martes, 17 de septiembre de 2013

Disprofasia

(Sustantivo. Del griego dis = con dificultad y profáse = pretexto)

Incapacidad para poner excusas.

La mayor parte de nuestros compromisos no fueron adquiridos con entusiasmo y mediante una decisión firme: casi siempre, caemos en obligaciones indeseadas por culpa de nuestros tibios escrúpulos y de una imaginación pobre. Si una persona apenas conocida nos pide que pasemos la única tarde libre ayudando a servir las masitas en un bingo a beneficio de una iglesia, lo primero que debemos hacer es tener a mano un pretexto aceptable. La única respuesta que querríamos dar es: ¡Nunca! ¡Jamás pasaría mi único día libre encerrado en una salita de barrio sirviéndole té a ancianas cogotudas y chupacirios! Pero claro, no podemos decirlo así porque (vaya tragedia) el casi desconocido se ofendería. Buscamos y buscamos una buena razón, pero tenemos la mente en blanco. El casi desconocido insiste: "¡Dale! ¡Es para ayudar a la iglesia!" y terminamos diciéndole que sí, que estaremos ahí a la hora en punto. Ese es el proceso de la disprofasia: usted no se atreve a rechazar; siente una ligera culpa por negarse y de inmediato se compromete a hacer algo que aborrece. Lo peor de todo eso es que, en el momento en que dice "sí, acepto", lo hace con expresión de alegría y euforia, como si realmente le interesara.
Desde luego, a veces no se nos ocurre una excusa adecuada y decimos cualquier cosa inverosímil: "No puedo, tengo que cambiarme la pierna", o "Justo ese día tengo que bañar a los chanchos". Si esa excusa funciona, ya no habríamos caído en la disprofasia, pero sí en el empoquetamiento (en su segunda acepción).