martes, 28 de agosto de 2012

Nominazgo


(Sustantivo. Del latín nomen = nombre y sufijo -azgo: capacidad)

Poder para ponerle nombre a las cosas. 

Platón en el texto "Cratilo" suponía que algunas personas (llamados "nominadores" [Nomotethés, en griego]) se encargaban de poner los primeros nombres a las cosas, y que de ese modo el resto de la sociedad los aprendía y los usaba. Para poner estos nombres, según Platón, había que seguir reglas muy estrictas. En particular, el nominador debía establecer una relación natural entre el significado y la sonoridad. La palabra que nombrara al mar, por ejemplo, debía construirse teniendo en cuenta el sonido del mar, el movimiento del mar, la naturaleza líquida del mar. Por eso, en su construcción debía haber letras que diera cuenta de esas características. Platón suponía que, con el tiempo, se han ido modificando las palabras de ese lenguaje natural, y que ya (en su época) no quedaban rastros de ese lenguaje natural primitivo.

Pero la idea de una persona encargada de crear el idioma sigue pareciendo atractiva. Si alguien tiene el suficiente poder para crear e imponer nombres, incluso a cosas que ya lo tienen, se dice que ese alguien tiene un nominazgo. Si, por la sola voluntad de una persona, dejamos de llamar "mesa" a la mesa, y popularizamos el nombre que esa persona le dio, diremos que, de modo inequívoco, esa persona tiene el nominazgo.

Hay quienes dicen que el nominazgo no depende de los individuos. Los nombres de las cosas aparecen una vez, por algún hecho fortuito, y se popularizan sin tener en cuenta el capricho de las personas individuales. En la mayoría de los casos esto es cierto. Intente el lector inventar una palabra y tratar de imponerla en el uso social.

Cabe aclarar que el nominazgo no se refiere sólo a la sistematicidad en la creación de palabras, sino, además, a la capacidad de popularizar dichas palabras. Crear un idioma que no habla nadie no es tener un nominazgo. Crear un exonario tampoco.