domingo, 9 de marzo de 2008

- óbolos


Siguiendo con la temática relacionada con el comienzo de clases, continuamos con dos expresiones -más sus correspondientes definiciones- enviadas por Julio David Auster:

Tizóbolo/a (de tiza y del griego boléin: arrojar) Dícese del alumno/de la alumna (entre 6 y 17 años, en la universidad se les pasa) que suele arrojar tizas con mayor o menor puntería. A diferencia del discóbolo de la Grecia clásica, estos suelen estar vestidos y no tienen la misma gracia para el lanzamiento. Todavía no es disciplina olímpica.

Aeropapiróbolo/a
(de aero: aire, papiro: papel y del griego boléin: arrojar) Dícese del alumno/de la alumna (entre 6 y 17 años, en la universidad se les pasa) que suele arrojar avioncitos de papel con mayor o menor puntería.

(Le pregunto al sr. Auster: ¿está seguro de que en la universidad se les pasa?)

3 comentarios:

Anónimo dijo...

No a todos se les pasa.

En la secundaria, tuve un profesor de física que tenía unas ideas muy heterodoxas respecto de cómo imponer disciplina en clase. Podía ocurrir a veces que en medio de una explicación se quedara callado, con la vista fija en algún lugar del fondo del aula y sopesando en la mano la tiza con la que un momento antes escribía una fórmula en el pizarrón. Ese repentino silencio era señal de que había descubierto que algún alumno de las últimas filas no le estaba prestando atención; la represalia no se hacía esperar. Los que nos sentábamos más adelante ya sabíamos que lo mejor era agacharnos sin demora para apartarnos de la línea de tiro. Enseguida la tiza salía disparada y pasaba silbando audiblemente por encima de nuestras cabezas, para impactar en el cráneo del alborotador con un ruido sordo seguido de un quejido. La puntería infalible del profesor, sumada a la energía cinética que transportaban sus proyectiles eran la mejor arma de disuasión para posteriores conatos de rebeldía.

Recuerdo que la primera clase que tuvimos con él entró al aula puteando a los gritos, despotricando, me parece recordar, contra algún funcionario del colegio o algún otro infeliz que se le había mal cruzado en el camino. Nosotros nos asustamos un poquito de ese loco desaforado que se presentaba de esa manera insólita ante un curso de estudiantes de secundaria y nos callamos inmediatamente, por si acaso; no fuera que algo que hiciéramos o dijéramos fuera a enfurecerlo todavía más. Pero con el tiempo, cuando lo conocimos mejor, vimos que más allá de su franqueza campechana y algo brutal y de sus falsos modales de ogro, no era, en realidad, un tipo peligroso. Bueno, a menos que uno no prestara atención en clase y entonces recibiera un tizazo correctivo.

En los cursos compuestos exclusivamente por varones en plena ebullición hormonal (como fue mi tercer año del industrial), también apelaba a otro método heterodoxo para ganarse nuestra atención: solía dedicar los primeros quince minutos de clase a contar chistes verdes. Después, una vez que nos tenía a todos pendientes de sus palabras, nos enseñaba física.

Por si alguien está pensando que era uno de esos típicos chantas con los que todos nos hemos tenido que cruzar en la secundaria, aclaro: fue uno de los mejores profesores que tuve en toda mi vida. Nos obligaba a pensar; si nos tenía que enseñar una fórmula, no se limitaba a darla, así porque sí, sacada de la galera, para que la aprendiéramos de memoria, sino que nos explicaba el razonamiento que había detrás, y si más adelante uno podía repetir ese razonamiento, llegaría a la fórmula cada vez que la necesitara. Si uno le prestaba atención en clase y tenía dos dedos de frente, no tenía que estudiar. (De hecho, yo casi nunca estudiaba para sus exámenes y en general me iba bien.) Veinticinco años después, estoy seguro de que si me lo propongo podría recordar fórmulas de física que no usé nunca más en mi vida.

Una vez nos explicó el fenómeno físico que está en juego cuando se patea la pelota con comba (efecto Venturi, que también se relaciona con el vuelo de los aviones). Aclarándonos que ese conocimiento que nos transfería no nos convertiría automáticamente en grandes futbolistas, porque una cosa es saber de física y otra es saber patear la pelota. Miren a Maradona, nos dijo, que de física no sabe nada, pero ¿quién patea tan bien cómo el? O piensen en el perro, que no sabe hidrodinámica, y sin embargo uno lo tira al agua y sale nadando.

Tengo la esperanza de que el profesor Kinder se haya podido jubilar a tiempo, antes de que los puntajes, los títulos y los cursillos de actualización psicopedagógica en didáctica de las ciencias y la mar en coche sustituyeran la vocación y el arte de enseñar, que con eso le sobraba a un maestro como él para darle a más de uno clases sobre cómo dar clase.

Jorge Mux dijo...

Estimado señor «—X—«: su relato es conmovedor.
Pero el profesor Kinder, lamentablemente, perdió todas sus horas un par de semanas antes de jubilarse, porque lo desplazó un joven con título de Diplomado en Ciencias de la Educación, que había hecho (bah, había pagado y los compró hechos) cinco cursillos con editoriales y lo superó en puntaje.

Anónimo dijo...

y déjeme adivinar: ¿ese joven no tenía ni idea de física?