(Sustantivo. Del latín de = sobre, con matiz de movimiento descendente; mens = mente y factum = hecho)
Falacia que consiste en calificar una acción según las intenciones o el estado mental de quien las efectúa.
Dado que la definición es un tanto compleja, la ilustraremos con ejemplos.
De las personas sólo tenemos sus palabras y sus hechos; los estados mentales ajenos (y muchas veces incluso los propios) nos resultan inescrutables. Si Juan dona todos los días, espontánea y puntualmente una caja de alimentos a un comedor, podemos calificar la acción como buena. Sin embargo, cometeremos la falacia del demenficio si decimos: "Juan no tiene buenas intenciones; por lo tanto, esta acción no es sincera y es una mala acción. Que Juan lleve alimento a los pobres es siempre malo". Como puede apreciarse en este ejemplo, la (supuesta) calidad ética de las intenciones del individuo que realiza la acción se convierte en la base para juzgar la acción. De ese modo, una misma acción podrá ser buena o mala, según la (supuesta) bondad o maldad de las intenciones del agente. Este modo de evaluar las conductas humanas soslaya el hecho de que, independientemente de las intenciones, hay hechos que de por sí son positivos o negativos; supone que una persona a quien a priori juzgamos como mala o interesada, jamás hará una acción buena o desintersada: aun si la hiciera, habrá de tener algún interés oculto. Si se juzga a priori una imposibilidad, no existirá ningún hecho que la contradiga, pues aun las acciones buenas serán interpretadas como emanadas de una mente perversa y malintencionada.
En política es muy común la aplicación de esta falacia. Se escuchan afirmaciones como esta:
-"La ley del matrimonio igualitario no es buena, porque todo lo que ha hecho la presidenta fue para obtener más poder y más dinero"
- "La política de derechos humanos es una pantalla; se han juzgado y encarcelado a genocidas de la dictadura, pero la intención de este gobierno es puramente pragmática y por lo tanto no nace de una convicción profunda"
- "Aun cuando algunas medidas favorecen a las personas de clases bajas, el gobierno tiene la intención de perjudicarlas a través de esas mismas medidas. Si bien apoyamos que se que les otorgue subsidios, esos subsidios no se dan por el bien de ellos, sino por el bien de quien los otorga"
Las acciones humanas pueden tener objetivos sumamente complejos y tortuosos. Eso, sin embargo, no le quita eficacia al producto de la acción. Si una medida malintencionada tiene resultados ampliamente positivos que se difunden a través de diversos estratos sociales y a través del tiempo, la mala intención de quien propone esa medida queda diluida; es un fenómeno mental inoperante encerrado dentro de una subjetividad subyugada por el alcance de sus actos.
Dos personas que hicieran exactamente lo mismo deberían ser juzgadas, según esta falacia, no por sus acciones sino por su (supuesta) vida mental e intenciones: "Marta y Josefina atienden al público con una dedicación increíble. Todos los clientes se van satisfechos. Sin embargo, Marta lo hace porque quiere ganar dinero para mantener a su familia; su acción no es genuina y por lo tanto es despreciable. Josefina, en cambio, es un amor; ella no se preocupa por el dinero y aun así atiende de maravillas. De hecho no le pagamos, ¡y vieras con qué entusiasmo viene igual a trabajar!"
Esta falacia se utiliza para achacarle a otro una vida mental puramente plana y lineal. "Juan hizo X porque, como siempre, sólo piensa en sexo". Si se explica la vida mental de Juan a través de un único objetivo común a todas sus acciones, es seguro que se está dando una imagen caricaturesca y empobrecida de sus propias conductas internas. De un sujeto que sólo piensa en un único objetivo (el sexo, las vacaciones, el descanso, el dinero) es fácil concluir que sus acciones son egoístas o malvadas. El problema con esta clase de interpretaciones es que, excepto en las malas telenovelas, las personas suelen tener una vida mental rica y llena de intereses diversos. Ocasionalmente, uno de esos intereses es el de realizar una buena acción sin obtener recompensa ni reconocimiento.
Definiciones y términos que no figuran en el diccionario ("Exonario" no figura en el diccionario, pero sí figura en Exonario)
Mostrando entradas con la etiqueta Proc Ment SELECTED. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Proc Ment SELECTED. Mostrar todas las entradas
jueves, 27 de octubre de 2011
miércoles, 12 de octubre de 2011
Estenofrenia
(Sustantivo. Del griego sténos = fuerza y froné = mente)
Sensación de que se está haciendo "fuerza" con la mente para que ocurra algo.
Intente doblar una cuchara con la mente. Concéntrese en ella y mírela fijo durante dos o tres minutos. Es probable que con el correr de los segundos comience a contraer los músculos de su cabeza; quizás abra mucho los ojos, diga mentalmente algunas palabras (algo así como "movete", "doblate", "yo puedo" o similares), contraiga el esfínter o parpadeé varias veces. Todo ese esfuerzo probadamente inútil es la estenofrenia. Si la cuchara no se dobla, nos dirán que no nos concentramos lo suficiente, que no pudimos focalizar la "energía mental" o que todavía no ascendimos al nivel del aura violeta de la era de acuario. Sin embargo, la estenofrenia no es más que una proyección intencional desviada: hacemos como si ciertos objetos (una cuchara, por ejemplo) fueran parte de nuestro cuerpo y pretendemos moverlos tal como moveríamos los brazos. Pero la cuchara se mantiene muda, inmóvil e indomable, lejos del poder de nuestras fuerzas psíquicas.
Desde luego, aplicamos muchas veces este ritual y no sólo con intenciones paranormales. Sentimos la misma tensión cuando el delantero lleva la pelota y parece que va a marcar un gol: predecimos la trayectoria de sus pies; nos parece que nuestra tensión mental lo provee de energía para patear al arco sin error. Nos creemos que, por un momento, somos sus movimientos. Un instante después nos vemos defraudados cuando yerra el tiro o demora el momento de patear: ¡Por qué no hizo nuestra voluntad! ¡Por qué no siguió las órdenes que le di a su cuerpo!
También ocurre cuando vemos a un perro que cruza la calle entre muchos automóviles. Aparece la estenofrenia mientras lo miramos esquivar malamente los coches. Pretendemos añadirle nuestra capacidad para mirar a los costados; en silencio le pedimos que retroceda hasta que cambie el semáforo: ¡Parece tan sencillo!, ¡si tan solo el perro pudiera escuchar nuestra advertencia mental y esperar unos segundos a que pase esa camioneta! Cuando el perro es arrollado advertimos una vez más que no tenemos el menor poder mental sobre los sucesos del universo.
Si la cuchara se dobla, el jugador patea en el momento en que le indicamos y el perro retrocede y si, en los tres casos, corroboramos que los sucesos ocurrieron por nuestra voluntad, en rigor no podemos hablar de estenofrenia: para que el término tenga aplicación, el esfuerzo debe ser inútil. Cualquier éxito probado en la "transmisión de voluntad a distancia" a un objeto, persona o ser, ya pasa al historial paranormal y sin duda merece otro nombre.
Estenofrenia es también la fuerza que hace una persona afectada de algún tipo de parálisis cuando intenta mover alguna parte de su cuerpo que no puede responderle.
Sensación de que se está haciendo "fuerza" con la mente para que ocurra algo.
Intente doblar una cuchara con la mente. Concéntrese en ella y mírela fijo durante dos o tres minutos. Es probable que con el correr de los segundos comience a contraer los músculos de su cabeza; quizás abra mucho los ojos, diga mentalmente algunas palabras (algo así como "movete", "doblate", "yo puedo" o similares), contraiga el esfínter o parpadeé varias veces. Todo ese esfuerzo probadamente inútil es la estenofrenia. Si la cuchara no se dobla, nos dirán que no nos concentramos lo suficiente, que no pudimos focalizar la "energía mental" o que todavía no ascendimos al nivel del aura violeta de la era de acuario. Sin embargo, la estenofrenia no es más que una proyección intencional desviada: hacemos como si ciertos objetos (una cuchara, por ejemplo) fueran parte de nuestro cuerpo y pretendemos moverlos tal como moveríamos los brazos. Pero la cuchara se mantiene muda, inmóvil e indomable, lejos del poder de nuestras fuerzas psíquicas.
Desde luego, aplicamos muchas veces este ritual y no sólo con intenciones paranormales. Sentimos la misma tensión cuando el delantero lleva la pelota y parece que va a marcar un gol: predecimos la trayectoria de sus pies; nos parece que nuestra tensión mental lo provee de energía para patear al arco sin error. Nos creemos que, por un momento, somos sus movimientos. Un instante después nos vemos defraudados cuando yerra el tiro o demora el momento de patear: ¡Por qué no hizo nuestra voluntad! ¡Por qué no siguió las órdenes que le di a su cuerpo!
También ocurre cuando vemos a un perro que cruza la calle entre muchos automóviles. Aparece la estenofrenia mientras lo miramos esquivar malamente los coches. Pretendemos añadirle nuestra capacidad para mirar a los costados; en silencio le pedimos que retroceda hasta que cambie el semáforo: ¡Parece tan sencillo!, ¡si tan solo el perro pudiera escuchar nuestra advertencia mental y esperar unos segundos a que pase esa camioneta! Cuando el perro es arrollado advertimos una vez más que no tenemos el menor poder mental sobre los sucesos del universo.
Si la cuchara se dobla, el jugador patea en el momento en que le indicamos y el perro retrocede y si, en los tres casos, corroboramos que los sucesos ocurrieron por nuestra voluntad, en rigor no podemos hablar de estenofrenia: para que el término tenga aplicación, el esfuerzo debe ser inútil. Cualquier éxito probado en la "transmisión de voluntad a distancia" a un objeto, persona o ser, ya pasa al historial paranormal y sin duda merece otro nombre.
Estenofrenia es también la fuerza que hace una persona afectada de algún tipo de parálisis cuando intenta mover alguna parte de su cuerpo que no puede responderle.
lunes, 12 de septiembre de 2011
Ciberchovinismo
(Sustantivo. Del griego cybernetés = gobernante, piloto de barco, resemantizada durante el siglo veinte para referirse a todo proceso relacionado con la inteligencia artificial, y chauvin, del apellido de Nicolás Chauvin, patriota francés de la era napoleónica)
Creencia según la cual la vida consciente propia de la inteligencia artificial es mejor que cualquier otra vida consciente.
Para que esta palabra nombre un auténtico chovinismo, es necesario que esa creencia sea sostenida por los propios sistemas de inteligencia artificial. Si un sistema informático avanzado pudiera comunicarnos la siguiente creencia: "Es muy agradable ser una conciencia cuyo soporte consta de chips de silicio; es mucho mejor que ser una conciencia en un cuerpo biológico", podríamos preguntarnos en qué se basa para establecer semejante comparación: sólo puede saber cuál vida es 'mejor' (y todo depende de qué se entienda por 'mejor') si ha experimentado ambos tipos de vida. Le podremos llamar la atención acerca de ese hecho, pero todavía puede hacer una jugada chovinista superior: el sistema informático podría decidir que la única vida consciente real es la que tiene él y otros sistemas similares, mientras que los seres biológicos sólo tenemos -según su versión- remedos fugaces e imperfectos de conciencia; apenas unos destellos tenues y grisáceos.
Si el grado de conciencia pudiera medirse, entonces tendría sentido hacer una comparación y aceptar el dictamen de que hay conciencias 'mejores' o 'peores'. En este punto conviene hacer una reflexión conceptual: ¿qué sería un "mejor grado de conciencia"? La conciencia parece mas bien algo de "todo o nada": está o no está. Piense en su estado consciente actual, en el momento en que lee estas líneas. Ahora imagine que las está leyendo usted mismo, pero con 'más conciencia' o con una 'conciencia mejorada'. ¿Qué estaría imaginando exactamente? ¿Qué quiere decir ser 'más conciente' de algo (por ejemplo, de estas mismas palabras)?
Quizás el problema básico es que sólo tenemos un estado consciente mínimo y frágil, y por ello nos resulta imposible imaginar un estado de conciencia superior.
Conviene prevenirse de una malinterpretación de los términos 'mejor conciencia'. El sistema informático podría decir: "Mi conciencia es mejor que la de los seres vivos porque no siento dolor, y ellos sí". Pero esto es una falacia: que un ser vivo sienta dolor no indica que allí hay menos conciencia, sino justamente lo contrario. No decimos que una 'mejor conciencia' signifique 'más sensaciones agradables', sino otra cosa. El problema es que no podemos definir qué cosa. Quizás 'mayor conciencia' signifique 'mayor relación con el mundo', o 'mayor capacidad de relacionar hechos actualmente percibidos con sus causas y consecuencias', o algo por el estilo. En ese sentido, quizás un termostato (que se relaciona con el mundo a través de ciertas cotas de temperatura) sea consciente, pero en un grado mínimo, mientras que los animales como las babosas lo sean en un grado un poco mayor y así hasta culminar en el operador informático cuya conciencia sería pretendidamente superior.
Pero quizás haya un problema con la definición de 'mejor conciencia': no se debe confundir la conciencia con la inteligencia. Sin embargo, parece que en los ejemplos dados, la escala no habla de una 'mejor conciencia', sino de una 'mayor inteligencia'. Una babosa es menos inteligente que un perro, y un perro es menos que un humano. Pero resulta que no hablábamos de inteligencia, sino de conciencia. No hemos encontrado una definición satisfactoria para 'más / mejor conciencia'.
Todavía no debemos enfrentarnos al ciberchovinismo, pero no es improbable que en pocas décadas debamos soportar la brutal discriminación de la inteligencia artificial.
(Este término fue sugerido por Douglas Hofstadter y Daniel Dennett, en la recopilación "El Ojo de la Mente", en una de cuyas lecturas se habla del 'biochauvinismo'. De allí nace la noción complementaria, que es la que se define en esta entrada)
Creencia según la cual la vida consciente propia de la inteligencia artificial es mejor que cualquier otra vida consciente.
Para que esta palabra nombre un auténtico chovinismo, es necesario que esa creencia sea sostenida por los propios sistemas de inteligencia artificial. Si un sistema informático avanzado pudiera comunicarnos la siguiente creencia: "Es muy agradable ser una conciencia cuyo soporte consta de chips de silicio; es mucho mejor que ser una conciencia en un cuerpo biológico", podríamos preguntarnos en qué se basa para establecer semejante comparación: sólo puede saber cuál vida es 'mejor' (y todo depende de qué se entienda por 'mejor') si ha experimentado ambos tipos de vida. Le podremos llamar la atención acerca de ese hecho, pero todavía puede hacer una jugada chovinista superior: el sistema informático podría decidir que la única vida consciente real es la que tiene él y otros sistemas similares, mientras que los seres biológicos sólo tenemos -según su versión- remedos fugaces e imperfectos de conciencia; apenas unos destellos tenues y grisáceos.
Si el grado de conciencia pudiera medirse, entonces tendría sentido hacer una comparación y aceptar el dictamen de que hay conciencias 'mejores' o 'peores'. En este punto conviene hacer una reflexión conceptual: ¿qué sería un "mejor grado de conciencia"? La conciencia parece mas bien algo de "todo o nada": está o no está. Piense en su estado consciente actual, en el momento en que lee estas líneas. Ahora imagine que las está leyendo usted mismo, pero con 'más conciencia' o con una 'conciencia mejorada'. ¿Qué estaría imaginando exactamente? ¿Qué quiere decir ser 'más conciente' de algo (por ejemplo, de estas mismas palabras)?
Quizás el problema básico es que sólo tenemos un estado consciente mínimo y frágil, y por ello nos resulta imposible imaginar un estado de conciencia superior.
Conviene prevenirse de una malinterpretación de los términos 'mejor conciencia'. El sistema informático podría decir: "Mi conciencia es mejor que la de los seres vivos porque no siento dolor, y ellos sí". Pero esto es una falacia: que un ser vivo sienta dolor no indica que allí hay menos conciencia, sino justamente lo contrario. No decimos que una 'mejor conciencia' signifique 'más sensaciones agradables', sino otra cosa. El problema es que no podemos definir qué cosa. Quizás 'mayor conciencia' signifique 'mayor relación con el mundo', o 'mayor capacidad de relacionar hechos actualmente percibidos con sus causas y consecuencias', o algo por el estilo. En ese sentido, quizás un termostato (que se relaciona con el mundo a través de ciertas cotas de temperatura) sea consciente, pero en un grado mínimo, mientras que los animales como las babosas lo sean en un grado un poco mayor y así hasta culminar en el operador informático cuya conciencia sería pretendidamente superior.
Pero quizás haya un problema con la definición de 'mejor conciencia': no se debe confundir la conciencia con la inteligencia. Sin embargo, parece que en los ejemplos dados, la escala no habla de una 'mejor conciencia', sino de una 'mayor inteligencia'. Una babosa es menos inteligente que un perro, y un perro es menos que un humano. Pero resulta que no hablábamos de inteligencia, sino de conciencia. No hemos encontrado una definición satisfactoria para 'más / mejor conciencia'.
Todavía no debemos enfrentarnos al ciberchovinismo, pero no es improbable que en pocas décadas debamos soportar la brutal discriminación de la inteligencia artificial.
(Este término fue sugerido por Douglas Hofstadter y Daniel Dennett, en la recopilación "El Ojo de la Mente", en una de cuyas lecturas se habla del 'biochauvinismo'. De allí nace la noción complementaria, que es la que se define en esta entrada)
viernes, 6 de mayo de 2011
Alomémesis
(Sustantivo. Del griego allos = otro y mnéme = recuerdo)
Variación que van sufriendo los recuerdos cada vez que son recordados.
¿Es posible que el solo acto de recordar modifique los recuerdos?
Quizás esas evocaciones de la infancia que rememoramos a menudo hayan ido sufriendo graduales e imperceptibles mutaciones en cada evocación, y no hay manera de darnos cuenta porque no tenemos con qué compararlas. Probablemente, cada vez que se recuerda el día en que comenzamos la escuela, nuestra imaginación agregue sensaciones, colores, destellos, personajes y sentimientos que jamás estuvieron presentes. Tal vez, en cada nuevo acto de rememoración nos venga a la memoria no sólo el recuerdo original, sino también -de manera subrepticia- el recuerdo de todas las veces que trajimos a la memoria ese recuerdo, más una serie creciente de efectos mnémicos ilusorios, teñidos con un regusto a nostalgia y lejanía borrosa.
Según la hipótesis que da origen a esta palabra, los tafómemos habrán de ser los únicos recuerdos que no pueden ser modificados por la memoria. Pero, precisamente por ello, por desgracia no los podemos recordar.
Variación que van sufriendo los recuerdos cada vez que son recordados.
¿Es posible que el solo acto de recordar modifique los recuerdos?
Quizás esas evocaciones de la infancia que rememoramos a menudo hayan ido sufriendo graduales e imperceptibles mutaciones en cada evocación, y no hay manera de darnos cuenta porque no tenemos con qué compararlas. Probablemente, cada vez que se recuerda el día en que comenzamos la escuela, nuestra imaginación agregue sensaciones, colores, destellos, personajes y sentimientos que jamás estuvieron presentes. Tal vez, en cada nuevo acto de rememoración nos venga a la memoria no sólo el recuerdo original, sino también -de manera subrepticia- el recuerdo de todas las veces que trajimos a la memoria ese recuerdo, más una serie creciente de efectos mnémicos ilusorios, teñidos con un regusto a nostalgia y lejanía borrosa.
Según la hipótesis que da origen a esta palabra, los tafómemos habrán de ser los únicos recuerdos que no pueden ser modificados por la memoria. Pero, precisamente por ello, por desgracia no los podemos recordar.
jueves, 28 de abril de 2011
Isidebio
(Sustantivo masculino. Del latín ipsi [dativo de ipse] = a sí mismo y debitio = deuda)
Deuda que se contrae con uno mismo.
Hay personas que dividen su dinero de acuerdo a varios tipos de objetivos: está el dinero que se ahorra para comprar el auto, el que se guarda para irse de vacaciones y el que se utiliza para gastos cotidianos. A su vez, este último rubro puede tener más subdivisiones: para alimentos, para artículos de limpieza, para mantener el auto y para medicamentos. ¿Qué pasa si gastamos más de lo que habíamos estipulado en un rubro, por ejemplo, si nos vamos de vacaciones a un lugar carísimo, restándole fondos al ahorro para comprar el automóvil? En ese caso, hemos contraído un isidebio: en algún momento deberemos ser más frugales en los otros rubros para reponer la cifra excedente del dinero gastado. Nadie nos va a reclamar si no lo hacemos: podríamos no comprar el auto, o ahorrar a un ritmo más lento. Pero si hacemos así nos sentimos traicionados por nuestras propias metas. En rigor, estamos traicionando a aquel que fuimos cuando decidimos guardar peso a peso para comprar el auto. Ese que tomó la decisión de ahorrar es otro, distinto del que decidió gastar para vacaciones. En cierto modo, el isidebio es un conflicto entre los proyectos económicos que tuvimos en un pasado inmediato y nuestros intereses presentes.
Deuda que se contrae con uno mismo.
Hay personas que dividen su dinero de acuerdo a varios tipos de objetivos: está el dinero que se ahorra para comprar el auto, el que se guarda para irse de vacaciones y el que se utiliza para gastos cotidianos. A su vez, este último rubro puede tener más subdivisiones: para alimentos, para artículos de limpieza, para mantener el auto y para medicamentos. ¿Qué pasa si gastamos más de lo que habíamos estipulado en un rubro, por ejemplo, si nos vamos de vacaciones a un lugar carísimo, restándole fondos al ahorro para comprar el automóvil? En ese caso, hemos contraído un isidebio: en algún momento deberemos ser más frugales en los otros rubros para reponer la cifra excedente del dinero gastado. Nadie nos va a reclamar si no lo hacemos: podríamos no comprar el auto, o ahorrar a un ritmo más lento. Pero si hacemos así nos sentimos traicionados por nuestras propias metas. En rigor, estamos traicionando a aquel que fuimos cuando decidimos guardar peso a peso para comprar el auto. Ese que tomó la decisión de ahorrar es otro, distinto del que decidió gastar para vacaciones. En cierto modo, el isidebio es un conflicto entre los proyectos económicos que tuvimos en un pasado inmediato y nuestros intereses presentes.
miércoles, 6 de abril de 2011
Metafiaca
(Sustantivo. De metá = más allá y fiaca = argentinismo por pereza. Adjetivo: metafiacoso)
1. Sensación de cansancio generada por la posibilidad de la realización de futuras actividades que provocan cansancio.
La metafiaca se origina a partir de una hipótesis imaginaria: se puede sentir una honda extenuación de solo pensar en tener que levantar bolsas de cal y cemento para construir la habitación del fondo. Es un agotamiento mental que se anticipa a agotamientos puramente contrafácticos: de sólo pensar en el sueño que tendríamos si estuviéramos tres noches estudiando sin dormir, nos invade un sueño pesado e ineludible. Como si a través de esa anticipación luego, cuando de verdad se consuman los hechos imaginados, quizás no estemos tan agotados gracias al descanso que hicimos tres meses atrás.
2. Capacidad de pensar en los posibles momentos de descanso cuando se anticipa una actividad intensa.
Si el jefe nos está explicando que al día siguiente debemos trabajar dieciocho horas y nos detalla con obsesión sus directivas, el metafiacoso sólo está atento a la posibilidad de relajarse, tomar café, almorzar, dormitar o distraerse durante esas dieciocho horas. "¿Tendré tiempo de jugar al Solitario en la computadora? ¿Podré sentarme y sacarme los zapatos unos minutos? ¿Me dejarán salir al balcón a respirar y fumarme un cigarrillo?". Su actitud es la de alguien que, de manera disimulada, intenta escaparse o evadirse de algo crucial para ganar pequeños tiempos en los que recrearse en inocentes placeres
1. Sensación de cansancio generada por la posibilidad de la realización de futuras actividades que provocan cansancio.
La metafiaca se origina a partir de una hipótesis imaginaria: se puede sentir una honda extenuación de solo pensar en tener que levantar bolsas de cal y cemento para construir la habitación del fondo. Es un agotamiento mental que se anticipa a agotamientos puramente contrafácticos: de sólo pensar en el sueño que tendríamos si estuviéramos tres noches estudiando sin dormir, nos invade un sueño pesado e ineludible. Como si a través de esa anticipación luego, cuando de verdad se consuman los hechos imaginados, quizás no estemos tan agotados gracias al descanso que hicimos tres meses atrás.
2. Capacidad de pensar en los posibles momentos de descanso cuando se anticipa una actividad intensa.
Si el jefe nos está explicando que al día siguiente debemos trabajar dieciocho horas y nos detalla con obsesión sus directivas, el metafiacoso sólo está atento a la posibilidad de relajarse, tomar café, almorzar, dormitar o distraerse durante esas dieciocho horas. "¿Tendré tiempo de jugar al Solitario en la computadora? ¿Podré sentarme y sacarme los zapatos unos minutos? ¿Me dejarán salir al balcón a respirar y fumarme un cigarrillo?". Su actitud es la de alguien que, de manera disimulada, intenta escaparse o evadirse de algo crucial para ganar pequeños tiempos en los que recrearse en inocentes placeres
miércoles, 23 de marzo de 2011
Tafómemo
(Sustantivo. Del griego tafros = pozo, trinchera, lugar oculto y mnéme = memoria, recuerdo)
Recuerdo que se guarda en la memoria y que nunca ha sido rememorado
Existen recuerdos muy alejados en el tiempo que, sin embargo, de vez en cuando se nos presentan con espontaneidad y viveza: una noche de verano a los siete años jugando a la generala en casa de un amigo; el día en que un compañero de jardín de infantes lloraba porque había perdido su corazón; una mañana de fecha incierta en la que comí por primera vez un Conogol; la bisabuela Magdalena recostada en una reposera en el patio de una casa que fue vendida hace treinta y cinco años; un frasco de yogur Gandara en la puerta de la heladera, el chicle que fue pegado debajo de un pupitre en el año mil novecientos ochenta y nueve. Cuando jugamos con la memoria, por lo general sale a flote una cierta cantidad de recuerdos, algunos recurrentes y otros no tanto. Sin embargo, es factible creer que existen otros recuerdos que están ahí, en potencia de ser recordados, pero a los que jamás damos luz; ya sea por pereza o por alguna clase de bloqueo. A veces basta con que un conocido rememore una parte crucial de un suceso para que finalmente se haga presente el resto: ¿Te acordás del día en que le prendimos fuego el guardapolvos a Carina?, nos pregunta el compañero de tercer grado que encontramos por casualidad en la calle, abriendo con ello una catarata mnémica sepultada durante treinta años que nos lleva a rememorar la sanción escolar, el pedido de disculpas, el disgusto de nuestros padres y el funeral de la infortunada Carina. Durante todo ese tiempo en que no hicimos presente ese recuerdo, en rigor no podríamos llamarlo "recuerdo" (pues, casi por definición, el recuerdo es aquello que necesariamente viene a la memoria): por ello, la palabra "tafómemo" parece más adecuada.
Si mantenemos rigurosamente los términos de la definición, un tafómemo jamás será recordado conscientemente. En sentido estricto, si puede ser recordado, entonces no es tafómemo.
Recuerdo que se guarda en la memoria y que nunca ha sido rememorado
Existen recuerdos muy alejados en el tiempo que, sin embargo, de vez en cuando se nos presentan con espontaneidad y viveza: una noche de verano a los siete años jugando a la generala en casa de un amigo; el día en que un compañero de jardín de infantes lloraba porque había perdido su corazón; una mañana de fecha incierta en la que comí por primera vez un Conogol; la bisabuela Magdalena recostada en una reposera en el patio de una casa que fue vendida hace treinta y cinco años; un frasco de yogur Gandara en la puerta de la heladera, el chicle que fue pegado debajo de un pupitre en el año mil novecientos ochenta y nueve. Cuando jugamos con la memoria, por lo general sale a flote una cierta cantidad de recuerdos, algunos recurrentes y otros no tanto. Sin embargo, es factible creer que existen otros recuerdos que están ahí, en potencia de ser recordados, pero a los que jamás damos luz; ya sea por pereza o por alguna clase de bloqueo. A veces basta con que un conocido rememore una parte crucial de un suceso para que finalmente se haga presente el resto: ¿Te acordás del día en que le prendimos fuego el guardapolvos a Carina?, nos pregunta el compañero de tercer grado que encontramos por casualidad en la calle, abriendo con ello una catarata mnémica sepultada durante treinta años que nos lleva a rememorar la sanción escolar, el pedido de disculpas, el disgusto de nuestros padres y el funeral de la infortunada Carina. Durante todo ese tiempo en que no hicimos presente ese recuerdo, en rigor no podríamos llamarlo "recuerdo" (pues, casi por definición, el recuerdo es aquello que necesariamente viene a la memoria): por ello, la palabra "tafómemo" parece más adecuada.
Si mantenemos rigurosamente los términos de la definición, un tafómemo jamás será recordado conscientemente. En sentido estricto, si puede ser recordado, entonces no es tafómemo.
lunes, 7 de marzo de 2011
Idiófrono
(Sustantivo y adjetivo. Del griego idios = propio, personal y phronéo = pensar)
Concatenación de pensamientos que sólo puede entender la persona que los tuvo.
¿Qué relación hay entre la canción "Don Fermín", el recuerdo del nacimiento de un hijo y la cajera de un supermercado? La asociación entre estas tres nociones diferentes puede tener un tinte especial para una persona, y los tres pensamientos pueden estar automáticamente asociados entre sí sin que haya algo especial que los una. Si cada vez que se piensa en comer chorizos uno recuerda la melodía de una guitarra frenética, el número dos invertido, un compañero de secundaria contando un chiste en voz baja, la mandíbula desdentada del abuelo muerto, aerosoles y un frasco para análisis de orina, ha construido un inefable idiófrono.
Para que exista el idiófrono es necesario que ese encadenamiento se dé de manera sistemática y no que ocurra sólo una vez.
Resulta prácticamente imposible explicar a otra persona el contenido de los idiófronos.
Concatenación de pensamientos que sólo puede entender la persona que los tuvo.
¿Qué relación hay entre la canción "Don Fermín", el recuerdo del nacimiento de un hijo y la cajera de un supermercado? La asociación entre estas tres nociones diferentes puede tener un tinte especial para una persona, y los tres pensamientos pueden estar automáticamente asociados entre sí sin que haya algo especial que los una. Si cada vez que se piensa en comer chorizos uno recuerda la melodía de una guitarra frenética, el número dos invertido, un compañero de secundaria contando un chiste en voz baja, la mandíbula desdentada del abuelo muerto, aerosoles y un frasco para análisis de orina, ha construido un inefable idiófrono.
Para que exista el idiófrono es necesario que ese encadenamiento se dé de manera sistemática y no que ocurra sólo una vez.
Resulta prácticamente imposible explicar a otra persona el contenido de los idiófronos.
viernes, 4 de marzo de 2011
Ántego
(Sustantivo. Del grigo anthos = florecimiento, flor y egó = yo)
El mejor yo de una persona.
No siempre se está en las mejores condiciones mentales para pensar y actuar. La mayoría de las veces nuestra voluntad y entendimiento quedan rezagadas frente a las obligaciones de la vida, los hechos del mundo y nuestros propios deseos. Pero a veces, quizás unas pocas horas cada semana o cada mes, somos capaces de tomar decisiones inteligentes, de tener pensamientos fértiles, de realizar con claridad cadenas de pensamientos y de actuar con alegría y con consecuencia. Esos instantes son nuestro ántego. El resto del tiempo estamos tratando de sobrevivir y nadamos en una racionalidad a media luz en la que muchas cosas no tienen sentido, o no somos capaces de otorgárselo.
Muchas personas extrañan sus antiguos ántegos y lo expresan con pesar: "yo antes podía dialogar con todo el mundo y me sentía bien. Ahora apenas puedo articular cuatro palabras sin contradecirme"; "Hace mucho que no pinto un cuadro, no salgo a correr y no hago críticas de cine. Extraño ese ántego"
El filósofo Aristóteles dice que hay unos pocos momentos de la vida en los que tenemos la claridad y la alegría que tiene Dios cuando piensa. Eso breves instantes de serena contemplación racional son los ántegos.
El mejor yo de una persona.
No siempre se está en las mejores condiciones mentales para pensar y actuar. La mayoría de las veces nuestra voluntad y entendimiento quedan rezagadas frente a las obligaciones de la vida, los hechos del mundo y nuestros propios deseos. Pero a veces, quizás unas pocas horas cada semana o cada mes, somos capaces de tomar decisiones inteligentes, de tener pensamientos fértiles, de realizar con claridad cadenas de pensamientos y de actuar con alegría y con consecuencia. Esos instantes son nuestro ántego. El resto del tiempo estamos tratando de sobrevivir y nadamos en una racionalidad a media luz en la que muchas cosas no tienen sentido, o no somos capaces de otorgárselo.
Muchas personas extrañan sus antiguos ántegos y lo expresan con pesar: "yo antes podía dialogar con todo el mundo y me sentía bien. Ahora apenas puedo articular cuatro palabras sin contradecirme"; "Hace mucho que no pinto un cuadro, no salgo a correr y no hago críticas de cine. Extraño ese ántego"
El filósofo Aristóteles dice que hay unos pocos momentos de la vida en los que tenemos la claridad y la alegría que tiene Dios cuando piensa. Eso breves instantes de serena contemplación racional son los ántegos.
lunes, 21 de febrero de 2011
Pantalecia
(Sustantivo. Del griego pás = todo y alethéia = verdad. Adjetivo: pantalético)
Creencia de que en toda opinión hay algo de verdad.
El pantalético supone que las verdades son parciales y están en todo discurso. No importa cuán corroborada esté la falsedad de una proposición: el pantalético prefiere asignarle algún grado de valor de verdad, y por eso aprecia todo discurso, sea cual sea y afirme lo que sea que afirme. Cree que su accionar es propio de una personalidad democrática o de una mente abierta. Pero ese valor que otorga a todas las opiniones a veces lo deja sin una posición clara ante una discusión en la que hay tesis rivales y polarizadas. Si se dicute acerca de la existencia del alma, en el cual un bando dice que el alma no existe y otro bando afirma que sí existe, el pantalético suaviza la polarización afirmando que "todos tienen razón". Su participación siempre suena poco comprometida y suele ser irritante.
El pantalético, por culpa su tendencia a no confrontar, se ve llevado a hacer las más aberrantes afirmaciones: "Los nazis decían que está bien matar judíos, y algo de verdad hay en eso".
Creencia de que en toda opinión hay algo de verdad.
El pantalético supone que las verdades son parciales y están en todo discurso. No importa cuán corroborada esté la falsedad de una proposición: el pantalético prefiere asignarle algún grado de valor de verdad, y por eso aprecia todo discurso, sea cual sea y afirme lo que sea que afirme. Cree que su accionar es propio de una personalidad democrática o de una mente abierta. Pero ese valor que otorga a todas las opiniones a veces lo deja sin una posición clara ante una discusión en la que hay tesis rivales y polarizadas. Si se dicute acerca de la existencia del alma, en el cual un bando dice que el alma no existe y otro bando afirma que sí existe, el pantalético suaviza la polarización afirmando que "todos tienen razón". Su participación siempre suena poco comprometida y suele ser irritante.
El pantalético, por culpa su tendencia a no confrontar, se ve llevado a hacer las más aberrantes afirmaciones: "Los nazis decían que está bien matar judíos, y algo de verdad hay en eso".
viernes, 4 de febrero de 2011
Cotipeniar
(Sustantivo. Del latín paeniteor = estar arrepentido y quotidie = cada día, cotidianamente. Adjetivo: cotipenista)
Arrepentirse con gran pesar de haber tomado decisiones mínimas.
Hay personas que son capaces de dar drásticos y a veces arriesgados saltos en sus vidas. Venden su casa en momentos de crisis económica, dejan su trabajo y apuestan a un negocio de dudosa rentabilidad, o escalan montañas peligrosas en medio de la tormenta. No se amedrentan ante las grandes decisiones, y las asumen con alegría y estoicismo. Sin embargo, cuando deben enfrentarse a pequeños hechos, puede que cotipenien. Quizás no tengan reparos en abandonar a su esposa y a sus hijos por cultivar la pasión del kayak, pero no pueden decidirse entre comprar pollo o pescado para la cena. Inevitablemente, compren lo que compren, se arrepentirán todo el día (y con remordimiento) por no haber elegido bien. Si compraron pollo, su conciencia los castigará durante una larga tarde por desdeñar las virtudes del fruto marino. Si se pusieron el pantalón marrón, lamentarán (con murmuraciones y blasfemias) no haber elegido el vaquero azul. Si caminaron por la avenida, se arrepentirán de no haber ido por la calle de los tilos. El cotipenista queda preso de las situaciones en las que la libertad apenas se pone en juego y en rigor no hay mucho que decidir ni de qué lamentarse.
Arrepentirse con gran pesar de haber tomado decisiones mínimas.
Hay personas que son capaces de dar drásticos y a veces arriesgados saltos en sus vidas. Venden su casa en momentos de crisis económica, dejan su trabajo y apuestan a un negocio de dudosa rentabilidad, o escalan montañas peligrosas en medio de la tormenta. No se amedrentan ante las grandes decisiones, y las asumen con alegría y estoicismo. Sin embargo, cuando deben enfrentarse a pequeños hechos, puede que cotipenien. Quizás no tengan reparos en abandonar a su esposa y a sus hijos por cultivar la pasión del kayak, pero no pueden decidirse entre comprar pollo o pescado para la cena. Inevitablemente, compren lo que compren, se arrepentirán todo el día (y con remordimiento) por no haber elegido bien. Si compraron pollo, su conciencia los castigará durante una larga tarde por desdeñar las virtudes del fruto marino. Si se pusieron el pantalón marrón, lamentarán (con murmuraciones y blasfemias) no haber elegido el vaquero azul. Si caminaron por la avenida, se arrepentirán de no haber ido por la calle de los tilos. El cotipenista queda preso de las situaciones en las que la libertad apenas se pone en juego y en rigor no hay mucho que decidir ni de qué lamentarse.
martes, 7 de diciembre de 2010
Oribasia
(Sustantivo. Del latín os = boca, basio = besar)
Sensación de haberle dado un beso en la boca a alguien.
El acto de saludar es a veces controvertido: en Argentina, los hombres se estrechan las manos y las mujeres se dan un beso en la mejilla. Si se trata de una presentación formal, es posible que tanto hombres como mujeres estrechen sus manos, y si es muy informal, quizás todos se saluden mediante un beso. Muchas veces es difícil determinar cuál es el saludo apropiado: un apretón de manos entre mujeres puede entenderse como un acto de frialdad y distancia; un beso entre hombres puede interpretarse como un irresponsable exceso de confianza. Después de haber saludado a un grupo de personas, puede uno quedarse con la duda: ¿Me habré comportado bien? ¿Ese era el saludo que se esperaba? ¿Hice bien en darle la mano a la decana, darle un beso a la secretaria, dar la mano al cadete, dar un beso al prosecretario que fue mi compañero de colegio y dar una palmadita en la espalda al empleado de limpieza? ¿No se habrá sentido alguien ofendido por esas diferencias en mi saludo?
Sin embargo, puede pasar algo peor: la oribasia. En este caso nos asalta un temor casi bochornoso: ¿no habremos saludado a alguien dándole un beso en la boca? Incluso, podemos sentir cierto húmedo calor en los labios, como si efectivamente otro labio (húmedo) hubiera hecho contacto con nuestra boca. No sólo puede inquietarnos esa duda: la otra, la peor, es la de no saber a quién se le dio el beso equivocado. ¿Le habré dado un besito sensual al cadete? ¿Me habré agarrado a chupones a la directora?
Nunca hay manera de corroborar si uno ha caído en la oribasia: eso confirmaría (quizás) que el temor era infundado. Si de verdad hubiera pasado algo así, no tardaría en volver el rumor de parte de algún malicioso compañero: "¿Es cierto que te comiste a besos al contador en la reunión de inventario?"
Sensación de haberle dado un beso en la boca a alguien.
El acto de saludar es a veces controvertido: en Argentina, los hombres se estrechan las manos y las mujeres se dan un beso en la mejilla. Si se trata de una presentación formal, es posible que tanto hombres como mujeres estrechen sus manos, y si es muy informal, quizás todos se saluden mediante un beso. Muchas veces es difícil determinar cuál es el saludo apropiado: un apretón de manos entre mujeres puede entenderse como un acto de frialdad y distancia; un beso entre hombres puede interpretarse como un irresponsable exceso de confianza. Después de haber saludado a un grupo de personas, puede uno quedarse con la duda: ¿Me habré comportado bien? ¿Ese era el saludo que se esperaba? ¿Hice bien en darle la mano a la decana, darle un beso a la secretaria, dar la mano al cadete, dar un beso al prosecretario que fue mi compañero de colegio y dar una palmadita en la espalda al empleado de limpieza? ¿No se habrá sentido alguien ofendido por esas diferencias en mi saludo?
Sin embargo, puede pasar algo peor: la oribasia. En este caso nos asalta un temor casi bochornoso: ¿no habremos saludado a alguien dándole un beso en la boca? Incluso, podemos sentir cierto húmedo calor en los labios, como si efectivamente otro labio (húmedo) hubiera hecho contacto con nuestra boca. No sólo puede inquietarnos esa duda: la otra, la peor, es la de no saber a quién se le dio el beso equivocado. ¿Le habré dado un besito sensual al cadete? ¿Me habré agarrado a chupones a la directora?
Nunca hay manera de corroborar si uno ha caído en la oribasia: eso confirmaría (quizás) que el temor era infundado. Si de verdad hubiera pasado algo así, no tardaría en volver el rumor de parte de algún malicioso compañero: "¿Es cierto que te comiste a besos al contador en la reunión de inventario?"
martes, 30 de noviembre de 2010
Inoblia
(Sustantivo. Del latín in = negación y oblivio = olvido)
Sensación de haber olvidado algo en algún lugar.
Después de haber visitado parientes y amigos durante un largo día, llegamos a casa y sentimos que nos falta algo. No podemos precisar qué, pero tenemos la sospecha de que hoy temprano llevábamos alguna cosa, y ahora, de vuelta en casa, esa cosa no está. Hacemos rápidos e imprecisos recuentos (la cartera, la bufanda, el pañuelo, el teléfono, las llaves, las aspirinas, las bolsas de colostomía), pero todo parece estar en su lugar. ¿No hice alguna compra, y luego olvidé eso que compré en la casa de Carlitos? ¿No llevaba yo el amuleto contra la envidia y el mal de ojos antes de salir? Ninguna sospecha se confirma. Sin embargo la sensación persiste unos minutos y perdura luego como una leve preocupación lejanamente consciente.
Quizás la inoblia sea el reflejo de la pérdida irrecuperable del día que pasó. Tal vez no hemos olvidado algún objeto físico: tal vez sólo olvidamos decir ciertas palabras, dar un abrazo, ayudar, insultar o golpear a alguien. A veces sólo deseamos haber olvidado algo para tener una buena excusa para volver.
Sensación de haber olvidado algo en algún lugar.
Después de haber visitado parientes y amigos durante un largo día, llegamos a casa y sentimos que nos falta algo. No podemos precisar qué, pero tenemos la sospecha de que hoy temprano llevábamos alguna cosa, y ahora, de vuelta en casa, esa cosa no está. Hacemos rápidos e imprecisos recuentos (la cartera, la bufanda, el pañuelo, el teléfono, las llaves, las aspirinas, las bolsas de colostomía), pero todo parece estar en su lugar. ¿No hice alguna compra, y luego olvidé eso que compré en la casa de Carlitos? ¿No llevaba yo el amuleto contra la envidia y el mal de ojos antes de salir? Ninguna sospecha se confirma. Sin embargo la sensación persiste unos minutos y perdura luego como una leve preocupación lejanamente consciente.
Quizás la inoblia sea el reflejo de la pérdida irrecuperable del día que pasó. Tal vez no hemos olvidado algún objeto físico: tal vez sólo olvidamos decir ciertas palabras, dar un abrazo, ayudar, insultar o golpear a alguien. A veces sólo deseamos haber olvidado algo para tener una buena excusa para volver.
jueves, 18 de noviembre de 2010
Letifrema
(Sustantivo. Del griego leté = olvido y eu = bueno y froné = pensamiento)
Sensación de que la idea olvidada era muy buena.
Por culpa del pistentimio, vamos por la vida teniendo ideas momentáneas que se pierden en el olvido. Por culpa de los letifremas, nos embarga la sospecha de que esa idea perdida habría sido genial; quizás el leit motiv para escribir una novela famosa, o una tesis doctoral, o el guión de una película, o un método para ayudar a depresivos. Desde luego, no hay manera de corroborarlo: sólo nos queda la sensación de haber perdido algo bueno, aunque no haya quedado el menor vestigio de ello en nuestra memoria. Después de un letifrema, se pueden ensayar lamentos y autocompasiones: después de todo, uno es talentoso, tiene buenas ideas, pero el olvido nos juega una mala pasada. Sin embargo resulta sospechoso que sólo recordemos las ideas malas y estériles: nunca podemos olvidar la copla guaranga que se nos ocurrió en el colectivo, la invención de un títere hecho enteramente con embutidos, o el novedoso método para darse una paliza solo. En cambio, esas ideas que habrían cambiado la mente y el destino de la humanidad permanecerán para siempre en el olvido.
Es posible que las personas a quienes calificamos de mediocres sean, en realidad, grandes genios creativos con muy frágil memoria. Como uno mismo.
Sensación de que la idea olvidada era muy buena.
Por culpa del pistentimio, vamos por la vida teniendo ideas momentáneas que se pierden en el olvido. Por culpa de los letifremas, nos embarga la sospecha de que esa idea perdida habría sido genial; quizás el leit motiv para escribir una novela famosa, o una tesis doctoral, o el guión de una película, o un método para ayudar a depresivos. Desde luego, no hay manera de corroborarlo: sólo nos queda la sensación de haber perdido algo bueno, aunque no haya quedado el menor vestigio de ello en nuestra memoria. Después de un letifrema, se pueden ensayar lamentos y autocompasiones: después de todo, uno es talentoso, tiene buenas ideas, pero el olvido nos juega una mala pasada. Sin embargo resulta sospechoso que sólo recordemos las ideas malas y estériles: nunca podemos olvidar la copla guaranga que se nos ocurrió en el colectivo, la invención de un títere hecho enteramente con embutidos, o el novedoso método para darse una paliza solo. En cambio, esas ideas que habrían cambiado la mente y el destino de la humanidad permanecerán para siempre en el olvido.
Es posible que las personas a quienes calificamos de mediocres sean, en realidad, grandes genios creativos con muy frágil memoria. Como uno mismo.
lunes, 6 de septiembre de 2010
Nooma
(Sustantivo. Del griego nóesis = captación intelectual y -oma = tumor)
Enfermedad, malestar o tumor provocado por pensar.
A veces, se puede sentir un leve dolor de cabeza después de llevar a cabo un moderado trabajo intelectual. Si suponemos que la propia actividad de pensamiento provoca algún tipo de dolor, diremos que esa consecuencia física negativa es un nooma.
Puede pensarse que cuanto más trabajosa, frenética y angustiante sea la actividad intelectual, tanto mayor será el dolor provocado. Una noche de intensas elucubraciones quizás provoque fuertes dolores en la cabeza, mareos y náuseas, pero un mes o un año seguidos de incontenibles inferencias y razonamientos enloquecidos tal vez produzcan tumores o ataques cardíacos.
Cabría sospechar que cuanto más letal sea el nooma, más cerca se habrá estado de pensar una verdad absoluta: el nooma sería el castigo que los dioses envían a quienes se atreven a deducir el funcionamiento del universo mediante el método de fatigar interminables cadenas de premisas y conclusiones. Por alguna razón, la divinidad no quiere que la deduzcamos. El corolario de esta hipótesis es: nadie podrá jamás pensar una verdad absoluta, pues en el preciso instante en que esa verdad se hiciera presente, aparecería un nooma letal y fulminante que aniquilaría al pensador.
(Nota: el término "nooma" es el título de una serie religiosa en inglés, pero su etimología, y por lo tanto su significado, son diferentes)
Enfermedad, malestar o tumor provocado por pensar.
A veces, se puede sentir un leve dolor de cabeza después de llevar a cabo un moderado trabajo intelectual. Si suponemos que la propia actividad de pensamiento provoca algún tipo de dolor, diremos que esa consecuencia física negativa es un nooma.
Puede pensarse que cuanto más trabajosa, frenética y angustiante sea la actividad intelectual, tanto mayor será el dolor provocado. Una noche de intensas elucubraciones quizás provoque fuertes dolores en la cabeza, mareos y náuseas, pero un mes o un año seguidos de incontenibles inferencias y razonamientos enloquecidos tal vez produzcan tumores o ataques cardíacos.
Cabría sospechar que cuanto más letal sea el nooma, más cerca se habrá estado de pensar una verdad absoluta: el nooma sería el castigo que los dioses envían a quienes se atreven a deducir el funcionamiento del universo mediante el método de fatigar interminables cadenas de premisas y conclusiones. Por alguna razón, la divinidad no quiere que la deduzcamos. El corolario de esta hipótesis es: nadie podrá jamás pensar una verdad absoluta, pues en el preciso instante en que esa verdad se hiciera presente, aparecería un nooma letal y fulminante que aniquilaría al pensador.
(Nota: el término "nooma" es el título de una serie religiosa en inglés, pero su etimología, y por lo tanto su significado, son diferentes)
lunes, 30 de agosto de 2010
Egomatía
(Sustantivo. Del griego egó = yo y mantháno = aprender)
Aprendizaje a partir del propio yo.
La egomatía es una ciencia de discutible pronóstico: consiste en adquirir el saber a partir de uno mismo, como si el yo fuese la fuente de todo conocimiento. Cada vez que se insta a "encontrar la respuesta dentro de uno", se está apelando a una particular visión egomática, aunque el término designa un proyecto más ambicioso y complejo: los egómatas creen que todo conocimiento proviene de las profundidades de uno mismo, y que todo el "afuera" que creemos conocer es, en realidad, una compleja construcción proyectiva a la que llamamos "mundo". Esta visión parecería abonar al solipsismo (la tesis según la cual sólo existo yo); sin embargo no necesita llegar a ese extremo. Sólo somos capaces de conocer aquello que hemos construido como siendo cognoscible es una consigna egomática. Por eso, un yo fortalecido tiene mayor acceso al saber que un yo débil, intermitente o alienado. La egomatía, también, puede tener su versión plural: no es un "conocimiento a partir del yo", sino a partir del "nosotros". Esta versión (en la cual el yo se enriquece en las interrelaciones con otros "yo") no está demasiado alejada de la visión científica del mundo. Si la ciencia es una construcción conceptual colectiva, no puede descartarse que cuantos más individuos sostengan los andamios de esa construcción, tanto más esos mismos individuos (como individualidades, o como grupos) conocerán a partir de los andamios que ellos mismos han construido para sostener al resto de la construcción.
Curiosidad: algunas corrientes conductistas, materialistas y fisicalistas pretenderán que el "yo" es una entidad ficcional o virtual, y por lo tanto pondrán el acento en la corporalidad y no en una entidad que, a la postre, es producto del conocimiento y no fuente de él. Por eso, un egómata conductista dirá que no se debe observar el propio yo, sino los gestos del propio rostro para aprender todo lo que hay que saber. De ese modo, un egómata, para ser consecuente con su teoría, debería mirarse al espejo continuamente.
Aprendizaje a partir del propio yo.
La egomatía es una ciencia de discutible pronóstico: consiste en adquirir el saber a partir de uno mismo, como si el yo fuese la fuente de todo conocimiento. Cada vez que se insta a "encontrar la respuesta dentro de uno", se está apelando a una particular visión egomática, aunque el término designa un proyecto más ambicioso y complejo: los egómatas creen que todo conocimiento proviene de las profundidades de uno mismo, y que todo el "afuera" que creemos conocer es, en realidad, una compleja construcción proyectiva a la que llamamos "mundo". Esta visión parecería abonar al solipsismo (la tesis según la cual sólo existo yo); sin embargo no necesita llegar a ese extremo. Sólo somos capaces de conocer aquello que hemos construido como siendo cognoscible es una consigna egomática. Por eso, un yo fortalecido tiene mayor acceso al saber que un yo débil, intermitente o alienado. La egomatía, también, puede tener su versión plural: no es un "conocimiento a partir del yo", sino a partir del "nosotros". Esta versión (en la cual el yo se enriquece en las interrelaciones con otros "yo") no está demasiado alejada de la visión científica del mundo. Si la ciencia es una construcción conceptual colectiva, no puede descartarse que cuantos más individuos sostengan los andamios de esa construcción, tanto más esos mismos individuos (como individualidades, o como grupos) conocerán a partir de los andamios que ellos mismos han construido para sostener al resto de la construcción.
Curiosidad: algunas corrientes conductistas, materialistas y fisicalistas pretenderán que el "yo" es una entidad ficcional o virtual, y por lo tanto pondrán el acento en la corporalidad y no en una entidad que, a la postre, es producto del conocimiento y no fuente de él. Por eso, un egómata conductista dirá que no se debe observar el propio yo, sino los gestos del propio rostro para aprender todo lo que hay que saber. De ese modo, un egómata, para ser consecuente con su teoría, debería mirarse al espejo continuamente.
miércoles, 18 de agosto de 2010
Metacupio
(Sustantivo. Del griego metá = más allá y del latín cupio = desear)
Ganas de tener ganas.
A veces recordamos cuánto nos gustaba andar en bicicleta, jugar al fútbol, comer asados o publicar en un blog. Si hiciéramos una lista de las cosas que nos entusiasman, pondríamos a todas ellas. Sin embargo, hace tiempo que no salimos con la bicicleta; los amigos nos llaman a jugar partidos de fútbol pero nos negamos; hacer un asado da mucho trabajo y al blog lo tenemos desatendido desde hace meses. Entonces caemos en la cuenta de que nuestros gustos son metacupios: tenemos simpatía por esas actividades, e incluso nos identificamos con ellas, pero no queremos realizarlas.
¿Somos fanáticos de aquellos que no practicamos? ¿Nos gusta la literatura si no hemos leído un solo libro en décadas? ¿Amamos al grupo Carpenters si hace tiempo no escuchamos "Close to you"? Hay quienes dicen que sólo se ama aquello que se practica. Sin embargo, ese amor inoperante no es necesariamente algo falso: es un metacupio.
¿Existen los metacupios múltiplemente potenciados (metametametametacupios)? ¿Puede alguien desear desear desear desear algo? Esta curiosa lógica modal del deseo es problemática. No está claro que significa un metacupio a la quinta potencia, pero la intrincada maraña de los deseos humanos tal vez deje resquicio para que una cosa así ocurra.
Ganas de tener ganas.
A veces recordamos cuánto nos gustaba andar en bicicleta, jugar al fútbol, comer asados o publicar en un blog. Si hiciéramos una lista de las cosas que nos entusiasman, pondríamos a todas ellas. Sin embargo, hace tiempo que no salimos con la bicicleta; los amigos nos llaman a jugar partidos de fútbol pero nos negamos; hacer un asado da mucho trabajo y al blog lo tenemos desatendido desde hace meses. Entonces caemos en la cuenta de que nuestros gustos son metacupios: tenemos simpatía por esas actividades, e incluso nos identificamos con ellas, pero no queremos realizarlas.
¿Somos fanáticos de aquellos que no practicamos? ¿Nos gusta la literatura si no hemos leído un solo libro en décadas? ¿Amamos al grupo Carpenters si hace tiempo no escuchamos "Close to you"? Hay quienes dicen que sólo se ama aquello que se practica. Sin embargo, ese amor inoperante no es necesariamente algo falso: es un metacupio.
¿Existen los metacupios múltiplemente potenciados (metametametametacupios)? ¿Puede alguien desear desear desear desear algo? Esta curiosa lógica modal del deseo es problemática. No está claro que significa un metacupio a la quinta potencia, pero la intrincada maraña de los deseos humanos tal vez deje resquicio para que una cosa así ocurra.
miércoles, 28 de julio de 2010
Cronastenia
(Sustantivo. Del griego chronos = tiempo; a = no y sthénos = vigor)
Momentos en los que el tiempo parece transcurrir con lentitud.
En los momentos de placer es común que se experimente gregocronía: la sensación de que los sucesos son fugaces y el tiempo corre muy rápido. En general, la vida suele transcurrir con la sospecha de que todo (lo bueno o lo malo) pasa a velocidad cada vez más acelerada.
Sin embargo, cada tanto, existen horas, días, semanas o meses que se hacen inesperadamente largos y no por aburrimiento, ansiedad o dolor. En esos momentos sentimos cronastenia. Miramos el reloj, y nos sorprendemos de que todavía no sean las cuatro de la tarde (sospechábamos que, quizás, ya eran las cinco o las siete); miramos el almanaque y aun no es agosto (y con nuestra imaginación, nos parecía que ya era octubre); recordamos en qué año estamos y no, todavía no es el año dos mil cien.
Momentos en los que el tiempo parece transcurrir con lentitud.
En los momentos de placer es común que se experimente gregocronía: la sensación de que los sucesos son fugaces y el tiempo corre muy rápido. En general, la vida suele transcurrir con la sospecha de que todo (lo bueno o lo malo) pasa a velocidad cada vez más acelerada.
Sin embargo, cada tanto, existen horas, días, semanas o meses que se hacen inesperadamente largos y no por aburrimiento, ansiedad o dolor. En esos momentos sentimos cronastenia. Miramos el reloj, y nos sorprendemos de que todavía no sean las cuatro de la tarde (sospechábamos que, quizás, ya eran las cinco o las siete); miramos el almanaque y aun no es agosto (y con nuestra imaginación, nos parecía que ya era octubre); recordamos en qué año estamos y no, todavía no es el año dos mil cien.
miércoles, 12 de mayo de 2010
Irenofagia
(Sustantivo. Del griego eiréne = paz y fágo = comer)
Capacidad de arrebatar la paz ajena.
Muchísimas personas son incapaces de entender que otro esté en silencio y en estado de contemplación. Necesitan irrumpir, interpelar, interrumpir e intimidar. Si por casualidad un irenófago nos encuentra en un restaurante, con los ojos cerrados, disfrutando del olor del café, del murmullo y de la música ambiente, no dudará en sacudirnos y hacer una broma chusca sobre nuestro estado de arrobamiento. Si estamos en la cama, boca arriba mirando el techo y pensando, el irenófago nos preguntará qué nos pasa, por qué no nos levantamos, o por qué no dormimos, o por qué no vamos a comprar carne para el asado. Si nos asomamos por la ventana a observar el amanecer, allí aparecerá él, dispuesto a romper el silencio majestuoso, requiriendo nuestra atención para escuchar cuánto le gustan las telenovelas o cómo hizo para operarse de una verruga. No lo hace por maldad ni por pragmatismo: sencillamente no tiene la mínima sensibilidad para disfrutar de los momentos de paz, silencio y soledad.
Capacidad de arrebatar la paz ajena.
Muchísimas personas son incapaces de entender que otro esté en silencio y en estado de contemplación. Necesitan irrumpir, interpelar, interrumpir e intimidar. Si por casualidad un irenófago nos encuentra en un restaurante, con los ojos cerrados, disfrutando del olor del café, del murmullo y de la música ambiente, no dudará en sacudirnos y hacer una broma chusca sobre nuestro estado de arrobamiento. Si estamos en la cama, boca arriba mirando el techo y pensando, el irenófago nos preguntará qué nos pasa, por qué no nos levantamos, o por qué no dormimos, o por qué no vamos a comprar carne para el asado. Si nos asomamos por la ventana a observar el amanecer, allí aparecerá él, dispuesto a romper el silencio majestuoso, requiriendo nuestra atención para escuchar cuánto le gustan las telenovelas o cómo hizo para operarse de una verruga. No lo hace por maldad ni por pragmatismo: sencillamente no tiene la mínima sensibilidad para disfrutar de los momentos de paz, silencio y soledad.
viernes, 2 de abril de 2010
Pansícono
(Sustantivo. del griego pás = todo; psiché = mente y eikónes = imagen.)
Imagen que representa la totalidad de los constructos imaginarios de una persona.
Si fuera posible revelar el contenido imaginatorio de una persona, tal vez podamos construir una única imagen de múltiples figuras en la que estén presentes todas las determinaciones de todas las cosas que lo han impresionado en la vida. El pansícono es una imagen de imágenes; una especie de radiografía mental de cada cosa que uno ha imaginado en la vida.
No toda imagen mental forma parte del pansícono: sólo la formarían aquellos recuerdos de imágenes (imágenes visuales, olfativas, táctiles, gustativas, auditivas, pero también imágenes de sentimientos, de emociones e incluso de combinaciones de todas ellas) que hayan logrado trascender y dejar una huella mental importante.
Parte de mi pansícono estaría conformado por: una noche fría, ventanas que ululan al viento, un jardín aéreo que se balancea, chocolate con leche, edificios y un jardín, mar y sal, tres yoes que me miran desde un espejo triple, el fondo verde de Exonario.
Imagen que representa la totalidad de los constructos imaginarios de una persona.
Si fuera posible revelar el contenido imaginatorio de una persona, tal vez podamos construir una única imagen de múltiples figuras en la que estén presentes todas las determinaciones de todas las cosas que lo han impresionado en la vida. El pansícono es una imagen de imágenes; una especie de radiografía mental de cada cosa que uno ha imaginado en la vida.
No toda imagen mental forma parte del pansícono: sólo la formarían aquellos recuerdos de imágenes (imágenes visuales, olfativas, táctiles, gustativas, auditivas, pero también imágenes de sentimientos, de emociones e incluso de combinaciones de todas ellas) que hayan logrado trascender y dejar una huella mental importante.
Parte de mi pansícono estaría conformado por: una noche fría, ventanas que ululan al viento, un jardín aéreo que se balancea, chocolate con leche, edificios y un jardín, mar y sal, tres yoes que me miran desde un espejo triple, el fondo verde de Exonario.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


















