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miércoles, 5 de octubre de 2011

Imbestiagar

(Verbo transitivo. De investigar y bestia. Adjetivo: imbestiagador)

1. Investigar algo de manera apresurada.

2. Considerar como suficiente el saber obtenido en los dos primeros párrafos o la contratapa de un libro. "El resto del libro es el desarrollo de esos dos párrafos", dice el imbestiagador, autoeximiéndose de leerlo completo.

3. Dar por cierto el primer resultado en Google que confirme una hipótesis dudosa. En las discusiones acaloradas, suele ocurrir que alguien termine aceptando una posición difícil de sostener, y que para ello recurra al dudoso expediente de "leí artículos en internet que hablan de esto". Por ejemplo, si usted -por esos azares de la discusión- se ve obligado a sostener que "los franceses sordos cometen incesto", encontrará algunos resultados que pueden servirle como punto de apoyo a ese disparate. Haga la prueba.

4. Sacar conclusiones rápidas y apresuradas a partir de un único hecho dudoso del que no se ha hecho una investigación suficiente. Los periodistas se especializan en este tipo de imbestiagación: "Miren cómo explotaron esas casas. Seguro que cayó un meteorito, no hay la menor duda"

5. Buscar de manera sistemática información para avalar los propios prejuicios de clase. "Los pobres, los negros y los bolivianos son más propensos a la pederastia, al robo y al alcohol. Después de buscar durante muchas décadas, encontré finalmente dos capítulos de libros que avalan mi posición"

6. Sentirse experto sobre algún tema por haberlo leído en Wikipedia.

7. Acceder a manuales básicos en los que se explica sin profundidad y con ejemplos cotidianos una multitud de hechos complejos sólo asequibles a quienes conocen mucha matemática y física. "Por fin entendí la mecánica cuántica. Resulta que es como un montón de tuerquitas que van de acá para allá y así van creando las cosas en el universo". Es sumamente ilustrativo (y gracioso) el texto de Esteban Podeti al respecto de esta clase de imbestiagación.

8. Pretender acceso a un saber complejo a partir de una metodología errática, torpe y poco sistemática, como hacer un doctorado en química en los momentos libres que permitan la borrachera, las fiestas y el baile hula hula; o pretender dividir una célula con un hacha.

lunes, 11 de julio de 2011

Valecuatro

(Sustantivo. De vale cuatro, apuesta del juego llamado "truco" cuya aceptación implica la suma de cuatro puntos para el ganador)

1. Inocultable expresión de euforia por la presunción de una victoria.

Así como la "cara de póker" consiste en la simulación de serenidad ante una situación de enorme ventaja competitiva, la "cara de valecuatro" nace de la incapacidad para disimular la alegría ante un contexto en el que se paladea la victoria. El jugador que posee un full de ases y reinas en el póker, o el as de espadas, el siete de espadas y el seis de espadas en el truco, puede adoptar dos actitudes: o la ecuanimidad de la cara de póker, o el desenfreno de la cara de valecuatro. Desde luego, la actitud de valecuatro es claramente contraproducente, y redunda en un beneficio mucho menor del que puede obtener el que pone cara de póker: los rivales advierten la expresión de valecuatro y por ello deciden bajarse de las apuestas. Sin embargo, un buen jugador puede simular una cara de valecuatro cuando en realidad sus cartas son pobres; de ese modo puede lograr que otros jugadores decidan irse al mazo con la creencia de que no podrán batirse ante el valecuatro.

2. Redoble exagerado e innecesario de una apuesta o de una propuesta. 

La expresión "quiero vale cuatro" en el juego de truco a veces se enuncia para redoblar una apuesta con la intención de amedrentar al rival. El principio que guía a esta intención es: el que redobla una apuesta confía en sus naipes. Existen contextos (fuera de ese juego) en los cuales el redoble de una apuesta puede ser inoperante, o incluso perjudicial. "Te apuesto cien pesos a que gana la selección argentina", propone A. B replica: "Yo te apuesto cien pesos y mi casa a que pierde": B ha cometido un valecuatro; ha hecho una oferta elevadísima que podría perjudicarlo mucho si pierde. En otros contextos no hay apuesta, pero sí propuesta: si nuestro jefe nos dice "Tenés que venir a las siete de la mañana y quedarte hasta las tres de la tarde", cometeremos un valecuatro si agregamos: "No tengo problema. Puedo venir a las cinco de la mañana, y quedarme hasta las diez de la noche". El jefe no nos exigía tanto, pero nosotros mismos le proponemos trabajar más horas, y con ello cometimos un valecuatro.

martes, 7 de junio de 2011

Mimoteo

(Adjetivo y sustantivo. Del griego mímesis = imitación, copia y theós = dios)

1. Ser que copia los atributos de su creador para hacerse pasar por él.

2. Persona que imita en tono paródico las costumbres de los dioses.

En cualquiera de las dos acepciones anteriores, el mimoteo es blasfemo. Sin embargo, hay una tercera acepción en la que, si bien la acción del mimoteo no repugna a los dioses, sí repugna a los hombres:

3. Persona que se autoatribuye el conocimiento de la psicología divina. 

Según esta acepción, el mimoteo se encarga de hacer recomendaciones a sus congéneres, advirtiéndoles acerca de qué cosas le gustan o le disgustan al dios, como si a él se le revelara la voluntad divina aun ante los hechos más banales: "A Dios no le gusta que te pongas el pantalón fucsia"; "Si la estatua de la virgen está junto a la puerta del congreso, es porque la misma virgen quiso estar ahí para señalarnos que ella es nuestra guía espiritual"; "Dios quiso que este pueblo fuese católico apostólico romano, y no podemos ir contra sus designios"; "No soy yo quien te pide que seas heterosexual, te lo pide Dios. Porque si sos gay Dios se pone triste y seguro que nos manda una plaga" "No maldigas, es el amor infinito de Dios el que te hizo crecer ese incurable tumor maligno en el estómago"

(Nota: esta palabra la inventó Isabella, mi hija de dos años y medio. La palabra original era "memotest", pero como a ella no le salía, decía "mimoteo")

martes, 10 de mayo de 2011

Calalocos

(Adjetivo. De calar, en su acepción de 'comprender un motivo secreto' y loco)

Quien aparenta tener una gran intuición para descubrir si una persona padece algún desequilibrio mental.

El calalocos manifiesta que es capaz de darse cuenta, mucho antes de tener un diálogo o un indicio revelador, si el almacenero, el plomero, un desconocido que cruza a lo lejos por la calle o su propia esposa, han enloquecido. A través de señales discutibles y poco concluyentes, el calalocos expone con certeza su impresión de que Carlitos está muy perturbado, y que esa locura "ya estaba presente" desde muchas décadas atrás, aun cuando no se había manifestado de manera pública. En rigor, para el calalocos, dos o tres indicios de excentricidad (mover mucho los ojos, hablar en voz baja, mirar el cielo, respirar profundo o comer lechuga sin vinagre) le bastan para extraer su apurada conclusión: "A esta mina ya la tengo calada, y está rayadísima. Toma café sin azúcar y se ducha durante casi una hora. Pero esto no es de ahora, ¿eh? Hace diez años fue mi compañera en el instituto, y ya en ese momento tomaba leche sin azúcar"
A veces el calalocos se siente en la obligación de confrontar al supuesto desequilibrado, haciéndole ver que sus ideas o acciones no son propias de una persona normal. Cuando hace esto, cree que está cumpliendo un rol social inestimable: "Le tuve que decir a María que está cada día más loca, que no puede andar haciendo gimnasia aeróbica a las seis de la mañana. Le recomendé que vaya a ver a un psiquiatra. Si no se lo decía, un día va a ser peor, va a agarrar un hacha y nos va a matar a todos"

miércoles, 16 de marzo de 2011

Pinchacrotos

(Adjetivo. Del verbo pinchar y el argentinismo croto: vagabundo, andrajoso)

Dícese de quien exige que los pobres y los más débiles deban rendir cuentas exhaustivamente por cada ayuda que reciben. 

Al pinchacrotos no le molesta que las empresas de telefonía, los personajes de la farándula y los herederos multimillonarios derrochen el dinero que reciben de fuentes éticamente discutibles y nunca del todo blanqueadas. "Si tienen dinero, que lo gasten como quieran", afirma sin menoscabarse. Con respecto al origen de ese dinero, tiene un eslógan que lo inmuniza ante cualquier alegato en contra: "Si Fulanito fue tan inteligente para ganar quinientos mil dólares por mes, ¿por qué lo vamos a criticar? ¿Por haber sido más despierto que nosotros, que laburamos todo el día por dos pesos?"
Ahora bien, a los pobres los mide con una vara diversa. Si por casualidad el pinchacrotos decide donar diez pesos por mes a un comedor comunitario, desea inmiscuirse en la contaduría de esa institución para saber qué están haciendo con su dinero, pues no sea cosa que a los destinatarios les llegue más comida de la que pueden comer, o que después de almorzar tiren los restos de polenta y grasa que quedan en los platos, o que los asistentes se queden de sobremesa jugando al truco y fumando cigarrillos. Tiene la hipótesis de que a los desvalidos hay que ayudarlos, siempre y cuando se los siga de cerca y se evalúe cada acción que ejecutan: el indigente debe mostrar que merece esa campera vieja y agujereada que están por donarle; debe hacer méritos para que se la obsequien. Y si luego de habérsela donado descubre que el vagabundo la usa poco o la deja tirada donde puede, el pinchacrotos murmurará, arrepentido y furioso: "Para eso le di la campera a este infeliz".

El pinchacrotos suele ser de clase media o clase media baja.

La expresión "pinchacrotos" se refiere a la acción de interpelar al más débil, de ponerlo en un aprieto  y aguijonearlo (de ahí lo de "pinchar") para investigar sus méritos ante la dádiva.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Megaloclepsia

(Sustantivo. Del griego megale = gigante, enorme y klopéuo = robar. Adjetivo: megalocléptico)

Apropiación arbitraria de un objeto que por su tamaño, distancia o naturaleza no permite el ejercicio de la propiedad. 

En actos puramente simbólicos, algunas personas se han declarado dueñas de la Luna, de fenómenos meteorológicos o de palabras. A veces, presas de una locura legalista (en las que intervienen notarios, abogados y martilleros), han querido reclamar por el improbable usufructo de tales propiedades, pero sus demandas casi nunca prosperan. Quien se considera dueño del cielo, del centro de la Tierra o de la nota musical "re" tal vez nunca encuentre oportunidad de legitimarse como dueño y señor de tales patrimonios. 
La expresión "el que mucho abarca poco aprieta" parece definir el síntoma del megalocléptico: cuanto más abstracto, extenso o cósmico sea el bien del que se apropia, menos poder tiene para ejercer su autoridad.

Se considera megalocléptico, también, a quien se apropia arbitrariamente de una institución pública o de un bien natural compartido, como pueden ser el edificio del congreso nacional o un mar.

martes, 1 de febrero de 2011

Califiacar

(Verbo intransitivo. De calificar y fiaca; argentinismo por pereza, cansancio. Sustantivo: califiaca)

1. Sentir desgano y cansancio a la hora de corregir exámenes y trabajos prácticos.

Aun los docentes que aman su trabajo en el aula califiacan ante la montaña de tareas que se llevan a sus casas para evaluar. A los alumnos hay que proponerles actividades; cuanto más complejas y versátiles sean, más competencias podrán ponerse en juego. Pero la complejidad y versatilidad dificultan y ralentizan la evaluación: un trabajo que requiera respuestas uniformes u opciones múltiples puede calificarse con rapidez. En cambio, una actividad que permita gran variedad de respuestas (algunas incluso inesperadas) hace que la tarea de corrección lleve un tiempo imposible de calcular. Por eso, si un docente califiaca en este sentido, es probable que también califiaque en su segunda acepción:

2. Poner notas a las apuradas, sin haber evaluado correctamente a un alumno.

La calidad de una nota depende, en grandísima medida, del estado anímico del docente. Por eso no es imposible que ante el cansancio, las presiones hogareñas, varias copas de más o el urgente deseo de mandar todo al diablo, una maestra o un profesor no presten la debida atención a las hojitas garabateadas que con tanto esmero, carátula y folio han entregado sus alumnos. En este caso decimos que la nota es una califiacación: una apreciación prácticamente arbitraria, recortada y desatenta. El que califiaca tiende a poner notas homogéneas altas, pues una baja nota implica la multiplicación del trabajo (discusión con el alumno, la preparación de más actividades, un nuevo proceso de calificación) aunque, de todos modos, nunca es la nota máxima (pues distinguir finamente entre un ocho y un diez implica un grado de atención extra). La califiacación se puede realizar cuando se acomodan ciertos valores según la siguiente escala:

- Si el trabajo es aceptable a pesar de ciertos errores, el califiacador le pondrá: "aprobado" o "7,50"
- Si es excelente, aunque con algún error mínimo, el califiacador le pondrá: "aprobado" o "7,50"
- Si está por debajo de lo aceptable y contiene gruesos errores, el califiacador le pondrá: "aprobado" o "7"
- Si es muy escueto, pero en lo poco que pone se logra visualizar algún atisbo de respuesta correcta, el califiacador le pondrá "aprobado" o "7"
- Si el alumno entrega un trabajo muy extenso, el califiacador automáticamente pondrá "aprobado" o "7", porque se evidencia un grado de aplicación al estudio o, al menos, a escribir muchas páginas.
- Si es un mamarracho, el califiacador le pondrá "aprobado menos" o "6,50" (lo que, por aproximación, da "siete")
- Si entrega la hoja en blanco, el califiacador pondrá "aprobado" o "6,50", con un comentario: "Te ha faltado completar la tarea. Esfuérzate más la próxima vez"
- Si el trabajo es sobresaliente, su lectura es agradable, la creatividad del alumno es superior y las respuestas incluyen sobrecogedoras reflexiones en las que se relacionan problemas de múltiples disciplinas, el califiacador le pondrá "aprobado" o "7", con una severa recomendación: "Las respuestas están correctas, pero estamos hablando del crecimiento de las plantas, querido, no de las relaciones entre biofísica, psicología cognitiva, mecánica cuántica, neurofilosofía, química orgánica y aspectos cualitativos de la conciencia fenoménica. Debes focalizarte en el tema que estamos tratando, no en otros temas"

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Megustero

(Adjetivo. De "me gusta")

Dícese de quien sólo interviene en la red social Facebook haciendo click en la opción "me gusta"

El megustero no publica ni comenta; únicamente se lo conoce por su adhesión a ciertas notas o comentarios. No tiene reparos en mostrar su reacción favorable aun en las publicaciones en las que se dan malas noticias: se lo conoce por poner "me gusta" bajo comentarios que dicen "desaprobé el examen" o "murió mi perro". No lo hace con mala intención; simplemente trata de expresar su solidaridad con el casi nulo arsenal de opciones que le permite la red social mediante un solo click.
A veces el megustero cliquea "me gusta" aun sin leer el texto escrito, o ver el video enlazado: lo hace sólo para dejar asentado que anduvo por allí.

El megustero tiene una sensación de ligera impotencia cuando visita un sitio en el que no puede dejar su reacción favorable, o cuando esa reacción le demanda la escritura de un comentario. 

Uso: "Últimamente no dejo ningún comentario; me estoy volviendo megustero".

(Nota: el profesor Julio López Garbayo hace un análisis muy lúcido acerca de este término, y enriquece la semántica del mismo dándole una connotación mucho más positiva)

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Microarquía

(Sustantivo. Del griego mykrós = pequeño y arché = poder. Adjetivo: microarca)

Poder insignificante que se ejerce con enorme arbitrariedad.

El microarca tiene por un instante (y por casualidad) algo bajo su control. Sin embargo aprovecha ese momento de mínimas posibilidades para desplegar toda la fuerza de su autoridad. Durante su brevísimo e invisible reinado se arroga una porción de los destinos humanos, y por ello no duda en actuar de acuerdo a su fugaz capricho, sin reparar en consecuencias ni razones.
Al microarca se le encarga cuidar los baños de un bar por una noche. Durante esa noche, será no sólo un celoso guardián de la limpieza y el orden; también se arrogará el derecho a decidir quién entra, quién no entra, quién se lava la cara, quién usa papel higiénico y quién puede usar el inodoro. No dudará en insultar y golpear a los que no respetan su ocasional investidura, y tampoco se negará a exigir propinas o tributos por su servicio.
El microarca más peligroso es el que tiene personas a su cargo. Cuando un microarca queda ocupando el puesto de jefe por unas horas (porque el jefe verdadero tuvo que ir a una reunión, por ejemplo), el personal deberá someterse a un régimen aun más despótico, arbitrario y perverso que el que solía reinar con el auténtico patrón.

En la historia argentina, el microarca reciente más conocido es el vicepresidente Julio Cobos, quien ejerce su poder de voto en el Congreso de manera opuesta a las intenciones del poder ejecutivo del que forma parte. Dado que su voto sólo se exige en casos de desempate, las ocasiones en que tiene la posibilidad de ejercer ese poder son muy pocas, pero durante las dos veces en que lo tuvo, lo aprovechó para mostrar cómo se puede ser opositor en los pequeños resquicios de acción efectiva que le deja su rol de vicepresidente.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Incequinar

(Verbo. Del latín caecus = ciego)

Actuar como ciego.

En los primeros momentos de un corte de luz, tanteamos la mesa y los cajones como zombis tambaleantes hasta encontrar una linterna, una caja de fósforos, un encendedor o un teléfono celular. Esos casi desesperados movimientos a oscuras se parecen a una repentina ceguera, pero difieren de ella por su objetivo: el ciego sabe que ningún artefacto le devolverá la luz. En cambio, el que incequina está seguro de que unos pocos y torpes ensayos a oscuras reinstaurarán su facultad de ver y de moverse con espontaneidad, si es que logra encontrar algún objeto que ilumine.

Estar ciego es una condición del sujeto; estar incequinado implica la ausencia de luz, pero no una merma en las condiciones subjetivas. Por eso, cuando uno camina en la noche oscura y no ve, no está ciego: está incequinado.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Oasificar

(Verbo transitivo e intransitivo. De oasis)

Encontrar momentos de tranquilidad en medio del caos. 

La sucesión de situaciones que requieren una urgente, continua e ingrata intervención puede provocar cansancio, tristeza y un estado de estrés permanente. Sin embargo, algunas personas tienen la capacidad de hacer breves paréntesis entre el ruido y el vaivén frenético, y regocijarse a pleno con esos fugaces y escasos instantes. No se trata de disfrutar del caos, sino de aislarse de sus efectos. Un empleado de call center puede perder su mirada en el paisaje de la ventana cada vez que cuelga con un cliente malhumorado. Un médico de guardia que trabaja con casos urgentes puede oasificar mirando fútbol en esos breves minutos que median entre la atención a un paciente en condiciones deplorables y otro aun peor. Un soldado puede revisar sus mensajes en el celular mientras espera la orden en la trinchera.
Quien oasifica se inventa a sí mismo una caricia cuando las condiciones del mundo sólo distribuyen golpes.  

jueves, 5 de agosto de 2010

Enfulanizar

(Verbo intransitivo. De Fulano = nombre con el que se designa a personas cuyo nombre se desconoce o no se quiere nombrar. Sustantivo: enfulanización. Adjetivo: enfulanizado)

Olvidar por completo el nombre de alguien inmediatamente después de haber mantenido un contacto o una conversación. 

Los operadores de compañías telefónicas, de aseguradoras y de entidades bancarias, suelen dirigirse a sus clientes llamándolos por su nombre: "Mire, Jorge, le ofrecemos tres tarjetas, Jorge, y usted podrá utilizar el crédito máximo preasignado, Jorge, cada vez que lo necesite, a una tasa que no por usuraria, Jorge, deja de ser conveniente..."  Podemos estar seguros de que, un segundo después de ese monótono monólogo, el operador del banco olvidará nuestro nombre. Nos hemos enfulanizado, porque a pesar de la curiosa insistencia por pronunciarlo una y otra vez, nuestro nombre es apenas uno más, miriatizado en una gigantesca base de datos.  No se trata, desde luego, de una patología (una agnosia), sino de un proceso de economía que realiza la mente ante una inmanejable cantidad de datos.

Sin embargo, la enfulanización no necesariamente ocurre cuando el contacto es uno más entre muchos similares. Puede que olvidemos el nombre del único loro con el que conversamos en la vida, o el del único enfermero que asistió en el parto de nuestra única hija.

Hay personas que tienden a enfulanizarse con mayor facilidad. El plomero que vino dos semanas seguidas y cambió los caños rotos se enfulaniza enseguida. La mujer de la que nos enamoramos, y que sólo vimos una vez hace quince años, y de cuya boca sólo esa vez escuchamos pronunciar su nombre, jamás se enfulaniza.


Debe distinguirse el enfulanizamiento de la anominación. El enfulanizamiento es involuntario; la anominación es voluntaria.

lunes, 26 de abril de 2010

Tespecondio

(Sustantivo. Del latín te = acusativo de tu, specto [o specio] = mirar y condo = esconderse.) 

Acción de esconderse en algún lugar en el que todos saben que se está escondido.

Creemos que la acción de esconderse implica buscar un lugar que quien nos busca no podría prever. Sin embargo, el tespecondio sirve para los casos en los que, a pesar de quien nos busca sabe dónde estamos, no podrá alcanzarnos porque está muy alto, es muy estrecho o demanda demasiado esfuerzo. El niño que quiere huir del castigo de sus padres puede encerrarse en una baulera o agacharse detrás de la mesita que está detrás de la otra mesa en la habitación del fondo, apelando a nuestra tendencia a no perseguir presas si se comportan de manera complicada.
Los animales y los insectos suelen practicar el tespecondio. Las cucarachas que huyen debajo de la cocina o el gato que se escabulle entre las patas de las sillas son algunos ejemplos.

También puede llamarse tespecondio al escondite inoperante y puramente simbólico, como el que se muestra en la imagen que ilustra esta entrada. Si alguien hace un hoyo en la arena y mete la cabeza, literalmente no se está escondiendo, pero pretende decirnos que querría que no lo viéramos y, si somos piadosos, fingiremos que no está allí.

A veces se utiliza el tespecondio después de una circunfugia.

viernes, 23 de abril de 2010

Circunfugia

(Sustantivo. Del latín circum = alrededor y fugere = huir)

1. Acción de correr en círculos en el momento en que se debe escapar.

Las hormigas en forma usual, y las personas desesperadas de vez en cuando, practican la circunfugia. Es una forma de totalmente inoperante de realizar una huida. 

2. Acción de huir para esconderse en una zona muy cercana.

Solemos creer que cuando alguien huye, se va lo más lejos posible. Pero, precisamente esa creencia sirve como escondite: puede fingir que se va muy lejos para luego engañarnos y esconderse en el mismo lugar del que fue echado a escopetazos. A veces, aunque se sabe dónde está escondido el fugitivo, no se lo puede o no se lo quiere alcanzar a causa del tespecondio.

jueves, 18 de marzo de 2010

Regibonecer

(Verbo intransitivo. De gibón y rejuvenecer)

Adquirir apariencia simiesca por aplicarse tratamientos para rejuvenecer. 

Las personas que se hacen cirugías estéticas pueden engañar, en algún aspecto puntual, mostrándose como si fueran un tanto más jóvenes que sus congéneres de la misma edad. Sin embargo, la apariencia global a veces es la de un esperpentáculo enfulerizado. El hombre regibonecido tiene el cabello de un joven de veinte años, pero su piel es áspera y rugosa como la de un lagarto. La mujer regibonecida se ha hecho senos gigantes, redondos y tersos. Pero no puede esconder las arrugas cuando sonríe ni la voz grave y arenosa de una anciana cuando suelta la carcajada.
Los hombres tienden a regibonecer más rápidamente que las mujeres: dada la preocupación por la alopecía, los representantes del sexo masculino tienden a exagerar con la abundancia y longitud de sus cabellos cuando se hacen implantes capilares o compran peluquines. Dado que el pelo es lo que mejor caracteriza a los simios, estos tratamientos provocan enseguida la apariencia de gibón.
 Que una persona haya regibonecido no significa que no haya logrado su propósito de parecer más joven: puede ser que, de hecho, parezca muy joven. Pero no un humano joven, sino un mono joven. Se puede alcanzar el ideal de (apariencia de) juventud, pero eso no significa que, automáticamente, se alcance el ideal de belleza.

viernes, 29 de enero de 2010

Tongolingo, a

(Idiotismo. Es ligeramente ofensivo)

Persona que no se da cuenta de que resulta sexualmente atractiva para alguien.

"No sé qué les pasa a esta chica. Cada vez que paso me grita cosas, se me cruza en el camino, me tira besos. La otra noche me quiso transar. Las pibas están cada vez más locas. ¿A vos no te pasa eso? Yo no sé, no entiendo", dice el tongolingo. "Ay, no sé, cada vez que me pongo la mini y salgo a la calle el vecino no dejan de mirarme y me gritan que me ama, que se quiere casar comigo...", dice la tongolinga. Alguien visiblemente los quiere seducir, pero ellos niegan que eso sea cierto. A pesar de las muy evidentes manifestaciones de deseo e interés, el tongolingo se las arregla para reinterpretarlas como algo casual y poco relevante. Los amigos del tongolingo tratan de convencerlo: "esta mina está con vos". Sin embargo, él aduce que las recurrentes llamadas telefónicas, los correos electrónicos, los regalos y los ramos de flores son en realidad la expresión de una cierta simpatía o a lo sumo, una amistad.

Debe destacarse que el tongolingo cree con sinceridad que su pretendiente no siente ningún atractivo por él. Si sólo fingiera sentirlo, estaría haciendo un juego histérico, para lo cual ya tenemos una palabra: histeriquear, o la paráfrasis mandarse la parte.

Por extensión, también puede utilizarse la palabra "tongolingo" para referirse a la persona que no se da cuenta de cosas muy evidentes: "Este tipo es un tongolingo. Todos los días le digo que ando buscando un chofer como él, pero no se da cuenta de que le estoy ofreciendo trabajo"

miércoles, 20 de enero de 2010

Poraino


(Adjetivo. De "por ahí no". No cambia de desinencia en femenino: "Esa mujer es una poraino")

Dícese de quien realiza actos cuyas consecuencias suelen ser negativas, pero supone que tal vez no se den tales consecuencias.

Le explicamos al poraino (pero él ya lo sabe) que no es conveniente hacer el asado tan cerca de los cables de luz y de la ropa tendida. Le sugerimos que no conviene avivar las llamas de una asado con kerosén ni arrojar aerosoles al fuego. Él conoce las consecuencias, pero supone que "en una de esas" o "por ahí" no ocurre nada malo. Cuando finalmente explotan los aerosoles; el combustible hace una llama gigantesca que le chamusca los cabellos y el fuego se expande hacia los cables de luz y la ropa tendida, el poraino se desespera y grita diciendo que él no quería que pasara eso.  
El poraino explota una improbable posibilidad. A veces (pero muy pocas veces), por más que se empeñe en hacer las cosas de la manera más peligrosa posible, todo termina saliendo bien. De hecho, el poraino (para enojo de sus detractores) rara vez sufre en carne propia las consecuencias de sus imprudencias.
El poraino se come en una hora las provisiones de una semana, con la fantasía de que "por ahí no" tiene hambre, o "por ahí" consigue comida de manera milagrosa. No paga sus deudas de tarjeta porque tal vez "por ahí no" le hagan recargo: quizás los operadores bancarios no se den cuenta de su deuda y la pasen por alto. Si hay anuncio de tormenta, él sale sin paraguas porque "por ahí no" llueve.

viernes, 25 de diciembre de 2009

Estílotro, a


(Adjetivo. De la expresión "Quiero esto y lo otro")

Dícese de quien al principio no pone exigencias, pero a último momento hace pedidos caprichosos y casi irrealizables.

Invitamos a un pariente a nuestra casa para cenar. Le preguntamos qué quiere comer y nos dice "con unos fideos está bien, no se compliquen mucho". Una hora antes de la cena nos llama para preguntar si la salsa que preparamos es putanesca o pesto. Le respondemos -con consternación- que sólo le pondremos una salsa de las que vienen en lata, y el molesto invitado retruca: "A mí las salsas en lata me dan alergia. Y los fideos sin salsa no me gustan. Y yo a los fideos los bajo siempre con un syrah bien añejado. De buena marca, ¿eh?". El invitado es un estílotro: parece que hubiera esperado hasta último momento para darnos todos esos detalles que nos hubieran sido de utilidad antes de preparar el encuentro.

Desde luego, los estílotros no sólo se encuentran en situaciones de encuentros culinarios con parientes. Un músico o un actor, cuando paran en un hotel durante sus giras, puede que al principio sólo pidan las sábanas limpias y un desayuno a las diez de la mañana. Pero cuando le traen las sábanas, aclara "yo las quería de raso dorado", y ante el desayuno continental, objeta: "yo desayuno con whisy importado y unas fetas de salame holandés con carne picada macerada al aceite de oliva con orégano"

En los ámbitos académicos y laborales se puede aplicar este término. Es estílotro un profesor que durante la cursada no es exigente y que, incluso, se muestra benévolo y poco rebuscado con sus alumnos. Pero cerca de la finalización del cursado, nos enrostra miles y miles de libros, y nos pide una monografía o un trabajo interminable como requisitos para rendir el examen final. También es estílotro un jefe que nos contrata para atender al público, pero cuando estamos por cerrar una venta nos pide que por favor atendamos el teléfono, que repongamos mercadería y que le llevemos un café irlandés bien cargado a su oficina.

jueves, 15 de octubre de 2009

Microdélico,a

(Adjetivo. Del griego mikrós = pequeño y délomai = manifestarse)

Quien tiene militancia en cuestiones mínimas e insignificantes.

Este término se aplica a (y tiene su origen en) dos comerciantes de mi barrio.

Uno de ellos es vendedor de diarios. En su puesto de venta tiene colgado un cartel que aproximadamente dice: "No vendo diarios de la Capital. Los diarios de Buenos Aires son pura mierda". Lo curioso es que, excepto por un único periódico local, toda la prensa gráfica que llega a mi ciudad es de la Capital Federal: si no vende lo que viene de afuera, su oferta se ve severamente limitada. El vendedor microdélico entabla una lucha solitaria, silenciosa y desigual con poderosas empresas gráficas que jamás se enteran de (ni les importa) que un oscuro diariero del interior considere que sus productos son una mierda.

Otro es un almacenero. Su lucha no sólo es pequeña e invisible, sino también contradictoria. No vende cerveza porque no le interesa "que la gente ande en pedo por ahi". Sin embargo vende vodka, whisky y licores. Esta contradicción aparenta tener un justificativo: "la gente no toma bebidas blancas ni licor por la calle". Sin embargo, también vende vino en caja y no tiene reparos en expender a menores.

Todos tenemos alguna microdelia en nuestra vida. No compramos ropa de determinadas marcas, no leemos libros de Bucay, no caminamos por calles que llevan nombre de conquistadores, no escuchamos programas de TV en los que aparezca Guido Suller, no llenamos formularios que tengan letra chica, no estudiamos la obra de científicos evolucionistas, no publicamos palabras con el sufijo "-filia" en Exonario. Pensamos que esa firme, cotidiana e invisible militancia de a poco va corroyendo las entrañas de un enemigo difuso y volátil, y creemos que con ello nos ganamos un modestísimo cielo.

lunes, 5 de octubre de 2009

Formiciar (se)

(Verbo. Del latín formica = hormiga)

Palparse frenéticamente para encontrar un celular o una billetera.

Ante la melodía estridente y repentina del celular, una persona comienza a palparse. Esa actividad no dura más de cinco segundos, pero en ese lapso ha recorrido cada uno de los bolsillos de su ropa, su portafolios, su bolso o su cartera. La persona se ha formiciado.

Este término no se aplica cuando la palpación se hace pausadamente y con tranquilidad: sólo puede usarse cuando la operación se hace de manera desesperada y en unos pocos segundos. Por eso, cuando buscamos la billetera, sólo nos formiciamos si sospechamos que alguien nos la ha robado o si no la encontramos en el bolsillo esperado: en ese caso, buscamos enloquecidos en cada pequeño vericueto del pantalón o de la campera ante la mirada impaciente de la cajera del supermercado que espera nuestro dinero.

El término se deriva de "hormiga" y hace alusión al acto de darse palmadas en el cuerpo para matar a las hormigas que se han subido en él (algo que ocurre cuando uno se sienta sobre un hormiguero), y también puede aplicarse a este caso.