y anodino, las migas de pan en el fondo de una lata, un resto de cable quemado) requeriría de la continua mirada de Dios? Es imaginable que no todo acontecimiento mundano será digno de la presencia divina. Por eso, en lugar de postular la omnipresencia (o la ausencia lisa y llana), se podría postular la casupresencia como un principo de economía práctica divina: Dios intervendría sólo donde hiciera falta. Exceptuando esos momentos y lugares puntuales en los que Dios se involucra en el curso de la historia, el resto de los acontecimientos del tiempo y del espacio están a la deriva, huérfanos y aliviados de su imparpadeante mirada.
Capacidad de estar presente en cada momento en que sea oportuno y necesario.
A algunas personas les parece que la omnipresencia divina es un concepto redundante: ¿para qué necesitaría Dios estar presente en todos lados a la vez? ¿Por qué cada insignificante acontecimiento (un poco de polvo llevado por el viento, la espuma de la lava ardiendo en cierto pequeño rincón de un planeta deshabitado, los sueños que olvidamos, las heces que se van por el inodoro, el anillo de lata con el que se fue a la tumba un pariente, nuestro acto de recordar un hecho banal y anodino, las migas de pan en el fondo de una lata, un resto de cable quemado) requeriría de la continua mirada de Dios? Es imaginable que no todo acontecimiento mundano será digno de la presencia divina. Por eso, en lugar de postular la omnipresencia (o la ausencia lisa y llana), se podría postular la casupresencia como un principo de economía práctica divina: Dios intervendría sólo donde hiciera falta. Exceptuando esos momentos y lugares puntuales en los que Dios se involucra en el curso de la historia, el resto de los acontecimientos del tiempo y del espacio están a la deriva, huérfanos y aliviados de su imparpadeante mirada.
viernes, 11 de marzo de 2011
Mascarito
(Adjetivo. De máscara y de la expresión "más caro")
1. Producto de góndola cuyo envase clásico trae menor cantidad, pero se sigue vendiendo al mismo precio o más caro que antes.
Los envases mascaritos de doscientos gramos pasan a tener ciento noventa; los paquetes de diez unidades comienzan a traer siete, y los sachets de un litro pasan a tener un kilogramo. Lo típico del mascarito es que a simple vista no se suele notar la diferencia con el envase anterior: por lo general, el producto mascarito se presenta engañosamente idéntico al que traía mayor cantidad.
Algunos productos simplemente cambian de envase y en su publicidad pasan a resaltar una supuesta propiedad que antes no tenían. Tal es el caso de una crema de leche cuyo envase era de doscientos cincuenta centímetros cúbicos: pasó a tener doscientos centímetros cúbicos, se cobró más caro (casi el doble) y la etiqueta pasó a decir "crema doble", sin que se haya aclarado en qué sentido debía entenderse esa "duplicación"; por qué representaba un beneficio con respecto a la situación anterior, ni por qué ameritaba tal aumento.
2. Producto cuyo envase más grande es proporcionalmente más caro que el envase de menor cantidad.
Los consumidores solemos creer que el detergente de trescientos centímetros cúbicos es, en proporción, más caro que el de un litro. Sin embargo, resulta que muchas veces no es así: el envase pequeño cuesta seis pesos, pero el envase de un litro cuesta veintitrés. Así ocurre con una infinidad de productos: latas de atún, paquetes de papas fritas, huevos de pascua y chocolates son algunos de ellos.
3. Comerciante que publicita productos a bajo precio, pero su mercadería es de menor calidad o está fraccionada de manera que contenga menor cantidad o menor peso.
Los mascaritos en esta acepción hacen publicidades del tipo "aceite de primera calidad a cuatro pesos el litro". Cuando el cliente busca ese aceite, descubre que lo de "primera calidad" es una mentira: ha caído en la trampa del mascarito, quien, amparado bajo ese eufemismo, ha enmascarado la verdadera calidad del producto.
El mascarito suele fraccionar sus productos por unidad o por bolsa, y no por kilogramo: así, vende cinco limones por cinco pesos y maní tostado por bolsa, de modo que el cliente no sabe exactamente cuánta cantidad de producto está llevando ni a cuánto le están cobrando el kilogramo.
Los mascaritos son partidarios del empoquetamiento.
1. Producto de góndola cuyo envase clásico trae menor cantidad, pero se sigue vendiendo al mismo precio o más caro que antes.
Los envases mascaritos de doscientos gramos pasan a tener ciento noventa; los paquetes de diez unidades comienzan a traer siete, y los sachets de un litro pasan a tener un kilogramo. Lo típico del mascarito es que a simple vista no se suele notar la diferencia con el envase anterior: por lo general, el producto mascarito se presenta engañosamente idéntico al que traía mayor cantidad.
Algunos productos simplemente cambian de envase y en su publicidad pasan a resaltar una supuesta propiedad que antes no tenían. Tal es el caso de una crema de leche cuyo envase era de doscientos cincuenta centímetros cúbicos: pasó a tener doscientos centímetros cúbicos, se cobró más caro (casi el doble) y la etiqueta pasó a decir "crema doble", sin que se haya aclarado en qué sentido debía entenderse esa "duplicación"; por qué representaba un beneficio con respecto a la situación anterior, ni por qué ameritaba tal aumento.
2. Producto cuyo envase más grande es proporcionalmente más caro que el envase de menor cantidad.
Los consumidores solemos creer que el detergente de trescientos centímetros cúbicos es, en proporción, más caro que el de un litro. Sin embargo, resulta que muchas veces no es así: el envase pequeño cuesta seis pesos, pero el envase de un litro cuesta veintitrés. Así ocurre con una infinidad de productos: latas de atún, paquetes de papas fritas, huevos de pascua y chocolates son algunos de ellos.
3. Comerciante que publicita productos a bajo precio, pero su mercadería es de menor calidad o está fraccionada de manera que contenga menor cantidad o menor peso.
Los mascaritos en esta acepción hacen publicidades del tipo "aceite de primera calidad a cuatro pesos el litro". Cuando el cliente busca ese aceite, descubre que lo de "primera calidad" es una mentira: ha caído en la trampa del mascarito, quien, amparado bajo ese eufemismo, ha enmascarado la verdadera calidad del producto.
El mascarito suele fraccionar sus productos por unidad o por bolsa, y no por kilogramo: así, vende cinco limones por cinco pesos y maní tostado por bolsa, de modo que el cliente no sabe exactamente cuánta cantidad de producto está llevando ni a cuánto le están cobrando el kilogramo.
Los mascaritos son partidarios del empoquetamiento.
miércoles, 9 de marzo de 2011
Microfanía
(Sustantivo. Del griego mikrós = pequeño y phaíno = manifestarse. Adjetivo: micrófano)
Revelación trascendente cuyos efectos duran unos pocos días o minutos.
A lo largo de la historia, las voluntades y deseos de las personas han sido trastrocadas por supuestas apariciones de seres metafísicos. Si a un alcohólico se le presentara un dios (o si alucina con él), es posible que deje la bebida y que dedique el resto de su existencia a ponderar los beneficios de la abstinencia y de las revelaciones. Si un moribundo se cura de su herida después de ser visitado por un ángel, casi seguro que tanto el agonizante como su entorno encuentren un profundo sentido a su renovada existencia. Una persona buena y pacata que se encontrara con el Demonio seguramente entraría en un frenesí homicida a escala sobrehumana.
Pero cuando ocurre una microfanía, el micrófano (quien recibe la revelación) se encuentra con un ser divino y se siente hondamente interpelado a cambiar su estilo de vida, aunque su convicción dura muy poco tiempo. El dios pudo haber revelado con precisión su propósito; quizás le dijo al micrófano que abandone su empleo y se convierta en un eremita y viva en el desierto. Quizás el micrófano tiene la convicción de seguir ese mandato, pero a los pocos días decide que es ridículo, que él no está hecho para eso y finalmente resuelve continuar con su empleo y su vida.
Las microfanías son manifestaciones fallidas de la fuerza divina. No es que los dioses se equivoquen; ocurre que la voluntad humana y las pequeñas comodidades de la vida actúan como un poderoso campo de fuerza que nos llevan a desoir propósitos inescrutables y magnos designios.
Puede llamarse microfanía, también, a una revelación divina cuyo propósito es informarnos acerca de un hecho banal e intrascendente. En este sentido, si Dios se presentara con estruendo para comunicarnos que no hay leche en la heladera, o que salió una oferta de duraznos en el mercado, se trataría de una microfanía.
Revelación trascendente cuyos efectos duran unos pocos días o minutos.
A lo largo de la historia, las voluntades y deseos de las personas han sido trastrocadas por supuestas apariciones de seres metafísicos. Si a un alcohólico se le presentara un dios (o si alucina con él), es posible que deje la bebida y que dedique el resto de su existencia a ponderar los beneficios de la abstinencia y de las revelaciones. Si un moribundo se cura de su herida después de ser visitado por un ángel, casi seguro que tanto el agonizante como su entorno encuentren un profundo sentido a su renovada existencia. Una persona buena y pacata que se encontrara con el Demonio seguramente entraría en un frenesí homicida a escala sobrehumana.
Pero cuando ocurre una microfanía, el micrófano (quien recibe la revelación) se encuentra con un ser divino y se siente hondamente interpelado a cambiar su estilo de vida, aunque su convicción dura muy poco tiempo. El dios pudo haber revelado con precisión su propósito; quizás le dijo al micrófano que abandone su empleo y se convierta en un eremita y viva en el desierto. Quizás el micrófano tiene la convicción de seguir ese mandato, pero a los pocos días decide que es ridículo, que él no está hecho para eso y finalmente resuelve continuar con su empleo y su vida.
Las microfanías son manifestaciones fallidas de la fuerza divina. No es que los dioses se equivoquen; ocurre que la voluntad humana y las pequeñas comodidades de la vida actúan como un poderoso campo de fuerza que nos llevan a desoir propósitos inescrutables y magnos designios.
Puede llamarse microfanía, también, a una revelación divina cuyo propósito es informarnos acerca de un hecho banal e intrascendente. En este sentido, si Dios se presentara con estruendo para comunicarnos que no hay leche en la heladera, o que salió una oferta de duraznos en el mercado, se trataría de una microfanía.
lunes, 7 de marzo de 2011
Idiófrono
(Sustantivo y adjetivo. Del griego idios = propio, personal y phronéo = pensar)
Concatenación de pensamientos que sólo puede entender la persona que los tuvo.
¿Qué relación hay entre la canción "Don Fermín", el recuerdo del nacimiento de un hijo y la cajera de un supermercado? La asociación entre estas tres nociones diferentes puede tener un tinte especial para una persona, y los tres pensamientos pueden estar automáticamente asociados entre sí sin que haya algo especial que los una. Si cada vez que se piensa en comer chorizos uno recuerda la melodía de una guitarra frenética, el número dos invertido, un compañero de secundaria contando un chiste en voz baja, la mandíbula desdentada del abuelo muerto, aerosoles y un frasco para análisis de orina, ha construido un inefable idiófrono.
Para que exista el idiófrono es necesario que ese encadenamiento se dé de manera sistemática y no que ocurra sólo una vez.
Resulta prácticamente imposible explicar a otra persona el contenido de los idiófronos.
Concatenación de pensamientos que sólo puede entender la persona que los tuvo.
¿Qué relación hay entre la canción "Don Fermín", el recuerdo del nacimiento de un hijo y la cajera de un supermercado? La asociación entre estas tres nociones diferentes puede tener un tinte especial para una persona, y los tres pensamientos pueden estar automáticamente asociados entre sí sin que haya algo especial que los una. Si cada vez que se piensa en comer chorizos uno recuerda la melodía de una guitarra frenética, el número dos invertido, un compañero de secundaria contando un chiste en voz baja, la mandíbula desdentada del abuelo muerto, aerosoles y un frasco para análisis de orina, ha construido un inefable idiófrono.
Para que exista el idiófrono es necesario que ese encadenamiento se dé de manera sistemática y no que ocurra sólo una vez.
Resulta prácticamente imposible explicar a otra persona el contenido de los idiófronos.
viernes, 4 de marzo de 2011
Ántego
(Sustantivo. Del grigo anthos = florecimiento, flor y egó = yo)
El mejor yo de una persona.
No siempre se está en las mejores condiciones mentales para pensar y actuar. La mayoría de las veces nuestra voluntad y entendimiento quedan rezagadas frente a las obligaciones de la vida, los hechos del mundo y nuestros propios deseos. Pero a veces, quizás unas pocas horas cada semana o cada mes, somos capaces de tomar decisiones inteligentes, de tener pensamientos fértiles, de realizar con claridad cadenas de pensamientos y de actuar con alegría y con consecuencia. Esos instantes son nuestro ántego. El resto del tiempo estamos tratando de sobrevivir y nadamos en una racionalidad a media luz en la que muchas cosas no tienen sentido, o no somos capaces de otorgárselo.
Muchas personas extrañan sus antiguos ántegos y lo expresan con pesar: "yo antes podía dialogar con todo el mundo y me sentía bien. Ahora apenas puedo articular cuatro palabras sin contradecirme"; "Hace mucho que no pinto un cuadro, no salgo a correr y no hago críticas de cine. Extraño ese ántego"
El filósofo Aristóteles dice que hay unos pocos momentos de la vida en los que tenemos la claridad y la alegría que tiene Dios cuando piensa. Eso breves instantes de serena contemplación racional son los ántegos.
El mejor yo de una persona.
No siempre se está en las mejores condiciones mentales para pensar y actuar. La mayoría de las veces nuestra voluntad y entendimiento quedan rezagadas frente a las obligaciones de la vida, los hechos del mundo y nuestros propios deseos. Pero a veces, quizás unas pocas horas cada semana o cada mes, somos capaces de tomar decisiones inteligentes, de tener pensamientos fértiles, de realizar con claridad cadenas de pensamientos y de actuar con alegría y con consecuencia. Esos instantes son nuestro ántego. El resto del tiempo estamos tratando de sobrevivir y nadamos en una racionalidad a media luz en la que muchas cosas no tienen sentido, o no somos capaces de otorgárselo.
Muchas personas extrañan sus antiguos ántegos y lo expresan con pesar: "yo antes podía dialogar con todo el mundo y me sentía bien. Ahora apenas puedo articular cuatro palabras sin contradecirme"; "Hace mucho que no pinto un cuadro, no salgo a correr y no hago críticas de cine. Extraño ese ántego"
El filósofo Aristóteles dice que hay unos pocos momentos de la vida en los que tenemos la claridad y la alegría que tiene Dios cuando piensa. Eso breves instantes de serena contemplación racional son los ántegos.
miércoles, 2 de marzo de 2011
Encolimbado
(Adjetivo. De colimba, contracción de "corra, limpie, barra", aplicada al conscripto del servicio militar. Sustantivo: encolimbamiento)
Quien tiene un repentino y fugaz empeño para ordenar y limpiar.
El encolimbado siente que todo a su alrededor está sucio. A pesar de que la mugre se ha instalado hace mucho tiempo, su resolución para poner orden es escasa y pasajera. Por eso, después de meses en los que ha acumulado basura, tierra, envoltorios y restos de comida, una buena tarde sale de su letargo y hace (a las apuradas) una cantidad de movimientos espasmódicos para sacudir el polvo, remover los despojos y baldear. Su empeño le dura menos tiempo del que demanda la finalización de la limpieza: cuando ya ha hecho ciertos aprestos parciales, su deseo de limpiar se diluye; La suciedad apenas combatida sigue estando en los muebles y en el piso, pero el encolimbado siente que ha hecho demasiado y se queda esperando su próximo encolimbamiento.
Quien tiene un repentino y fugaz empeño para ordenar y limpiar.
El encolimbado siente que todo a su alrededor está sucio. A pesar de que la mugre se ha instalado hace mucho tiempo, su resolución para poner orden es escasa y pasajera. Por eso, después de meses en los que ha acumulado basura, tierra, envoltorios y restos de comida, una buena tarde sale de su letargo y hace (a las apuradas) una cantidad de movimientos espasmódicos para sacudir el polvo, remover los despojos y baldear. Su empeño le dura menos tiempo del que demanda la finalización de la limpieza: cuando ya ha hecho ciertos aprestos parciales, su deseo de limpiar se diluye; La suciedad apenas combatida sigue estando en los muebles y en el piso, pero el encolimbado siente que ha hecho demasiado y se queda esperando su próximo encolimbamiento.
lunes, 28 de febrero de 2011
Anemolecto
(Sustantivo. Del griego anémos = viento y léxis = lenguaje)
1. Discurso dirigido al viento. En sentido no metafórico, palabras que se dirigen a un auditorio que no las escucha.
2. Charla o discurso olvidable.
Mientras en la acepción (1), en su variante no metafórica, el anemoloquio se produce por culpa del auditorio, en esta acepción es el mismo discurso el que no merece recuerdo ni atención. La línea que separa a uno de otro es discutible. Posiblemente, en muchos casos por culpa de un anemoloquio (2) se produce un anemoloquio (1)
3. Conjunto de silbidos y sonidos guturales que produce el viento y que parecen articulaciones de palabras.
Aun cuando no hubiese un sujeto que pronuncie los anemoloquios, algunos consideran que es en principio posible descifrar el exacto recorrido del viento a partir de los sonidos que produce. Quizás esa extraña combinación de suspiros, jadeos y golpecitos que realiza el viento en la ventana sea un código en el que se indica su origen en la ladera de una montaña nevada, su paso por el río y el mar y su vuelo a ras de las nubes. Algunos especulan con que el viento trae un mensaje más recóndito y personal. Tal vez el anemoloquio nos cuente (en un idioma desconocido) las palabras finales y apenas audibles de un amigo moribundo al otro lado del mar, o el suspiro lejano de la mujer que nos ama, agigantado por la distancia, el océano y la nostalgia.
1. Discurso dirigido al viento. En sentido no metafórico, palabras que se dirigen a un auditorio que no las escucha.
2. Charla o discurso olvidable.
Mientras en la acepción (1), en su variante no metafórica, el anemoloquio se produce por culpa del auditorio, en esta acepción es el mismo discurso el que no merece recuerdo ni atención. La línea que separa a uno de otro es discutible. Posiblemente, en muchos casos por culpa de un anemoloquio (2) se produce un anemoloquio (1)
3. Conjunto de silbidos y sonidos guturales que produce el viento y que parecen articulaciones de palabras.
Aun cuando no hubiese un sujeto que pronuncie los anemoloquios, algunos consideran que es en principio posible descifrar el exacto recorrido del viento a partir de los sonidos que produce. Quizás esa extraña combinación de suspiros, jadeos y golpecitos que realiza el viento en la ventana sea un código en el que se indica su origen en la ladera de una montaña nevada, su paso por el río y el mar y su vuelo a ras de las nubes. Algunos especulan con que el viento trae un mensaje más recóndito y personal. Tal vez el anemoloquio nos cuente (en un idioma desconocido) las palabras finales y apenas audibles de un amigo moribundo al otro lado del mar, o el suspiro lejano de la mujer que nos ama, agigantado por la distancia, el océano y la nostalgia.
jueves, 24 de febrero de 2011
Autopatófeno
(Sustantivo. Del griego autós = uno mismo; pathos = padecimiento y faíno = manifestación. Sustantivo: autopatofanía)
Dícese de quien es atormentado por un duplicado monstruoso de sí mismo.
Así como el patotero es atormentado por monstruos, y mediante la autonergucia uno puede invocarse a sí mismo y ser poseído por el propio espíritu, en la autopatofanía nos ataca el zombie que seríamos si nos convirtiéramos en zombies, o nos asusta nuestro propio fantasma, o un yo- vampiro, o un duende cejijunto, verdoso y escamado que tiene nuestro rostro, o un dios todopoderoso, vengativo y arbitrario del que somos imagen y semejanza.
Dícese de quien es atormentado por un duplicado monstruoso de sí mismo.
Así como el patotero es atormentado por monstruos, y mediante la autonergucia uno puede invocarse a sí mismo y ser poseído por el propio espíritu, en la autopatofanía nos ataca el zombie que seríamos si nos convirtiéramos en zombies, o nos asusta nuestro propio fantasma, o un yo- vampiro, o un duende cejijunto, verdoso y escamado que tiene nuestro rostro, o un dios todopoderoso, vengativo y arbitrario del que somos imagen y semejanza.
miércoles, 23 de febrero de 2011
Miraltío
(Del latín mirus = asombro y altricis = de la madre, o tal vez de la expresión "¡miralo al tío!" )
Sensación de extrañeza y asombro en el instante de descubrir una relación insospechada.
Cuando dos personas a quienes jamás habríamos asociado juntas nos confiesan que son parientes cercanos o novios, nos invade el miraltío. A nos cuentan que dos compañeros de trabajo son, en realidad, padre e hijo, o que un amigo muy querido es un ex novio de nuestra madre, o que el abuelo está de novio con una joven empleada del supermercado donde compramos. Las relaciones que nos manifiestan no son clandestinas, pero nos invade la misma sensación que tendríamos si un conocido nos revelara que ha cometido un acto incestuoso. Ese asombro, entre perverso e inexplicablemente avergonzado, es el miraltío.
Sensación de extrañeza y asombro en el instante de descubrir una relación insospechada.
Cuando dos personas a quienes jamás habríamos asociado juntas nos confiesan que son parientes cercanos o novios, nos invade el miraltío. A nos cuentan que dos compañeros de trabajo son, en realidad, padre e hijo, o que un amigo muy querido es un ex novio de nuestra madre, o que el abuelo está de novio con una joven empleada del supermercado donde compramos. Las relaciones que nos manifiestan no son clandestinas, pero nos invade la misma sensación que tendríamos si un conocido nos revelara que ha cometido un acto incestuoso. Ese asombro, entre perverso e inexplicablemente avergonzado, es el miraltío.
lunes, 21 de febrero de 2011
Pantalecia
(Sustantivo. Del griego pás = todo y alethéia = verdad. Adjetivo: pantalético)
Creencia de que en toda opinión hay algo de verdad.
El pantalético supone que las verdades son parciales y están en todo discurso. No importa cuán corroborada esté la falsedad de una proposición: el pantalético prefiere asignarle algún grado de valor de verdad, y por eso aprecia todo discurso, sea cual sea y afirme lo que sea que afirme. Cree que su accionar es propio de una personalidad democrática o de una mente abierta. Pero ese valor que otorga a todas las opiniones a veces lo deja sin una posición clara ante una discusión en la que hay tesis rivales y polarizadas. Si se dicute acerca de la existencia del alma, en el cual un bando dice que el alma no existe y otro bando afirma que sí existe, el pantalético suaviza la polarización afirmando que "todos tienen razón". Su participación siempre suena poco comprometida y suele ser irritante.
El pantalético, por culpa su tendencia a no confrontar, se ve llevado a hacer las más aberrantes afirmaciones: "Los nazis decían que está bien matar judíos, y algo de verdad hay en eso".
Creencia de que en toda opinión hay algo de verdad.
El pantalético supone que las verdades son parciales y están en todo discurso. No importa cuán corroborada esté la falsedad de una proposición: el pantalético prefiere asignarle algún grado de valor de verdad, y por eso aprecia todo discurso, sea cual sea y afirme lo que sea que afirme. Cree que su accionar es propio de una personalidad democrática o de una mente abierta. Pero ese valor que otorga a todas las opiniones a veces lo deja sin una posición clara ante una discusión en la que hay tesis rivales y polarizadas. Si se dicute acerca de la existencia del alma, en el cual un bando dice que el alma no existe y otro bando afirma que sí existe, el pantalético suaviza la polarización afirmando que "todos tienen razón". Su participación siempre suena poco comprometida y suele ser irritante.
El pantalético, por culpa su tendencia a no confrontar, se ve llevado a hacer las más aberrantes afirmaciones: "Los nazis decían que está bien matar judíos, y algo de verdad hay en eso".
viernes, 18 de febrero de 2011
Cuchetear
(Verbo intransitivo y transitivo. Del francés couchette = cama pequeña; litera)
Acostarse en varias camas durante una misma noche.
La acción de cuchetear se asocia normalmente con actos promiscuos, aunque este matiz no es el único. Un hombre cuchetea si se acuesta en la cama de su amante y luego (esa misma noche) va a dormir con su esposa. El término se refiere, más estrictamente, al hecho de ocupar sucesivamente varios lugares donde recostarse, en una misma noche y en una misma casa: el cucheteador bien puede ser un insomne que, al encontrarse incómodo en una cama, prueba otras opciones que le ayuden a encontrar "la posición" para conciliar el sueño, aun cuando esas opciones resulten ridículas o incluso peligrosas.
Por lo general, cuando hubo cucheteo promiscuo, a la hora del desayuno se suele preguntar, con cierta jocosa picardía o indisimulado enojo: "Anoche te vi entrar en calzoncillos a la habitación de la prima ¿Estuviste cucheteándola?" (En este caso, el verbo se convierte en transitivo)
Acostarse en varias camas durante una misma noche.
La acción de cuchetear se asocia normalmente con actos promiscuos, aunque este matiz no es el único. Un hombre cuchetea si se acuesta en la cama de su amante y luego (esa misma noche) va a dormir con su esposa. El término se refiere, más estrictamente, al hecho de ocupar sucesivamente varios lugares donde recostarse, en una misma noche y en una misma casa: el cucheteador bien puede ser un insomne que, al encontrarse incómodo en una cama, prueba otras opciones que le ayuden a encontrar "la posición" para conciliar el sueño, aun cuando esas opciones resulten ridículas o incluso peligrosas.
Por lo general, cuando hubo cucheteo promiscuo, a la hora del desayuno se suele preguntar, con cierta jocosa picardía o indisimulado enojo: "Anoche te vi entrar en calzoncillos a la habitación de la prima ¿Estuviste cucheteándola?" (En este caso, el verbo se convierte en transitivo)
miércoles, 16 de febrero de 2011
Megaloclepsia
(Sustantivo. Del griego megale = gigante, enorme y klopéuo = robar. Adjetivo: megalocléptico)
Apropiación arbitraria de un objeto que por su tamaño, distancia o naturaleza no permite el ejercicio de la propiedad.
En actos puramente simbólicos, algunas personas se han declarado dueñas de la Luna, de fenómenos meteorológicos o de palabras. A veces, presas de una locura legalista (en las que intervienen notarios, abogados y martilleros), han querido reclamar por el improbable usufructo de tales propiedades, pero sus demandas casi nunca prosperan. Quien se considera dueño del cielo, del centro de la Tierra o de la nota musical "re" tal vez nunca encuentre oportunidad de legitimarse como dueño y señor de tales patrimonios.
La expresión "el que mucho abarca poco aprieta" parece definir el síntoma del megalocléptico: cuanto más abstracto, extenso o cósmico sea el bien del que se apropia, menos poder tiene para ejercer su autoridad.
Se considera megalocléptico, también, a quien se apropia arbitrariamente de una institución pública o de un bien natural compartido, como pueden ser el edificio del congreso nacional o un mar.
Apropiación arbitraria de un objeto que por su tamaño, distancia o naturaleza no permite el ejercicio de la propiedad.
En actos puramente simbólicos, algunas personas se han declarado dueñas de la Luna, de fenómenos meteorológicos o de palabras. A veces, presas de una locura legalista (en las que intervienen notarios, abogados y martilleros), han querido reclamar por el improbable usufructo de tales propiedades, pero sus demandas casi nunca prosperan. Quien se considera dueño del cielo, del centro de la Tierra o de la nota musical "re" tal vez nunca encuentre oportunidad de legitimarse como dueño y señor de tales patrimonios.
La expresión "el que mucho abarca poco aprieta" parece definir el síntoma del megalocléptico: cuanto más abstracto, extenso o cósmico sea el bien del que se apropia, menos poder tiene para ejercer su autoridad.
Se considera megalocléptico, también, a quien se apropia arbitrariamente de una institución pública o de un bien natural compartido, como pueden ser el edificio del congreso nacional o un mar.
martes, 15 de febrero de 2011
Entistayo
(Sustantivo y adjetivo. Del inglés empty stage = nivel vacío) Nivel de un videojuego en el que no hay enemigos, ni ítems (visibles u ocultos), ni municiones.
Puede tratarse de un nivel secreto, o de un lugar al que se ha llegado por error, o de un pasadizo hacia otros niveles. El entistayo no ofrece dificultad ni interés, y es absolutamente prescindible, aunque puede generar una continua expectativa: quizás tanta vaciedad sea el preludio de un enemigo feroz y peligroso.
En algunos juegos, el entistayo no consiste en un nivel completo, sino en una parte que por lo general antecede a la llegada del boss o enemigo principal.
No se aplica el término a un nivel en el cual ya no hay enemigos porque se los ha destruido: el entistayo se presenta vacío desde el principio hasta el final.
En el clásico juego 1942, en su versión arcade, existía un error de programación: de vez en cuando dejaban de aparecer enemigos y sólo se veía la pantalla azul de fondo. El entistayo se prolongaba hasta que alguien decidía apagar la máquina.
lunes, 14 de febrero de 2011
Emparificar
(Verbo transitivo. De par. Adjetivo agente: emparificador)
Esperar o hacer que los sucesos ocurran en número par.
Quien emparifica rasca las dos orejas aunque le pique sólo una; si caen tres rayos, espera un cuarto y si desea comprar un chocolate compra dos.
Este término no es equivalente a "emparejar": el emparejamiento implica que algo tiene sólo una determinada pareja con la que se relaciona. Sin embargo, cuando se emparifica, no se piensa que entre los objetos emparificados haya una relación, ni que sean necesariamente dos: la emparificación es una esperanza obsesiva y puramente inductiva, de que los hechos nunca ocurran de a uno, de a tres, de a cinco, de a siete o de a nueve.
Esperar o hacer que los sucesos ocurran en número par.
Quien emparifica rasca las dos orejas aunque le pique sólo una; si caen tres rayos, espera un cuarto y si desea comprar un chocolate compra dos.
Este término no es equivalente a "emparejar": el emparejamiento implica que algo tiene sólo una determinada pareja con la que se relaciona. Sin embargo, cuando se emparifica, no se piensa que entre los objetos emparificados haya una relación, ni que sean necesariamente dos: la emparificación es una esperanza obsesiva y puramente inductiva, de que los hechos nunca ocurran de a uno, de a tres, de a cinco, de a siete o de a nueve.
viernes, 11 de febrero de 2011
Travesoño
(Adjetivo. De travesti y sueño )
1. Quien despierta vestido con ropa del sexo opuesto.
Es posible que el travesoño se transvista durante la noche en un acto de sonambulismo, o bajo efectos de drogas o borrachera. También es posible que otros lo hayan vestido. Sólo puede ejemplificar este concepto quien es incapaz de recordar el instante en que se trasvistió.
2. Quien ha tenido un sueño en el que se representa a sí mismo como siendo del sexo opuesto.
La mujer que en sus sueños se representa a sí misma siendo hombre, vistiendo como hombre y deseando como hombre, es un travesoño.
1. Quien despierta vestido con ropa del sexo opuesto.
Es posible que el travesoño se transvista durante la noche en un acto de sonambulismo, o bajo efectos de drogas o borrachera. También es posible que otros lo hayan vestido. Sólo puede ejemplificar este concepto quien es incapaz de recordar el instante en que se trasvistió.
2. Quien ha tenido un sueño en el que se representa a sí mismo como siendo del sexo opuesto.
La mujer que en sus sueños se representa a sí misma siendo hombre, vistiendo como hombre y deseando como hombre, es un travesoño.
miércoles, 9 de febrero de 2011
Desencachado
(Adjetivo. De cacha, expresión familiar que significa trasero. No confundir con desencanchado: que no se siente a gusto en la cancha)
Que tiene el trasero muy pequeño.
A algunas personas se les termina la espalda donde comienzan las piernas, sin que medie una coyuntura entre ambas partes del cuerpo. La casi ausencia de trasero da la apariencia de una mala terminación, o una pobre factura de diseño corporal. Se suele asociar al desencachado con la escasa alimentación durante la lactancia, aunque no hay indicios que corroboren tal correlación.
Para desgracia del desencachado, a veces la raya del culo suele ser muy prolongada: aunque sus magras nalgas no abulten un pantalón bien apretado, puede que su raya se extienda hasta muy encima de la cintura. Esto provoca que, aun cuando el desencachado no pueda sufrir enchulenguizamiento, sí está propenso a enrajarse.
Que tiene el trasero muy pequeño.
A algunas personas se les termina la espalda donde comienzan las piernas, sin que medie una coyuntura entre ambas partes del cuerpo. La casi ausencia de trasero da la apariencia de una mala terminación, o una pobre factura de diseño corporal. Se suele asociar al desencachado con la escasa alimentación durante la lactancia, aunque no hay indicios que corroboren tal correlación.
Para desgracia del desencachado, a veces la raya del culo suele ser muy prolongada: aunque sus magras nalgas no abulten un pantalón bien apretado, puede que su raya se extienda hasta muy encima de la cintura. Esto provoca que, aun cuando el desencachado no pueda sufrir enchulenguizamiento, sí está propenso a enrajarse.
lunes, 7 de febrero de 2011
Nonosela
(Del latín non = no; anus = ano y sella = silla)
Imposibilidad de mantenerse sentado.
No es por ausencia de sillas ni por la presencia de obstosídeos: la nonosela se padece cuando, a pesar de contar con sillas y sillones, resulta extremadamente difícil tomar asiento durante algunos minutos para cenar, mirar un programa de televisión o leer el correo electrónico. Esto ocurre porque siempre hay algo por lo cual hace falta levantarse de forma urgente y compulsiva: no está el salero en la mesa, tocan timbre, el gato tiene hambre, suena el teléfono, el bebé llora o una cuchara cae al piso. A veces, después de mucho ajetreo, es necesario sentarse unos minutos y descansar, pero cuando hay nonosela las interrupciones son tan continuas que el efecto reparador del acto de sentarse nunca llega a sentirse.
No se aplica este término para las personas que no pueden mantenerse en el asiento porque son demasiado inquietas. Para ellas existe la expresión "culo con hormigas".
Imposibilidad de mantenerse sentado.
No es por ausencia de sillas ni por la presencia de obstosídeos: la nonosela se padece cuando, a pesar de contar con sillas y sillones, resulta extremadamente difícil tomar asiento durante algunos minutos para cenar, mirar un programa de televisión o leer el correo electrónico. Esto ocurre porque siempre hay algo por lo cual hace falta levantarse de forma urgente y compulsiva: no está el salero en la mesa, tocan timbre, el gato tiene hambre, suena el teléfono, el bebé llora o una cuchara cae al piso. A veces, después de mucho ajetreo, es necesario sentarse unos minutos y descansar, pero cuando hay nonosela las interrupciones son tan continuas que el efecto reparador del acto de sentarse nunca llega a sentirse.
No se aplica este término para las personas que no pueden mantenerse en el asiento porque son demasiado inquietas. Para ellas existe la expresión "culo con hormigas".
viernes, 4 de febrero de 2011
Cotipeniar
(Sustantivo. Del latín paeniteor = estar arrepentido y quotidie = cada día, cotidianamente. Adjetivo: cotipenista)
Arrepentirse con gran pesar de haber tomado decisiones mínimas.
Hay personas que son capaces de dar drásticos y a veces arriesgados saltos en sus vidas. Venden su casa en momentos de crisis económica, dejan su trabajo y apuestan a un negocio de dudosa rentabilidad, o escalan montañas peligrosas en medio de la tormenta. No se amedrentan ante las grandes decisiones, y las asumen con alegría y estoicismo. Sin embargo, cuando deben enfrentarse a pequeños hechos, puede que cotipenien. Quizás no tengan reparos en abandonar a su esposa y a sus hijos por cultivar la pasión del kayak, pero no pueden decidirse entre comprar pollo o pescado para la cena. Inevitablemente, compren lo que compren, se arrepentirán todo el día (y con remordimiento) por no haber elegido bien. Si compraron pollo, su conciencia los castigará durante una larga tarde por desdeñar las virtudes del fruto marino. Si se pusieron el pantalón marrón, lamentarán (con murmuraciones y blasfemias) no haber elegido el vaquero azul. Si caminaron por la avenida, se arrepentirán de no haber ido por la calle de los tilos. El cotipenista queda preso de las situaciones en las que la libertad apenas se pone en juego y en rigor no hay mucho que decidir ni de qué lamentarse.
Arrepentirse con gran pesar de haber tomado decisiones mínimas.
Hay personas que son capaces de dar drásticos y a veces arriesgados saltos en sus vidas. Venden su casa en momentos de crisis económica, dejan su trabajo y apuestan a un negocio de dudosa rentabilidad, o escalan montañas peligrosas en medio de la tormenta. No se amedrentan ante las grandes decisiones, y las asumen con alegría y estoicismo. Sin embargo, cuando deben enfrentarse a pequeños hechos, puede que cotipenien. Quizás no tengan reparos en abandonar a su esposa y a sus hijos por cultivar la pasión del kayak, pero no pueden decidirse entre comprar pollo o pescado para la cena. Inevitablemente, compren lo que compren, se arrepentirán todo el día (y con remordimiento) por no haber elegido bien. Si compraron pollo, su conciencia los castigará durante una larga tarde por desdeñar las virtudes del fruto marino. Si se pusieron el pantalón marrón, lamentarán (con murmuraciones y blasfemias) no haber elegido el vaquero azul. Si caminaron por la avenida, se arrepentirán de no haber ido por la calle de los tilos. El cotipenista queda preso de las situaciones en las que la libertad apenas se pone en juego y en rigor no hay mucho que decidir ni de qué lamentarse.
jueves, 3 de febrero de 2011
Poquídiobo
(Sustantivo. De la expresión latina "paucis diebus" = "por pocos días")
Malestar que se padece en silencio por unos días, que rara vez amerita una consulta al médico y que suele dejar temporalmente inútil a una persona.
No hay lenguaje para referirse al cúmulo de vagos síntomas que de vez en cuando puede embargarnos y dejarnos en cama. Leves dolores de cabeza (o quizás mareos o tal vez dolor de muelas o dolor de sien, o un poco de todo eso), algo de náuseas, sensación de baja presión, piernas flojas (o pesadas, o ambas cosas a la vez), malhumor, somnoliencia, pesadez en la lengua y la boca, sequedad, calor, frío, humedad, dolor en los ojos, dolor de cuello, dolor de espalda: en el poquídiobo los síntomas son difusos, esquivos, sucesivos, contradictorios e impredecibles: ahora parece que me doliera la cabeza, ahora me siento débil, ahora me hace mal la luz y necesito cerrar los ojos, ahora no soporto la oscuridad y los ojos cerrados. Uno o dos días después puede ocurrir una de tres cosas: o las molestias desaparecen, o confluyen en un conjunto bien definido de síntomas, o el paciente termina muriendo de morboncha.
Si uno falta al trabajo, no puede justificarse aduciendo la miríada de síntomas vagos; necesita de una palabra que indique la agudeza de algún síntoma en particular. Por lo general, se acude a "estoy descompuesto", "me duele muchísimo la cabeza" o alguna excusa similar. Decir "tengo poquídiobo" (lo que sería técnicamente correcto) parece poco serio y bien puede confundirse con una excusa.
Cuando una persona suele tener muchos días de poquídiobo, se lo suele calificar de engripeta.
El término infirmonimia está estrechamente relacionado con este.
Malestar que se padece en silencio por unos días, que rara vez amerita una consulta al médico y que suele dejar temporalmente inútil a una persona.
No hay lenguaje para referirse al cúmulo de vagos síntomas que de vez en cuando puede embargarnos y dejarnos en cama. Leves dolores de cabeza (o quizás mareos o tal vez dolor de muelas o dolor de sien, o un poco de todo eso), algo de náuseas, sensación de baja presión, piernas flojas (o pesadas, o ambas cosas a la vez), malhumor, somnoliencia, pesadez en la lengua y la boca, sequedad, calor, frío, humedad, dolor en los ojos, dolor de cuello, dolor de espalda: en el poquídiobo los síntomas son difusos, esquivos, sucesivos, contradictorios e impredecibles: ahora parece que me doliera la cabeza, ahora me siento débil, ahora me hace mal la luz y necesito cerrar los ojos, ahora no soporto la oscuridad y los ojos cerrados. Uno o dos días después puede ocurrir una de tres cosas: o las molestias desaparecen, o confluyen en un conjunto bien definido de síntomas, o el paciente termina muriendo de morboncha.
Si uno falta al trabajo, no puede justificarse aduciendo la miríada de síntomas vagos; necesita de una palabra que indique la agudeza de algún síntoma en particular. Por lo general, se acude a "estoy descompuesto", "me duele muchísimo la cabeza" o alguna excusa similar. Decir "tengo poquídiobo" (lo que sería técnicamente correcto) parece poco serio y bien puede confundirse con una excusa.
Cuando una persona suele tener muchos días de poquídiobo, se lo suele calificar de engripeta.
El término infirmonimia está estrechamente relacionado con este.
martes, 1 de febrero de 2011
Califiacar
(Verbo intransitivo. De calificar y fiaca; argentinismo por pereza, cansancio. Sustantivo: califiaca)
1. Sentir desgano y cansancio a la hora de corregir exámenes y trabajos prácticos.
Aun los docentes que aman su trabajo en el aula califiacan ante la montaña de tareas que se llevan a sus casas para evaluar. A los alumnos hay que proponerles actividades; cuanto más complejas y versátiles sean, más competencias podrán ponerse en juego. Pero la complejidad y versatilidad dificultan y ralentizan la evaluación: un trabajo que requiera respuestas uniformes u opciones múltiples puede calificarse con rapidez. En cambio, una actividad que permita gran variedad de respuestas (algunas incluso inesperadas) hace que la tarea de corrección lleve un tiempo imposible de calcular. Por eso, si un docente califiaca en este sentido, es probable que también califiaque en su segunda acepción:
2. Poner notas a las apuradas, sin haber evaluado correctamente a un alumno.
La calidad de una nota depende, en grandísima medida, del estado anímico del docente. Por eso no es imposible que ante el cansancio, las presiones hogareñas, varias copas de más o el urgente deseo de mandar todo al diablo, una maestra o un profesor no presten la debida atención a las hojitas garabateadas que con tanto esmero, carátula y folio han entregado sus alumnos. En este caso decimos que la nota es una califiacación: una apreciación prácticamente arbitraria, recortada y desatenta. El que califiaca tiende a poner notas homogéneas altas, pues una baja nota implica la multiplicación del trabajo (discusión con el alumno, la preparación de más actividades, un nuevo proceso de calificación) aunque, de todos modos, nunca es la nota máxima (pues distinguir finamente entre un ocho y un diez implica un grado de atención extra). La califiacación se puede realizar cuando se acomodan ciertos valores según la siguiente escala:
- Si el trabajo es aceptable a pesar de ciertos errores, el califiacador le pondrá: "aprobado" o "7,50"
- Si es excelente, aunque con algún error mínimo, el califiacador le pondrá: "aprobado" o "7,50"
- Si está por debajo de lo aceptable y contiene gruesos errores, el califiacador le pondrá: "aprobado" o "7"
- Si es muy escueto, pero en lo poco que pone se logra visualizar algún atisbo de respuesta correcta, el califiacador le pondrá "aprobado" o "7"
- Si el alumno entrega un trabajo muy extenso, el califiacador automáticamente pondrá "aprobado" o "7", porque se evidencia un grado de aplicación al estudio o, al menos, a escribir muchas páginas.
- Si es un mamarracho, el califiacador le pondrá "aprobado menos" o "6,50" (lo que, por aproximación, da "siete")
- Si entrega la hoja en blanco, el califiacador pondrá "aprobado" o "6,50", con un comentario: "Te ha faltado completar la tarea. Esfuérzate más la próxima vez"
- Si el trabajo es sobresaliente, su lectura es agradable, la creatividad del alumno es superior y las respuestas incluyen sobrecogedoras reflexiones en las que se relacionan problemas de múltiples disciplinas, el califiacador le pondrá "aprobado" o "7", con una severa recomendación: "Las respuestas están correctas, pero estamos hablando del crecimiento de las plantas, querido, no de las relaciones entre biofísica, psicología cognitiva, mecánica cuántica, neurofilosofía, química orgánica y aspectos cualitativos de la conciencia fenoménica. Debes focalizarte en el tema que estamos tratando, no en otros temas"
1. Sentir desgano y cansancio a la hora de corregir exámenes y trabajos prácticos.
Aun los docentes que aman su trabajo en el aula califiacan ante la montaña de tareas que se llevan a sus casas para evaluar. A los alumnos hay que proponerles actividades; cuanto más complejas y versátiles sean, más competencias podrán ponerse en juego. Pero la complejidad y versatilidad dificultan y ralentizan la evaluación: un trabajo que requiera respuestas uniformes u opciones múltiples puede calificarse con rapidez. En cambio, una actividad que permita gran variedad de respuestas (algunas incluso inesperadas) hace que la tarea de corrección lleve un tiempo imposible de calcular. Por eso, si un docente califiaca en este sentido, es probable que también califiaque en su segunda acepción:
2. Poner notas a las apuradas, sin haber evaluado correctamente a un alumno.
La calidad de una nota depende, en grandísima medida, del estado anímico del docente. Por eso no es imposible que ante el cansancio, las presiones hogareñas, varias copas de más o el urgente deseo de mandar todo al diablo, una maestra o un profesor no presten la debida atención a las hojitas garabateadas que con tanto esmero, carátula y folio han entregado sus alumnos. En este caso decimos que la nota es una califiacación: una apreciación prácticamente arbitraria, recortada y desatenta. El que califiaca tiende a poner notas homogéneas altas, pues una baja nota implica la multiplicación del trabajo (discusión con el alumno, la preparación de más actividades, un nuevo proceso de calificación) aunque, de todos modos, nunca es la nota máxima (pues distinguir finamente entre un ocho y un diez implica un grado de atención extra). La califiacación se puede realizar cuando se acomodan ciertos valores según la siguiente escala:
- Si el trabajo es aceptable a pesar de ciertos errores, el califiacador le pondrá: "aprobado" o "7,50"
- Si es excelente, aunque con algún error mínimo, el califiacador le pondrá: "aprobado" o "7,50"
- Si está por debajo de lo aceptable y contiene gruesos errores, el califiacador le pondrá: "aprobado" o "7"
- Si es muy escueto, pero en lo poco que pone se logra visualizar algún atisbo de respuesta correcta, el califiacador le pondrá "aprobado" o "7"
- Si el alumno entrega un trabajo muy extenso, el califiacador automáticamente pondrá "aprobado" o "7", porque se evidencia un grado de aplicación al estudio o, al menos, a escribir muchas páginas.
- Si es un mamarracho, el califiacador le pondrá "aprobado menos" o "6,50" (lo que, por aproximación, da "siete")
- Si entrega la hoja en blanco, el califiacador pondrá "aprobado" o "6,50", con un comentario: "Te ha faltado completar la tarea. Esfuérzate más la próxima vez"
- Si el trabajo es sobresaliente, su lectura es agradable, la creatividad del alumno es superior y las respuestas incluyen sobrecogedoras reflexiones en las que se relacionan problemas de múltiples disciplinas, el califiacador le pondrá "aprobado" o "7", con una severa recomendación: "Las respuestas están correctas, pero estamos hablando del crecimiento de las plantas, querido, no de las relaciones entre biofísica, psicología cognitiva, mecánica cuántica, neurofilosofía, química orgánica y aspectos cualitativos de la conciencia fenoménica. Debes focalizarte en el tema que estamos tratando, no en otros temas"
lunes, 31 de enero de 2011
Enconchonazo
(Sustantivo. De concha, término vulgar para referirse a la vagina)
Choque frontal entre vientres de dos o más mujeres.
Un enconchonazo suele ser involuntario, aunque a veces es consensuado por ambas partes y tiene un objetivo puramente lúdico.
Choque frontal entre vientres de dos o más mujeres.
Un enconchonazo suele ser involuntario, aunque a veces es consensuado por ambas partes y tiene un objetivo puramente lúdico.
jueves, 27 de enero de 2011
Dénodo
(Sustantivo. Del latín de = sobre, de arriba abajo y nodus = nudo)
Día en el que se resuelven muchas cosas pendientes.
La mayoría de nuestro tiempo vital consiste en una sucesión indecisa de horas en las que se van acumulando obligaciones y necesidades. A veces se nos hace urgente llamar al plomero, arreglar un desperfecto del automóvil, limpiar el baño y leer un complicado artículo sobre genética. Pero por razones banales o anecdóticas, nunca podemos siquiera iniciar esas acciones. Sin embargo, un día nos levantamos temprano, con inusual energía y lucidez, y en unas pocas horas cumplimos con todas las tareas pendientes. Y no sólo eso: nos llaman del banco para comunicarnos que ya nos asignaron ese préstamo por el cual venimos luchando desde hace años, o nos avisan que los análisis dieron bien, o que ese pariente conflictivo por fin se murió. Muchas situaciones que se han mantenido indecisas por años, se resuelven en un dénodo.
Los dénodos no siempre implican el carácter positivo de lo resuelto: quizás las cosas se resuelven ese día, pero para mal. El plomero puede decirnos que los caños están rotos y que costará una fortuna arreglarlos. Los análisis podrían revelar una terrible enfermedad, y el pariente conflictivo que murió, tal vez, no dejó herencia pero sí molestas y costosas directivas para su prolongado y exótico funeral.
Día en el que se resuelven muchas cosas pendientes.
La mayoría de nuestro tiempo vital consiste en una sucesión indecisa de horas en las que se van acumulando obligaciones y necesidades. A veces se nos hace urgente llamar al plomero, arreglar un desperfecto del automóvil, limpiar el baño y leer un complicado artículo sobre genética. Pero por razones banales o anecdóticas, nunca podemos siquiera iniciar esas acciones. Sin embargo, un día nos levantamos temprano, con inusual energía y lucidez, y en unas pocas horas cumplimos con todas las tareas pendientes. Y no sólo eso: nos llaman del banco para comunicarnos que ya nos asignaron ese préstamo por el cual venimos luchando desde hace años, o nos avisan que los análisis dieron bien, o que ese pariente conflictivo por fin se murió. Muchas situaciones que se han mantenido indecisas por años, se resuelven en un dénodo.
Los dénodos no siempre implican el carácter positivo de lo resuelto: quizás las cosas se resuelven ese día, pero para mal. El plomero puede decirnos que los caños están rotos y que costará una fortuna arreglarlos. Los análisis podrían revelar una terrible enfermedad, y el pariente conflictivo que murió, tal vez, no dejó herencia pero sí molestas y costosas directivas para su prolongado y exótico funeral.
miércoles, 26 de enero de 2011
Desmondongar(se)
(Verbo. De mondongo)
Hacer esfuerzo por disimular la panza.
Las mujeres y los hombres se desmondongan de manera diferente. El desmondongado tiene interés en mostrar su torso al desnudo, y hace una visible presión por contener el aire y levantar su caja torácica. La mujer, en cambio, utiliza trusas, fajas o pantalones elastizados que no permiten revelar el tamaño de su vientre.
Este término no se aplica a la mujer embarazada que desea disimular su gravidez.
El cinturón suele ser amigo común de la desmondongada y el desmondongado.
Suele ser más difícil desmondongarse si, además, se está enchulenguizado.
Hacer esfuerzo por disimular la panza.
Las mujeres y los hombres se desmondongan de manera diferente. El desmondongado tiene interés en mostrar su torso al desnudo, y hace una visible presión por contener el aire y levantar su caja torácica. La mujer, en cambio, utiliza trusas, fajas o pantalones elastizados que no permiten revelar el tamaño de su vientre.
Este término no se aplica a la mujer embarazada que desea disimular su gravidez.
El cinturón suele ser amigo común de la desmondongada y el desmondongado.
Suele ser más difícil desmondongarse si, además, se está enchulenguizado.
martes, 25 de enero de 2011
Anastolpio
(Sustantivo. Del griego anastéllo = detener y spáo = romper)
Momento estacionario en la rotura de un objeto o sistema.
A veces un vaso se empieza a cuartear, un puente comienza a ceder, un riñón funciona mal o una relación cae en desamores y malentendidos . En todos estos casos, el daño parece progresivo, acelerado e indetenible. Sin embargo, existe una meseta en el deterioro: hay un periodo (a veces extenso) en el cual la destrucción parece detenerse y el objeto o sistema sigue operativo, casi por milagro. El vaso, a pesar de las innumerables rajaduras, todavía puede contener líquido sin gotear, y seguirá así durante meses. Los automóviles podrán seguir circulando por encima del puente, a pesar la inminente caída profetizada por ingenieros, los riñones enfermos seguirán filtrando sales por largos años y la pareja continuará conviviendo con eventuales riñas hasta la vejez: en este último caso, quizás, porque es posible soportar toda la vida aquello que no puede soportarse un segundo más.
Tal vez todas las cosas del universo estén pasando por un anastolpio. La completa y perfecta funcionalidad es apenas un mito: la realidad es que todo va camino a la destrucción, y la operatividad de los objetos del mundo es sólo provisional y producto de un delicado (pero efímero) equilibrio de fuerzas que se disputan la ruina definitiva.
Momento estacionario en la rotura de un objeto o sistema.
A veces un vaso se empieza a cuartear, un puente comienza a ceder, un riñón funciona mal o una relación cae en desamores y malentendidos . En todos estos casos, el daño parece progresivo, acelerado e indetenible. Sin embargo, existe una meseta en el deterioro: hay un periodo (a veces extenso) en el cual la destrucción parece detenerse y el objeto o sistema sigue operativo, casi por milagro. El vaso, a pesar de las innumerables rajaduras, todavía puede contener líquido sin gotear, y seguirá así durante meses. Los automóviles podrán seguir circulando por encima del puente, a pesar la inminente caída profetizada por ingenieros, los riñones enfermos seguirán filtrando sales por largos años y la pareja continuará conviviendo con eventuales riñas hasta la vejez: en este último caso, quizás, porque es posible soportar toda la vida aquello que no puede soportarse un segundo más.
Tal vez todas las cosas del universo estén pasando por un anastolpio. La completa y perfecta funcionalidad es apenas un mito: la realidad es que todo va camino a la destrucción, y la operatividad de los objetos del mundo es sólo provisional y producto de un delicado (pero efímero) equilibrio de fuerzas que se disputan la ruina definitiva.
lunes, 24 de enero de 2011
Liparquibio
(Sustantivo. Del griego leípo = dejar; arché = inicio, principio y biblíon = libro)
1. Acción y efecto de abandonar un libro en las primeras páginas.
Podría pensarse que el liparquibio se comete sólo cuando una lectura resulta poco interesante. Sin embargo, este fenómeno ocurre por motivos muy diversos: cuando hay muchos libros y poco tiempo para leerlos, es probable que se hojeen muchos sin la firme decisión de terminarlos o tan siquiera avanzarlos. Otras veces, aunque no nos corra el tiempo y por más cautivantes que resulten los primeros párrafos, simplemente (y sin razón) no seguimos leyendo. Es común que se formen pilas de libros en los escritorios y mesas de luz, y que de esas pilas ya hayamos examinado las primeras carillas de cada ejemplar y que, por lo tanto, podamos sospechar con cuáles de ellos retomaremos la lectura, y con cuáles cometeremos liparquibio.
Por extensión, se denomina así a los libros que quedan amontonados como muertos, huérfanos de lectura y de biblioteca: "Tengo liparquibios hasta en el baño. No sé bien qué hacer con ellos: si guardarlos, regalarlos, quemarlos... o seguir leyéndolos", puede decir un desconcertado bibliófilo: él seguramente valora la lectura e incluso manifiesta interés por esos libros, pero ya sabe que no va a seguir leyéndolos y que sólo estarán ahí ocupando espacio.
2. Cualquier actividad que se abandona en el inicio.
A veces, fulgoritos y atornugados comienzan a practicar yoga, andinismo, inglés o aikido, y abandonan en los primeros intentos. La acumulación de estas actividades abandonadas es el reguero de los liparquibios de nuestra vida. Después de un liparquibio, es normal que queden optoparoncios.
Puede tomarse el término "liparquibio" como un sustantivo colectivo, que se refiere (en singular) a todas las actividades abandonadas: "Ahí están la guitarra, el traje de payaso, los libros de cocina y la escopeta. Todos ellos conforman el liparquibio de mis últimos tres años"
1. Acción y efecto de abandonar un libro en las primeras páginas.
Podría pensarse que el liparquibio se comete sólo cuando una lectura resulta poco interesante. Sin embargo, este fenómeno ocurre por motivos muy diversos: cuando hay muchos libros y poco tiempo para leerlos, es probable que se hojeen muchos sin la firme decisión de terminarlos o tan siquiera avanzarlos. Otras veces, aunque no nos corra el tiempo y por más cautivantes que resulten los primeros párrafos, simplemente (y sin razón) no seguimos leyendo. Es común que se formen pilas de libros en los escritorios y mesas de luz, y que de esas pilas ya hayamos examinado las primeras carillas de cada ejemplar y que, por lo tanto, podamos sospechar con cuáles de ellos retomaremos la lectura, y con cuáles cometeremos liparquibio.
Por extensión, se denomina así a los libros que quedan amontonados como muertos, huérfanos de lectura y de biblioteca: "Tengo liparquibios hasta en el baño. No sé bien qué hacer con ellos: si guardarlos, regalarlos, quemarlos... o seguir leyéndolos", puede decir un desconcertado bibliófilo: él seguramente valora la lectura e incluso manifiesta interés por esos libros, pero ya sabe que no va a seguir leyéndolos y que sólo estarán ahí ocupando espacio.
2. Cualquier actividad que se abandona en el inicio.
A veces, fulgoritos y atornugados comienzan a practicar yoga, andinismo, inglés o aikido, y abandonan en los primeros intentos. La acumulación de estas actividades abandonadas es el reguero de los liparquibios de nuestra vida. Después de un liparquibio, es normal que queden optoparoncios.
Puede tomarse el término "liparquibio" como un sustantivo colectivo, que se refiere (en singular) a todas las actividades abandonadas: "Ahí están la guitarra, el traje de payaso, los libros de cocina y la escopeta. Todos ellos conforman el liparquibio de mis últimos tres años"
jueves, 20 de enero de 2011
Ignícono
(Sustantivo. Del latín igneus = de fuego y del griego eikónes = imagen)
Imagen hecha con fuego.
Existen dos modos de entender la acepción de "ignícono": una modesta y otra fantástica.
En su acepción modesta, un ignícono es cualquier imagen reconocible que puede visualizarse por un momento en el crepitar inquieto de una llama. Al igual que en las nubídeas, es posible encontrar todo tipo de figuras entre las brasas encendidas: caballos corcoveantes, montañas volátiles, el rostro de un pariente muerto, una serpiente anaranjada. El ignícono es producto de cierta atenta mirada y un libre proceso de asociación imaginaria.
En su acepción más fantástica, un ignícono es una figura que se esculpe en el fuego, como si las llamas fuesen un material moldeable. Una variedad del ignícono es el ignigrama: mensajes cifrados que se transmiten a través del fuego. Nunca sabemos si los incendios intencionales no son más que igníconos o ignigramas en los que alguna logia secreta pretende dejar mensajes mafiosos, benefactores o banales.
Existen ciertas hitorias, de dudosa corroboración y vagamente documentadas, en las que se habla de una figura humana o animal que emerge de una fogata y se eleva por los cielos, o corre por el aire sin volatilizarse. En estos casos ya no hablamos solamente de un ignícono, porque -según estos testimonios- no se trataría de una simple imagen, sino de un ser viviente que emerge del fuego y vive todo lo que le permite su proceso de combustión: se trata de un ignobio.
Imagen hecha con fuego.
Existen dos modos de entender la acepción de "ignícono": una modesta y otra fantástica.
En su acepción modesta, un ignícono es cualquier imagen reconocible que puede visualizarse por un momento en el crepitar inquieto de una llama. Al igual que en las nubídeas, es posible encontrar todo tipo de figuras entre las brasas encendidas: caballos corcoveantes, montañas volátiles, el rostro de un pariente muerto, una serpiente anaranjada. El ignícono es producto de cierta atenta mirada y un libre proceso de asociación imaginaria.
En su acepción más fantástica, un ignícono es una figura que se esculpe en el fuego, como si las llamas fuesen un material moldeable. Una variedad del ignícono es el ignigrama: mensajes cifrados que se transmiten a través del fuego. Nunca sabemos si los incendios intencionales no son más que igníconos o ignigramas en los que alguna logia secreta pretende dejar mensajes mafiosos, benefactores o banales.
Existen ciertas hitorias, de dudosa corroboración y vagamente documentadas, en las que se habla de una figura humana o animal que emerge de una fogata y se eleva por los cielos, o corre por el aire sin volatilizarse. En estos casos ya no hablamos solamente de un ignícono, porque -según estos testimonios- no se trataría de una simple imagen, sino de un ser viviente que emerge del fuego y vive todo lo que le permite su proceso de combustión: se trata de un ignobio.
martes, 18 de enero de 2011
Mágrade
(Sustantivo masculino. Del latín magis = más y grates = gracia)
Agradecimiento desmedido.
Cuando alguien agradece de manera muy efusiva por algo que no merece demasiada atención, ha cometido mágrade. Ceder el asiento a una anciana, o pagarle con monedas al kiosquero son actos de calculada cortesía social. Ante ellos, en el mejor de los casos sólo recibiremos un breve "gracias" y quizás una sonrisa amable. Sin embargo, no esperaríamos que el ciego al que ayudamos a cruzar nos llame todos los días para recordar la fugaz gentileza, o que la dama a la que abrimos la puerta nos envíe tarjetas de felicitación y un regalo todos los meses: allí se estaría pasando del agradecimiento socialmente aceptable al mágrade.
Cualquier mágrade suena falso, teatral y enfermizo, y si somos víctimas de él sentiremos rechazo y lástima por quien nos lo proporciona.
La contracara del mágrade es el mensulto.
Agradecimiento desmedido.
Cuando alguien agradece de manera muy efusiva por algo que no merece demasiada atención, ha cometido mágrade. Ceder el asiento a una anciana, o pagarle con monedas al kiosquero son actos de calculada cortesía social. Ante ellos, en el mejor de los casos sólo recibiremos un breve "gracias" y quizás una sonrisa amable. Sin embargo, no esperaríamos que el ciego al que ayudamos a cruzar nos llame todos los días para recordar la fugaz gentileza, o que la dama a la que abrimos la puerta nos envíe tarjetas de felicitación y un regalo todos los meses: allí se estaría pasando del agradecimiento socialmente aceptable al mágrade.
Cualquier mágrade suena falso, teatral y enfermizo, y si somos víctimas de él sentiremos rechazo y lástima por quien nos lo proporciona.
La contracara del mágrade es el mensulto.
lunes, 17 de enero de 2011
Xeroglótico
(Adjetivo. Del griego xéros = seco y glóssa = lengua)
Quien hace largos discursos sin pausa.
El xeroglótico no respira ni hace pausas en su insuflada disertación, y tampoco (como lo indica su etimología) se toma tiempo para tragar saliva y lubricar su garganta. Después de un parlamento interminable queda agitado, ronco y jadeante. Sin embargo, rara vez el cansancio lo amedrenta: ni bien recupera el aliento se zambulle en una nueva catarata discursiva de final impredecible. Quienes lo escuchan se sienten vapuleados por la falta de pausas, e incómodos por la voz cada vez más jadeante, arenosa y quebradiza. Las palabras del xeroglótico se vuelven más difíciles de escuchar a medida que disminuye la lubricación de las cuerdas vocales, porque el oyente ya no escucha el discurso, sino el esfuerzo desafinado de una garganta cuya voz suena doliente y rasposa como un motor sin aceite.
Quien hace largos discursos sin pausa.
El xeroglótico no respira ni hace pausas en su insuflada disertación, y tampoco (como lo indica su etimología) se toma tiempo para tragar saliva y lubricar su garganta. Después de un parlamento interminable queda agitado, ronco y jadeante. Sin embargo, rara vez el cansancio lo amedrenta: ni bien recupera el aliento se zambulle en una nueva catarata discursiva de final impredecible. Quienes lo escuchan se sienten vapuleados por la falta de pausas, e incómodos por la voz cada vez más jadeante, arenosa y quebradiza. Las palabras del xeroglótico se vuelven más difíciles de escuchar a medida que disminuye la lubricación de las cuerdas vocales, porque el oyente ya no escucha el discurso, sino el esfuerzo desafinado de una garganta cuya voz suena doliente y rasposa como un motor sin aceite.
viernes, 14 de enero de 2011
Prodichero
(Adjetivo. Del latín pro = en favor de y dictum = sentencia, expresión, dicho)
Quien dice frases banales, crípticas o ambiguas y propone que se piense algo profundo a partir de ellas.
De vez en cuando alguna persona que se autoconsidera sabia nos dice una seguidilla de palabras con poca sustancia y atinencia, y remata su alocución con un "te lo dejo para que lo pienses", o "pensalo con el corazón", o "fijate bien en lo que digo". Es frecuente que esa sucesión de palabras sea nada más que un truco retórico de poco vuelo, cuya exégesis requiere apenas de un microsegundo y cuya profundidad apenas rebasa la interpretación literal. El prodichero, sin embargo, enuncia sus refrancitos con tono solemne y con la convicción de que por sus labios fluye la sabiduría. Mediante sus palabras pretende calar en el espíritu de su paciente víctima y, de ese modo, provocarle algún tipo de honda conversión moral.
Ejemplos: "No te mates, Martín, mejor tomá mate... Pensalo".
"No estamos solos... sólo estamos... Te tiro esto para que lo pienses"
"Para que reflexiones: el matrimonio no tiene ida, tiene vueltas"
A veces se puede llamar prodichero a quien dice frases morales sin la coda que invita al pensamiento o la reflexión. En estos casos, entonces, no es necesario que diga "pensalo" o "reflexioná sobre esto". Sin embargo, la ausencia de esta coda quita patetismo al prodichero, y lo convierte en un simple cripticista. En este último sentido, los prodicheros más famosos de Argentina son José Narosky y el rabino Bergmann.
Quien dice frases banales, crípticas o ambiguas y propone que se piense algo profundo a partir de ellas.
De vez en cuando alguna persona que se autoconsidera sabia nos dice una seguidilla de palabras con poca sustancia y atinencia, y remata su alocución con un "te lo dejo para que lo pienses", o "pensalo con el corazón", o "fijate bien en lo que digo". Es frecuente que esa sucesión de palabras sea nada más que un truco retórico de poco vuelo, cuya exégesis requiere apenas de un microsegundo y cuya profundidad apenas rebasa la interpretación literal. El prodichero, sin embargo, enuncia sus refrancitos con tono solemne y con la convicción de que por sus labios fluye la sabiduría. Mediante sus palabras pretende calar en el espíritu de su paciente víctima y, de ese modo, provocarle algún tipo de honda conversión moral.
Ejemplos: "No te mates, Martín, mejor tomá mate... Pensalo".
"No estamos solos... sólo estamos... Te tiro esto para que lo pienses"
"Para que reflexiones: el matrimonio no tiene ida, tiene vueltas"
A veces se puede llamar prodichero a quien dice frases morales sin la coda que invita al pensamiento o la reflexión. En estos casos, entonces, no es necesario que diga "pensalo" o "reflexioná sobre esto". Sin embargo, la ausencia de esta coda quita patetismo al prodichero, y lo convierte en un simple cripticista. En este último sentido, los prodicheros más famosos de Argentina son José Narosky y el rabino Bergmann.
jueves, 13 de enero de 2011
Conjetonear
(Verbo intransitivo. De conjeturar y jetonear, argentinismo por "hablar de más")
Hacer conjeturas aventuradas, infundadas y maliciosas en voz alta.
A veces las personas mantienen sus prejuicios en silencio, o los susurran en charlas de vecinos sin que alguien se pueda sentir visiblemente ofendido. Pero cada tanto alguien conjetonea: levanta la voz, grita sin motivo y pide explicaciones por algo que sólo está en su imaginación. Si un vecino usa pelo largo y trabaja de noche, el prejuicioso conjetura que vende droga. Si, además, le grita "por culpa tuya mi hijo es drogadicto", está conjetoneando.
Si la vecina ha tenido una hija siendo muy joven y no se le conoce pareja, el conjetoneador le gritará "puta, seguro que a tu hijo te lo mantiene el cafiolo".
Quien conjetonea suele ser paraxénico: todo a su alrededor es sospechoso. El problema es que, para el conjetoneador, sus prejuicios no son sólo sospechas infundadas; él está convencido de que ha sacado las conclusiones correctas y por eso no tiene reparos en gritarlas a viva voz.
Hacer conjeturas aventuradas, infundadas y maliciosas en voz alta.
A veces las personas mantienen sus prejuicios en silencio, o los susurran en charlas de vecinos sin que alguien se pueda sentir visiblemente ofendido. Pero cada tanto alguien conjetonea: levanta la voz, grita sin motivo y pide explicaciones por algo que sólo está en su imaginación. Si un vecino usa pelo largo y trabaja de noche, el prejuicioso conjetura que vende droga. Si, además, le grita "por culpa tuya mi hijo es drogadicto", está conjetoneando.
Si la vecina ha tenido una hija siendo muy joven y no se le conoce pareja, el conjetoneador le gritará "puta, seguro que a tu hijo te lo mantiene el cafiolo".
Quien conjetonea suele ser paraxénico: todo a su alrededor es sospechoso. El problema es que, para el conjetoneador, sus prejuicios no son sólo sospechas infundadas; él está convencido de que ha sacado las conclusiones correctas y por eso no tiene reparos en gritarlas a viva voz.
miércoles, 12 de enero de 2011
Nombrinar
(Verbo transitivo. De nombrar y nominar. Sustantivo: nombrinización)
Introducir una palabra que tiene una mínima variante con respecto a la palabra original, que no figura en los diccionarios y que pretende expresar un leve y casi irrelevante matiz de significado en una determinada jerga.
El verbo "invertir" tiene sus nombrinizaciones: "inversionar", "inversionalizar", "inversiar", y un sinfín acorde con la imaginación de quienes utilizan el lenguaje de los financistas. Si se nos explican los significados de esos verbos casi idénticos, los legos no advertiremos diferencias entre ellos. Quizás el especialista nos diga: "se dice 'invertir' cuando se habla de dinero en efectivo; 'inversionar' cuando hablamos de oro, 'inversionalizar' si nos referimos a productos agrícolas, e 'inversiar' si se trata de propiedades". Entonces nos enteramos de que esa proliferación de verbos no es más que una patraña ideada para identificar a quienes pertenecen al ámbito financiero (o 'financista', o 'financiador', o 'financizador') y quienes no; el que pertenece al círculo de los financieros reconocerá a sus colegas gracias al uso y abuso de esos términos. A veces el supuesto especialista inventa la modalidad verbal sólo para darse un aire pomposo: al médico no le gusta "sanar" enfermos; él prefiere "sanizar" o "sanitizar", y al vendedor no le basta con comerciar: él desea comercializar sus productos. En cada profesión y oficio se toma una palabra, se la nombrina y luego se la utiliza a troche y moche para mostrar que se es parte de un círculo de especialistas.
El verbo "nombrinar" es producto de una nombrinización: se ha introducido ese término en Exonario, modificando levemente las palabras "nombrar" y "nominar", y se ha nombrado con ella una acción casi irrelevante y difícil de diferenciar.
Podríamos llamar "nombrinizar" al acto de nombrinar en Exonario, con lo cual estaríamos nombrinando al cuadrado.
Introducir una palabra que tiene una mínima variante con respecto a la palabra original, que no figura en los diccionarios y que pretende expresar un leve y casi irrelevante matiz de significado en una determinada jerga.
El verbo "invertir" tiene sus nombrinizaciones: "inversionar", "inversionalizar", "inversiar", y un sinfín acorde con la imaginación de quienes utilizan el lenguaje de los financistas. Si se nos explican los significados de esos verbos casi idénticos, los legos no advertiremos diferencias entre ellos. Quizás el especialista nos diga: "se dice 'invertir' cuando se habla de dinero en efectivo; 'inversionar' cuando hablamos de oro, 'inversionalizar' si nos referimos a productos agrícolas, e 'inversiar' si se trata de propiedades". Entonces nos enteramos de que esa proliferación de verbos no es más que una patraña ideada para identificar a quienes pertenecen al ámbito financiero (o 'financista', o 'financiador', o 'financizador') y quienes no; el que pertenece al círculo de los financieros reconocerá a sus colegas gracias al uso y abuso de esos términos. A veces el supuesto especialista inventa la modalidad verbal sólo para darse un aire pomposo: al médico no le gusta "sanar" enfermos; él prefiere "sanizar" o "sanitizar", y al vendedor no le basta con comerciar: él desea comercializar sus productos. En cada profesión y oficio se toma una palabra, se la nombrina y luego se la utiliza a troche y moche para mostrar que se es parte de un círculo de especialistas.
El verbo "nombrinar" es producto de una nombrinización: se ha introducido ese término en Exonario, modificando levemente las palabras "nombrar" y "nominar", y se ha nombrado con ella una acción casi irrelevante y difícil de diferenciar.
Podríamos llamar "nombrinizar" al acto de nombrinar en Exonario, con lo cual estaríamos nombrinando al cuadrado.
martes, 11 de enero de 2011
Porrar
(Verbo transitivo. De la escritura en mayúscula del verbo "BORRAR", a la cual se le ha quitado el bucle inferior a la letra "B". Adjetivo: porrado)
Borrar partes de letras en los carteles para cambiar los mensajes.
Un mensaje puede ser desbaratado con sólo cercenar una pierna en la letra "R", o quitando la virgulilla a la "Ñ". Así, un CRUCE DE RUTAS se transforma en un CRUCE DE PUTAS, y el deseo de FELIZ AÑO NUEVO se convierte en el procaz augurio de un buen cambio de trasero.
Los grafitti y carteles viales suelen ser blancos del porrado anónimo. El porrado es la manera más económica y efectiva de subvertir el contenido de un mensaje: no se requiere pintura ni caligrafía; sólo una idea (por lo general, con sentido chusco) y algún material que sirva para borrar una mínima rayita de pintura.
(En este sitio pueden verse algunos ejemplos de los nombres de las partes de las letras.)
Borrar partes de letras en los carteles para cambiar los mensajes.
Un mensaje puede ser desbaratado con sólo cercenar una pierna en la letra "R", o quitando la virgulilla a la "Ñ". Así, un CRUCE DE RUTAS se transforma en un CRUCE DE PUTAS, y el deseo de FELIZ AÑO NUEVO se convierte en el procaz augurio de un buen cambio de trasero.
Los grafitti y carteles viales suelen ser blancos del porrado anónimo. El porrado es la manera más económica y efectiva de subvertir el contenido de un mensaje: no se requiere pintura ni caligrafía; sólo una idea (por lo general, con sentido chusco) y algún material que sirva para borrar una mínima rayita de pintura.
(En este sitio pueden verse algunos ejemplos de los nombres de las partes de las letras.)
viernes, 7 de enero de 2011
Gugaritmo
(Sustantivo. De googol, término inglés para designar a un uno seguido de cien ceros y del griego arithmóo = contar)
Modo de cortar las cifras largas para enunciarlas.
Si nuestro número de teléfono es una cifra de siete caracteres, no la leemos "cuatro millones setecientos treinte y siete mil seiscientos treinta y dos". Es probable que cortemos las cifras de a tres, de a dos o de a una, y digamos algo como "cuarenta y siete, treinta y siete ciento treinta y dos". Cuando no se enuncia la cifra como un número completo, sino como una composición sucesiva (y no aditiva*) de pequeñas cifras, se está haciendo un gugaritmo.
Los gugaritmos tienden a ser regulares: por lo general, cortamos las cifras de la misma manera cada vez que las enunciamos. Cuando el número es demasiado largo, el gugaritmo nos ofrece una rítmica menmotécnica. De hecho, muchas personas recuerdan su gugaritmo cortando de a dos cifras, pero son incapaces de recordar cifra por cifra.
¿Tiene usted algún gugaritmo?
*No aditiva significa que cuando decimos "cuarenta y siete, treinta y seis, ciento treinta y dos", no pretendemos que se interprete como una suma: "cuarenta y siete más treinta y seis más ciento treinta y dos", sino como una pura sucesión nominal.
Modo de cortar las cifras largas para enunciarlas.
Si nuestro número de teléfono es una cifra de siete caracteres, no la leemos "cuatro millones setecientos treinte y siete mil seiscientos treinta y dos". Es probable que cortemos las cifras de a tres, de a dos o de a una, y digamos algo como "cuarenta y siete, treinta y siete ciento treinta y dos". Cuando no se enuncia la cifra como un número completo, sino como una composición sucesiva (y no aditiva*) de pequeñas cifras, se está haciendo un gugaritmo.
Los gugaritmos tienden a ser regulares: por lo general, cortamos las cifras de la misma manera cada vez que las enunciamos. Cuando el número es demasiado largo, el gugaritmo nos ofrece una rítmica menmotécnica. De hecho, muchas personas recuerdan su gugaritmo cortando de a dos cifras, pero son incapaces de recordar cifra por cifra.
¿Tiene usted algún gugaritmo?
*No aditiva significa que cuando decimos "cuarenta y siete, treinta y seis, ciento treinta y dos", no pretendemos que se interprete como una suma: "cuarenta y siete más treinta y seis más ciento treinta y dos", sino como una pura sucesión nominal.
jueves, 6 de enero de 2011
Entomecótico
(Adjetivo. Del griego enthómos = insecto y échos = sonido)
Dícese de lo que hace ruido como de insecto.
En el medio del silencio pueden escucharse en la ventana los insistentes golpecitos de la mosca, las pisadas sutiles y apuradas de la cucaracha sobre el piso de madera o el bicho bolita cayéndose de la pared que estaba intentando escalar. Los entomecóticos hacen levísimos ruiditos de "tic": como un crepitar espasmódico y casi inaudible.
El término sólo se aplica a los insectos que poseen un esqueleto externo y que, por lo tanto, producen el característico "tic" al chocar contra una superficie sólida. Los gusanos, por ello, no son entomecóticos. Los caracoles tienen un caparazaón entomomecótico, pero ellos mismos no lo son.
Un insecto tikiñeado es entomecótico.
Cuando una persona se enferma, se suele decir que tiene "voz de enfermo" o "voz de bicho". En ese caso, la persona se ha vuelto entomofónica (Del griego enthómos y phoné = voz)
Un entomófono es un instrumento de sonido hecho con insectos.
Dícese de lo que hace ruido como de insecto.
En el medio del silencio pueden escucharse en la ventana los insistentes golpecitos de la mosca, las pisadas sutiles y apuradas de la cucaracha sobre el piso de madera o el bicho bolita cayéndose de la pared que estaba intentando escalar. Los entomecóticos hacen levísimos ruiditos de "tic": como un crepitar espasmódico y casi inaudible.
El término sólo se aplica a los insectos que poseen un esqueleto externo y que, por lo tanto, producen el característico "tic" al chocar contra una superficie sólida. Los gusanos, por ello, no son entomecóticos. Los caracoles tienen un caparazaón entomomecótico, pero ellos mismos no lo son.
Un insecto tikiñeado es entomecótico.
Cuando una persona se enferma, se suele decir que tiene "voz de enfermo" o "voz de bicho". En ese caso, la persona se ha vuelto entomofónica (Del griego enthómos y phoné = voz)
Un entomófono es un instrumento de sonido hecho con insectos.
miércoles, 5 de enero de 2011
Salchino
(Adjetivo y sustantivo. De la expresión "vamos al chino", apócope de "vamos al supermercado chino". Verbo: salchinar)
Experiencia de compra en un supermercado chino.
Como adjetivo, la palabra suele modificar al sustantivo "experiencia": "tuve una experiencia salchina"
No es lo mismo recorrer las góndolas de Carrefour y Disco que pasear por los infinitos vericuetos de un supermercado atendido por orientales. Caminar cerca de una góndola enfriadora en un supermercado chino equivale a recordar el mito de las heladeras apagadas durante la noche y la carne de rata. Además de la dudosa refrigeración de sus productos, el supermercado chino posee una disposición topográfica particular: poco espacio entre góndolas, productos heterogéneos perdidos en un rincón, un local de ventas laberíntico e iluminado sólo con fluorescentes escasamente dispuestos. La experiencia se asocia a cierto olor a pescado y arroz hervido, aun cuando esas asociaciones son inferencias y no sensaciones. Desde luego, la experiencia salchina está cimentada sobre prejuicios: aunque estuviéramos en un supermercado chino cuyas heladeras funcionaran a la perfección,cuyas luces encandilaran o cuya mercadería no incluyera una góndola de productos chinos, también podríamos tener una experiencia salchina.
No es necesario estar en una tienda atendida por orientales para tener la experiencia salchina. Nos puede ocurrir en un sinnúmero de situaciones. "Ayer fui al taller mecánico a arreglar el auto, y había olor a pescado frito, poca luz y música oriental. Tuve una experiencia salchina"
Experiencia de compra en un supermercado chino.
Como adjetivo, la palabra suele modificar al sustantivo "experiencia": "tuve una experiencia salchina"
No es lo mismo recorrer las góndolas de Carrefour y Disco que pasear por los infinitos vericuetos de un supermercado atendido por orientales. Caminar cerca de una góndola enfriadora en un supermercado chino equivale a recordar el mito de las heladeras apagadas durante la noche y la carne de rata. Además de la dudosa refrigeración de sus productos, el supermercado chino posee una disposición topográfica particular: poco espacio entre góndolas, productos heterogéneos perdidos en un rincón, un local de ventas laberíntico e iluminado sólo con fluorescentes escasamente dispuestos. La experiencia se asocia a cierto olor a pescado y arroz hervido, aun cuando esas asociaciones son inferencias y no sensaciones. Desde luego, la experiencia salchina está cimentada sobre prejuicios: aunque estuviéramos en un supermercado chino cuyas heladeras funcionaran a la perfección,cuyas luces encandilaran o cuya mercadería no incluyera una góndola de productos chinos, también podríamos tener una experiencia salchina.
No es necesario estar en una tienda atendida por orientales para tener la experiencia salchina. Nos puede ocurrir en un sinnúmero de situaciones. "Ayer fui al taller mecánico a arreglar el auto, y había olor a pescado frito, poca luz y música oriental. Tuve una experiencia salchina"
lunes, 3 de enero de 2011
Empoquetamiento
(Sustantivo. de poco y empaquetar)
1. Excesivo embalaje para una pequeña cantidad de algo.
Algunos productos de góndola están empoquetados. Ejemplos de ello son las bolsas de papas fritas que sólo están llenas hasta la mitad y los huevos de pascua cuyo envoltorio excede en tamaño al del mismo huevo.
Tomando el verbo "empaquetar" en su sentido figurado (mentir, contar una historia falsa para "envolver" al interlocutor), puede existir una segunda acepción:
2. Mentira apurada y mal urdida que funciona.
A veces tenemos la necesidad de elaborar una mentira urgente, y no se nos ocurre algo bien armado o inteligente. Si suena el teléfono y el jefe nos pide que por favor hoy, domingo, vayamos a ayudarlo a matar las cucarachas de la oficina, es conveniente que tengamos a mano una buena excusa. A veces, sin embargo, decimos algo muy tonto y casi sin sentido, y de todos modos nos creen. "No puedo ir. Hoy mi mujer se despertó hablando para atrás, así que yo tengo que atender el teléfono". El jefe cuelga, pide disculpas por su intromisión y manda augurios de salud para nuestra esposa. Felices, podemos disfrutar del domingo en paz gracias al empoquetamiento.
1. Excesivo embalaje para una pequeña cantidad de algo.
Algunos productos de góndola están empoquetados. Ejemplos de ello son las bolsas de papas fritas que sólo están llenas hasta la mitad y los huevos de pascua cuyo envoltorio excede en tamaño al del mismo huevo.
Tomando el verbo "empaquetar" en su sentido figurado (mentir, contar una historia falsa para "envolver" al interlocutor), puede existir una segunda acepción:
2. Mentira apurada y mal urdida que funciona.
A veces tenemos la necesidad de elaborar una mentira urgente, y no se nos ocurre algo bien armado o inteligente. Si suena el teléfono y el jefe nos pide que por favor hoy, domingo, vayamos a ayudarlo a matar las cucarachas de la oficina, es conveniente que tengamos a mano una buena excusa. A veces, sin embargo, decimos algo muy tonto y casi sin sentido, y de todos modos nos creen. "No puedo ir. Hoy mi mujer se despertó hablando para atrás, así que yo tengo que atender el teléfono". El jefe cuelga, pide disculpas por su intromisión y manda augurios de salud para nuestra esposa. Felices, podemos disfrutar del domingo en paz gracias al empoquetamiento.
jueves, 30 de diciembre de 2010
Ectobio
(Sustantivo. Del griego ecto = por fuera y bios = vida)
Ser que vive por fuera de su propio cuerpo.
Un ectobio no puede definirse por su corporalidad: al ectobio se lo puede asociar con un determinado cuerpo, pero no es ese cuerpo el que porta la vida. El ectobio vive en el entorno; su cuerpo es una función móvil que opera sobre ese entorno, modificándolo para satisfacer las necesidades del propio entorno, no de ese cuerpo. De algún modo, la entidad viviente es todo aquello que rodea externamente al cuerpo, pero excluyendo al cuerpo.
Parece imposible encontrar referencia para este término. Sin embargo, no es improbable que algunos seres extraterrestres sean ectobios.
Ser que vive por fuera de su propio cuerpo.
Un ectobio no puede definirse por su corporalidad: al ectobio se lo puede asociar con un determinado cuerpo, pero no es ese cuerpo el que porta la vida. El ectobio vive en el entorno; su cuerpo es una función móvil que opera sobre ese entorno, modificándolo para satisfacer las necesidades del propio entorno, no de ese cuerpo. De algún modo, la entidad viviente es todo aquello que rodea externamente al cuerpo, pero excluyendo al cuerpo.
Parece imposible encontrar referencia para este término. Sin embargo, no es improbable que algunos seres extraterrestres sean ectobios.
martes, 28 de diciembre de 2010
Alogapania
(Del griego a = negación; logízomai = calcular y dapáne = gasto)
Imposibilidad de prever cuánto se gastará en una determinada situación.
Si nos quedan mil pesos en la billetera y faltan todavía diez días para cobrar el sueldo, puede que razonemos: "Con mil pesos, a razón de cien pesos por día, tengo que llegar holgadamente" . Sin embargo, los gastos se multiplican: medicamentos que no habíamos contabilizado, la cuenta de la luz, un pantalón de gimnasia para nuestro hijo, el regalo de cumpleaños de una sobrina. Dos días después, esos mil pesos se transformaron en trescientos: hemos sufrido alogapania; el cálculo inicial se ha visto desbaratado, y ya sólo nos queda rezar para que la minúscula suma no se vea nuevamente obliterada por algún otro gasto imprevisible.
La alogapania nos asalta también cuando comemos en un restaurante. En este caso, podemos prever con cierta vaguedad cuánto pagaremos, aunque no resulta fácil calcular todas las variables. He aquí las dudas que pueden asaltarnos mientras nuestra familia pide comida en un restaurante:
Imposibilidad de prever cuánto se gastará en una determinada situación.
Si nos quedan mil pesos en la billetera y faltan todavía diez días para cobrar el sueldo, puede que razonemos: "Con mil pesos, a razón de cien pesos por día, tengo que llegar holgadamente" . Sin embargo, los gastos se multiplican: medicamentos que no habíamos contabilizado, la cuenta de la luz, un pantalón de gimnasia para nuestro hijo, el regalo de cumpleaños de una sobrina. Dos días después, esos mil pesos se transformaron en trescientos: hemos sufrido alogapania; el cálculo inicial se ha visto desbaratado, y ya sólo nos queda rezar para que la minúscula suma no se vea nuevamente obliterada por algún otro gasto imprevisible.
La alogapania nos asalta también cuando comemos en un restaurante. En este caso, podemos prever con cierta vaguedad cuánto pagaremos, aunque no resulta fácil calcular todas las variables. He aquí las dudas que pueden asaltarnos mientras nuestra familia pide comida en un restaurante:
- ¿Cuánto cobran por cubierto?
- Un niño menor de tres años, ¿paga igual que un adulto?
- ¿Cuánto costará la media porción de puré?
- El champagne, ¿es cortesía de la casa, o me lo cobran?
- La salsa de los ravioles, ¿estaba incluida en la promoción, o yo pedí una que se paga aparte?
lunes, 27 de diciembre de 2010
Aguinaldear
(Verbo intransitivo. De aguinaldo)
Malgastar de manera compulsiva una cantidad de dinero que sólo se recibe una única vez.
El término "aguinaldear" no necesariamente hace referencia al cobro del aguinaldo o sueldo anual complementario de los asalariados: puede aguinaldear quien cobra una herencia o una venta importante. El que aguinaldea sabe que ese dinero es por única vez y luego se termina. Sin embargo, en lugar de ahorrarlo o usarlo para inversiones importantes y postergadas (arreglar el techo de la casa que tiene goteras, hacerse la dentadura o comprar insulina), prefiere hacer una enorme fiesta, o costosos regalos a sus parientes y amigos, o darse algunos lujos innecesarios y de dudosa satisfacción: comprarse una mascota exótica (a la que luego no podrá mantener), alquilar una limusina por tres meses (y no poder pagar los gastos de chofer y minibar) o arrojar miles de billetes desde la terraza de su casa, para exhibirse ante sus convecinos como un magnate (esquivando las roturas de la terraza que provocan las goteras)
Malgastar de manera compulsiva una cantidad de dinero que sólo se recibe una única vez.
El término "aguinaldear" no necesariamente hace referencia al cobro del aguinaldo o sueldo anual complementario de los asalariados: puede aguinaldear quien cobra una herencia o una venta importante. El que aguinaldea sabe que ese dinero es por única vez y luego se termina. Sin embargo, en lugar de ahorrarlo o usarlo para inversiones importantes y postergadas (arreglar el techo de la casa que tiene goteras, hacerse la dentadura o comprar insulina), prefiere hacer una enorme fiesta, o costosos regalos a sus parientes y amigos, o darse algunos lujos innecesarios y de dudosa satisfacción: comprarse una mascota exótica (a la que luego no podrá mantener), alquilar una limusina por tres meses (y no poder pagar los gastos de chofer y minibar) o arrojar miles de billetes desde la terraza de su casa, para exhibirse ante sus convecinos como un magnate (esquivando las roturas de la terraza que provocan las goteras)
viernes, 24 de diciembre de 2010
Atornugado
(Adjetivo. De estornudo)
Según el Diccionario de la Real Academia, un atosigado es aquel que ha sido fatigado, oprimido y exigido. Según una acepción más afín con su etimología y su uso en Argentina (y que no figura en el diccionario de la RAE), el atosigado es aquel que se atraganta con una tos que nunca llega a desplegarse con toda su energía.
Por analogía con esta segunda definición no explicitada, el atornugado es quien está a punto de emitir un estornudo, pero nunca llega a consumarlo.
También se denomina "atornugado" a quien no termina de consumar sus acciones y sólo se queda en intentos espasmódicos, erráticos y poco definidos (A diferencia del fulgorito, quien parece tener muy claros su propósito y energía al principio de una tarea, pero luego se va desanimando)
Según el Diccionario de la Real Academia, un atosigado es aquel que ha sido fatigado, oprimido y exigido. Según una acepción más afín con su etimología y su uso en Argentina (y que no figura en el diccionario de la RAE), el atosigado es aquel que se atraganta con una tos que nunca llega a desplegarse con toda su energía.
Por analogía con esta segunda definición no explicitada, el atornugado es quien está a punto de emitir un estornudo, pero nunca llega a consumarlo.
También se denomina "atornugado" a quien no termina de consumar sus acciones y sólo se queda en intentos espasmódicos, erráticos y poco definidos (A diferencia del fulgorito, quien parece tener muy claros su propósito y energía al principio de una tarea, pero luego se va desanimando)
jueves, 23 de diciembre de 2010
Teraterótico
(Adjetivo. Del griego teratos = monstruo y eros = amor)
Dícese de quien posee cualidades eróticas monstruosas.
La mujer que se vanagloria de su tercer seno, su doble vagina o de su capacidad para alcanzar cien orgasmos seguidos (o simultáneos) y el hombre que seduce a sus amantes con el gigantesco tamaño de su miembro o su casi infinita resistencia a la eyaculación son ejemplos de terateróticos.
¿Puede un teraterótico ser, además, un titerótico?
Dícese de quien posee cualidades eróticas monstruosas.
La mujer que se vanagloria de su tercer seno, su doble vagina o de su capacidad para alcanzar cien orgasmos seguidos (o simultáneos) y el hombre que seduce a sus amantes con el gigantesco tamaño de su miembro o su casi infinita resistencia a la eyaculación son ejemplos de terateróticos.
¿Puede un teraterótico ser, además, un titerótico?
martes, 21 de diciembre de 2010
Oplocio
(Sustantivo. Del latín ob = a causa de y plaudo = aplaudir)
Objeto que cobra existencia a partir de una explosión.
Cuando algo explota, se libera violentamente una gran cantidad de energía; el recipiente que la contiene estalla y sus fragmentos son expulsados a cierta distancia. Es normal que, después de una explosión, sólo queden esquirlas chamuscadas a metros o incluso kilómetros del epicentro. Sin embargo, de vez en cuando, y por motivos que no han podido establecerse, después de una explosión aparece un oplocio: se trata de un objeto creado a partir del estallido, que aparece de manera espontánea e inesperada en el epicentro de la explosión y que no tiene signos de haber sufrido las consecuencias de la violenta liberación de energía.
Los oplocios son raros fenómenos escasamente documentados. A veces, es una esfera de metal o de cristal. A veces es un cuerpo de compleja estructura molecular y con la forma de un artefacto creado por el hombre. Se presume que, según el tipo de detonación, se pueden crear oplocios diversos e incluso algún oplocio viviente. Quizás la detonación de una bomba del tipo MOAB genere un oplocio ovalado, opaco, inmenso, negro y helado. Tal vez una bomba de neutrones genere un oplocio de pequeñas cuentas de plástico amarillo. Quizás la detonación de una sandía con un petardo casero produzca un oplocio hecho de diamantes.
Conviene aclarar que en la mayoría de las detonaciones no aparecerá ningún oplocio.
El oplocio es la reducción al absurdo de la explosión: la acción de explotar implica que nada quede después del estallido. Parece un enorme contrasentido que, en algunos casos, aparezcan extraños objetos (que no estaban presentes antes de la explosión), de apariencia inmaculada, fríos e incólumes.
Objeto que cobra existencia a partir de una explosión.
Cuando algo explota, se libera violentamente una gran cantidad de energía; el recipiente que la contiene estalla y sus fragmentos son expulsados a cierta distancia. Es normal que, después de una explosión, sólo queden esquirlas chamuscadas a metros o incluso kilómetros del epicentro. Sin embargo, de vez en cuando, y por motivos que no han podido establecerse, después de una explosión aparece un oplocio: se trata de un objeto creado a partir del estallido, que aparece de manera espontánea e inesperada en el epicentro de la explosión y que no tiene signos de haber sufrido las consecuencias de la violenta liberación de energía.
Los oplocios son raros fenómenos escasamente documentados. A veces, es una esfera de metal o de cristal. A veces es un cuerpo de compleja estructura molecular y con la forma de un artefacto creado por el hombre. Se presume que, según el tipo de detonación, se pueden crear oplocios diversos e incluso algún oplocio viviente. Quizás la detonación de una bomba del tipo MOAB genere un oplocio ovalado, opaco, inmenso, negro y helado. Tal vez una bomba de neutrones genere un oplocio de pequeñas cuentas de plástico amarillo. Quizás la detonación de una sandía con un petardo casero produzca un oplocio hecho de diamantes.
Conviene aclarar que en la mayoría de las detonaciones no aparecerá ningún oplocio.
El oplocio es la reducción al absurdo de la explosión: la acción de explotar implica que nada quede después del estallido. Parece un enorme contrasentido que, en algunos casos, aparezcan extraños objetos (que no estaban presentes antes de la explosión), de apariencia inmaculada, fríos e incólumes.
lunes, 20 de diciembre de 2010
Santivirus
(Sustantivo. De santo y antivirus)
1. Programa que considera como un virus cualquier archivo de computación que codifique expresiones e imágenes obscenas y sacrílegas.
2. Programa que otorga una bendición a otros programas, por medio de un escaneo.
En la acepción 1, el santivirus ejecuta una acción invasiva y censuradora sobre los datos de un ordenador. En la acepción 2, en cambio, el santivirus es inofensivo; es un programa epifenoménico que "barre" al resto de los programas, otorgándoles una bendición. Se supone que el santivirus en su segunda acepción es un simple programa de escaneo que ha sido bendecido por una autoridad eclesial. Si existiera un "cielo de los datos" adonde viajen los archivos cuando se destruye su soporte, esos archivos sólo podrán ocupar un paraíso binario de élite si han sido previamente purificados por el santivirus. De otro modo, cuando el disco rígido se destruya, los datos o bien simplemente desaparecerán, o bien viajarán a un infierno espantoso lleno de entidades matemáticas monstruosas, como el infinito, la cifra periódica o el número dos.
En otra acepción relacionada con las anteriores (aunque por fuera del lenguaje binario), un santivirus puede ser un virus que ataca al cerebro de las personas, cuyo síntoma es un estado de fe, castidad, devoción divina y santidad. Los afectados de santivirus no se defienden de los golpes que reciben, y prefieren ceder sus bienes (aun los más privados y esenciales) a otras personas. Trabajan sólo en beneficio ajeno y sienten una enorme serenidad y placer en la frugalidad absoluta y en los soliloquios en voz baja, de rodillas y con las manos juntas.
(Este post está inspirado en la frase "Salva tus datos" de mi amigo Sebastián Morfes, y en la pesadilla binaria del robot Bender de la serie Futurama: "¡Qué horrible pesadilla! ¡Unos y ceros por todas partes! Hasta me pareció ver un dos")
1. Programa que considera como un virus cualquier archivo de computación que codifique expresiones e imágenes obscenas y sacrílegas.
2. Programa que otorga una bendición a otros programas, por medio de un escaneo.
En la acepción 1, el santivirus ejecuta una acción invasiva y censuradora sobre los datos de un ordenador. En la acepción 2, en cambio, el santivirus es inofensivo; es un programa epifenoménico que "barre" al resto de los programas, otorgándoles una bendición. Se supone que el santivirus en su segunda acepción es un simple programa de escaneo que ha sido bendecido por una autoridad eclesial. Si existiera un "cielo de los datos" adonde viajen los archivos cuando se destruye su soporte, esos archivos sólo podrán ocupar un paraíso binario de élite si han sido previamente purificados por el santivirus. De otro modo, cuando el disco rígido se destruya, los datos o bien simplemente desaparecerán, o bien viajarán a un infierno espantoso lleno de entidades matemáticas monstruosas, como el infinito, la cifra periódica o el número dos.
En otra acepción relacionada con las anteriores (aunque por fuera del lenguaje binario), un santivirus puede ser un virus que ataca al cerebro de las personas, cuyo síntoma es un estado de fe, castidad, devoción divina y santidad. Los afectados de santivirus no se defienden de los golpes que reciben, y prefieren ceder sus bienes (aun los más privados y esenciales) a otras personas. Trabajan sólo en beneficio ajeno y sienten una enorme serenidad y placer en la frugalidad absoluta y en los soliloquios en voz baja, de rodillas y con las manos juntas.
(Este post está inspirado en la frase "Salva tus datos" de mi amigo Sebastián Morfes, y en la pesadilla binaria del robot Bender de la serie Futurama: "¡Qué horrible pesadilla! ¡Unos y ceros por todas partes! Hasta me pareció ver un dos")
viernes, 17 de diciembre de 2010
Nodosporco
(Sustantivo. Del latín non = no; dum = todavía y spurcus = sucio)
Ropa no declarada oficialmente sucia.
Una manchita negra en una camisa marrón, ¿es suciedad? Si la remera no tiene olor, ni signos visibles de roña, ¿hace falta ponerla a lavar, aunque la hayamos usado una semana seguida? ¿Realmente debe ir al lavarropas un par de medias que usamos durante sólo una hora? Si la camisa tiene el cuello interno rozado (y por lo tanto, nadie puede verlo), ¿es eso suficiente motivo para no usarla?
Aquella ropa que, sin estar impecable, todavía puede seguir usándose (según nuestro discutible criterio), es un nodosporco.
La línea que separa al nodosporco de una prenda efectivamente sucia es débil y subjetiva. Para algunas personas, basta con una pequeña salpicadura de agua para llevar la prenda al lavarropas. Para otras, incluso la presencia de restos sólidos de huevo frito y guiso carrero no da motivos suficientes para quitársela y mucho menos tratar de limpiarla.
Ropa no declarada oficialmente sucia.
Una manchita negra en una camisa marrón, ¿es suciedad? Si la remera no tiene olor, ni signos visibles de roña, ¿hace falta ponerla a lavar, aunque la hayamos usado una semana seguida? ¿Realmente debe ir al lavarropas un par de medias que usamos durante sólo una hora? Si la camisa tiene el cuello interno rozado (y por lo tanto, nadie puede verlo), ¿es eso suficiente motivo para no usarla?
Aquella ropa que, sin estar impecable, todavía puede seguir usándose (según nuestro discutible criterio), es un nodosporco.
La línea que separa al nodosporco de una prenda efectivamente sucia es débil y subjetiva. Para algunas personas, basta con una pequeña salpicadura de agua para llevar la prenda al lavarropas. Para otras, incluso la presencia de restos sólidos de huevo frito y guiso carrero no da motivos suficientes para quitársela y mucho menos tratar de limpiarla.
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