lunes, 30 de julio de 2012

Bulanero


(Adjetivo. Contracción de Bulanerótico. Del griego boulé = voluntad; an- = prefijo negativo y eros = deseo, amor)

Quien cree que dejó de ser atractivo por una cuestión circunstancial. 

Si una mujer dice: "Desde que me cambié el peinado los hombres ya no me dicen cosas por la calle", esta mujer es bulanera. Si un hombre dice: "Las chicas ya no se fijan en mí. Es que mis músculos están caídos, porque hace tres días que no voy al gimnasio", es un bulanero. El bulanero sospecha que el cambio de una variable única y fácilmente reversible, lo convertirá de nuevo en objeto de deseo. En verdad no tiene en cuenta que su atractivo ha ido disminuyendo de modo paulatino, y que existe un conjunto de hechos que se fueron confabulando para dejar minusválido a su poder de seducción: calvicie, pelo pajoso, sobrepeso, piel descuidada, olor a sudor, arrugas, rasgos de tristeza o preocupación, descuido en la vestimenta, un contexto poco propicio para el cortejo, muchos hijos pequeños, falta de ingenio y pesadez en el habla. El esplendor y la gracia que se tenía a los veinte y quizás a los treinta, ha ido mermando sin detenimiento a partir de los treinta y cinco. Sin embargo, algunas trampas mentales nos hacen creer que el atractivo perdido está al alcance del gimnasio, del maquillaje, de la ropa. Decimos: "Si hiciera unas abdominales todos los días, en un mes estoy hecha un bombón nuevamente"; "Si me maquillara una maquilladora profesional, volvería a ser una belleza"; "Si me pongo el pantalón blanco y el cárdigan rojo, mato mil". Y de vez en cuando ponemos manos a la obra, pero con resultados deplorables: la panza no baja con las abdominales; los granos no se ocultan con el maquillaje, y el cárdigan rojo sólo quedaba bien durante los años ochenta en las fiestas del secundario. 
Algunos bulaneros asumen una actitud sorprendente: deciden que no quieren ser atractivos, y que por ello no hacen gimnasia, o no se maquillan, o descuidan su ropa. "Yo prefiero seguir siendo gorda. Porque si bajo unos kilos, se me tiran los hombres encima"; "No, yo ya ni voy al gimnasio. Mirá, la última vez que hice bíceps un montón de chicas me pidieron el número de teléfono. Yo ya tengo novia; no quiero serle infiel". Esta clase de bulaneros convierte a su fealdad en un supuesto escudo contra los perjuicios de la belleza. Fingen que el sex appeal es un mal que los obliga a ser infieles, y por eso asumen que la calvicie, la obesidad y el descuido personal son anclas de la fidelidad. Por eso, los bulaneros chantajean a sus parejas: "¿Me quieres a tu lado, María? Entonces déjame estar gordo, pelado y mugriento. Pues si empiezo a estar más lindo otra querrá estar conmigo, y yo no soy de fierro"