(Verbo intransitivo. De trans y calor. Sustantivo: transcaloramiento)
Sentir calor por ver a alguien que siente calor, que manipula objetos calientes , que está en un ambiente cálido o que está muy abrigado.
Uno puede transcalorarse, también, cuando ve imágenes de lugares desérticos o de personas que transpiran. Al igual que en el transfriamiento, no es la proximidad con el calor lo que provoca calor, sino una imagen que la representa. Uno se transcalora cuando le da calor su propia representación mental del calor.
¿Es posible transcalorarse cuando hay mucho frío, o transfriarse cuando hay mucho calor?
Definiciones y términos que no figuran en el diccionario ("Exonario" no figura en el diccionario, pero sí figura en Exonario)
martes, 16 de marzo de 2010
lunes, 15 de marzo de 2010
Transfriar (se)
(Verbo intransitivo. De trans y frío. Sustantivo: transfriamiento)
Sentir frío por ver a alguien que siente frío, que manipula objetos fríos, que está en un ambiente frío o que está muy desabrigado.
Uno puede transfriarse, también, cuando ve imágenes de lugares helados o cuando escucha el sonido de una ventisca. Para que haya transfriamiento sólo se necesita que no haya una fuente directa de frío, sino una inducción de la sensación a través de medios que de por sí no transmiten el frío.
Sentir frío por ver a alguien que siente frío, que manipula objetos fríos, que está en un ambiente frío o que está muy desabrigado.
Uno puede transfriarse, también, cuando ve imágenes de lugares helados o cuando escucha el sonido de una ventisca. Para que haya transfriamiento sólo se necesita que no haya una fuente directa de frío, sino una inducción de la sensación a través de medios que de por sí no transmiten el frío.
jueves, 11 de marzo de 2010
Meretar
(Verbo transitivo de primera conjugación. De la onomatopeya "meretarc", del sonido de las hojas de un libro cuando se las pasa rápidamente)
Pasar en rápida sucesión una cantidad de hojas con el pulgar.
Cuando se mereta un libro no se lo lee. Simplemente se lo toma por el lomo, se lo abre parcialmente y se rasgan los extremos de algunas hojas, hasta que el pulgar llega al final. También se puede meretar un fajo de billetes. Si se toman los billetes con una mano por un extremo, la yema del pulgar de la otra mano (o de la misma) ejecuta un rasguido con el que repasa toda la pila de billetes. Desde luego, cuando se meretan billetes no se los cuenta; a veces se lo hace para sentir la opulencia de tener mucho dinero.
La imagen muestra el acto de meretar una secuencia gráfica, que da la apariencia de movimiento.
Pasar en rápida sucesión una cantidad de hojas con el pulgar.
Cuando se mereta un libro no se lo lee. Simplemente se lo toma por el lomo, se lo abre parcialmente y se rasgan los extremos de algunas hojas, hasta que el pulgar llega al final. También se puede meretar un fajo de billetes. Si se toman los billetes con una mano por un extremo, la yema del pulgar de la otra mano (o de la misma) ejecuta un rasguido con el que repasa toda la pila de billetes. Desde luego, cuando se meretan billetes no se los cuenta; a veces se lo hace para sentir la opulencia de tener mucho dinero.
La imagen muestra el acto de meretar una secuencia gráfica, que da la apariencia de movimiento.
miércoles, 10 de marzo de 2010
Evidar
(Verbo. Del latín aevum = tiempo prolongado, eón y do = dar, donar. Sustantivo: évida)
Prestar algo con la intención de que sea devuelto en un plazo muy lejano y casi indefinido.
Este término parece similar a avercodar. Sin embargo, hay una diferencia muy clara. Mientras que las avercodas jamás son reclamadas, las évidas sí lo son. El dueño del objeto prestado aparece, luego de cinco o diez años, a reclamar no sólo que le devuelvan lo que es suyo, sino también (a veces) a quejarse por el estado en que está el objeto prestado. No lo esperábamos, y jamás hubiésemos imaginado que nos iba a hacer una cosa así. El tío que nos dio una heladera vieja cuando alquilamos la casa, aparece seis años después para pedirla de vuelta. Cuando ve la heladera, se desilusiona: "no me la cuidaron", dice. Ofendido, llama a un taxiflet y se va con su pertenencia, dejándonos con una sensación amarga e impotente, y sin heladera. En realidad el tío jamás dijo que nos la regalaba. Jamás dijo lo contrario, es verdad, pero habíamos dado por supuesto que esa heladera era una avercoda. Sin embargo, era un ínredo, y en ese caso quienes estábamos en falta éramos nosotros.
Prestar algo con la intención de que sea devuelto en un plazo muy lejano y casi indefinido.
Este término parece similar a avercodar. Sin embargo, hay una diferencia muy clara. Mientras que las avercodas jamás son reclamadas, las évidas sí lo son. El dueño del objeto prestado aparece, luego de cinco o diez años, a reclamar no sólo que le devuelvan lo que es suyo, sino también (a veces) a quejarse por el estado en que está el objeto prestado. No lo esperábamos, y jamás hubiésemos imaginado que nos iba a hacer una cosa así. El tío que nos dio una heladera vieja cuando alquilamos la casa, aparece seis años después para pedirla de vuelta. Cuando ve la heladera, se desilusiona: "no me la cuidaron", dice. Ofendido, llama a un taxiflet y se va con su pertenencia, dejándonos con una sensación amarga e impotente, y sin heladera. En realidad el tío jamás dijo que nos la regalaba. Jamás dijo lo contrario, es verdad, pero habíamos dado por supuesto que esa heladera era una avercoda. Sin embargo, era un ínredo, y en ese caso quienes estábamos en falta éramos nosotros.
martes, 9 de marzo de 2010
Ínredo
(Sustantivo y adjetivo. Del latín in = preposición negativa y reddo = devolver)
Objeto que se recibe en préstamo sin intención de devolverlo.
Los libros, los discos compactos y las películas grabadas en DVD son típicos objetos que no se devuelven. Aunque los exhibimos en nuestras bibliotecas, solemos decir: "Este libro es de Carlitos", "Este dividí es de José", para recordar (y recordarnos) que no es nuestro. Sin embargo, pasan los años y, aunque nunca olvidamos del todo que en casa hay algo ajeno y reclamado por su dueño, la devolución ya nos causa incomodidad o pereza. ¿Para qué molestarse en tocar el timbre de Carlitos y devolverle el libro de bricolage que nos prestó hace doce años? ¿Sólo para recibir un reproche? ¿Para hablar de bricolage, ahora, que ya no nos interesa? Nos imaginamos que la devolución del libro podría causar más problemas que la incómoda y perpetua presencia en el estante de nuestra casa.
Existen algunos ínredos que habitualmente no se reclaman. Cuando visitamos a nuestros amigos con bebidas, luego no es bien visto que reclamemos los envases vacíos de cerveza y gaseosa. Quedan allí, rehenes en la casa del amigo, hasta que él decida visitarnos con bebidas. Pero hasta entonces será casi deshonroso llamar para recordarle que tiene un envase de cerveza y dos de gaseosa de litro.
Los ínredos son la exacta contrapartida de las avercodas.
Objeto que se recibe en préstamo sin intención de devolverlo.
Los libros, los discos compactos y las películas grabadas en DVD son típicos objetos que no se devuelven. Aunque los exhibimos en nuestras bibliotecas, solemos decir: "Este libro es de Carlitos", "Este dividí es de José", para recordar (y recordarnos) que no es nuestro. Sin embargo, pasan los años y, aunque nunca olvidamos del todo que en casa hay algo ajeno y reclamado por su dueño, la devolución ya nos causa incomodidad o pereza. ¿Para qué molestarse en tocar el timbre de Carlitos y devolverle el libro de bricolage que nos prestó hace doce años? ¿Sólo para recibir un reproche? ¿Para hablar de bricolage, ahora, que ya no nos interesa? Nos imaginamos que la devolución del libro podría causar más problemas que la incómoda y perpetua presencia en el estante de nuestra casa.
Existen algunos ínredos que habitualmente no se reclaman. Cuando visitamos a nuestros amigos con bebidas, luego no es bien visto que reclamemos los envases vacíos de cerveza y gaseosa. Quedan allí, rehenes en la casa del amigo, hasta que él decida visitarnos con bebidas. Pero hasta entonces será casi deshonroso llamar para recordarle que tiene un envase de cerveza y dos de gaseosa de litro.
Los ínredos son la exacta contrapartida de las avercodas.
lunes, 8 de marzo de 2010
Avercodar
(Verbo transitivo de primera conjugación. Del latín a = partícula negativa; verro = dar vuelta y commodo = poner algo a disposición. Variante de uso: avercomodar Sustantivo: avercoda o avercómoda)
Prestar algo sin la intención de pedirlo de vuelta.
Una tía solterona que presta el terreno para que su sobrino se haga la casa; un padre que presta el traje de casamiento a su hijo; un adolescente que presta los juguetes a su hermano menor; un amigo que presta dinero a otro que está en situación económica desventajosa: ese es el funcionamiento de la avercoda. No se ofrece el regalo abiertamente, pero jamás se cuenta con que haya una devolución. Los receptores a veces fingen que desean devolver el favor: "Tía, el mes que viene tal vez te pueda pagar una parte del terreno"; "Papá, la semana que viene te traigo el traje". Pero, por lo general, esos ofrecimientos de devolución no son sinceros; sólo se hacen para inducir a que el prestador oficialice el regalo. Sin embargo, quienes realizan avercodas por lo general persisten en su posición. A pesar de su generosidad, disfrutan sabiendo que siempre se les está debiendo algo, aunque jamás se concrete ni se acepte la devolución.
Prestar algo sin la intención de pedirlo de vuelta.
Una tía solterona que presta el terreno para que su sobrino se haga la casa; un padre que presta el traje de casamiento a su hijo; un adolescente que presta los juguetes a su hermano menor; un amigo que presta dinero a otro que está en situación económica desventajosa: ese es el funcionamiento de la avercoda. No se ofrece el regalo abiertamente, pero jamás se cuenta con que haya una devolución. Los receptores a veces fingen que desean devolver el favor: "Tía, el mes que viene tal vez te pueda pagar una parte del terreno"; "Papá, la semana que viene te traigo el traje". Pero, por lo general, esos ofrecimientos de devolución no son sinceros; sólo se hacen para inducir a que el prestador oficialice el regalo. Sin embargo, quienes realizan avercodas por lo general persisten en su posición. A pesar de su generosidad, disfrutan sabiendo que siempre se les está debiendo algo, aunque jamás se concrete ni se acepte la devolución.
viernes, 5 de marzo de 2010
Totodio
(Sustantivo. Del latín totus,a, um = todo, hoc = este y dies =día. Literalmente: "todo hoy")
Tendencia de los hechos a co-ocurrir en un mismo día.
El totodio viene precedido por innumerables días de aburrimiento y rutinas. A veces desearíamos que nos invitaran a una fiesta, a una cena con amigos o a la montaña rusa, pero nuestros días son monótonos y grises. Sin embargo, llega la mañana en que un grupo de conocidos nos invita a una fiesta; otro grupo de conocidos nos propone salir a cenar y un tercero pide que lo acompañemos al parque de diversiones. Hasta el día anterior lamentábamos no tener propuestas; hoy tenemos tres y lamentamos dejar de lado cualquiera de ellas. Esa superposición de invitaciones es el totodio.
Nos ocurre lo mismo en el ámbito laboral. A veces pasamos largas semanas de pequeñas rutinas y aburrimiento frente al solitario de la computadora. Tenemos que cumplir horario, sí, pero hay poco trabajo, o el jefe está de vacaciones, o es temporada baja. De pronto, un día cualquiera, nos llueven cientos de clientes, miles de fojas para llenar y decenas de reuniones con el directorio. Todo hay que hacerlo a las apuradas y para ayer. A veces, a regañadientes, hay que rechazar trabajo: un día antes ansiábamos que apareciera un cliente; hoy debemos derivarlo. Un chacarero puede esperar durante meses una lluvia. El día que llueve, se le inunda el campo. Ese estresante contraste entre prolongada escasez y apretada plenitud es el totodio.
No importa cuán bien planifiquemos nuestro tiempo. Estamos condenados a que el tedio se convierta en una larga meseta; y que de un momento a otro todos los males (o todos los bienes) nos caigan de golpe y no tengamos tiempo ni posibilidades de responder con eficacia o disfrute.
Tendencia de los hechos a co-ocurrir en un mismo día.
El totodio viene precedido por innumerables días de aburrimiento y rutinas. A veces desearíamos que nos invitaran a una fiesta, a una cena con amigos o a la montaña rusa, pero nuestros días son monótonos y grises. Sin embargo, llega la mañana en que un grupo de conocidos nos invita a una fiesta; otro grupo de conocidos nos propone salir a cenar y un tercero pide que lo acompañemos al parque de diversiones. Hasta el día anterior lamentábamos no tener propuestas; hoy tenemos tres y lamentamos dejar de lado cualquiera de ellas. Esa superposición de invitaciones es el totodio.
Nos ocurre lo mismo en el ámbito laboral. A veces pasamos largas semanas de pequeñas rutinas y aburrimiento frente al solitario de la computadora. Tenemos que cumplir horario, sí, pero hay poco trabajo, o el jefe está de vacaciones, o es temporada baja. De pronto, un día cualquiera, nos llueven cientos de clientes, miles de fojas para llenar y decenas de reuniones con el directorio. Todo hay que hacerlo a las apuradas y para ayer. A veces, a regañadientes, hay que rechazar trabajo: un día antes ansiábamos que apareciera un cliente; hoy debemos derivarlo. Un chacarero puede esperar durante meses una lluvia. El día que llueve, se le inunda el campo. Ese estresante contraste entre prolongada escasez y apretada plenitud es el totodio.
No importa cuán bien planifiquemos nuestro tiempo. Estamos condenados a que el tedio se convierta en una larga meseta; y que de un momento a otro todos los males (o todos los bienes) nos caigan de golpe y no tengamos tiempo ni posibilidades de responder con eficacia o disfrute.
miércoles, 3 de marzo de 2010
Cósago, a
(Adjetivo. Del latín cum = con y exago = ensayar)
Quien se pone a probar cuando se le pregunta si sabe cómo hacer algo.
El cósago se compromete a dar su ayuda para realizar algo que nos cuesta. Si nos ve preparando pizzas, se ofrece a hacer la masa, porque le decimos (con sinceridad) que no sabemos qué proporción de harina, agua, aceite y levadura necesita. El cósago pone manos a la obra y, como buen yoliarreglo, termina generando un masacote incomible. Si estamos tratando de configurar los programas de la computadora y le preguntamos al cósago cómo se configura la red, él sólo dirá "dejame a mí", nos apartará de la silla y se pondrá a hacer los mismos vanos intentos que ya hicimos nosotros. No sólo eso; también hará que los programas se descalabren por completo y debamos formatear el equipo.
Cuando las cosas empeoran, el cósago se refugia en una responsabilidad compartida. "Estábamos haciendo pizzas, pero nos equivocamos con las proporciones", dice, para incluirnos en su error. "No puedo arreglar la máquina. Vos ya la toqueteaste demasiado", dictamina.
¿Cuál es la diferencia entre un yoliarreglo y un cósago? El yoliarreglo se compromete expresamente a arreglar el desperfecto, y lo termina empeorando. El cósago, en cambio, nunca enuncia un compromiso formal: simplemente intenta a los tumbos tal como ya lo hicimos nosotros, sin aclarar jamás que él apenas conoce de qué se trata eso que manipula con cara de entendido y expresión seria.
Quien se pone a probar cuando se le pregunta si sabe cómo hacer algo.
El cósago se compromete a dar su ayuda para realizar algo que nos cuesta. Si nos ve preparando pizzas, se ofrece a hacer la masa, porque le decimos (con sinceridad) que no sabemos qué proporción de harina, agua, aceite y levadura necesita. El cósago pone manos a la obra y, como buen yoliarreglo, termina generando un masacote incomible. Si estamos tratando de configurar los programas de la computadora y le preguntamos al cósago cómo se configura la red, él sólo dirá "dejame a mí", nos apartará de la silla y se pondrá a hacer los mismos vanos intentos que ya hicimos nosotros. No sólo eso; también hará que los programas se descalabren por completo y debamos formatear el equipo.
Cuando las cosas empeoran, el cósago se refugia en una responsabilidad compartida. "Estábamos haciendo pizzas, pero nos equivocamos con las proporciones", dice, para incluirnos en su error. "No puedo arreglar la máquina. Vos ya la toqueteaste demasiado", dictamina.
¿Cuál es la diferencia entre un yoliarreglo y un cósago? El yoliarreglo se compromete expresamente a arreglar el desperfecto, y lo termina empeorando. El cósago, en cambio, nunca enuncia un compromiso formal: simplemente intenta a los tumbos tal como ya lo hicimos nosotros, sin aclarar jamás que él apenas conoce de qué se trata eso que manipula con cara de entendido y expresión seria.
domingo, 28 de febrero de 2010
Nota en tapa de revista venezolana
La Revista Dominical, suplemento del diario Últimas Noticias de Venezuela, ha publicado una nota acerca de Exonario. Justo hoy, que se cumplen MIL ENTRADAS de este blog.
Aquí está la nota en la edición impresa del suplemento (Click para ampliar):
Le agradezco muchisímo a Castor Carmona, quien me hizo la entrevista, y al equipo de redacción y diseño que ha dedicado cuatro páginas - más la tapa- a este blog.
Aquí está la nota en la edición impresa del suplemento (Click para ampliar):
Le agradezco muchisímo a Castor Carmona, quien me hizo la entrevista, y al equipo de redacción y diseño que ha dedicado cuatro páginas - más la tapa- a este blog.
viernes, 26 de febrero de 2010
Diplobio
(Adjetivo y sustantivo. Del griego diplós = doble y bios = vida)
Único cuerpo en el que habitan dos seres.
No debe confunirse este término con el que corresponde a la posesión demoníaca.
El término puede aplicarse con ciertas reservas a los casos de hermanos siameses en los que no queda claro si se trata de un único cuerpo con dos conciencias, o de dos cuerpos fundidos.
El término tendría su uso si encontráramos alguna especie de animal que tuviese naturalmente dos cabezas, y si pudiéramos decir que no se trata de dos individuos que viven en una completa simbiosis, sino de un único doble individuo.
Podría aplicarse con propiedad a nosotros si alguna parte de nuestro cuerpo adquiriese conciencia y decidiera imponer sus propios objetivos. ¿Qué ocurriría si a un brazo le saliesen patas y comenzara a moverse como si tuviera sus propias intenciones? Si el resultado final de esa horrenda mutación es que el brazo se desprenda del cuerpo, sólo hemos sido el vehículo para el nacimiento de un nuevo tipo de seres. Pero si el brazo continúa adherido a nuestro cuerpo, nos hemos convertido en un diplobio.
Así como hay diplobios, puede haber triobios, tetrabios, pentabios, hexabios, heptabios. Una vez que hemos permitido que en un cuerpo habiten dos seres, podemos especular con casos en los que habiten miles. El término para designar estos casos de vida múltiple es polibio.
Un tumor maligno, que crece a expensas de nuestra sangre y lleva nuestro mismo código genético, ¿nos convierte también en diplobios?
Dado que nuestro cuerpo está conformado por millones de células, cada una de las cuales tiene vida propia, ¿podemos decir que somos polibios?
Las palabras existentes hasta el momento (siamés, simbiótico, parásito) hacen referencia a dos o más seres que, por diversas circunstancias, han quedado fundidos en un cuerpo. Diplobio (o polibio), en cambio, no remite a fusión alguna sino al espontáneo surgimiento de dos seres a partir de una misma estructura corporal.
Único cuerpo en el que habitan dos seres.
No debe confunirse este término con el que corresponde a la posesión demoníaca.
El término puede aplicarse con ciertas reservas a los casos de hermanos siameses en los que no queda claro si se trata de un único cuerpo con dos conciencias, o de dos cuerpos fundidos.
El término tendría su uso si encontráramos alguna especie de animal que tuviese naturalmente dos cabezas, y si pudiéramos decir que no se trata de dos individuos que viven en una completa simbiosis, sino de un único doble individuo.
Podría aplicarse con propiedad a nosotros si alguna parte de nuestro cuerpo adquiriese conciencia y decidiera imponer sus propios objetivos. ¿Qué ocurriría si a un brazo le saliesen patas y comenzara a moverse como si tuviera sus propias intenciones? Si el resultado final de esa horrenda mutación es que el brazo se desprenda del cuerpo, sólo hemos sido el vehículo para el nacimiento de un nuevo tipo de seres. Pero si el brazo continúa adherido a nuestro cuerpo, nos hemos convertido en un diplobio.
Así como hay diplobios, puede haber triobios, tetrabios, pentabios, hexabios, heptabios. Una vez que hemos permitido que en un cuerpo habiten dos seres, podemos especular con casos en los que habiten miles. El término para designar estos casos de vida múltiple es polibio.
Un tumor maligno, que crece a expensas de nuestra sangre y lleva nuestro mismo código genético, ¿nos convierte también en diplobios?
Dado que nuestro cuerpo está conformado por millones de células, cada una de las cuales tiene vida propia, ¿podemos decir que somos polibios?
Las palabras existentes hasta el momento (siamés, simbiótico, parásito) hacen referencia a dos o más seres que, por diversas circunstancias, han quedado fundidos en un cuerpo. Diplobio (o polibio), en cambio, no remite a fusión alguna sino al espontáneo surgimiento de dos seres a partir de una misma estructura corporal.
jueves, 25 de febrero de 2010
Fruticadiar
(Verbo. Del latín fructus = fruto y cado = caer)
1. Cuidar la maduración y desarrollo de un proceso para desatenderlo en el momento de obtener réditos.
2. Esforzarse por sembrar para luego no recoger los frutos.
Recoger los frutos de una obra resulta ser la parte más grata y esperada de la tarea. Sin embargo, quienes fruticadian olvidan o sienten pereza, o simplemente detestan esa parte.
Hay incontables contextos en los que las personas pueden fruticadiar. Algunos ejemplos: al hacer un trabajo largo y complicado para luego no ir a cobrarlo; al terminar una carrera y jamás retirar el título o al hacer una torta y después guardarla en la alacena hasta que se pudra.
1. Cuidar la maduración y desarrollo de un proceso para desatenderlo en el momento de obtener réditos.
2. Esforzarse por sembrar para luego no recoger los frutos.
Recoger los frutos de una obra resulta ser la parte más grata y esperada de la tarea. Sin embargo, quienes fruticadian olvidan o sienten pereza, o simplemente detestan esa parte.
Hay incontables contextos en los que las personas pueden fruticadiar. Algunos ejemplos: al hacer un trabajo largo y complicado para luego no ir a cobrarlo; al terminar una carrera y jamás retirar el título o al hacer una torta y después guardarla en la alacena hasta que se pudra.
miércoles, 24 de febrero de 2010
Chanicurro, a
(Adjetivo. De ya, ni y curro)
Dícese de quien abandona definitivamente una prolongada actividad delictiva.
El chanicurro pudo haber cometido todo tipo de estafas, hurtos y robos, pero un buen día encuentra un motivo suficiente para dejar de actuar en el delito. Sea porque ya ha logrado mucho dinero, porque se asustó después de un tiroteo, porque comenzó a sentir un persistente prurito moral, porque se hizo religioso o porque ya no le encontró sentido a la actividad, el chanicurro comienza a llevar una vida sedentaria y mortecina tras bastidores. Se lo suele ver en el patio de su casa, panzón, en ojotas y con un cigarrillo, preparando asados para sus amigos. O en el templo, rezando y contándole a sus hermanos su periplo pecaminoso y su posterior redención a manos del mesías. O en el bar, casi escondido en una mesa de fondo, relatando de vez en cuando sus heroicas peripecias delictivas.
El chanicurro muere a los cincuenta años de cirrosis o de un ataque cardíaco producto del colesterol y el sobrepeso. Su vida no se acaba por el disparo de un compañero traicionado o de un policía en un asalto: muere como el más pacífico y perezoso de los cristianos. A veces hay una mujer joven y hacendosa que llora con desconsuelo su desaparición. Pero, en la mayoría de los casos, nadie siente pena por él.
El chanicurro y la nomaspito han tenido vidas con cierto paralelismo.
Dícese de quien abandona definitivamente una prolongada actividad delictiva.
El chanicurro pudo haber cometido todo tipo de estafas, hurtos y robos, pero un buen día encuentra un motivo suficiente para dejar de actuar en el delito. Sea porque ya ha logrado mucho dinero, porque se asustó después de un tiroteo, porque comenzó a sentir un persistente prurito moral, porque se hizo religioso o porque ya no le encontró sentido a la actividad, el chanicurro comienza a llevar una vida sedentaria y mortecina tras bastidores. Se lo suele ver en el patio de su casa, panzón, en ojotas y con un cigarrillo, preparando asados para sus amigos. O en el templo, rezando y contándole a sus hermanos su periplo pecaminoso y su posterior redención a manos del mesías. O en el bar, casi escondido en una mesa de fondo, relatando de vez en cuando sus heroicas peripecias delictivas.
El chanicurro muere a los cincuenta años de cirrosis o de un ataque cardíaco producto del colesterol y el sobrepeso. Su vida no se acaba por el disparo de un compañero traicionado o de un policía en un asalto: muere como el más pacífico y perezoso de los cristianos. A veces hay una mujer joven y hacendosa que llora con desconsuelo su desaparición. Pero, en la mayoría de los casos, nadie siente pena por él.
El chanicurro y la nomaspito han tenido vidas con cierto paralelismo.
lunes, 22 de febrero de 2010
Maladelio,a
(Del griego malá = mucho y delóo = mostrar, enseñar)
Quien da indicaciones exhaustivas cuando sólo se le pide una.
Si al maladelio se le pregunta dónde hay que guardar la tijera, nos responderá: "La tijera va en el segundo cajón. Los destornilladores, en la caja de herramientas. Las tenazas, en el primer cajón. En el cuarto cajón hay frasquitos para guardar tornillos. El frasquito grande es para guardar clavos de pared; el frasco negro tiene aceite para bicicletas. Dentro del frasco grande hay cuatro cajitas, cada una de ellas con distintos tamaños de clavos...". A veces se queda un rato dudando: "Las mechas de la agujereadora van en el cuarto... No, en el quinto... Sí, sí en el quinto... No, en el sexto cajón". Sólo se le pedía una indicación, pero él considera que es pertinente informar al detalle qué se guarda en cada compartimento de la alacena, y espera que lo escuchemos con atención y llevando el registro de dónde va cada cosa. No tiene en cuenta que, probablemente, olvidemos sus palabras o que, peor aun, ya sabíamos de antemano dónde se guardaban las herramientas.
Es frecuente que el maladelio, luego de hacer su prolongada enumeración, quede exhausto y malhumorado; por ello, después de tomar mucho aire, suele decir una frase como la siguiente: "Al final, a vos hay que indicarte todo"
El maladelio tiene un comportamiento ligeramente antónimo al del indisoño.
Quien da indicaciones exhaustivas cuando sólo se le pide una.
Si al maladelio se le pregunta dónde hay que guardar la tijera, nos responderá: "La tijera va en el segundo cajón. Los destornilladores, en la caja de herramientas. Las tenazas, en el primer cajón. En el cuarto cajón hay frasquitos para guardar tornillos. El frasquito grande es para guardar clavos de pared; el frasco negro tiene aceite para bicicletas. Dentro del frasco grande hay cuatro cajitas, cada una de ellas con distintos tamaños de clavos...". A veces se queda un rato dudando: "Las mechas de la agujereadora van en el cuarto... No, en el quinto... Sí, sí en el quinto... No, en el sexto cajón". Sólo se le pedía una indicación, pero él considera que es pertinente informar al detalle qué se guarda en cada compartimento de la alacena, y espera que lo escuchemos con atención y llevando el registro de dónde va cada cosa. No tiene en cuenta que, probablemente, olvidemos sus palabras o que, peor aun, ya sabíamos de antemano dónde se guardaban las herramientas.
Es frecuente que el maladelio, luego de hacer su prolongada enumeración, quede exhausto y malhumorado; por ello, después de tomar mucho aire, suele decir una frase como la siguiente: "Al final, a vos hay que indicarte todo"
El maladelio tiene un comportamiento ligeramente antónimo al del indisoño.
viernes, 19 de febrero de 2010
Asinognosia
(Sustantivo. Del griego a = partícula negativa; synantése = encuentro y gignósco = conocer)
Desconocimiento momentáneo de una persona conocida cuando se la cruza por la calle.
A veces en los escasos segundos en que nos cruzamos con alguien, no alcanzamos a reconocerlo. Sólo nos damos cuenta de quién es cuando nuestra mirada ha cambiado de dirección y ya pasó el momento del saludo y del dolfablo. Cuando padecemos asinognosia nos lamentamos porque ese conocido (que por un momento fue desconocido) puede pensar que no queríamos saludarlo, o que estábamos fingiendo no saber quién era o, peor aun, que en verdad ya lo olvidamos para siempre.
La asinognosia debe distinguirse de la agnosodia. A pesar del parecido fonético, etimológico y semántico, la agnosodia se refiere al hecho de darse cuenta de que alguien es conocido, pero no saber quién. La asinognosia, en cambio, hace referencia al hecho de no dar por conocido a alguien que sí lo es.
Desconocimiento momentáneo de una persona conocida cuando se la cruza por la calle.
A veces en los escasos segundos en que nos cruzamos con alguien, no alcanzamos a reconocerlo. Sólo nos damos cuenta de quién es cuando nuestra mirada ha cambiado de dirección y ya pasó el momento del saludo y del dolfablo. Cuando padecemos asinognosia nos lamentamos porque ese conocido (que por un momento fue desconocido) puede pensar que no queríamos saludarlo, o que estábamos fingiendo no saber quién era o, peor aun, que en verdad ya lo olvidamos para siempre.
La asinognosia debe distinguirse de la agnosodia. A pesar del parecido fonético, etimológico y semántico, la agnosodia se refiere al hecho de darse cuenta de que alguien es conocido, pero no saber quién. La asinognosia, en cambio, hace referencia al hecho de no dar por conocido a alguien que sí lo es.
jueves, 18 de febrero de 2010
Yerriyoco, a
(Adjetivo. Del latín erro = errante, vagabundo y iocus = juego)
Dícese de quien se dirige a alguien haciendo alusiones inespecíficas y picarescas.
A veces vamos caminando y alguien, desde la vereda de enfrente, emite un chiflido, o grita alguna guarangada para que nos demos vuelta y lo veamos. No nos llama por nuestro nombre, y en rigor esos sonidos podrían ir dirigidos a cualquier persona. Pero él pretende que, con esas referencias guturales, nos demos por aludido. Si no le respondemos como él espera, probablemente comience a contar -siempre a los gritos- alguna historia infamante y muy privada para que al fin nos demos cuenta de que alguien está hablando de nosotros. El yerriyoco comienza con un silbido. Luego grita un "¡Eh!", seguido de un "¡Sooooordo!" (con la primera "o" alargada), un "¡Pelotuuuuudo!", y una alusión a la actividad laboral (¡Che, profesor, acá me parece que corrigió mal un examen!) o deportiva que realizamos (¡Aprendé a jugar al tenis!) o de la que somos seguidores (¡Los de Atlanta son unos muertos!) para finalmente gritar algo ofensivo, escabroso y dirigido a nosotros de forma inequívoca (Así que la otra noche te quisiste voltear a tu cuñada, ¿eh?).
Dícese de quien se dirige a alguien haciendo alusiones inespecíficas y picarescas.
A veces vamos caminando y alguien, desde la vereda de enfrente, emite un chiflido, o grita alguna guarangada para que nos demos vuelta y lo veamos. No nos llama por nuestro nombre, y en rigor esos sonidos podrían ir dirigidos a cualquier persona. Pero él pretende que, con esas referencias guturales, nos demos por aludido. Si no le respondemos como él espera, probablemente comience a contar -siempre a los gritos- alguna historia infamante y muy privada para que al fin nos demos cuenta de que alguien está hablando de nosotros. El yerriyoco comienza con un silbido. Luego grita un "¡Eh!", seguido de un "¡Sooooordo!" (con la primera "o" alargada), un "¡Pelotuuuuudo!", y una alusión a la actividad laboral (¡Che, profesor, acá me parece que corrigió mal un examen!) o deportiva que realizamos (¡Aprendé a jugar al tenis!) o de la que somos seguidores (¡Los de Atlanta son unos muertos!) para finalmente gritar algo ofensivo, escabroso y dirigido a nosotros de forma inequívoca (Así que la otra noche te quisiste voltear a tu cuñada, ¿eh?).
miércoles, 17 de febrero de 2010
Rugopario
(Del latín ruga = arruga y paries = muro)
Marcas en la pared de los objetos que suelen apoyarse en ella.
Las sillas, los picaportes, las camas, los objetos que cuelgan de la pared y se balancean (como las llaves, las cucharas, las cadenas, algunos adornos) van dejando sutiles hendiduras en el revoque que, con el paso del tiempo, se hacen notorias y persistentes.
Gracias a los rugoparios, cuando vemos una casa vacía podemos inducir sin mucho trabajo dónde estaban ubicados los muebles de los habitantes anteriores.
Marcas en la pared de los objetos que suelen apoyarse en ella.
Las sillas, los picaportes, las camas, los objetos que cuelgan de la pared y se balancean (como las llaves, las cucharas, las cadenas, algunos adornos) van dejando sutiles hendiduras en el revoque que, con el paso del tiempo, se hacen notorias y persistentes.
Gracias a los rugoparios, cuando vemos una casa vacía podemos inducir sin mucho trabajo dónde estaban ubicados los muebles de los habitantes anteriores.
martes, 16 de febrero de 2010
Crematropía
(Sustantivo. Del griego Xréema = cosa y tropos = dirección)
Crecimiento de un objeto no vivo.
Es usual suponer que sólo se desarrollan y crecen los seres vivos. Sin embargo, a lo largo de la historia se han escuchado historias de dudoso origen que aseguran haber visto a una piedra, una mesa de metal o un edificio crecer y agigantarse de manera espontánea. Se cuenta que a veces a un objeto puede crecerle otro de su misma clase (a una silla le crece otra silla; a un edificio otro edificio); a veces le crecen partes típicamente biológicas (hojas, brazos, piernas rudimentarias e inútiles, cabezas) A veces, finalmente, pueden crecerle otros objetos de géneros diferentes: a una silla puede crecerle un edificio y a un grano de arena todo un universo.
El término no se aplica a aquellas partes de un ser vivo que siguen creciendo un tiempo después de que el ser vivo ha muerto, tal como ocurre con los cabellos, las uñas y los dientes. La crematropía sólo puede darse en aquellos objetos con los cuales existe la certeza de que naturalmente no poseen vida, al menos en el sentido usual del término.
Crecimiento de un objeto no vivo.
Es usual suponer que sólo se desarrollan y crecen los seres vivos. Sin embargo, a lo largo de la historia se han escuchado historias de dudoso origen que aseguran haber visto a una piedra, una mesa de metal o un edificio crecer y agigantarse de manera espontánea. Se cuenta que a veces a un objeto puede crecerle otro de su misma clase (a una silla le crece otra silla; a un edificio otro edificio); a veces le crecen partes típicamente biológicas (hojas, brazos, piernas rudimentarias e inútiles, cabezas) A veces, finalmente, pueden crecerle otros objetos de géneros diferentes: a una silla puede crecerle un edificio y a un grano de arena todo un universo.
El término no se aplica a aquellas partes de un ser vivo que siguen creciendo un tiempo después de que el ser vivo ha muerto, tal como ocurre con los cabellos, las uñas y los dientes. La crematropía sólo puede darse en aquellos objetos con los cuales existe la certeza de que naturalmente no poseen vida, al menos en el sentido usual del término.
lunes, 15 de febrero de 2010
Sinfásarco,a
(Adjetivo. Del griego syn = con; fágo = comer y sarx = carne.)
Quien come la carne del mismo animal que uno.
Si una oveja muere en el campo, es posible que los miembros de una jauría de lobos coman una gran cantidad de su carne y que, luego, los pájaros carroñeros y los gusanos se hagan cargo del resto. Los lobos, los pájaros y los gusanos son sinfásarcos.
Reciben este mismo nombre quienes comen los distintos cortes de vaca que se compran en una carnicería: si compramos bola de lomo de ternera, y nuestro vecino compra cuadril, y si el carnicero nos da ambos cortes del mismo animal, seremos sinfásarcos del vecino.
Quien come la carne del mismo animal que uno.
Si una oveja muere en el campo, es posible que los miembros de una jauría de lobos coman una gran cantidad de su carne y que, luego, los pájaros carroñeros y los gusanos se hagan cargo del resto. Los lobos, los pájaros y los gusanos son sinfásarcos.
Reciben este mismo nombre quienes comen los distintos cortes de vaca que se compran en una carnicería: si compramos bola de lomo de ternera, y nuestro vecino compra cuadril, y si el carnicero nos da ambos cortes del mismo animal, seremos sinfásarcos del vecino.
viernes, 12 de febrero de 2010
Inderarear
(Verbo. Del latín index = título, portada)
En las canciones, cantar sólo la parte de la letra que corresponde al título.
Quienes tararean canciones, usualmente sólo conocen un mínimo fragmento de la letra: aquella parte (usualmente del estribillo) en la que se repite el título de la canción. Muchos amantes de Bob Marley sólo gritan a coro la parte final de la estrofa en la que dice "No, woman, no cry", pero desconocen por completo el resto de la letra de la canción. Lo mismo ocurre con el tema de Huey Lewis & The News: se suele conocer sólo la parte del estribillo en la que se detienen los instrumentos y se escucha: "Is the power of love", única parte del tema que se suele cantar con propiedad, entonación y conocimiento de la letra.
Existen canciones que son mal inderareadas. La canción de Queen, "Friends will be friends" suele inderarearse como "Friends to be friends", dando lugar a la expresión "frenchubifrén".
Solemos inderarear la mayoría de las canciones de moda. Para decirlo con más precisión: inderareamos una pequeña parte, y tarareamos el resto.
En las canciones, cantar sólo la parte de la letra que corresponde al título.
Quienes tararean canciones, usualmente sólo conocen un mínimo fragmento de la letra: aquella parte (usualmente del estribillo) en la que se repite el título de la canción. Muchos amantes de Bob Marley sólo gritan a coro la parte final de la estrofa en la que dice "No, woman, no cry", pero desconocen por completo el resto de la letra de la canción. Lo mismo ocurre con el tema de Huey Lewis & The News: se suele conocer sólo la parte del estribillo en la que se detienen los instrumentos y se escucha: "Is the power of love", única parte del tema que se suele cantar con propiedad, entonación y conocimiento de la letra.
Existen canciones que son mal inderareadas. La canción de Queen, "Friends will be friends" suele inderarearse como "Friends to be friends", dando lugar a la expresión "frenchubifrén".
Solemos inderarear la mayoría de las canciones de moda. Para decirlo con más precisión: inderareamos una pequeña parte, y tarareamos el resto.
jueves, 11 de febrero de 2010
Verbifragio
(Sustantivo. Del latín verbum = palabra y frangere = romper. Adjetivo: verbifrágico)
Acción y efecto de cortar las palabras en lugares inadecuados.
Existen reglas para hacer abreviaturas o para cortar una palabra en un salto de línea. Cuando no se respetan estas reglas, se comete verbifragio.
Se produce esta tropelía, también, cuando se profieren palabras incompletas y se espera que el interlocutor las interprete en su totalidad. "Fui a comprar to..." , dice el verbifrágico. "¿Tomates?", pregunta el receptor. "No, toallitas feme..."
Muchas veces se puede inferir la parte faltante.
El verbifragio es similar al eremoloquio, con la diferencia de que en este último las palabras sí son completas, y lo que no se completa es la oración.
Acción y efecto de cortar las palabras en lugares inadecuados.
Existen reglas para hacer abreviaturas o para cortar una palabra en un salto de línea. Cuando no se respetan estas reglas, se comete verbifragio.
Se produce esta tropelía, también, cuando se profieren palabras incompletas y se espera que el interlocutor las interprete en su totalidad. "Fui a comprar to..." , dice el verbifrágico. "¿Tomates?", pregunta el receptor. "No, toallitas feme..."
Muchas veces se puede inferir la parte faltante.
El verbifragio es similar al eremoloquio, con la diferencia de que en este último las palabras sí son completas, y lo que no se completa es la oración.
miércoles, 10 de febrero de 2010
Cicernar
(Verbo. Del latín cis = de este lado y secerno = separar. Adjetivo: cicernador)
Apartar las cosas que uno pidió en un pedido grupal.
Cuando en una celebración se decide pedir sandwiches y empanadas por teléfono, cada uno de los comensales suele elegir las combinaciones que le gustan. A algunos les gustan las empanadas de atún y los sandwiches de jamón crudo, pero a otros todo eso les parece horrendo. Es muy común que, cuando llega la comida, ciertos comensales deseen pipear y comer sin fijarse si le corresponde ese sabor o no. Sin embargo, existen personas que tienen muy bien delimitado el ámbito de lo que les gusta y de lo que no. Esas personas suelen tener conflictos cuando se los fuerza a comer sin respetar la elección que habían hecho. Si han pedido sandwiches de huevo duro y tomate, no consentirán que les sirvan sandwiches de humita con pan negro: ellos pidieron lo que pidieron porque deseaban exactamente eso y no otra cosa. Para evitar las maniobras de los pipeadores (los que comen sabores ajenos a conciencia) y de los indiferentes (aquellos que comen sin mirar si han elegido un sabor propio o ajeno), la mejor estrategia siempre es la de cicernar. De ese modo, cuando llega el pedido cada cual separa cada una de las empanadas y sandwiches que corresponden a los sabores que se han pedido. Si todos están de acuerdo en cicernar, entonces no habrá conflicto. Por lo general, los problemas surgen cuando uno o unos pocos desean cicernar, pero otros consideran que da lo mismo. En este último caso, quienes desean cicernar serán tratados de egoístas y es probable que se los acuse de angurrientos e incluso tacaños. En cierto modo, estas acusaciones no están tan injustificadas: el que cicerna siente que le invaden su propiedad privada si le comen una empanada que él pidió. "Yo pedí una de roquefort, y resulta que se la terminó comiendo Carlitos, quien dijo que no le gustaba el roquefort", se queja el cicernador con amargura.
Apartar las cosas que uno pidió en un pedido grupal.
Cuando en una celebración se decide pedir sandwiches y empanadas por teléfono, cada uno de los comensales suele elegir las combinaciones que le gustan. A algunos les gustan las empanadas de atún y los sandwiches de jamón crudo, pero a otros todo eso les parece horrendo. Es muy común que, cuando llega la comida, ciertos comensales deseen pipear y comer sin fijarse si le corresponde ese sabor o no. Sin embargo, existen personas que tienen muy bien delimitado el ámbito de lo que les gusta y de lo que no. Esas personas suelen tener conflictos cuando se los fuerza a comer sin respetar la elección que habían hecho. Si han pedido sandwiches de huevo duro y tomate, no consentirán que les sirvan sandwiches de humita con pan negro: ellos pidieron lo que pidieron porque deseaban exactamente eso y no otra cosa. Para evitar las maniobras de los pipeadores (los que comen sabores ajenos a conciencia) y de los indiferentes (aquellos que comen sin mirar si han elegido un sabor propio o ajeno), la mejor estrategia siempre es la de cicernar. De ese modo, cuando llega el pedido cada cual separa cada una de las empanadas y sandwiches que corresponden a los sabores que se han pedido. Si todos están de acuerdo en cicernar, entonces no habrá conflicto. Por lo general, los problemas surgen cuando uno o unos pocos desean cicernar, pero otros consideran que da lo mismo. En este último caso, quienes desean cicernar serán tratados de egoístas y es probable que se los acuse de angurrientos e incluso tacaños. En cierto modo, estas acusaciones no están tan injustificadas: el que cicerna siente que le invaden su propiedad privada si le comen una empanada que él pidió. "Yo pedí una de roquefort, y resulta que se la terminó comiendo Carlitos, quien dijo que no le gustaba el roquefort", se queja el cicernador con amargura.
martes, 9 de febrero de 2010
Anominar
(Verbo. De a = partícula negativa y nominar. Sustantivo: anominación)
Quitar el nombre a alguien.
Existen dos maneras de anominar: una, la más literal consiste en retirar el nombre que le habíamos puesto a alguien, bien porque ya tenía otro nombre, o bien porque no nos parece que deba ser nombrado. Muchas veces se anomina animales. La anominación puede ocurrir en el caso en que alguien encuentre un perro abandonado y decida adoptarlo. En esa instancia, supongamos, lo bautiza con el nombre de "Ernesto". Dos días después aparecen los verdaderos amos del perro, quienes comunican al ocasional adoptivo que el auténtico nombre era "Carlitos". El nombre "Ernesto" simplemente se retira del juego: al perro se lo anomina para siempre del nombre "Ernesto" y se lo sigue llamando "Carlitos". Este mismo proceso puede ocurrir cuando un matrimonio adopta un niño y, luego de bautizarlo, descubre que ese niño ya tenía nombre. Ocurre también cuando se bautiza a una tierra y luego se descubre que esa tierra ya tenía nombre, aunque muchas veces se termina imponiendo (por la fuerza) el nombre de quien tenga más poder militar.
También solemos anominar a aquellos animales de faena a los que les hemos puesto nombre. El puerco Margarito pasa a ser "el chancho" el día en que se lo va a sacrificar: nadie desea comerse algo que alguna vez haya respondido con ternura a nuestro llamado. Nadie quiere comerse a Margarito; es mejor atragantarse con un lechón anónimo.
Existe otra forma de utilización de este término en la cual a alguien se lo deja de llamar por su nombre, aunque en realidad no se le quita el nombre. Ocurre cuando nos enojamos con una persona y, en vez de seguir llamándola "Alberto" o "María", pasamos a utilizar alguna descripción infamante como "El pelotudo que vende seguros", "La mierdera" o "Ese tipo". La persona se sigue llamando "Alberto" o "María", pero nosotros decidimos retirar su nombre de nuestros discursos. Al retirarle el nombre le quitamos entidad humana y lo rebajamos a una mera caricatura.
Quitar el nombre a alguien.
Existen dos maneras de anominar: una, la más literal consiste en retirar el nombre que le habíamos puesto a alguien, bien porque ya tenía otro nombre, o bien porque no nos parece que deba ser nombrado. Muchas veces se anomina animales. La anominación puede ocurrir en el caso en que alguien encuentre un perro abandonado y decida adoptarlo. En esa instancia, supongamos, lo bautiza con el nombre de "Ernesto". Dos días después aparecen los verdaderos amos del perro, quienes comunican al ocasional adoptivo que el auténtico nombre era "Carlitos". El nombre "Ernesto" simplemente se retira del juego: al perro se lo anomina para siempre del nombre "Ernesto" y se lo sigue llamando "Carlitos". Este mismo proceso puede ocurrir cuando un matrimonio adopta un niño y, luego de bautizarlo, descubre que ese niño ya tenía nombre. Ocurre también cuando se bautiza a una tierra y luego se descubre que esa tierra ya tenía nombre, aunque muchas veces se termina imponiendo (por la fuerza) el nombre de quien tenga más poder militar.
También solemos anominar a aquellos animales de faena a los que les hemos puesto nombre. El puerco Margarito pasa a ser "el chancho" el día en que se lo va a sacrificar: nadie desea comerse algo que alguna vez haya respondido con ternura a nuestro llamado. Nadie quiere comerse a Margarito; es mejor atragantarse con un lechón anónimo.
Existe otra forma de utilización de este término en la cual a alguien se lo deja de llamar por su nombre, aunque en realidad no se le quita el nombre. Ocurre cuando nos enojamos con una persona y, en vez de seguir llamándola "Alberto" o "María", pasamos a utilizar alguna descripción infamante como "El pelotudo que vende seguros", "La mierdera" o "Ese tipo". La persona se sigue llamando "Alberto" o "María", pero nosotros decidimos retirar su nombre de nuestros discursos. Al retirarle el nombre le quitamos entidad humana y lo rebajamos a una mera caricatura.
lunes, 8 de febrero de 2010
Euriscalgia
(Sustantivo. Del griego euriskós = encuentro y algéo = dolor)
Desconcierto, dolor y sorpresa por encontrarnos con la persona que nos ha abandonado.
Nuestra pareja decide dejarnos y un mes después nos la cruzamos por la calle. Está distinta; se ha hecho algo en el cabello, usa ropa que no le conocíamos y ahora tiene una expresión diferente en la cara. Nos miramos por un instante y cada uno sigue de largo. Aunque muchas cosas en ella son diferentes, el solo hecho de mirarla reaviva una sensación familiar y tierna que con esfuerzo habíamos tratado de sepultar durante el largo mes de soledad. Ese encuentro casual nos ha provocado euriscalgia: un repentino conglomerado de sensaciones contradictorias y agridulces. La euriscalgia desbarata el precario duelo que empezábamos a transitar, y nos hunde una vez más en la congoja.
Esta situación puede ocurrir también si nos cruzamos con el jefe que nos echó de su empresa, o si una mascota se encuentra por casualidad con el amo que lo abandonó, o, aun, si se nos aparece el espíritu del familiar muy querido que un día decidió suicidarse.
La euriscalgia la puede sentir también la persona que abandona.
Desconcierto, dolor y sorpresa por encontrarnos con la persona que nos ha abandonado.
Nuestra pareja decide dejarnos y un mes después nos la cruzamos por la calle. Está distinta; se ha hecho algo en el cabello, usa ropa que no le conocíamos y ahora tiene una expresión diferente en la cara. Nos miramos por un instante y cada uno sigue de largo. Aunque muchas cosas en ella son diferentes, el solo hecho de mirarla reaviva una sensación familiar y tierna que con esfuerzo habíamos tratado de sepultar durante el largo mes de soledad. Ese encuentro casual nos ha provocado euriscalgia: un repentino conglomerado de sensaciones contradictorias y agridulces. La euriscalgia desbarata el precario duelo que empezábamos a transitar, y nos hunde una vez más en la congoja.
Esta situación puede ocurrir también si nos cruzamos con el jefe que nos echó de su empresa, o si una mascota se encuentra por casualidad con el amo que lo abandonó, o, aun, si se nos aparece el espíritu del familiar muy querido que un día decidió suicidarse.
La euriscalgia la puede sentir también la persona que abandona.
sábado, 6 de febrero de 2010
Cilépido,a
(Palabra y definición enviados por Wolfgang)
(Adjetivo. De scio = saber y lepidus = gracioso)
Tipo de humorismo que exige del que lo escucha conocimientos más o menos profundos de alguna rama de la ciencia, porque de lo contrario no podrá encontrale la gracia por más que se lo expliquen.
En este mundo cada vez más especializado, hasta el humorismo presenta especialidades. Propongo cuatro ejemplos:
Chiste para físico-químicos (requiere por lo menos un curso de química inorgánica en una escuela secundaria de nivel más que bueno).
¿Cuál es el color de un oso capaz de disolverse en agua?
Cualquiera podría decir que eso es absolutamente imposible, ¿cómo se va a disolver un oso en agua?
Explicación científica: el agua es un líquido polar, lo que significa que las cargas eléctricas de las moléculas de agua están separadas, por lo que el agua puede disolver sustancias polares, como las sales, los ácidos y las bases.
Y aquí viene el juego de palabras: si el agua puede disolver sustancias polares, podrá disolver también osos polares. Y como los osos polares son blancos, la respuesta será: El color del oso debe ser blanco.
Chiste para biólogos (más o menos 2º año de la Licenciatura en Biología).
¿Qué le dijo un clostridio a otro al encontrarse en un autoclave?
Acá la gente se queda con la boca abierta, porque podrá saber qué es un autoclave, pero difícilmente sepa que es un clostridio. Es el microorganismo capaz de producir la toxina botulínica (es mucho más popular de lo que parece, de ahí vienen las inyecciones que tanta gente usa para combatir las arrugas). Supongamos que somos de los que todavía creemos que el botulismo es algo peligroso; para combatirlo, en el caso de alimentos enlatados, habrá que someterlos a vapor a alta presión y elevada temperatura. Para eso se usa el autoclave. Con la temperatura sola no alcanza, es necesaria la presencia del vapor. Por eso la respuesta a la pregunta de más arriba es: La calor no sería nada, acá lo que mata es la humedad.
Chiste para matemáticos (Análisis Matemático I)
Las funciones matemáticas hacen una fiesta y se divierten como locos. Pero una de ellas, "e elevada a la x", se mantiene sola en un rincón. Se le acercan varias funciones y le dicen: Vení, "e elevada a la x", integrate. Y la otra les responde: Para qué, si no va a cambiar nada.
Explicación: "e elevada a la x" es una función exponencial, que tiene la particularidad de que cuando se la integra (operación matemática bastante complicada) se obtiene la misma función. Por eso no cambia nada.
Chiste para matemáticos con conocimientos de psicología:
¿Qué es un niño complejo? Es el hijo de una madre real y de un padre imaginario.
La palabra complejo no solo tiene aplicación en el campo de la psicología (complejo de Edipo, de Electra, etc.), sino también en el de la matemática. Designa un tipo de número que tiene dos partes: una real y la otra imaginaria.
(Adjetivo. De scio = saber y lepidus = gracioso)
Tipo de humorismo que exige del que lo escucha conocimientos más o menos profundos de alguna rama de la ciencia, porque de lo contrario no podrá encontrale la gracia por más que se lo expliquen.
En este mundo cada vez más especializado, hasta el humorismo presenta especialidades. Propongo cuatro ejemplos:
Chiste para físico-químicos (requiere por lo menos un curso de química inorgánica en una escuela secundaria de nivel más que bueno).
¿Cuál es el color de un oso capaz de disolverse en agua?
Cualquiera podría decir que eso es absolutamente imposible, ¿cómo se va a disolver un oso en agua?
Explicación científica: el agua es un líquido polar, lo que significa que las cargas eléctricas de las moléculas de agua están separadas, por lo que el agua puede disolver sustancias polares, como las sales, los ácidos y las bases.
Y aquí viene el juego de palabras: si el agua puede disolver sustancias polares, podrá disolver también osos polares. Y como los osos polares son blancos, la respuesta será: El color del oso debe ser blanco.
Chiste para biólogos (más o menos 2º año de la Licenciatura en Biología).
¿Qué le dijo un clostridio a otro al encontrarse en un autoclave?
Acá la gente se queda con la boca abierta, porque podrá saber qué es un autoclave, pero difícilmente sepa que es un clostridio. Es el microorganismo capaz de producir la toxina botulínica (es mucho más popular de lo que parece, de ahí vienen las inyecciones que tanta gente usa para combatir las arrugas). Supongamos que somos de los que todavía creemos que el botulismo es algo peligroso; para combatirlo, en el caso de alimentos enlatados, habrá que someterlos a vapor a alta presión y elevada temperatura. Para eso se usa el autoclave. Con la temperatura sola no alcanza, es necesaria la presencia del vapor. Por eso la respuesta a la pregunta de más arriba es: La calor no sería nada, acá lo que mata es la humedad.
Chiste para matemáticos (Análisis Matemático I)
Las funciones matemáticas hacen una fiesta y se divierten como locos. Pero una de ellas, "e elevada a la x", se mantiene sola en un rincón. Se le acercan varias funciones y le dicen: Vení, "e elevada a la x", integrate. Y la otra les responde: Para qué, si no va a cambiar nada.
Explicación: "e elevada a la x" es una función exponencial, que tiene la particularidad de que cuando se la integra (operación matemática bastante complicada) se obtiene la misma función. Por eso no cambia nada.
Chiste para matemáticos con conocimientos de psicología:
¿Qué es un niño complejo? Es el hijo de una madre real y de un padre imaginario.
La palabra complejo no solo tiene aplicación en el campo de la psicología (complejo de Edipo, de Electra, etc.), sino también en el de la matemática. Designa un tipo de número que tiene dos partes: una real y la otra imaginaria.
viernes, 5 de febrero de 2010
Brasibio
(Sustantivo. Del griego bráse = cocido y bios = vida)
Alimento que queda vivo después de cocido.
Normalmente diríamos que no hay lugar conceptual para esta palabra. Si algo está cocido, evidentemente no puede estar crudo y mucho menos vivo. Pero si hubiera alguna posibilidad de que un animal o vegetal comestible estuviera vivo y cocido a la vez, podríamos nombrarlo con esta palabra.
Si los animales para faena pudiesen ser cocinados sin matarlos, podríamos hervirlos o freírlos en su nacimiento. De ese modo, al crecer sólo sería cuestión de carnearlos y llevarlos al plato sin necesidad de pasar por el engorroso proceso de cocción. No necesitaríamos comprar leña para el asado: bastaría con comprar una vaca viva ya asada e ir cortándola de a poco para nuestros festines.
Alimento que queda vivo después de cocido.
Normalmente diríamos que no hay lugar conceptual para esta palabra. Si algo está cocido, evidentemente no puede estar crudo y mucho menos vivo. Pero si hubiera alguna posibilidad de que un animal o vegetal comestible estuviera vivo y cocido a la vez, podríamos nombrarlo con esta palabra.
Si los animales para faena pudiesen ser cocinados sin matarlos, podríamos hervirlos o freírlos en su nacimiento. De ese modo, al crecer sólo sería cuestión de carnearlos y llevarlos al plato sin necesidad de pasar por el engorroso proceso de cocción. No necesitaríamos comprar leña para el asado: bastaría con comprar una vaca viva ya asada e ir cortándola de a poco para nuestros festines.
jueves, 4 de febrero de 2010
Inconsuncio
(Sustantivo. Del latín in = partícula negativa; compleo = completar y sumptus = coste)
Precio incompleto de un producto.
Nos llama por teléfono la operadora de una empresa vendedora de calzoncillos largos. "El producto viene con un par de pantuflas, y el precio es de dieciséis pesos más iva", nos anuncia. Cuando le preguntamos si existe alguna posibilidad de no pagar IVA, nos dice que no, que el IVA es de veintiuno por ciento y hay que pagarlo en todos los casos. "¿Y por qué no me da el precio con IVA incluido?", preguntamos. "Bueno, con IVA el precio es de diecinueve pesos con treinta y seis centavos", aclara. "¿Ese es el precio final?", inquirimos una vez más. "Sí, es el precio final, pero no el precio final - final. A ese valor hay que añadirle un seis por ciento de impuestos", nos dice. Desconcertados, preguntamos: "¿Y cuánto tengo que abonar cuando llegue a la puerta de mi casa?". "Bueno, si desea que se lo enviemos hasta su casa, hay que agregar veinticinco pesos en concepto de flete, más impuestos", nos advierte. Cada vez que la operadora nos da un valor, a ese valor habrá que adicionarle otros costes ocultos para poder acceder al producto: esos precios parciales son inconsuncios; productos de una mala estrategia de venta destinada a hacernos creer que las cosas cuestan menos de lo que en verdad cuestan.
En los restaurantes, al precio de cada uno de los platos hay que adicionarle el valor del cubierto y, en algunos casos, el servicio de mesa y el sommelier.
Cuando hacemos una reparación hogareña, el plomero nos da un precio que luego se irá agigantando a medida que avance el arreglo de la cañería. Jamás, en una primera instancia, tendremos el precio final de la reparación: sólo habrá precarios y desesperantes inconsuncios. "¿Cuánto me va a costar esto?", preguntamos con ansiedad. "Solamente los caños cuestan mil quinientos pesos", dice el plomero, dándonos a entender que ese es solo el principio del infierno.
Precio incompleto de un producto.
Nos llama por teléfono la operadora de una empresa vendedora de calzoncillos largos. "El producto viene con un par de pantuflas, y el precio es de dieciséis pesos más iva", nos anuncia. Cuando le preguntamos si existe alguna posibilidad de no pagar IVA, nos dice que no, que el IVA es de veintiuno por ciento y hay que pagarlo en todos los casos. "¿Y por qué no me da el precio con IVA incluido?", preguntamos. "Bueno, con IVA el precio es de diecinueve pesos con treinta y seis centavos", aclara. "¿Ese es el precio final?", inquirimos una vez más. "Sí, es el precio final, pero no el precio final - final. A ese valor hay que añadirle un seis por ciento de impuestos", nos dice. Desconcertados, preguntamos: "¿Y cuánto tengo que abonar cuando llegue a la puerta de mi casa?". "Bueno, si desea que se lo enviemos hasta su casa, hay que agregar veinticinco pesos en concepto de flete, más impuestos", nos advierte. Cada vez que la operadora nos da un valor, a ese valor habrá que adicionarle otros costes ocultos para poder acceder al producto: esos precios parciales son inconsuncios; productos de una mala estrategia de venta destinada a hacernos creer que las cosas cuestan menos de lo que en verdad cuestan.
En los restaurantes, al precio de cada uno de los platos hay que adicionarle el valor del cubierto y, en algunos casos, el servicio de mesa y el sommelier.
Cuando hacemos una reparación hogareña, el plomero nos da un precio que luego se irá agigantando a medida que avance el arreglo de la cañería. Jamás, en una primera instancia, tendremos el precio final de la reparación: sólo habrá precarios y desesperantes inconsuncios. "¿Cuánto me va a costar esto?", preguntamos con ansiedad. "Solamente los caños cuestan mil quinientos pesos", dice el plomero, dándonos a entender que ese es solo el principio del infierno.
miércoles, 3 de febrero de 2010
Cinzañar
(Verbo. De cizaña, ensañar y Cinzano, nombre comercial de un aperitivo. Adjetivo: cinzañero. Sustantivo: cinzañamiento)
Dar de beber alcohol a alguien para hacerlo hablar mal de otras personas.
Algunas personas suelen emitir su opinión sobre otros cuando están ligeramente alcoholizadas. "Yo no opino sobre Carlitos", decimos, porque tenemos en claro que nuestra opinión será negativa. Pero el cinzañero nos invita a tomar unos tragos; nos convida con una profusión de aperitivos, cervezas y vinos, apenas amenizados con un canapé o un escaso plato de maní. Después del tercer o cuarto trago nos pregunta, una vez más, qué pensamos sobre Carlitos. En esa circunstancia nos olvidamos del prurito inicial y decimos las peores barbaridades sobre Carlitos. Incluso en nuestro discurso agregamos una saña que normalmente no tendríamos contra él. El cinzañero aprueba divertido cada comentario reprobatorio que hacemos sobre Carlitos: ha logrado su propósito. Tiene de nuestra boca la opinión que queríamos ocultar, y con ella la información para incomodarnos en alguna ocasión.
Sólo se aplica el término "cinzañero" para los casos en los que específicamente el objetivo es hacer a otro hablar mal de alguien. Si el estado de ebriedad generado deriva en ima confesión es personal, o si se revelan números de cuentas bancarias, ya no se trata de un cinzañamiento.
Dar de beber alcohol a alguien para hacerlo hablar mal de otras personas.
Algunas personas suelen emitir su opinión sobre otros cuando están ligeramente alcoholizadas. "Yo no opino sobre Carlitos", decimos, porque tenemos en claro que nuestra opinión será negativa. Pero el cinzañero nos invita a tomar unos tragos; nos convida con una profusión de aperitivos, cervezas y vinos, apenas amenizados con un canapé o un escaso plato de maní. Después del tercer o cuarto trago nos pregunta, una vez más, qué pensamos sobre Carlitos. En esa circunstancia nos olvidamos del prurito inicial y decimos las peores barbaridades sobre Carlitos. Incluso en nuestro discurso agregamos una saña que normalmente no tendríamos contra él. El cinzañero aprueba divertido cada comentario reprobatorio que hacemos sobre Carlitos: ha logrado su propósito. Tiene de nuestra boca la opinión que queríamos ocultar, y con ella la información para incomodarnos en alguna ocasión.
Sólo se aplica el término "cinzañero" para los casos en los que específicamente el objetivo es hacer a otro hablar mal de alguien. Si el estado de ebriedad generado deriva en ima confesión es personal, o si se revelan números de cuentas bancarias, ya no se trata de un cinzañamiento.
martes, 2 de febrero de 2010
Rengalo
(Sustantivo. De rengo y regalo. Sustantivo: rengalar)
Objeto o sistema de objetos incompletos que se da como regalo precisamente a causa de tal incompletud.
A un almacenero el proveedor le ha dado una botella de gaseosa que sólo tiene hasta la mitad. No la puede vender, y ya es tarde para reclamársela al proveedor. Lo que puede hacer es rengalarla: ofrecerla a alguien no por el genuino deseo de hacerle un obsequio, sino para que la botella no esté ocupando un lugar innecesario en las góndolas o en los depósitos.
Cada vez que nos dan una caja de destornilladores a la que le falta un destornillador, o un camioncito de juguete sin una rueda, o un salero sin pimentero, nos están haciendo un rengalo.
A veces, también, nos regalan una parte de algo para incentivarnos a que consigamos otra parte. Eso también es un rengalo. Si bien no se nos obsequia "a causa de la incompletud" (como dice la definición), sí existe la intención manifiesta de no otorgarnos la cosa completa. Es el caso en que un padre le regala diez cuotas de un auto cero kilómetro a su hijo, para que éste lo siga pagando. O un quiosquero que nos regala la primera figurita y el álbum, para que sigamos comprando figuritas.
También se llama "rengalo" ciertos regalos abstractos inoperantes. Si nos hemos sacado un uno en un examen, podríamos reclamarle al profesor para que nos levante la nota. El profesor puede acceder a nuestro pedido, pero nos llevaremos una sorpresa: no nos pone un uno, sino un dos. Con lo cual de todos modos desaprobamos. Hemos recibido un regalo cínico, inoperante y desde luego inmerecido. También sería un rengalo si nos otorgaran un título nobiliario que no sirviera para cambiaranos en lo más mínimo nuestras relaciones ni condiciones de vida. "A partir de hoy usted será el Duque de Morón", puede decirnos algún extemporáneo archiduque. Sin embargo, después de ese nombramiento, seguiremos viviendo en Morón, padeciendo las mismas rutinas y las mismas desgracias.
Objeto o sistema de objetos incompletos que se da como regalo precisamente a causa de tal incompletud.
A un almacenero el proveedor le ha dado una botella de gaseosa que sólo tiene hasta la mitad. No la puede vender, y ya es tarde para reclamársela al proveedor. Lo que puede hacer es rengalarla: ofrecerla a alguien no por el genuino deseo de hacerle un obsequio, sino para que la botella no esté ocupando un lugar innecesario en las góndolas o en los depósitos.
Cada vez que nos dan una caja de destornilladores a la que le falta un destornillador, o un camioncito de juguete sin una rueda, o un salero sin pimentero, nos están haciendo un rengalo.
A veces, también, nos regalan una parte de algo para incentivarnos a que consigamos otra parte. Eso también es un rengalo. Si bien no se nos obsequia "a causa de la incompletud" (como dice la definición), sí existe la intención manifiesta de no otorgarnos la cosa completa. Es el caso en que un padre le regala diez cuotas de un auto cero kilómetro a su hijo, para que éste lo siga pagando. O un quiosquero que nos regala la primera figurita y el álbum, para que sigamos comprando figuritas.
También se llama "rengalo" ciertos regalos abstractos inoperantes. Si nos hemos sacado un uno en un examen, podríamos reclamarle al profesor para que nos levante la nota. El profesor puede acceder a nuestro pedido, pero nos llevaremos una sorpresa: no nos pone un uno, sino un dos. Con lo cual de todos modos desaprobamos. Hemos recibido un regalo cínico, inoperante y desde luego inmerecido. También sería un rengalo si nos otorgaran un título nobiliario que no sirviera para cambiaranos en lo más mínimo nuestras relaciones ni condiciones de vida. "A partir de hoy usted será el Duque de Morón", puede decirnos algún extemporáneo archiduque. Sin embargo, después de ese nombramiento, seguiremos viviendo en Morón, padeciendo las mismas rutinas y las mismas desgracias.
lunes, 1 de febrero de 2010
Practar
(Verbo. Del latín pre = antes y ago = hacer)
Ejecutar una acción mucho antes de que sea efectiva o socialmente aceptable.
Hay personas que sacan las llaves de su casa dos o tres cuadras antes de llegar, o que saludan a un conocido unos cuantos metros antes de cruzárselo. Esas personas están practando: se anticipan a algo que efectivamente deberán hacer, pero con una premura excesiva.
Se practa cuando se saca la basura mucho antes de que pase el basurero, cuando se pone la comida en la mesa dos o tres horas antes de que lleguen los invitados, o cuando nos probamos el ataúd y la mortaja unos minutos después de recibir la noticia de una enfermedad que podría enviarnos a la tumba en veinte o treinta años.
Ejecutar una acción mucho antes de que sea efectiva o socialmente aceptable.
Hay personas que sacan las llaves de su casa dos o tres cuadras antes de llegar, o que saludan a un conocido unos cuantos metros antes de cruzárselo. Esas personas están practando: se anticipan a algo que efectivamente deberán hacer, pero con una premura excesiva.
Se practa cuando se saca la basura mucho antes de que pase el basurero, cuando se pone la comida en la mesa dos o tres horas antes de que lleguen los invitados, o cuando nos probamos el ataúd y la mortaja unos minutos después de recibir la noticia de una enfermedad que podría enviarnos a la tumba en veinte o treinta años.
viernes, 29 de enero de 2010
Tongolingo, a
(Idiotismo. Es ligeramente ofensivo)
Persona que no se da cuenta de que resulta sexualmente atractiva para alguien.
"No sé qué les pasa a esta chica. Cada vez que paso me grita cosas, se me cruza en el camino, me tira besos. La otra noche me quiso transar. Las pibas están cada vez más locas. ¿A vos no te pasa eso? Yo no sé, no entiendo", dice el tongolingo. "Ay, no sé, cada vez que me pongo la mini y salgo a la calle el vecino no dejan de mirarme y me gritan que me ama, que se quiere casar comigo...", dice la tongolinga. Alguien visiblemente los quiere seducir, pero ellos niegan que eso sea cierto. A pesar de las muy evidentes manifestaciones de deseo e interés, el tongolingo se las arregla para reinterpretarlas como algo casual y poco relevante. Los amigos del tongolingo tratan de convencerlo: "esta mina está con vos". Sin embargo, él aduce que las recurrentes llamadas telefónicas, los correos electrónicos, los regalos y los ramos de flores son en realidad la expresión de una cierta simpatía o a lo sumo, una amistad.
Debe destacarse que el tongolingo cree con sinceridad que su pretendiente no siente ningún atractivo por él. Si sólo fingiera sentirlo, estaría haciendo un juego histérico, para lo cual ya tenemos una palabra: histeriquear, o la paráfrasis mandarse la parte.
Por extensión, también puede utilizarse la palabra "tongolingo" para referirse a la persona que no se da cuenta de cosas muy evidentes: "Este tipo es un tongolingo. Todos los días le digo que ando buscando un chofer como él, pero no se da cuenta de que le estoy ofreciendo trabajo"
Persona que no se da cuenta de que resulta sexualmente atractiva para alguien.
"No sé qué les pasa a esta chica. Cada vez que paso me grita cosas, se me cruza en el camino, me tira besos. La otra noche me quiso transar. Las pibas están cada vez más locas. ¿A vos no te pasa eso? Yo no sé, no entiendo", dice el tongolingo. "Ay, no sé, cada vez que me pongo la mini y salgo a la calle el vecino no dejan de mirarme y me gritan que me ama, que se quiere casar comigo...", dice la tongolinga. Alguien visiblemente los quiere seducir, pero ellos niegan que eso sea cierto. A pesar de las muy evidentes manifestaciones de deseo e interés, el tongolingo se las arregla para reinterpretarlas como algo casual y poco relevante. Los amigos del tongolingo tratan de convencerlo: "esta mina está con vos". Sin embargo, él aduce que las recurrentes llamadas telefónicas, los correos electrónicos, los regalos y los ramos de flores son en realidad la expresión de una cierta simpatía o a lo sumo, una amistad.
Debe destacarse que el tongolingo cree con sinceridad que su pretendiente no siente ningún atractivo por él. Si sólo fingiera sentirlo, estaría haciendo un juego histérico, para lo cual ya tenemos una palabra: histeriquear, o la paráfrasis mandarse la parte.
Por extensión, también puede utilizarse la palabra "tongolingo" para referirse a la persona que no se da cuenta de cosas muy evidentes: "Este tipo es un tongolingo. Todos los días le digo que ando buscando un chofer como él, pero no se da cuenta de que le estoy ofreciendo trabajo"
jueves, 28 de enero de 2010
Exoterio
(Adjetivo y sustantivo. Del griego exo = fuera y therios = animal, fiera)
Animal al que se le da de comer, se le profieren caricias pero no se lo considera mascota.
Ha aparecido un gatito gris en el patio de nuestra oficina. Algunas mañanas se acerca, le damos unas caricias y una galletita. Come con tranquilidad y ronronea, y luego duerme unos minutos sobre nuestro regazo o en alguna de las macetas del patio. Al rato se va. No tenemos noticias de él hasta la semana o el mes siguiente, pero cuando vuelve se repite la misma tierna rutina. El gato es un exoterio: un animal con el que hemos establecido un tácito acuerdo de ternura esporádica, pero del cual jamás diríamos "es mío", con ese fuerte posesivo que utilizamos para referirnos a las mascotas y a las pertenencias privadas.
Los exoterios deben ser siempre animales que no están destinados a la faena. No necesariamente deben ser domésticos, pero la relación con ellos ha de ser breve, fugaz, y desinteresada. Una vaca o un cerdo a los que se alimentan para ser faenados no son exoterios (por más que estuviera presente cierta ternura). En cambio sí lo sería una paloma que de vez en cuando come migas de pan de nuestra mano o un león que se acerca acalorado para que lo abaniquemos y le arrojemos agua fría.
Animal al que se le da de comer, se le profieren caricias pero no se lo considera mascota.
Ha aparecido un gatito gris en el patio de nuestra oficina. Algunas mañanas se acerca, le damos unas caricias y una galletita. Come con tranquilidad y ronronea, y luego duerme unos minutos sobre nuestro regazo o en alguna de las macetas del patio. Al rato se va. No tenemos noticias de él hasta la semana o el mes siguiente, pero cuando vuelve se repite la misma tierna rutina. El gato es un exoterio: un animal con el que hemos establecido un tácito acuerdo de ternura esporádica, pero del cual jamás diríamos "es mío", con ese fuerte posesivo que utilizamos para referirnos a las mascotas y a las pertenencias privadas.
Los exoterios deben ser siempre animales que no están destinados a la faena. No necesariamente deben ser domésticos, pero la relación con ellos ha de ser breve, fugaz, y desinteresada. Una vaca o un cerdo a los que se alimentan para ser faenados no son exoterios (por más que estuviera presente cierta ternura). En cambio sí lo sería una paloma que de vez en cuando come migas de pan de nuestra mano o un león que se acerca acalorado para que lo abaniquemos y le arrojemos agua fría.
miércoles, 27 de enero de 2010
Autonergucia
(Sustantivo. Del griego autós = uno mismo, sí mismo y energoumenós = poseído)
1. Invocación a sí mismo.
Ante un problema, hay quienes invocan a los santos, a los ángeles o a Dios. En algunos casos se invoca a entidades insignificantes y en cierto modo paródicas. Es famosa la frase de Sócrates: "¡Por el perro!", la cual solía proferir con intención irónica. Sin embargo son pocas las ocasiones en las que uno se invoca a sí mismo -como si uno mismo fuera otro- para acometer un trabajo difícil o para resolver una situación que parece insoluble: "Oh, yo mismo, dame la fuerza para poder solucionar este problema". "Yo, que me estoy escuchando, por favor, necesito voluntad para arreglar la cortina de la ventana de una vez por todas".
2. Posesión por el espíritu de uno mismo.
En esta acepción la autonergucia implica una casi paradoja. Se dice que los médium espiritistas corren el riesgo de quedar poseídos por el alma del muerto que invocan. ¿Qué ocurriría si se invocaran a sí mismos? Quizás tendrían el problema de la autonergucia: su propio yo los poseería como si fuera otro. En otras palabras, tendría dos espíritus: el que naturalmente habitaba ese cuerpo, y otro -que es en realidad el mismo- que poseería a ese cuerpo de manera ilegítima. Sin embargo, dado que ambos espíritus son el mismo, es posible que ni el sujeto ni quienes lo rodean noten nada extraño: después de todo, la voluntad de ambos espíritus (ambos que en realidad son uno) actúan en perfecta consonancia, aunque a veces puede haber diferencias. Podría ocurrir que el espíritu que naturalmente habitaba ese cuerpo entre en conflicto con ese espejo que lo posee, y la conducta del individuo se vuelva extraña en ciertos casos. Sin embargo, para el sujeto que padece la autonergucia no habría ninguna diferencia perceptible: después de todo, siempre es su propio espíritu (aunque duplicado) el que decide actuar de tal o cual manera.
Si una persona invocara mil veces su propio espíritu, ¿correría el riesgo de ser poseída mil veces por sí misma?
1. Invocación a sí mismo.
Ante un problema, hay quienes invocan a los santos, a los ángeles o a Dios. En algunos casos se invoca a entidades insignificantes y en cierto modo paródicas. Es famosa la frase de Sócrates: "¡Por el perro!", la cual solía proferir con intención irónica. Sin embargo son pocas las ocasiones en las que uno se invoca a sí mismo -como si uno mismo fuera otro- para acometer un trabajo difícil o para resolver una situación que parece insoluble: "Oh, yo mismo, dame la fuerza para poder solucionar este problema". "Yo, que me estoy escuchando, por favor, necesito voluntad para arreglar la cortina de la ventana de una vez por todas".
2. Posesión por el espíritu de uno mismo.
En esta acepción la autonergucia implica una casi paradoja. Se dice que los médium espiritistas corren el riesgo de quedar poseídos por el alma del muerto que invocan. ¿Qué ocurriría si se invocaran a sí mismos? Quizás tendrían el problema de la autonergucia: su propio yo los poseería como si fuera otro. En otras palabras, tendría dos espíritus: el que naturalmente habitaba ese cuerpo, y otro -que es en realidad el mismo- que poseería a ese cuerpo de manera ilegítima. Sin embargo, dado que ambos espíritus son el mismo, es posible que ni el sujeto ni quienes lo rodean noten nada extraño: después de todo, la voluntad de ambos espíritus (ambos que en realidad son uno) actúan en perfecta consonancia, aunque a veces puede haber diferencias. Podría ocurrir que el espíritu que naturalmente habitaba ese cuerpo entre en conflicto con ese espejo que lo posee, y la conducta del individuo se vuelva extraña en ciertos casos. Sin embargo, para el sujeto que padece la autonergucia no habría ninguna diferencia perceptible: después de todo, siempre es su propio espíritu (aunque duplicado) el que decide actuar de tal o cual manera.
Si una persona invocara mil veces su propio espíritu, ¿correría el riesgo de ser poseída mil veces por sí misma?
martes, 26 de enero de 2010
Mandorrio
(Sustantivo. Del latín amandare = alejar, apartar y res = cosa)
Objeto que queda fuera de relación con otros objetos con los que habitualmente está relacionado.
Un martillo fuera de la caja de herramientas, un frasco de jarabe fuera del botiquín; un tenedor en el baño, lejos del cajón de los cubiertos: todos estos son ejemplos de mandorrios.
Los mandorrios suelen tener un lugar y una función asignadas, pero por alguna razón han quedado apartados de su curso habitual. Las razones habituales de este apartamiento son el olvido y la pereza. Si hemos usado la caja de herramientas para arreglar algún artefacto, es posible que queden mandorrios: un destornillador o una bolsa con clavos que habíamos sacado provisoriamente y luego olvidamos volver a guardar. Una vez que hemos cerrado la caja de herramientas, la hemos guardado en la respisa del garage debajo del frasco con tornillos, nos da pereza sacarla nuevamente, recoger los mandorrios y volver a guardarla.
El término puede aplicarse a esferas virtuales. Si hemos dejado un video pornográfico en el escritorio de Windows, en lugar de dejarlo en la carpeta "XXX", hemos creado un mandorrio virtual.
Cuando un mandorrio no vuelve a ser depositado en su lugar, por lo general forma parte de un planelocio.
Objeto que queda fuera de relación con otros objetos con los que habitualmente está relacionado.
Un martillo fuera de la caja de herramientas, un frasco de jarabe fuera del botiquín; un tenedor en el baño, lejos del cajón de los cubiertos: todos estos son ejemplos de mandorrios.
Los mandorrios suelen tener un lugar y una función asignadas, pero por alguna razón han quedado apartados de su curso habitual. Las razones habituales de este apartamiento son el olvido y la pereza. Si hemos usado la caja de herramientas para arreglar algún artefacto, es posible que queden mandorrios: un destornillador o una bolsa con clavos que habíamos sacado provisoriamente y luego olvidamos volver a guardar. Una vez que hemos cerrado la caja de herramientas, la hemos guardado en la respisa del garage debajo del frasco con tornillos, nos da pereza sacarla nuevamente, recoger los mandorrios y volver a guardarla.
El término puede aplicarse a esferas virtuales. Si hemos dejado un video pornográfico en el escritorio de Windows, en lugar de dejarlo en la carpeta "XXX", hemos creado un mandorrio virtual.
Cuando un mandorrio no vuelve a ser depositado en su lugar, por lo general forma parte de un planelocio.
viernes, 22 de enero de 2010
Estifugio
(Sustantivo. Del latín aestas = verano y fugere = huir. Adjetivo: estífugo)
Sensación de que el verano se escurre rápidamente y sin disfrute.
Existe una época maravillosa de la vida en la cual el verano cumple con todas nuestras expectativas. Esa época es la infancia y la adolescencia. Desde el preciso instante en que se terminaban las clases, comenzaban las vacaciones de manera irreversible. El tiempo libre se prolongaba desde los primeros días de diciembre hasta mediados de marzo. Durante ese lapso, todos los días se podían disfrutar paseos en bicicleta, partidos de fútbol, salidas a piletas, campeonatos nocturnos de juegos de mesa, asados y amores de verano. No podía faltar alguna tarde o noche fascinante en algún lugar arbolado, rodeado de amigos y cigarras, con música y la promesa de algún suceso inesperado y misterioso.
Pero a medida que uno crece pierde la conciencia de esa línea tajante y visible que separaba las vacaciones de la época de obligaciones. Los días son más o menos parecidos; cada mañana hay que trabajar, pagar facturas y comprar comida. Las vacaciones (que, según la tiranía laboral, a veces duran apenas una semana) deben ser planeadas con rigor, premeditación y mucho sacrificio: no sea cosa que esos pocos días se escurran sin pena ni gloria.
Sin embargo, muchas veces, a pesar de todo lo planeado, el verano se escurre de forma vacía y sin alegrías. Apenas tenemos fugaces encuentros con la paz cuando nos sentamos sobre la reposera en el patio con un vaso de vino, pero al instante recordamos que mañana hay cosas para hacer y ya nos vamos a dormir entre lamentos y murmuraciones. Esa penosa sensación de que el verano huye de nosotros sin sol ni arena es el estifugio.
Existen situaciones especialmente estífugas. Si nos enfermamos en vacaciones, la enfermedad es estífuga. Si nuestro jefe nos obliga a trabajar doce o catorce horas por día durante enero y febrero (y el resto del año igual), el trabajo o el jefe son estífugos. Para este último caso, quizás habría que implementar otro término: el trabajo no sólo es estífugo, sino también biófugo, pues no solo nos quita el verano sino toda la vida.
El término puede aplicarse no sólo a las vacaciones de verano, sino a la sensación de que cualquier tiempo libre se escurre sin ser aprovechado ni disfrutado.
Sensación de que el verano se escurre rápidamente y sin disfrute.
Existe una época maravillosa de la vida en la cual el verano cumple con todas nuestras expectativas. Esa época es la infancia y la adolescencia. Desde el preciso instante en que se terminaban las clases, comenzaban las vacaciones de manera irreversible. El tiempo libre se prolongaba desde los primeros días de diciembre hasta mediados de marzo. Durante ese lapso, todos los días se podían disfrutar paseos en bicicleta, partidos de fútbol, salidas a piletas, campeonatos nocturnos de juegos de mesa, asados y amores de verano. No podía faltar alguna tarde o noche fascinante en algún lugar arbolado, rodeado de amigos y cigarras, con música y la promesa de algún suceso inesperado y misterioso.
Pero a medida que uno crece pierde la conciencia de esa línea tajante y visible que separaba las vacaciones de la época de obligaciones. Los días son más o menos parecidos; cada mañana hay que trabajar, pagar facturas y comprar comida. Las vacaciones (que, según la tiranía laboral, a veces duran apenas una semana) deben ser planeadas con rigor, premeditación y mucho sacrificio: no sea cosa que esos pocos días se escurran sin pena ni gloria.
Sin embargo, muchas veces, a pesar de todo lo planeado, el verano se escurre de forma vacía y sin alegrías. Apenas tenemos fugaces encuentros con la paz cuando nos sentamos sobre la reposera en el patio con un vaso de vino, pero al instante recordamos que mañana hay cosas para hacer y ya nos vamos a dormir entre lamentos y murmuraciones. Esa penosa sensación de que el verano huye de nosotros sin sol ni arena es el estifugio.
Existen situaciones especialmente estífugas. Si nos enfermamos en vacaciones, la enfermedad es estífuga. Si nuestro jefe nos obliga a trabajar doce o catorce horas por día durante enero y febrero (y el resto del año igual), el trabajo o el jefe son estífugos. Para este último caso, quizás habría que implementar otro término: el trabajo no sólo es estífugo, sino también biófugo, pues no solo nos quita el verano sino toda la vida.
El término puede aplicarse no sólo a las vacaciones de verano, sino a la sensación de que cualquier tiempo libre se escurre sin ser aprovechado ni disfrutado.
miércoles, 20 de enero de 2010
Poraino
(Adjetivo. De "por ahí no". No cambia de desinencia en femenino: "Esa mujer es una poraino")
Dícese de quien realiza actos cuyas consecuencias suelen ser negativas, pero supone que tal vez no se den tales consecuencias.
Le explicamos al poraino (pero él ya lo sabe) que no es conveniente hacer el asado tan cerca de los cables de luz y de la ropa tendida. Le sugerimos que no conviene avivar las llamas de una asado con kerosén ni arrojar aerosoles al fuego. Él conoce las consecuencias, pero supone que "en una de esas" o "por ahí" no ocurre nada malo. Cuando finalmente explotan los aerosoles; el combustible hace una llama gigantesca que le chamusca los cabellos y el fuego se expande hacia los cables de luz y la ropa tendida, el poraino se desespera y grita diciendo que él no quería que pasara eso.
El poraino explota una improbable posibilidad. A veces (pero muy pocas veces), por más que se empeñe en hacer las cosas de la manera más peligrosa posible, todo termina saliendo bien. De hecho, el poraino (para enojo de sus detractores) rara vez sufre en carne propia las consecuencias de sus imprudencias.
El poraino se come en una hora las provisiones de una semana, con la fantasía de que "por ahí no" tiene hambre, o "por ahí" consigue comida de manera milagrosa. No paga sus deudas de tarjeta porque tal vez "por ahí no" le hagan recargo: quizás los operadores bancarios no se den cuenta de su deuda y la pasen por alto. Si hay anuncio de tormenta, él sale sin paraguas porque "por ahí no" llueve.
Dícese de quien realiza actos cuyas consecuencias suelen ser negativas, pero supone que tal vez no se den tales consecuencias.
Le explicamos al poraino (pero él ya lo sabe) que no es conveniente hacer el asado tan cerca de los cables de luz y de la ropa tendida. Le sugerimos que no conviene avivar las llamas de una asado con kerosén ni arrojar aerosoles al fuego. Él conoce las consecuencias, pero supone que "en una de esas" o "por ahí" no ocurre nada malo. Cuando finalmente explotan los aerosoles; el combustible hace una llama gigantesca que le chamusca los cabellos y el fuego se expande hacia los cables de luz y la ropa tendida, el poraino se desespera y grita diciendo que él no quería que pasara eso.
El poraino explota una improbable posibilidad. A veces (pero muy pocas veces), por más que se empeñe en hacer las cosas de la manera más peligrosa posible, todo termina saliendo bien. De hecho, el poraino (para enojo de sus detractores) rara vez sufre en carne propia las consecuencias de sus imprudencias.
El poraino se come en una hora las provisiones de una semana, con la fantasía de que "por ahí no" tiene hambre, o "por ahí" consigue comida de manera milagrosa. No paga sus deudas de tarjeta porque tal vez "por ahí no" le hagan recargo: quizás los operadores bancarios no se den cuenta de su deuda y la pasen por alto. Si hay anuncio de tormenta, él sale sin paraguas porque "por ahí no" llueve.
martes, 19 de enero de 2010
Necrotermia
(Sustantivo. Del griego nekrós = muerto y terma = calor, temperatura)
Elevada temperatura que pueden llegar a tener los muertos.
Es común suponer que el cuerpo se enfría paulatinamente (a razón de un grado centígrado por hora) una vez que llega la muerte. Sin embargo, en algunos raros casos, la temperatura comienza a elevarse de manera rápida, espontánea y escandalosa. Después de horas de descenso continuo, a veces hay un rápido repunte y el cuerpo puede superar ampliamente a la temperatura que se suele tener en la más alta de las fiebres.
Entre la necrotermia, los mortiloquios y los metaneumas, es posible que los deudos crean que su difunto en realidad está vivo. A veces es cierto y a veces no. A veces esas manifestaciones crean una volátil esperanza que se esfuma en cuanto descubren que el muerto no está muerto ni vivo, sino que se ha convertido en un zombi. Un zombi cuyo cuerpo arde a casi sesenta grados centígrados.
Elevada temperatura que pueden llegar a tener los muertos.
Es común suponer que el cuerpo se enfría paulatinamente (a razón de un grado centígrado por hora) una vez que llega la muerte. Sin embargo, en algunos raros casos, la temperatura comienza a elevarse de manera rápida, espontánea y escandalosa. Después de horas de descenso continuo, a veces hay un rápido repunte y el cuerpo puede superar ampliamente a la temperatura que se suele tener en la más alta de las fiebres.
Entre la necrotermia, los mortiloquios y los metaneumas, es posible que los deudos crean que su difunto en realidad está vivo. A veces es cierto y a veces no. A veces esas manifestaciones crean una volátil esperanza que se esfuma en cuanto descubren que el muerto no está muerto ni vivo, sino que se ha convertido en un zombi. Un zombi cuyo cuerpo arde a casi sesenta grados centígrados.
lunes, 18 de enero de 2010
Brapito
(Adjetivo. De Brad Pitt, actor estadounidense)
Hombre rubio, de ojos claros, rostro de rey y muy feo.
El brapito tiene una apariencia engañosa. Muchos coinciden en que, dadas sus características faciales, se trata de una persona que tiene gran éxito para seducir al sexo opuesto. Sin embargo, cada uno de los que afirman eso -incluso las mujeres- se cuida de aclarar: "a mí me parece muy feo".
Existe un prejuicio muy difundido consistente en creer que el cabello rubio y los ojos claros por sí solos bastan para configurar un rostro bello. Las personas que poseen ese prejuicio tratan de seducir al brapito porque más que un símbolo sexual lo consideran un referente de estatus social. Muchas madres y abuelas quisieran que sus hijas se casaran con un brapito.
Hombre rubio, de ojos claros, rostro de rey y muy feo.
El brapito tiene una apariencia engañosa. Muchos coinciden en que, dadas sus características faciales, se trata de una persona que tiene gran éxito para seducir al sexo opuesto. Sin embargo, cada uno de los que afirman eso -incluso las mujeres- se cuida de aclarar: "a mí me parece muy feo".
Existe un prejuicio muy difundido consistente en creer que el cabello rubio y los ojos claros por sí solos bastan para configurar un rostro bello. Las personas que poseen ese prejuicio tratan de seducir al brapito porque más que un símbolo sexual lo consideran un referente de estatus social. Muchas madres y abuelas quisieran que sus hijas se casaran con un brapito.
sábado, 16 de enero de 2010
Gelidopectitud
(Palabra y definición enviadas por Wolfgang)
(del lat. gelidus, frío y del lat. pectus, pecho, con terminación -itud, propia de sustantivos abstractos):
Cualidad que poseen las personas poco apasionadas, que son incapaces de entusiasmarse y dar lo mejor de sí en la actividad que desarrollan. El adjetivo relativo es gelidopéctido.
Se observa sobre todo en algunos deportistas, de gelidopectitud tan exaltada, que la parcialidad no deja de reprochárselo, utilizando muchas veces la variante rioplatense del vocablo: "¡Andá, pecho frío!".
(del lat. gelidus, frío y del lat. pectus, pecho, con terminación -itud, propia de sustantivos abstractos):
Cualidad que poseen las personas poco apasionadas, que son incapaces de entusiasmarse y dar lo mejor de sí en la actividad que desarrollan. El adjetivo relativo es gelidopéctido.
Se observa sobre todo en algunos deportistas, de gelidopectitud tan exaltada, que la parcialidad no deja de reprochárselo, utilizando muchas veces la variante rioplatense del vocablo: "¡Andá, pecho frío!".
viernes, 15 de enero de 2010
Titiritarquía
(Sustantivo. De títere y del griego archeía = dominio. Adjetivo: titerarca)
Sistema de gobierno en el cual el tirano no logra que sus súbditos lo respeten o le teman.
El titerarca puede ser un déspota que probablemente ha llegado al poder de manera ilegítima. En su haber se cuentan falseamientos, traiciones y asesinatos. Es reconocido por su ambición, su carácter inflexible y su capacidad para la rápida ejecución. Sin embargo, a pesar de que desde el trono decide imponer castigos, multas, suplicios y torturas al pueblo para atemorizarlos, sus súbditos apenas le hacen caso o no le muestran el venerable respeto que él pretende. Si elabora una proclama disponiendo que los vendedores ambulantes no pueden feriar en la calle principal bajo pena de muerte, sólo consigue que la muchedumbre proteste por lo bajo, pero sin despejar la calle. Impone el castigo a dos o tres feriantes: los ejecuta sin demora. Pero el resto de los vendedores sigue con su rutina diaria, prestando poca atención a la intransigencia de su tirano.
Existe otro titerarca con pretensiones igualmente despóticas, pero sus órdenes no son tomadas en serio no sólo por el pueblo, sino por su propia corte y su propio ejército. "Hay que ir a invadir Rusia", dice el titerarca a su comandante. "Sí, sí, algún día, quién sabe", responde el comandante. "Debemos regular el pago de los impuestos", le dice a su ministro. "Claro, por supuesto", responde el ministro sin darle importancia. Si decide ejecutar a su comandante y a su ministro, el verdugo se excusa diciendo que está ocupado, o que las hachas no tienen filo, o que hoy se ha levantado sin fuerza en los brazos para cortar cabezas, o que hace mucho frío.
La titiritarquía es un sistema en el cual el tirano es apenas un muñeco o títere que no puede ejecutar su poder. Los súbditos evaden sus órdenes y mandatos sin esfuerzo. A veces pagan con su vida, pero parece no importarles.
Un sinónimo para titerarca es titiritirano.
Sistema de gobierno en el cual el tirano no logra que sus súbditos lo respeten o le teman.
El titerarca puede ser un déspota que probablemente ha llegado al poder de manera ilegítima. En su haber se cuentan falseamientos, traiciones y asesinatos. Es reconocido por su ambición, su carácter inflexible y su capacidad para la rápida ejecución. Sin embargo, a pesar de que desde el trono decide imponer castigos, multas, suplicios y torturas al pueblo para atemorizarlos, sus súbditos apenas le hacen caso o no le muestran el venerable respeto que él pretende. Si elabora una proclama disponiendo que los vendedores ambulantes no pueden feriar en la calle principal bajo pena de muerte, sólo consigue que la muchedumbre proteste por lo bajo, pero sin despejar la calle. Impone el castigo a dos o tres feriantes: los ejecuta sin demora. Pero el resto de los vendedores sigue con su rutina diaria, prestando poca atención a la intransigencia de su tirano.
Existe otro titerarca con pretensiones igualmente despóticas, pero sus órdenes no son tomadas en serio no sólo por el pueblo, sino por su propia corte y su propio ejército. "Hay que ir a invadir Rusia", dice el titerarca a su comandante. "Sí, sí, algún día, quién sabe", responde el comandante. "Debemos regular el pago de los impuestos", le dice a su ministro. "Claro, por supuesto", responde el ministro sin darle importancia. Si decide ejecutar a su comandante y a su ministro, el verdugo se excusa diciendo que está ocupado, o que las hachas no tienen filo, o que hoy se ha levantado sin fuerza en los brazos para cortar cabezas, o que hace mucho frío.
La titiritarquía es un sistema en el cual el tirano es apenas un muñeco o títere que no puede ejecutar su poder. Los súbditos evaden sus órdenes y mandatos sin esfuerzo. A veces pagan con su vida, pero parece no importarles.
Un sinónimo para titerarca es titiritirano.
jueves, 14 de enero de 2010
Jesusto
(Sustantivo. De Jesús y susto)
Aparición celestial que de manera indeseada provoca el espanto y la huida de sus destinatarios.
Si un ángel o el mismísimo Dios se aparecieran para dar un mensaje, es posible que lo hagan con trompetas, truenos, nubes amenazantes, luces cegadoras y flores de gazol. Es muy probable que esas manifestaciones provocaran pánico en sus receptores y que, por lo tanto, el mensaje divino se viera malogrado. Por ello, si la divinidad desea dar un mensaje claro y directo a sus devotos, debe evitar el pavoneo innecesario. Las personas son miedosas, y un dios que abusara de prodigios aterrorizantes lograría un efecto paradójico: nadie repararía en él ni en su mensaje, sino en la manera de escapar de sus prodigios.
Téngase en cuenta que el concepto de jesusto sólo se aplica si la divinidad no es demoníaca. La aparición de un demonio la mayoría de las veces tiene como objetivo la provocación del terror. En el jesusto el miedo es una consecuencia indeseada por la deidad, la cual sólo quería dar un comunicado.
A veces los gabarimoríes son jesustos por la propia extrañeza que provoca la aparición. A veces la divinidad -aun cuando fuera bondadosa y tierna- puede tener la firme intención de asustar a sus destinatarios. En este último caso, el efecto no puede llamarse propiamente jesusto.
Aparición celestial que de manera indeseada provoca el espanto y la huida de sus destinatarios.
Si un ángel o el mismísimo Dios se aparecieran para dar un mensaje, es posible que lo hagan con trompetas, truenos, nubes amenazantes, luces cegadoras y flores de gazol. Es muy probable que esas manifestaciones provocaran pánico en sus receptores y que, por lo tanto, el mensaje divino se viera malogrado. Por ello, si la divinidad desea dar un mensaje claro y directo a sus devotos, debe evitar el pavoneo innecesario. Las personas son miedosas, y un dios que abusara de prodigios aterrorizantes lograría un efecto paradójico: nadie repararía en él ni en su mensaje, sino en la manera de escapar de sus prodigios.
Téngase en cuenta que el concepto de jesusto sólo se aplica si la divinidad no es demoníaca. La aparición de un demonio la mayoría de las veces tiene como objetivo la provocación del terror. En el jesusto el miedo es una consecuencia indeseada por la deidad, la cual sólo quería dar un comunicado.
A veces los gabarimoríes son jesustos por la propia extrañeza que provoca la aparición. A veces la divinidad -aun cuando fuera bondadosa y tierna- puede tener la firme intención de asustar a sus destinatarios. En este último caso, el efecto no puede llamarse propiamente jesusto.
martes, 12 de enero de 2010
Pornokinesis
(Sustantivo. Del griego pornós = lascivo y kínesis = movimiento. Adjetivo: pornokinético)
Movimiento (de uno o dos objetos) que se asemeja al acto sexual.
Son pornokinéticos dos objetos que se mueven en cierta consonancia, o un objeto que le imprime un movimiento rítmico y balanceado a un segundo objeto.
Para que haya pornokinesis no es necesario que uno de los objetos sea fálico y el otro imite de algún modo a una vagina. En verdad sólo basta con el movimiento. No se necesita de una representación explícita e icónica: basta con cierta movilidad, cierta cadencia y cierta forma de ver el mundo.
Movimiento (de uno o dos objetos) que se asemeja al acto sexual.
Son pornokinéticos dos objetos que se mueven en cierta consonancia, o un objeto que le imprime un movimiento rítmico y balanceado a un segundo objeto.
Para que haya pornokinesis no es necesario que uno de los objetos sea fálico y el otro imite de algún modo a una vagina. En verdad sólo basta con el movimiento. No se necesita de una representación explícita e icónica: basta con cierta movilidad, cierta cadencia y cierta forma de ver el mundo.
lunes, 11 de enero de 2010
Perplágula
(Sustantivo. Del latín per = con insistencia y plagula = página, o tal vez plaga = herida)
Página con la que se suele dar de forma recurrente cuando se abre al azar una página de un libro.
Usted abre un libro -pongamos por ejemplo, "El libro de Arena", de Jorge Luis Borges- para hojearlo. Lo abre sosteniendo el lomo con la mano izquierda, tratando de que la derecha tantee el filo de las hojas para dar con alguna página intermedia. Con este dispositivo de azar, usted encuentra la página cuarenta y tres. Probablemente lea el fragmento de una historia y, quizás, el resto del libro. Si al día siguiente (o ese mismo día) usted repitiera ese ritual de azar, tal vez caería en la misma página cuarenta y tres. Si la página cuarenta y tres se convierte en una aparición recurrente, estamos ante una perplágula.
No es necesario un dispositivo de azar para obtener un perplágula . A veces, aunque usted esté leyendo un libro de corrido y vaya por la página doscientos setenta y ocho, si deja el libro abierto sobre la mesa verá que las páginas se van deslizando solas -como si un lector invisible las hojeara- hasta llegar a su perplágula que tal vez sea la página ciento treinta y cuatro. Y cada vez que usted abra el libro para buscar la página doscientos setenta y ocho, le aparecerá primero la ciento treinta y cuatro, y usted deberá hojear el resto del volumen hasta llegar adonde tiene la marca.
Puede toparse muchas veces con una perplágula; tantas que tal vez se la sepa de memoria.
"El libro de Arena" de Borges puede tener perplágulas. De acuerdo a la descripción que hace Borges de un libro de arena ¿puede este último tener perplágulas ?
Página con la que se suele dar de forma recurrente cuando se abre al azar una página de un libro.
Usted abre un libro -pongamos por ejemplo, "El libro de Arena", de Jorge Luis Borges- para hojearlo. Lo abre sosteniendo el lomo con la mano izquierda, tratando de que la derecha tantee el filo de las hojas para dar con alguna página intermedia. Con este dispositivo de azar, usted encuentra la página cuarenta y tres. Probablemente lea el fragmento de una historia y, quizás, el resto del libro. Si al día siguiente (o ese mismo día) usted repitiera ese ritual de azar, tal vez caería en la misma página cuarenta y tres. Si la página cuarenta y tres se convierte en una aparición recurrente, estamos ante una perplágula.
No es necesario un dispositivo de azar para obtener un perplágula . A veces, aunque usted esté leyendo un libro de corrido y vaya por la página doscientos setenta y ocho, si deja el libro abierto sobre la mesa verá que las páginas se van deslizando solas -como si un lector invisible las hojeara- hasta llegar a su perplágula que tal vez sea la página ciento treinta y cuatro. Y cada vez que usted abra el libro para buscar la página doscientos setenta y ocho, le aparecerá primero la ciento treinta y cuatro, y usted deberá hojear el resto del volumen hasta llegar adonde tiene la marca.
Puede toparse muchas veces con una perplágula; tantas que tal vez se la sepa de memoria.
"El libro de Arena" de Borges puede tener perplágulas. De acuerdo a la descripción que hace Borges de un libro de arena ¿puede este último tener perplágulas ?
viernes, 8 de enero de 2010
Ne
(Partícula negativa. Tal vez del latín nec = 'y no')
Expresión que niega una parte de una pregunta.
Cuando alguien nos hace una pregunta compleja (una pregunta en la que se incluyen, al menos, dos preguntas), a veces queremos responder afirmando una parte y negando otra. Pero para eso debemos hacer un largo circunloquio. "¿Tiene usted hijos que estudien en la universidad?". "Sí, tengo hijos pero no van a la universidad" o (más breve pero más ambiguo) "No, no van a la universidad". Existen cuestionarios (en encuestas, por ejemplo) que sólo permiten una respuesta con los monosílabos "sí" o "no". Con ambas opciones, se entiende la afirmación o la negación de la pregunta total, cuando en realidad se quería afirmar una parte para negar otra.
Si se aceptara la partícula "ne", se entendería que una parte de la pregunta se acepta, pero no otra. ¿Cómo saber qué parte se acepta? Se estipulará que "ne" niega la segunda parte de una pregunta que tiene dos partes o, en caso de que la ambigüedad subsista, "ne" negará las cualidades por las que se interroga. Por ejemplo, en la pregunta "¿Querés tomar helado de cerezas?", el "ne" negará la construcción "de cerezas" (construcción genitiva que enuncia una cualidad del helado), pero afirmará el deseo de tomar helado.
Expresión que niega una parte de una pregunta.
Cuando alguien nos hace una pregunta compleja (una pregunta en la que se incluyen, al menos, dos preguntas), a veces queremos responder afirmando una parte y negando otra. Pero para eso debemos hacer un largo circunloquio. "¿Tiene usted hijos que estudien en la universidad?". "Sí, tengo hijos pero no van a la universidad" o (más breve pero más ambiguo) "No, no van a la universidad". Existen cuestionarios (en encuestas, por ejemplo) que sólo permiten una respuesta con los monosílabos "sí" o "no". Con ambas opciones, se entiende la afirmación o la negación de la pregunta total, cuando en realidad se quería afirmar una parte para negar otra.
Si se aceptara la partícula "ne", se entendería que una parte de la pregunta se acepta, pero no otra. ¿Cómo saber qué parte se acepta? Se estipulará que "ne" niega la segunda parte de una pregunta que tiene dos partes o, en caso de que la ambigüedad subsista, "ne" negará las cualidades por las que se interroga. Por ejemplo, en la pregunta "¿Querés tomar helado de cerezas?", el "ne" negará la construcción "de cerezas" (construcción genitiva que enuncia una cualidad del helado), pero afirmará el deseo de tomar helado.
jueves, 7 de enero de 2010
Vanductor,a
(Adjetivo y sustantivo. Del latín vanus = inútil, vano y duco = conducir. Verbo: vanducir. Acción y efecto: vanducción)
Persona que prepara la atención de un auditorio para contar una historia interesante, pero su historia sólo consiste en una frase u oración intrascendente.
"No saben lo que me pasó", dice un amigo que recién llega a la reunión. Los presentes hacen silencio y el amigo comienza a relatar los sucesos: "Resulta que venía por la esquina, y me encontré con un perro". El auditorio espera que la historia continúe y que la tensión narrativa justifique la apelación del narrador. Sin embargo, el cuento termina ahí. Los oyentes preguntan: "¿y qué pasó?", pero el narrador, sorprendido y a veces airado, dice: "Nada, ¿qué va a pasar? Vi a un perro ¿qué más?"
El vanductor no se se da cuenta de que ha generado más expectativa de la que se propuso satisfacer.
La vanducción es parte de la estrategia de publicidad de los noticieros amarillistas. "En el próximo bloque revelaremos una noticia importante y crucial acerca de la inflación de este año", anuncia el periodista vanductor. Cuando llega el bloque siguiente, sólo se limita a decir: "Es posible que no sea mayor que la del año pasado"
Persona que prepara la atención de un auditorio para contar una historia interesante, pero su historia sólo consiste en una frase u oración intrascendente.
"No saben lo que me pasó", dice un amigo que recién llega a la reunión. Los presentes hacen silencio y el amigo comienza a relatar los sucesos: "Resulta que venía por la esquina, y me encontré con un perro". El auditorio espera que la historia continúe y que la tensión narrativa justifique la apelación del narrador. Sin embargo, el cuento termina ahí. Los oyentes preguntan: "¿y qué pasó?", pero el narrador, sorprendido y a veces airado, dice: "Nada, ¿qué va a pasar? Vi a un perro ¿qué más?"
El vanductor no se se da cuenta de que ha generado más expectativa de la que se propuso satisfacer.
La vanducción es parte de la estrategia de publicidad de los noticieros amarillistas. "En el próximo bloque revelaremos una noticia importante y crucial acerca de la inflación de este año", anuncia el periodista vanductor. Cuando llega el bloque siguiente, sólo se limita a decir: "Es posible que no sea mayor que la del año pasado"
miércoles, 6 de enero de 2010
Sintequete
(Adjetivo. Del griego sintekthé = pacto)
Dícese de la persona que prefiere negociar y llegar a un acuerdo en lugar de debatir, discutir y argumentar sus propias ideas y opiniones.
Al sintequete se lo considera pacifista y mediador. En verdad sólo es un pusilánime incapaz de sostener sus convicciones. Su única aspiración es llegar a un consenso gris y sin conflictos, y cuando entrevé una discusión o un debate áspero, se mantiene al margen hasta que las partes llegan a algún punto definitorio: o la conciliación, o el alejamiento. No interviene cuando todos exponen sus opiniones: él prefiere hablar cuando ya se dijo todo lo que se debía decir. En esos momentos suele decir frasecitas ramplonas e inertes como las siguientes: "Este es un buen espacio de debate", "Haya paz, haya paz", "Yo creo que todos tienen un poco de razón", "Lo que piense cada uno no es importante, lo importante es el bien común". A veces, cuando el nivel de polémica es elevado, sus palabras sólo contribuyen a enervar a los contendientes y, sin quererlo, se ve arrastrado en el maremágnum de una disputa. Alguno de los beligerantes polemistas puede increparlo: "El bien común las pelotas, si te interesara el bien común pensarías como yo, pero no tenés huevos para opinar lo que hay que opinar".
Desde luego, el sintequete tiene gran cautela con sus palabras. Por lo general interviene cuando la discusión está agotada y ya nadie tiene ánimo de seguirla. Por eso no es común que lo arrastren a la arena del debate: él habla cuando ya no hay debate, sino un silencio filoso e iracundo.
El sintequete no puede concebir que haya opiniones irreconciliables porque él mismo no tiene ninguna convicción fuerte. Sin embargo, a pesar de eso, él cree que tiene un especial talento para lograr paz y armonía en situaciones complicadas. Supone que es un gran diplomático, aunque todo su arte consiste en encontrar la oportunidad justa para hacer una intervención anodina y sin sustancia.
Los políticos y los funcionarios religiosos (quienes también hacen política) son sintequetes por naturaleza. Una diputada que prefiere no discutir sus proyectos para firmar acuerdos con quienes hasta hace poco eran su oposición irreconciliable, o un cardenal que, ante un violento desalojo de manifestantes por parte de la policía sólo dice "quiero que vuelva la paz", son sintequetes.
El sintequete nunca dice de qué lado está. Quizás porque sabe que está del lado equivocado.
Dícese de la persona que prefiere negociar y llegar a un acuerdo en lugar de debatir, discutir y argumentar sus propias ideas y opiniones.
Al sintequete se lo considera pacifista y mediador. En verdad sólo es un pusilánime incapaz de sostener sus convicciones. Su única aspiración es llegar a un consenso gris y sin conflictos, y cuando entrevé una discusión o un debate áspero, se mantiene al margen hasta que las partes llegan a algún punto definitorio: o la conciliación, o el alejamiento. No interviene cuando todos exponen sus opiniones: él prefiere hablar cuando ya se dijo todo lo que se debía decir. En esos momentos suele decir frasecitas ramplonas e inertes como las siguientes: "Este es un buen espacio de debate", "Haya paz, haya paz", "Yo creo que todos tienen un poco de razón", "Lo que piense cada uno no es importante, lo importante es el bien común". A veces, cuando el nivel de polémica es elevado, sus palabras sólo contribuyen a enervar a los contendientes y, sin quererlo, se ve arrastrado en el maremágnum de una disputa. Alguno de los beligerantes polemistas puede increparlo: "El bien común las pelotas, si te interesara el bien común pensarías como yo, pero no tenés huevos para opinar lo que hay que opinar".
Desde luego, el sintequete tiene gran cautela con sus palabras. Por lo general interviene cuando la discusión está agotada y ya nadie tiene ánimo de seguirla. Por eso no es común que lo arrastren a la arena del debate: él habla cuando ya no hay debate, sino un silencio filoso e iracundo.
El sintequete no puede concebir que haya opiniones irreconciliables porque él mismo no tiene ninguna convicción fuerte. Sin embargo, a pesar de eso, él cree que tiene un especial talento para lograr paz y armonía en situaciones complicadas. Supone que es un gran diplomático, aunque todo su arte consiste en encontrar la oportunidad justa para hacer una intervención anodina y sin sustancia.
Los políticos y los funcionarios religiosos (quienes también hacen política) son sintequetes por naturaleza. Una diputada que prefiere no discutir sus proyectos para firmar acuerdos con quienes hasta hace poco eran su oposición irreconciliable, o un cardenal que, ante un violento desalojo de manifestantes por parte de la policía sólo dice "quiero que vuelva la paz", son sintequetes.
El sintequete nunca dice de qué lado está. Quizás porque sabe que está del lado equivocado.
martes, 5 de enero de 2010
Compungado
(Sustantivo colectivo. De punga y esta de punguista = ladrón que roba sin que la víctima lo note)
Conjunto de víctimas de un robo.
El término no sólo debe restringirse a las víctimas de un punguista: puede aplicarse también a las víctimas de cualquier otra clase de ladrón. Si en un restaurante un grupo de delincuentes realiza un asalto y roba a los clientes de las mesas diez, doce, quince y veintiuno, esos clientes pasan a ser el copungado del asalto. El resto de los parroquianos, si bien estaban presentes y padecieron las órdenes de los ladrones sin ser víctimas de despojo por parte de ellos, puede decirse que sufrieron el golpe, pero no forman parte del compungado.
A su vez, el número total de personas a las que un delincuente robó a lo largo de toda su vida es el compungado para ese delincuente.
¿Fue usted parte de un compungado?
Conjunto de víctimas de un robo.
El término no sólo debe restringirse a las víctimas de un punguista: puede aplicarse también a las víctimas de cualquier otra clase de ladrón. Si en un restaurante un grupo de delincuentes realiza un asalto y roba a los clientes de las mesas diez, doce, quince y veintiuno, esos clientes pasan a ser el copungado del asalto. El resto de los parroquianos, si bien estaban presentes y padecieron las órdenes de los ladrones sin ser víctimas de despojo por parte de ellos, puede decirse que sufrieron el golpe, pero no forman parte del compungado.
A su vez, el número total de personas a las que un delincuente robó a lo largo de toda su vida es el compungado para ese delincuente.
¿Fue usted parte de un compungado?
lunes, 4 de enero de 2010
Eremoloquio
(Sustantivo. Del griego eremos = desierto y logos = palabra, discurso. Adjetivo: eremológico)
Emisión o discurso proferido de forma incompleta, que debe ser completado por el interlocutor.
Con el eremológico podemos tener el siguiente diálogo:
Eremológico -Yo venía caminando por la...
Interlocutor -...calle, vereda, playa.
E -Sí, sí, playa. Y después me puse los... los...
I - Los auriculares.
E - Sí, y me puse a escuchar un tema con el...
I - El mp3, el teléfono...
E - El teléfono, sí. Y se me empezó a agotar la...
I - La batería.
En el ejemplo de arriba podemos ver el caso de un eremológico típico que no dice la última palabra de sus oraciones, ya sea por olvido o por pereza.
Sin embargo existen otra clase de eremoloquios cuya parte incompleta puede consistir no sólo en una palabra, sino en oraciones, párrafos y discursos enteros.
Ejemplos:
- Quien cuenta un chiste y lo deja a mitad de camino de forma arbitraria.
- El docente que da una explicación defectuosa e incompleta sobre un tema determinado, pero pretende que los alumnos infieran lo que falta.
- Cualquiera que, ante una narración complicada, llena de peripecias y de vuelcos impredecibles, concluye su relato en un lugar cualquiera diciendo: "y el resto ya te lo imaginás".
En todos los casos el eremológico apela a la capacidad inferencial de sus oyentes. Es cierto que en cada discurso se dan muchas cosas por presupuestas: uno, cuando habla, supone que los oyentes tienen cierto conocimiento de los contextos, las situaciones y las posibilidades de interpretación que pueden darse. Sin embargo, el eremológico en este segundo sentido nos pide inferencias casi imposibles, basándose en lo que a él le parece evidente y trivial, y supone que a otro le parecerá igual. Cree que sus propias inferencias pueden ser universalmente compartidas por todos con solo dar un par de pistas, y suele enojarse cuando sus oyentes sacan las inferencias equivocadas.
Emisión o discurso proferido de forma incompleta, que debe ser completado por el interlocutor.
Con el eremológico podemos tener el siguiente diálogo:
Eremológico -Yo venía caminando por la...
Interlocutor -...calle, vereda, playa.
E -Sí, sí, playa. Y después me puse los... los...
I - Los auriculares.
E - Sí, y me puse a escuchar un tema con el...
I - El mp3, el teléfono...
E - El teléfono, sí. Y se me empezó a agotar la...
I - La batería.
En el ejemplo de arriba podemos ver el caso de un eremológico típico que no dice la última palabra de sus oraciones, ya sea por olvido o por pereza.
Sin embargo existen otra clase de eremoloquios cuya parte incompleta puede consistir no sólo en una palabra, sino en oraciones, párrafos y discursos enteros.
Ejemplos:
- Quien cuenta un chiste y lo deja a mitad de camino de forma arbitraria.
- El docente que da una explicación defectuosa e incompleta sobre un tema determinado, pero pretende que los alumnos infieran lo que falta.
- Cualquiera que, ante una narración complicada, llena de peripecias y de vuelcos impredecibles, concluye su relato en un lugar cualquiera diciendo: "y el resto ya te lo imaginás".
En todos los casos el eremológico apela a la capacidad inferencial de sus oyentes. Es cierto que en cada discurso se dan muchas cosas por presupuestas: uno, cuando habla, supone que los oyentes tienen cierto conocimiento de los contextos, las situaciones y las posibilidades de interpretación que pueden darse. Sin embargo, el eremológico en este segundo sentido nos pide inferencias casi imposibles, basándose en lo que a él le parece evidente y trivial, y supone que a otro le parecerá igual. Cree que sus propias inferencias pueden ser universalmente compartidas por todos con solo dar un par de pistas, y suele enojarse cuando sus oyentes sacan las inferencias equivocadas.
sábado, 2 de enero de 2010
Continúlogo
(Palabra y definición enviadas por Wolfgang)
(sust m. del latín continuum, continuo y del griego logos, palabra):
Dícese de un discurso sin intermitencias, cuyo emisor no tiene en cuenta si los demás lo escuchan o no, o si el interlocutor ya no es el mismo.
El continuloguista es una persona a la que, fundamentalmente, le encanta escucharse a sí mismo; no busca la aprobación de los demás, porque eso le resulta indiscutible. Una persona así es capaz de dar rienda suelta a su verborragia inclusive cuando no tiene con quién hablar: no se amilana por la falta de crédito del celular, porque, total, nadie se va a dar cuenta si está hablando solo.
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